martes, 29 de julio de 2014

HOY FIRMA ALBERTO VILLAMANDOS: "EL CLUB DE LOS RECUERDOS"




Llegó a mis manos de una manera casual, como casi siempre ocurre con los libros que más nos llaman la atención o nos dejan una marca, uno de los volúmenes de memorias de Leonard Woolf. Autor de ensayo político, editor, miembro activo del grupo de Bloomsbury, me acercaba a él por primera vez debido, he de reconocerlo un poco avergonzado, por la curiosidad que me suscitaba la relación con su esposa, la genial Virginia. Desde la más tradicional en su técnica pero absolutamente emocionante como The Voyage Out, hasta la más rompedora Mrs. Dalloway, pasando por la "intermedia" y fascinante Orlando, las novelas de la autora inglesa me habían hecho un lector incondicional. Querer buscar en las memorias de su marido la presencia constante de la escritora es sin duda injusto, como pedir peras al olmo de los recuerdos. Sin embargo, el mismo L. debía de ser consciente de esa situación tan poco común en el ámbito literario--y en prácticamente todos los demás--en los que la obra de la mujer hacía sombra a la del marido. No nos engañemos, las páginas de Leonard Woolf también atesoran el prestigio de esas dos décadas plagadas de hitos literarios y artísticos, y de dolor y guerra, que vemos desde nuestra nostalgia deformadora de "remakes de época" y tiempos entre costuras casi con envidia.
            Veinte años no son nada, dice la canción, pero en realidad sí son muchos, especialmente si son los "Roaring Twenties" y la intensa década de los treinta. Imagino que Woolf se sirvió de diarios personales más extensos para recomponer una memoria "resumida" y un tanto descompensada en 250 páginas. Utiliza también de los diarios  de V. para señalar hechos concretos referidos a ella: su enfermedad, su proceso de escritura, su intensa vida social. Sin embargo, su relación con ella no tiene el lugar central que yo, injustamente tal vez, esperaría. En su lugar, aparece su trabajo como editor artesanal de libros y revistas, como político, antifascista pero también anticomunista convencido, y asesor jurídico, y sus viajes por Alemania, que parece odiar con desdén británico, como cuando nos sorprende al mencionar a ese "judío alemán" que es Marx.
           
De V. nos cuenta más bien poco: su salud débil, su compromiso con la escritura, el pánico que le producían las críticas a su obra... Ausente el sentimiento o más bien lo sentimental, L. evidencia un respeto sin duda por su obra de ficción y crítica literaria, pero no deja de señalar, con intención un tanto equívoca, que hasta bien entrados los cuarenta, V., que defendía la necesidad de un "cuarto propio" para poder escribir, dependía económicamente de él. Cuando L. redactaba sus memorias ya debía de haberse dado cuenta que por muy relevante que había sido su papel de intelectual comprometido en la Inglaterra de entreguerras, su obra iba a quedar a la sombra de V. Un golpe duro en una sociedad, la nuestra, en la que lo normal había sido lo contrario y las escritoras se desdibujaban en el olvido (María Teresa León-Alberti) o sacrificaban su carrera para proteger la del marido (Zenobia-Juan Ramón). 
 
            En unas memorias redactadas, lo accidental o casual se ve muy reducido, a diferencia de la memoria oral, con su frágil hilo que se puede romper en cualquier momento. En Woolf y en su generación el interés por lo autobiográfico viene de lejos. L. relata cómo el grupo de Bloomsbury creó un "club de los recuerdos", en el que sus miembros durante décadas se leían unos a otros textos sobre sus vidas, y que en algunos casos fueron publicados. Algo llamativo, sin duda. ¿Una prueba de narcisismo exacerbado, una prueba más de la crisis del sujeto, la apoteosis del individualismo burgués? Uno piensa que como idea, o como terapia más bien, podría resultar muy creativa, especialmente si ese club lo forman Virginia Woolf o el economista Keynes. Si sus miembros resultan ser gente como nosotros, letraheridos más bien modestos, contra quienes L. echaba pestes, es decir, contra aquellos surgidos gracias a la universalización de la educación pública, el resultado nos luciría menos seguramente. En la época de Facebook, a una narrativa compleja y freudiana la sustituye un lenguaje escrito deslavazado de caracteres limitados, y sobre todo una autobiografía visual. 








No nos llega para más. Y casi mejor, porque podríamos hacer como en el Café Gijón antes de que se vaciara de escritores y se llenara de turistas: ante la amenaza de unas memorias no solicitadas, diríamos "si me lees, te leo".






Alberto Villamandos 
(San Sebastián, 1978) es profesor de literatura española en la Universidad de Missouri-Kansas City. Ha publicado artículos en revistas especializadas sobre la Transición, la Movida e inmigración en la España contemporánea. También es autor de un libro sobre la Gauche Divine de Barcelona, El discreto encanto de la subversión (Laetoli: 2011) y co-editor con Rosalía Cornejo del volumen Un hispanismo para el siglo XXI (Biblioteca Nueva: 2011). Entre sus proyectos actuales se encuentra el estudio de la obra gráfica de Enric Sió en los 70 y 80.




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