martes, 18 de marzo de 2014

HOY FIRMA: JUAN PEDRO QUIÑONERO. "DON JUAN, SEDUCIDO POR UNA FURCIA".




Siendo el beso y el abrazo de amor una de sus matrices, la Recherche también puede leerse como un tratado amoroso que narra, a su manera, la historia de los orígenes y el descarrío mortal de las nociones de amor que contribuyeron a fundar nuestra civilización.



         Las fuentes más antiguas de las nociones del amor trabadas a lo largo de la Recherche quizá sean de origen arábigo andaluz, mozárabe: la primera y esencial es evocada, en escorzo, a través del tema clásico de las aves pareadas (“les oiseaux accouplés”), una parábola sobre la muerte, resurrección y epifanía del amor.



            En la Recherche, los protagonistas de la historia de amor más importante del libro, el narrador y Albertine, quedan unidos más allá de la muerte (tema central en la Égloga III de Garcilaso) a través de la metáfora de las aves pareadas, que Proust descubrió en los tejidos de Fortuny, cuya fuente directa es el gran arte andaluz y mozárabe de los siglos IX al XIII.



            A través de su legendaria colección de tejidos, Fortuny retomó e hizo suyo un tema que Manuel Gómez Moreno había estudiado en su ensayo sobre las iglesias y el arte español de los siglos IX al XI, insistiendo con precisión en la importancia del tema de las aves pareadas en los capiteles de las columnas de algunas iglesias asturianas y leonesas del siglo XII. Tema de origen muy anterior en la geografía de al-Ándalus, tierra de tránsito entre el oriente persa y árabe y el occidente cristiano, cuyo amor cortés también estuvo precedido e influenciado, en cierta medida, por las nociones del amor fraguadas en el crisol de la lírica amorosa arábigo andaluza, que comienza con las jarchas y culmina con la síntesis conceptual del primero de los grandes tratados amorosos de nuestra civilización, El collar de la paloma (siglo XI), muy anterior a la Comedia dantesca (siglo XIV).



            En su historia del tejido de seda, Otto von Falke reproduce una tela salmantina del siglo XII, para ilustrar con tal documento, entre otros, la importancia del tema oriental de las aves pareadas en el gran arte andaluz de los siglos X al XIII. Siglos más tarde, Proust se sirve de las telas y trajes de Fortuny -tan esenciales para vestir a Albertine, una de las grandes heroínas amorosas de la Recherche, con Gilberte Swann y Odette de Crécy- para recordarnos cómo quedaron trabadas para la eternidad -incluso cuando el amor huye de los olvidadizos cuerpos de los amantes, descarriados en el laberinto de la existencia- las vidas de Albertine y el narrador, a la manera de las aves pareadas, símbolos de la muerte y la resurrección, tatuada su piel transida por el amor con las huellas de una epifanía que perdura después de la muerte de los amantes.



Ida Albertine, ido el amor por ella, la parábola de las aves pareadas enlaza al narrador y Albertine en el tiempo ya para siempre recobrado del relato y sus alegorías.Y su devenir iluminará todas las historias pasadas y venideras del libro proustiano, a través de la epifanía del arte de la memoria, cuando el narrador mire hacia atrás y descubra las metamorfosis sufridas por las cosas y los seres humanos, habitando ya para siempre en la tierra recobrada cuyos íntimos paisajes se nos revelan, al fin, gracias a las artes del recuerdo, tras las nieves del tiempo, cubriendo con sus copos inmaculados la silueta de los vivos y los muertos que acompañaron al narrador a lo largo de toda una vida por él desenterrada en la tumba del olvido, para darles la vida eterna propia del Logos, cuando su palabra los salve del infierno de la historia donde cayeron todas las cosas y los seres, incluso los más sagrados, divinos e inmortales, en otro tiempo.



