martes, 22 de abril de 2014

HOY FIRMA: JUAN PEDRO QUIÑONERO


"BÉSAME/EMBRASSE-MOI"




Cómo Sherezade, el narrador de la Recherche salva y gana su vida contando cuentos, fábulas y leyendas nocturnas, hilando el tejido áureo cuya trama refuta el tiempo saturnal de la historia y permite crear la matriz de una realidad nueva.

El uso donde se teje el paño inmortal de tan finísimos hilos trabaja insomne con las cosas muertas del pasado, las cosas por venir fraguadas por nuestra ilusión, y las cosas bien inmediatas de nuestra dolorida incertidumbre -trabados tales materiales con los flecos del sudario de una vida sin sentido, antes de llegar a descubrirse la arquitectura espiritual que confiere una razón de ser definitiva a nuestra historia personal, errante en la noche oscura de la marcha general de la historia; todavía insepulta nuestra atormentada existencia en la tumba de las naderías abandonadas, como conchas vacías, en las desérticas playas donde agonizamos con dolor, perdidos entre los restos de incontables naufragios. Esa trama de cosas materiales e inmateriales compone el paño con el que se visten nuestras vidas. Esa materia propia de nuestros sueños y tribulaciones nos permite reconocer los elementos del puzzle con el que puede construirse un mundo nuevo, tocado con las gracias del amor, la pasión amorosa, Eros y Logos.

En Las mil y una noches, esos materiales de trabajo tienen muy diversa procedencia (persa, árabe, etcétera). Y no siempre se articulan con el mismo fin: las fábulas del libro, en definitiva, tienen muy distintos orígenes y nos sugieren alegorías de muy distinta naturaleza. Sherezade, por su parte, tiene muchos rostros, sin ser la narradora única.


En la Recherche, por el contrario, toda la materia esencial de la misma y única fábula es presentada en las primeras páginas del primer capítulo del primer libro de la summa proustiana, Du côté de chez Swann. Por el camino de Swann. Longtemps, je me suis couché de bonne heure. Mucho tiempo he estado acostándome temprano. Y el autor único del libro, forzosamente inconcluso, busca en sus entrañas y su memoria -los territorios carnales y espirituales donde se cruzan todas las cosas materiales e inmateriales que componen la vida de un hombre- las semillas, argamasa y materiales de acarrero con los que construirá un monumento verbal muy semejante a una catedral. Esa construcción fabulosa será, al mismo tiempo, una morada íntima -la arquitectura espiritual que le permite reconocerse y dar un sentido a su vida- y una casa compartida con otros hombres -la arquitectura espiritual que confiere un sentido a la tragedia ciega de la historia-, con quienes comparte los misterios de la palabra, el pan y el vino, los frutos gloriosos de Eros y Logos, justamente.

Como el niño de todos los cuentos de hadas, a quien la madre / hilandera dirige las palabras primordiales, “Érase una vez...”, el narrador de la Recherche también tarda en dormirse, cuando llega a conseguirlo, antes de llegar a confundir el sueño y la vigilia, la realidad histórica, material e inmaterial -una iglesia, un cuarteto musical, la rivalidad entre François I y Carlos V-, con la realidad más íntima, carnal y espiritual, de un hombre perseguido por sus pesadillas y las furias de la historia.

A través de la palabra, el narrador de la Recherche descubre y rotura íntimos paisajes del alma: purísimos espejos de otros paisajes revelados a través de la trama del relato -a la manera de las antiguas películas fotográficas, cuyo tratamiento químico permitía asistir, en una cámara oscura, a la revelación de realidades que el ojo del fotógrafo no siempre era consciente de haber captado-, sugiriendo las analogías y metáforas que nos permiten descubrir realidades insospechadas.

