martes, 15 de julio de 2014

¿RENUNCIAS A SATANÁS? (Sobre "Martillo", de Alejandro Hermosilla)



¿RENUNCIAS A SATANÁS?










"Martillo"

Alejandro Hermosilla

Balduque, 2013










Por las páginas de ‘Martillo’ planea el fantasma de David Foster Wallace, que encarna la pulsión suicida que anida en el corazón de todo artista, ese pájaro azul que Charles Bukowski quería ahogar en whisky, ese pájaro que es a su vez jaula en la literatura de Pizarnik, ese mismo pájaro obsceno que a modo de declaración de intenciones en la obertura de la novela, Alejandro Hermosilla nos anuncia que algún día logrará estrangular.



La sociedad capitalista está llena de Ruido, Ruido de martillazos, Ruido de mujeres que tan irritantemente cantan por las calles de Fez, el Ruido y tumulto de los estadios de fútbol donde Sábato regalaba ejemplares de su obra a la hinchada de Boca Juniors, el Ruido que adormece nuestras conciencias hasta que finalmente nos integramos en él, convirtiéndonos en dementes a los que el sistema llama cuerdos, alzando nuestras manos al aire mientras hacemos el símbolo del Kish, Ruido de los adoradores de satanás, ¡Chtulhu, Chtulhu, Chtulhu, Chtulhu!, no podemos escapar del Ruido.



Pero si padecemos la desgracia de ser personas sensibles, el Ruido, la comprensión de ese Ruido, puede hacernos enloquecer. Y empezaremos a escuchar entonces el canto de un pájaro pidiéndonos que lo liberemos desde un cofre, rojo o azul, es indistinto, que lo liberemos abriendo su jaula de barrotes dorados. Porque el Ruido del capitalismo tiene la facultad de ensordecernos, haciéndonos posteriormente insensibles y, finalmente, mudos ante la barbarie. Como una consecuencia lógica del proceso de desconocimiento progresivo del lenguaje, palabras sagradas que ya nunca podrán ser pronunciadas, la divinidad anulada por lo superfluo, libros que arden a 451 grados Fahrenheit en la antesala del infierno.




Pero aún mucho peor, si logramos que el murmullo del Ruido no nos adormezca,  el Ruido nos convertirá en locos, en insomnes, en artistas,  apátridas o directamente en suicidas, cuando no todo ello al mismo tiempo. Por eso muchos de los locos, insomnes, artistas, suicidas y apátridas que lograron descifrar el Ruido sin enmudecer con ello, acabaron usándolo como un leit motiv fundamental en su obra.



El Ruido en la prosa de Bernhard describiéndonos a esos habitantes irritantes y debilitantes y enfermantes y humillantes e insultantes y dotados de una gran vileza y abyección que pueblan las calles de Sazlburgo, que bien podrían ser las calles de Cartagena, o las de una Varsovia donde hace años vi por primera vez a Alejandro Hermosilla recitar en una cafetería, con David Bowie acompañándole a la guitarra mientras un loro subido en el hombro de una señora mayor no paraba de maldecir a ambos al grito de ¡obscenos!, o incluso podrían ser esas calles de Fez superpobladas de shamanes mexicanos que se describen en las páginas de ‘Martillo’.



Y ese Ruido de la prosa de Bernhard es también el Ruido de Kendrick Lamar bailando el moonwalker sobre un campo de minas en la superficie lunar, mientras espera el brutal tiro en la nuca que algún día habrá de darle la administración Obama, Ruido de cráneos partiéndose.



O el Ruido de caballos relinchando en ‘Bring The Sun/Toussaint L'Ouverture’ de Swans, banda liderada por el adorador de Dios y profeta Michael Gira, que pasea por las calles de Nueva York vistiendo sombrero de cowboy, que se desnudaba en los escenarios ofreciendo su polla como un ídolo sagrado al público, al que se vio una vez repartiendo biblias en las puerta de un colegio, y que celebra orgías incestuosas con la Virgen, entre macabros rituales corriendo desnudo por el bosque en mitad de la noche entre el Ruido de motosierras, Ruido de los hombres que enloquecieron y aúllan a la luna.