            Esa caída del tiempo celeste de las cosas inmortales en la tumba prostibularia y profanada de la historia se consuma en las primeras páginas de la segunda parte del primer libro de la Recherche, Un amour de Sawnn. Unos amores de Sawnn. Pour faire partie du “petit noyau”, du “petit clan”... Para figurar en el “cogollito”, en el “grupito”... Deidades caídas en el burdel donde se compran, se venden y profanan las cosas divinas de otro tiempo, las heroínas de la Recherche poseen la belleza áurea de las antiguas divinidades del Olimpo clásico, pero medran en la vida gracias a sus encantamientos prostibularios. Albertine miente con el impudor de una furcia, se lamenta amargamente el narrador enamorado. Odette de Crécy -amante y futura esposa de Swann- fue ella misma una furcia (grue), predadora muy versada en el medro social, a través de las más altas artes de su primer oficio.



            Don Juan, Charles Swann -cuyo carácter tiene muchas cosas en común con la esquiva personalidad del narrador de la Recherche, comenzando por su donjuanesca versatilidad amorosa-, sedujo por placer y capricho a incontables mujeres de la más diversa condición social, atraído a cada instante por la voluptuosidad estética y carnal de una silueta femenina siempre distinta, descubriendo en todas inéditos y renovados deseos de posesión, degustación y encantamiento. La geometría y colores de sucesivos cuerpos fugitivos e inmortales -durante los breves instantes de un pasajero abrazo amoroso- se confunden para Swann con los colores y geometría del arte clásico, en el templo donde moran los seres amados y adorados. El rostro, silueta y carne mortal y rosa de Odette de Crécy poseen para Swann la pureza inmortal de Séfora, una de las hijas de Jetró, en el fresco Fatti della vita di Mosè, de Botticelli, en la Capilla Sixtina.



            Algunos lectores consideran pertinente la posible semejanza del retrato físico que hace Proust de Charles Swann (rubio casi pelirrojo, de ojos verdes; detalles que no sé si corresponden a la silueta ideal del hijo de un judío afortunado, agente de cambio y bolsa, en el París de finales del XIX y principios del XX) con el rostro de uno de los reyes de la Adoración de los Magos de Bernardino Luini. En cualquier caso, Swann siente por Odette una adoración que sorprende a propios y extraños. Los Verdurin terminarán por mofarse de su tabarra con la Sonata de Vinteuil, que Swann considera como una suerte de himno olímpico de su amor por una divinidad carnal comparable, a su modo de ver, con las divinidades profanas de Botticelli, en la Sixtina.



            Seducido con encantamientos mucho más prosaicos que los de Circe -persiguiendo su hechicera, antigua furcia, el fin de una ascensión social que la llevará muy lejos- Swann vive la tragedia de algunos amateurs d'art: sigue amando y creyendo excelsas unas obras que él colecciona cuando ya están pasadas de moda y han perdido mucho de su antiguo y ajado valor, ya que nadie es sensible a la dudosa calidad que él estima probada -perdido en el dédalo, no solo artístico, de una historia del arte ya para siempre desacreditada y difunta- y otros consideran meros pastiches que se compran y se venden al precio más bajo.



           
Swann convertirá a Odette en su esposa -cediendo a los encantamientos de la antigua furcia- cegado por un espejismo fatal que solo lo engaña a él, creyendo que así podría guardar para sí, para siempre -en el mausoleo que su residencia y su tumba, en un Quai d'Orleans que la furcia trepadora considera indigno de su condición, imponiendo con el matrimonio un cambio de residencia acorde con el personaje que ella se construye, a imagen y semejanza de las frivolidades muy snob (smart, dice ella) de sus aspiraciones de trepadora mundana-, algo que descubrió con el amor tardío, mucho más precioso que la joya inmortal guardada en el Vaticano, en la Sixtina, la Séfora de Botticelli, un modelo único, inferior -a juicio de un descarriado amateur d'art, snob también él, hasta la muerte- a la futura Madame Swann, que comenzó a posar desnuda para un pintor impresionista -el Elstir proustiano, inspirado en Claude Monet, Helleu, Édouard Manet y Whistler-, mucho antes de hacer carrera gracias a los encantamientos de una mujer de mucho mundo.



            Cegado por el amor, Swann no solo compara ventajosamente a Odette con la Séfora de Botticelli. Llega a confundirla con Eurídice, cuando ella finge huir para mejor seducirlo y atraerlo hasta su lecho, escapando hasta unos bulevares nocturnos donde Swann, atormentado y descarriado, errante, llega a creerse Orfeo, bajando al infierno para rescatar a su amada, perdida entre los vivos y los muertos arrastrados hasta las aguas sin retorno de la laguna Estigia.