Así, tras las sombras de viejos hoteles, tras la austera silueta de factorías de ciudades manufactureras, o tras las sonámbulas hileras de obreros a la puerta de una fábrica de productos químicos -templos, catedrales de un tiempo sin Dios, sustituido por la nada o la producción de mercancías desalmadas-, el narrador reconoce las huellas de un pasado mucho más antiguo, las huellas bien inmediatas y palpables de leyendas y milagros medievales que habíamos creído que eran cosas de un pasado difunto, cuando, en verdad, forman parte esencial de la arquitectura espiritual -material e inmaterial, histórica e íntima, individual- que permite comprender nuestra manera propia y genuina de ser y estar en el mundo que nos ha tocado vivir, que no es una isla aislada y perdida en la oscuridad impenetrable del océano del tiempo, si no un pedazo de la misma tierra donde viven, mueren y están enterrados otros hombres, como nos recuerda el legendario poema de John Donne, For whom the bell tolls...

El narrador de la Recherche hace ese descubrimiento -esencial en la historia del arte de escribir novelas; ya que modifica la perspectiva del relato, donde deberán confundirse el pasado, el presente y el futuro que el libro contribuye a crear, fraguando una realidad nueva; de ahí su condición subversiva, revolucionaria- sin advertir, en las primeras páginas de su obra, que las intermitencias del corazón -el título primero y original de una Recherche que todavía buscaba su nombre-, el relato de las tribulaciones del alma en pena, han dejado de ser un mero sismógrafo de su sistema nervioso. Son ya, desde el comienzo del libro, los primeros esbozos del paisaje arquitectónico de un mundo nuevo, a la manera de una Anunciación de Pierro della Francesca o Fray Angélico. Esa dimensión arquitectónica del relato proustiano -echando los cimientos espirituales de un mundo nuevo- era el tema central de mi primer intento -ya para siempre inconcluso- de comprender el carácter revolucionario de la Recherche. Inventando la perspectiva, para crear el hogar áureo del nacimiento del Niño -que es la parábola primordial de la creación y el nacimiento de un nuevo mundo-, los grandes creadores del Quattrocento modificaron la mirada del hombre de su tiempo, modificaron el puesto del hombre renacentista en la escena del mundo, modificaron, en definitiva, e hicieron evolucionar, nuestra condición de seres humanos, capaces de crear realidades espirituales que pueden cambiar el rumbo de nuestra historia, si somos capaces de hacer realidad nuestros sueños, como quería el Lawrence de la revuelta árabe.

La silueta y los tonos alborosáceos del rostro de su primer amor serán para el narrador de la Recherche -a la manera de muchos pintores renacentistas y barrocos- la paleta primordial de su taller de la gracia: muchos maestros del Quattrocento y el Cinquecento se sirvieron de sus amantes para concebir la carne inmortal de vírgenes y madonas, en estado de feliz y divino alumbramiento. El primer amor del narrador de la Recherche es su madre. Y la angustiosa espera de un beso nocturno es la materia seminal que siembra la tierra virgen de la obra por venir, el libro que vendrá, como un fruto del árbol crecido en la tierra sembrada con las semillas de las primeras palabras del amor, Bésame, Embrasse-moi.

La taza de te y la legendaria magdalena serán más tarde -como el gorjeo de un mirlo en las Memoires de Chateaubriand- el motivo que muchos lectores han confundido con la matriz de la obra. Sin embargo, ni los pintores chinos de la época clásica ni Proust mojaban sus pinceles en una taza de te. Ni la prosa de Madame de Sévigné, Saint-Simon y Chateaubriand -los tres primeros “modelos” de la Recherche, con Las mil y una noches, que no es un modelo si no un libro de la misma naturaleza- posee la límpida sencillez del gorjeo de un mirlo. El retratista, entomólogo y memorialista autor de la Recherche se sirve de los más delicados colores del cuerpo amado para dar a sus paisajes del alma la turbadora veracidad más misteriosa, la de los cuerpos en trance consumando la comunión carnal que precede a la fecundación, iluminados sus rostros con la luz de las palabras, haciendo la invocación con la que comienza la celebración del misterio más alto, Bésame, Embrasse-moi.