Que es el mismo Ruido de los guantes de boxeo golpeando trozos de carne muerta en ‘Clara’ de Scott Walker, el hombre venido del siglo XXX que afilaba cuchillos, sables y hachas, Ruido de metales en su ópera satánica ‘Bish Bosch’, mientras es poseído por el espíritu del Marqués de Sade, Ruido de unas manos que escriben febrilmente en una mazmorra.



Todos ellos, Bernhard, Hermosilla, Kendrick Lamar, Michael Gira, Scott Walker, tenían la esperanza de que haciendo del Ruido arte podrían salvarse a sí mismos de su locura, y acaso, del suicidio. Porque a otros artistas ni siquiera el arte del Ruido pudo salvarlos, y David Foster Wallace apretó aquella soga en su cuello dejándose barrer por la escoba del sistema, Kurt Cobain apretó el gatillo de una pistola entre el Ruido de guitarras distorsionadas, mientras que Alejandra Pizarnik silenció finalmente el canto de aquel pájaro, que era a un mismo tiempo jaula, alimentándolo pacientemente con barbitúricos.



Si uno quiere entender mejor la pulsión suicida que anida en Alejandro Hermosilla, en su vida y en su obra literaria, debe irse a un miembro anterior en la saga familiar de los Hermosilla. El padre de Alejandro, incapaz de soportar más el Ruido, abrió un día el balcón de su casa, saltando al vacío y quitándose su vida. Desde entonces Hermosilla ha temido repetir los pasos del padre, teniendo desde joven sueños premonitorios donde visualizaba su propio suicidio antes de los 40 años. Y creyó, que acaso, la literatura podría salvarle de un destino trágico. Por lo que rompió una saga familiar de abogados desde hacía tiempos inmemoriales, yendo a estudiar Filología Hispánica. Y nos cuenta el escritor murciano José Óscar López, que una vez vio a un joven Hermosilla recorriendo los desiertos de Marruecos en motocicleta, a modo de ritual iniciático, buscando encontrar al primer beduino al que en tierra de nadie poder decirle, “Je suis un écrivain”.



Porque Alejandro sabía que sólo llegando a ser un escritor, la deshonra familiar, el único hijo varón y con dos testículos no abogado, podría salvarse de aquel Ruido martilleante en su cabeza, de aquel pájaro que cantaba desde el interior de un cofre, da igual si rojo o azul. Que algún día debería encontrar la llave y hacerlo salir, librando entonces una eterna lucha contra la mujer pantera, lucha que había discurrido desde la noche de los tiempos. Quedando todas esas memorias plasmadas en un libro destinado a llamarse ‘Martillo’.



Porque ‘Martillo’, más que un mantra de salvación, más que una oración e himno para todos los insurgentes, apátridas, locos e insomnes, es ante todo el vivo retrato de un infierno personal. Que sabemos que no es impostado, sino vivido. De un Alejandro Hermosilla que estaba destinado a suicidarse antes de los 40 años. Y donde David Foster Wallace planea como un fantasma por las páginas de la novela.



‘Martillo’ hace que me venga a la mente aquella escena de ‘El padrino’ de Francis Ford Coppola, donde antes de que Michael Corleone inicie su descenso al averno, un sacerdote católico le preguntará en una iglesia, “¿Michael, renuncias a Satanás?”. Y Micahel, celebrando al diablo, hará su símbolo de Kish particular respondiendo con un “sí, renuncio”, mientras los capos de las familias rivales del clan Corleone son asesinados al unísono, entre Ruido de pistolas y metal.



