lunes, 7 de abril de 2014

EDICIÓN ANOTADA DE LA TRISTEZA de JOSÉ ALCARAZ, por Alberto Chessa.







NOTAS A UNA TRISTEZA ANOTADA


                                                          José Alcaraz,  
Edición anotada de la tristeza,
                                              Premio de Poesía Joven 
de RNE, 2012. 
 

Seré breve (en cuestión de tristeza es mejor serlo). Este libro de José Alcaraz, que mereció el Premio de Poesía Joven de Radio Nacional de España, es una obra espléndida, con ribetes (o así me lo parece a mí) de la concisión y el relámpago de los mejores poemas de Juarroz. Hay como una continua y pertinaz inversión de motivos (no un tesoro enterrado, sino el mapa que nos guiaría a él; el mareo del mundo y no de uno en el mundo; la soledad echándose un solitario...), como si el poeta sólo pudiera encontrar la razón de ser de lo que observa precisamente en su irrazón de ser o su razón de no ser: el mundo o la vida o el poema se ven mucho mejor haciendo el pino o -por qué no- dejando en blanco el texto de un libro, de forma que sólo queden a la vista las llamadas que lo apostillan, las notas al pie de un cuerpo deshabitado. Ha pasado Alcaraz, como Alicia, al otro lado del espejo y, desde ahí, nos interpela a los lectores que, al principio, como es natural, estamos desconcertados, pero que a poco nos sentimos cada vez mejor, más deshechos y siniestros, hasta que lo que nos genera estupor, roce o incredulidad es, en realidad, lo que habíamos dejado atrás, el flanco ordenado, la vida que se piensa.

Estamos ante una poesía que rezuma mucho ingenio, pero que por fortuna supera también el chascarrillo, no falta a la «clase de Imaginación». Hay que celebrar ese tratamiento tan fresco del ubi sunt? en «Los trabajos de historia», y no estaría de más aplaudir a rabiar esa «bella forma de perder el tiempo» que consiste en «vaciar relojes de arena en la playa». No es que las apariencias engañen, sino que los engaños aparentan demasiado bien. Por eso, en un poema en el que la chispa se trabuca de grueguería, se pregunta el poeta (y, con él, nos interrogamos los demás), si «cada cruz del cementerio» no será «una suma del cielo».

Tiene razón Juan de Dios García cuando habla de una «tristeza inteligente». Lo es, sobre todo, porque la voz no se rompe nunca en llanto (tampoco en carcajada, que es otro nombre, más sonoro, del llanto); más bien, se estampa en el papel dibujando una sonrisa resignada y un punto sardónica. El humor no apaga el fuego de la melancolía, todo lo contrario: lo encandece. Y es que hay melancolía, sí, en estos versos, pero serena, amaestrada. Es muy hermosa la metáfora de los paseantes como «estrellas fugaces» a los que «pedirles deseos» desde el interior de una pecera en forma de cafetería. En esta y otras piezas, se echa de ver lo importante que es para Alcaraz el lugar, la ubicación desde donde se mira.

Que es exactamente lo que vuelvo a hacer yo: mirar. Abro y miro el libro. Lo cierro. Y pienso que, cuando lo vuelva a abrir, en cualquier momento, de la arenilla de los versos en la peana de cada página, ocupando el inmenso hueco que deja en blanco, va a crecer un árbol.


                                                                                                         



Alberto Chessa 









          José Alcaraz



Alberto Chessa






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