El misterio que culmina con la fecundación y el alumbramiento también tiene un rostro menos feliz: la incertidumbre y la angustia de la espera, el anhelo insaciable del ser amado. En esa angustia se nos va la vida, contando las horas que pasan en vano, intentando amueblar el paso del tiempo que nos separa del ser amado con la urdimbre de recuerdos, ilusiones, anhelos y deseos que mueven nuestros pasos, buscando a ciegas el camino de nuestras vidas. Ese tormento no tiene fin, ya que se confunde con la vida misma. Y a la vuelta de cada recodo de tan largo y oscuro sendero debemos sortear y vencer las amenazas que siempre nos acechan a cada instante. La resistencia contra el dolor nos permite salvar lo esencial: en la oscuridad más impenetrable de la noche, la luz de las palabras, Bésame, Embrasse-moi, ilumina nuestras vidas y siembra el mundo nuevo que será el fruto maduro de nuestro dolor, al fin recompensado, caído en el tiempo al fin recobrado en el hogar construido con tanto esfuerzo, que no solo nos sirve de morada íntima; esa construcción arquitectónica, la Recherche, en este caso, también ofrece cobijo al desamparado hombre de nuestra civilización, amenazada.



Juan Pedro Quiñonero Martínez (Murcia, 1946) es periodista y escritor. Es hijo de Juan Quiñonero Gálvez y Luz Martínez Pérez , maestros fundadores de la escuela racionalista Francisco Ferrer Guardia, y asociados en la cooperativa, Democracia y cultura, de Totana (Murcia) durante la República y la guerra civil, y posteriormente represaliados: se les prohibió ejercer como maestros, y su padre fue condenado a muerte, pena conmutada por una condena a veinte años de prisión mayor, e indultado en diciembre de 1945.
La precariedad económica, social, y laboral obliga a Juan Pedro Quiñonero y a su padre a emigrar a Saint Étienne (Loire), Francia, en 1961. En 1963, la familia se instala en Palma del Río (Córdoba) y en 1966, se trasladan a Almansa (Albacete).
En 1964, Juan Pedro Quiñonero se marcha a Madrid, y trabaja como delineante auxiliar en el gabinete de proyectos de la Junta de Energía Nuclear, mientras continúa con sus estudios de Arquitectura, que dejaría inacabados.
En 1966, Manuel Blanco Tobío publicó sus primeros artículos en el periódico Arriba y comienza a trabajar como auxiliar de archivo en el periódico Informaciones ese mismo año, trabajando sucesivamente como reportero de sucesos, cronista de sociedad, crítico teatral, y enviado especial.
Desde que Víctor y Jesús de la Serna decidieron crear el suplemento literario Informaciones de las Artes y las Letras, Quiñonero formó parte del equipo fundador como reportero cultural y literario, junto a Pablo Corbalán, y Rafael Conte, al que sustituyó más tarde como corresponsal en París hasta el cierre del periódico, en 1979/80.
Entre 1979 y 1983 trabajó sucesivamente para Diario 16, Cadena SER, Antena 3 y Onda Cero, y desde septiembre de 1983, como corresponsal del diario ABC en París.
Sus primeros libros, Proust y la revolución (1972), Ruinas (1973), Baroja, surrealismo, terror y transgresión (1974), y Escritos de VN (1978) son obras vanguardistas. Juan Pedro Quiñonero, pues, es un seguidor de todos aquellos que formaron parte de la ruptura con los valores estéticos, técnicos y lingüísticos del mundo tradicional, y que de modo amplio se pueden calificar como «novela contemporánea, según Ramón Jiménez Madrid (Novelistas murcianos actuales).

Algunas de sus obras son ensayísticas son Memorial de un fracaso (1974), La gran mutación. España. Europa ante el siglo XXI (1982), De la inexistencia de España (ensayo 1998), Ramón Gaya y el destino de la pintura (2005), El taller de la gracia (2009).
Ha escrito las novelas El caballero, la muñeca y el tesoro (2005), La locura de Lázaro (2006) y Una primavera atroz (2007), así como las obras de corte autobiográfico El misterio de Ítaca (2000) y Retrato del artista en el destierro (2004).

Ha ganado los premios Premio Marbella de novela (1976) por Escritos de VN, el Premio Juan Cencillo de novela corta (2000) por Anales del alba, el Premio José Manuel Caballero Bonald de ensayo (2004) por Retrato del artista en el destierro, y el Premio Rodríguez Santamaría (2009), que la Asociación de la Prensa de Madrid otorga como reconocimiento a los méritos de toda una vida profesional.




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