Y si alguien, tal vez José Alcaraz, asesor literario de la editorial Balduque, le hubiese preguntado a Alejandro Hermosilla antes de escribir ‘Martillo’ si renunciaba a Satanás, Hermosilla le hubiese respondido, “sí, renuncio”, celebrando al diablo del mismo modo que Michael Corleone, dando inicio al macabro ritual que se encuentra entre las páginas teñidas de sangre de esta novela, llenas de niñas enseñándonos sus vaginas sin pudor, de efrits malvados, da igual si de color rojo o azul, con unas enormes pollas que son capaces de enroscar varias veces alrededor de su cuerpo y que introducen enteras hasta el fondo de sus gargantas, de escarabajos gigantes que vienen a devorar a nuestros hijos, de gatos que encarnan la lucha de los hombres contra insectos omnipotentes y con carnet de afiliados al Partido, ¡Chtulhu, Chtulhu, Chtulhu, Chtulhu!, hasta que desfallecen siendo abiertos en canal, Ruido de entrañas burbujeantes. Porque todo en ‘Martillo’, al igual que en esa otra gran obra autobiográfica en tono alucinado y profético, ‘Inferno’ de Strindberg, está imbuido de un aroma a azufre característico, que respira entre sus páginas. Páginas que huelen a ácidos, a imprentas recién engrasadas, Ruido de engranajes.



Alejandro Hermosilla no sólo no renunciará a Satanás, sino que como un Orfeo posmoderno descenderá a los infiernos. Sólo que él recorrerá el camino de vuelta mirando desafiante hacia atrás, asomándose al abismo de su vida y recuerdos salpicados de traumas y miedos, entre el Ruido que no cesa, Ruido de metales, Ruido de martillazos, Ruido de David Bowie rasgando su guitarra.



Sabiendo que si sale airoso de ese viaje, finalmente se habrá de convertir en escritor. Y cuando termine recitales y actuaciones en bares, incluso las señoras mayores que portan un loro en sus hombros irán al concluir a darle un abrazo, y los loros tendrán además grandes palabras para calificar su obra. Ya que sólo la literatura y el arte pueden salvarnos de la locura, y acaso, del suicidio.



Alejandro lo hace plasmando sus demonios y efrits en las páginas de un libro que entrega al lector a modo de ofrenda floral a la Virgen de Guadalupe, mientras suena un disco de Swans. Y donde a pesar de sus imperfecciones, aristas, de su escritura precipitada en sólo 4 meses a modo de performance, o tal vez gracias a la suma de todos esos ingredientes, ‘Martillo’ se alza como un auténtico triunfo literario. Quizás la primera gran novela de culto del siglo XXI, que dentro de varias décadas habrá de ser revisitada.



Constatación de que Alejandro Hermosilla, por si a alguien le cabía alguna duda de ello, hace tiempo que dejó de ser el doctor universitario y se convirtió en artista, creador, performer y rockstar de la literatura. Uno cierra ‘Martillo’ consciente de esa metamorfosis. Algo que muchos intuíamos desde que le vimos recitar por primera vez en aquella cafetería situada en un mapa de la ciudad de Fez, cuyas calles parecían arterias, terminaciones nerviosas, grietas dibujadas sobre la Tierra por un ‘Martillo’ divino que cayese desde el cielo.


FRAN SEVILLA 








Fran Sevilla creó, palmando pasta de su bolsillo, distintas empresas culturales con las que logró siempre arruinarse, por la última de las cuales sigue perseguido por Hacienda. Colabora con el Festival de Cine de Cartagena y de joven desempeñó oficios tan estrafalarios como friegaplatos, librero o representante artístico de monos adiestrados. Una vez le dieron una beca que dilapidó en whisky y otros rumorean que le vieron paseando por los pasillos de una Facultad de Letras poseído por el espíritu de Antoine Doinel, sosteniendo un cigarrillo entre sus labios. Él cree que si en la vida te dan a elegir entre mito o realidad, debes quedarte siempre con el mito. Su vida sexual distendida le llevó a tener problemas con la mafia rusa y en una ocasión, a dormir en el cuartel de la Guardia Civil por escándalo público. Piensa que el oficio de poeta perdió emoción y romanticismo el día que dejaron de fusilarlos en plazas públicas, y desconfía siempre de los artistas sin sentido del humor. El resto es humo.


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