            Swann se perderá en esa búsqueda, como él mismo terminará reconociendo, en un pasaje célebre, caído de hinojos ante las cenizas frías de un amor muerto, tras gastar su vida en vano, corriendo tras una mujer por la que quiso morir y fue su gran amor; una mujer que, en verdad, no era de su clase, ni su tipo. El narrador de la Recherche también perderá a Albertine. Esos y otros amores muertos serán la materia prima de la epifanía final de la Recherche, cuando la lengua del hombre muerto que escribió ese libro entona para sus lectores el Salmo de la resurrección de los difuntos, ya para siempre inmortales en la tierra prometida del Logos, el Libro, la catedral construida con palabras, amor y dolor, tocados con la gracia del verbo.










Juan Pedro Quiñonero Martínez (Murcia, 1946) es periodista y escritor. Es hijo de Juan Quiñonero Gálvez y Luz Martínez Pérez , maestros fundadores de la escuela racionalista Francisco Ferrer Guardia, y asociados en la cooperativa, Democracia y cultura, de Totana (Murcia) durante la República y la guerra civil, y posteriormente represaliados: se les prohibió ejercer como maestros, y su padre fue condenado a muerte, pena conmutada por una condena a veinte años de prisión mayor, e indultado en diciembre de 1945.
La precariedad económica, social, y laboral obliga a Juan Pedro Quiñonero y a su padre a emigrar a Saint Étienne (Loire), Francia, en 1961. En 1963, la familia se instala en Palma del Río (Córdoba) y en 1966, se trasladan a Almansa (Albacete).
En 1964, Juan Pedro Quiñonero se marcha a Madrid, y trabaja como delineante auxiliar en el gabinete de proyectos de la Junta de Energía Nuclear, mientras continúa con sus estudios de Arquitectura, que dejaría inacabados.
En 1966, Manuel Blanco Tobío publicó sus primeros artículos en el periódico Arriba y comienza a trabajar como auxiliar de archivo en el periódico Informaciones ese mismo año, trabajando sucesivamente como reportero de sucesos, cronista de sociedad, crítico teatral, y enviado especial.
Desde que Víctor y Jesús de la Serna decidieron crear el suplemento literario Informaciones de las Artes y las Letras, Quiñonero formó parte del equipo fundador como reportero cultural y literario, junto a Pablo Corbalán, y Rafael Conte, al que sustituyó más tarde como corresponsal en París hasta el cierre del periódico, en 1979/80.
Entre 1979 y 1983 trabajó sucesivamente para Diario 16, Cadena SER, Antena 3 y Onda Cero, y desde septiembre de 1983, como corresponsal del diario ABC en París.
Sus primeros libros, Proust y la revolución (1972), Ruinas (1973), Baroja, surrealismo, terror y transgresión (1974), y Escritos de VN (1978) son obras vanguardistas. Juan Pedro Quiñonero, pues, es un seguidor de todos aquellos que formaron parte de la ruptura con los valores estéticos, técnicos y lingüísticos del mundo tradicional, y que de modo amplio se pueden calificar como «novela contemporánea, según Ramón Jiménez Madrid (Novelistas murcianos actuales).

Algunas de sus obras son ensayísticas son Memorial de un fracaso (1974), La gran mutación. España. Europa ante el siglo XXI (1982), De la inexistencia de España (ensayo 1998), Ramón Gaya y el destino de la pintura (2005), El taller de la gracia (2009).
Ha escrito las novelas El caballero, la muñeca y el tesoro (2005), La locura de Lázaro (2006) y Una primavera atroz (2007), así como las obras de corte autobiográfico El misterio de Ítaca (2000) y Retrato del artista en el destierro (2004).

Ha ganado los premios Premio Marbella de novela (1976) por Escritos de VN, el Premio Juan Cencillo de novela corta (2000) por Anales del alba, el Premio José Manuel Caballero Bonald de ensayo (2004) por Retrato del artista en el destierro, y el Premio Rodríguez Santamaría (2009), que la Asociación de la Prensa de Madrid otorga como reconocimiento a los méritos de toda una vida profesional.





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