viernes, 13 de diciembre de 2013

-¡NATXO! -¿QUÉEE? -¡Tráete la pelota que jugamos contigo! -¡¡VALE!!

A Natxo Vidal le conocemos: con su Atrás no es ningún sitio nos trajo su poesía desde Monóvar,  y hace apenas un año sorprendió con Sal en los ojos*.
Le hemos escuchado recitar en diferentes espacios acompañado por José María Ramón, que pone voz y música a sus poemas, presentando el espectáculo Versos en los dedos, y aunque ha pecado con algún que otro relato breve, sigue fiel a una poesía irónica, desenfadada, heredera de Luis Alberto de Cuenca (que prologó su segundo poemario), ataviado de cinéfilo empedernido y con un pie en el mundo de la música, influencia y dedicación –no en vano es profesor de conservatorio-.
Y ahora viene y se nos presenta como Spielberg allá por el 93, con “una de dinosaurios”. Al de Ohio, después de un extraterrestre, el buscador de tesoros y el tiburón –sin olvidar al Capitán Hook y los amigos de Carol Anne, o Truffaut o los campos de algodón del Sur norteamericano…- un buen día decide llevarnos al Jurásico como el que toma el tranvía. Pues nuestro poeta debió pensar algo así a principios de este año, y además acompañar sus versos con ilustraciones.

Y helo aquí: La niña que jugaba a la pelota con los dinosaurios es el tercer libro de poemas de Natxo Vidal, editado por la madrileña Huerga y Fierro Editores. Estructurado en dos bloques principales, está conformado por 56 textos, escritos a caballo entre 2012 y 2013, y cuenta con ilustraciones realizadas por Marga Durà y un prólogo a cargo del también poeta Juan de Dios García.

En el habitual tono de Natxo Vidal, a través del uso de un lenguaje sencillo y directo, el poemario mira hacia dentro y hacia fuera, esto es: al interior de poeta y al mundo que le rodea, para acabar hablando de cine, fútbol, leyes de educación, sexo, amor o literatura.

Por decirlo en palabras del propio prologuista, esencial es, eso sí, que La niña que jugaba a la pelota con los dinosaurios sea un libro con un gancho de izquierda potente, que en él lata un narrador lúcido que contagia de efectividad sus poemas poblados de cine, fútbol, dolor, familia, héroes parodiados, música, extraterrestres, viajes, supernovas, balandros, madres... Natxo ha mandado sus versos a rodar y lo han ido cogiendo todo del suelo, del lugar donde pisamos, construyendo poemas de una épica social que da absoluta preferencia —como debe ser— a los temas humanos: el vacío amoroso, las injusticias políticas, la autocrítica elegante con un humor entre lo británico y lo levantino, el hedonismo combativo, los laberintos emocionales del pasado, de la ciudad, de la vida real y de la vida literaria. Mucha literatura, sí: aquí asoman la cabeza Jorge Riechmann, Lawrence Durrell, Ángel González, Wislawa Szymborska, José Alcaraz, David Foster Wallace, José Luis Piquero… Podrían haber sido tantísimos otros.

Qué orgullo sentir que mi amigo Natxo también pertenezca a esta estirpe superlativa de navegantes que portan el fuego literario desde Homero con miles de relevos a lo largo de los siglos y hasta el final de los tiempos. Los escritores siempre atentos a ese testigo para seguir avanzando, ¿verdad? Porque hay una isla que aún arde en mar abierto: la poesía.

Presentado ya en Guardamar del Segura, está previsto que el dinosaurio visite en las primeras semanas del próximo año Elda, Novelda, Elche, Murcia, Albacete, Cartagena o Madrid, y ya está disponible en librerías.


*Atrás no es ningún sitio (Universidad de Murcia, 2006, accésit en el VI Premio de poesía Dionisia García) y Sal en los ojos (Los papeles del sitio, Sevilla, 2012, candidato a los premios de la crítica literaria valenciana de 2012).

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