viernes, 25 de julio de 2014

“Vida y leyenda del jinete eléctrico”, de JOAQUÍN PÉREZ AZAÚSTRE












“Vida y leyenda del jinete eléctrico”

Joaquín Pérez Azaústre

XXIII Premio de Poesía 
Jaime Gil de Biedma 
Visor, 2013
                                                                                           


Podría hablar a lo largo de cinco o seis hojas con un vocabulario engalanado de la poesía de Azaústre; podría empezar haciendo referencia al lenguaje, al estilo, a esos recursos que usa aquí o allí. Luego pasaría a los temas: intentaría llegar al “quid” del poemario, al hilo conductor. Seguiría –claro está- por una serie de comentarios aparentemente certeros sobre el autor y su concepto del mundo, sobre su capacidad para atraer al lector o sobre lo que piensa sobre la vida, muerte, libertad o incluso amor (temas frecuentes, ya se sabe). Y finalmente, como toda reseña medianamente en condiciones se merece, me iría a las aderezadas conclusiones, elevando mi tono y mi lenguaje, para cerrar de una forma más o menos rimbombante asegurando al futuro lector que disfrutará con este libro. Quedará, en cualquier caso, muy bien patente la idea de que me he leído el libro y que escribo, además, desde la amistad, siempre aderezado de adjetivos y verbos de uso poco común.
Pero yo no puedo hacer todo eso. No soy capaz. Creo que, después de escribir un buen poema, lo más difícil es hablar de un buen poemario. Y hasta aquí podría llegar mi reseña. Bastaría para entenderse.
Pero sigamos; hagamos ejercicio de memoria.



Me tropecé con el poemario de Joaquín en uno de los viajes a Madrid del año 2013, ya a finales; rondábamos la librería Visor, y al verlo allí, metidito entre otros libros, tan bien colocado, no dudamos en comprarlo y se hizo nuestro esa misma mañana. Llovía –lo recuerdo- y hubo que protegerlo del agua hasta que estuvimos bajo techo. Esa noche, a ratos, le eché un vistazo, y reconozco que mi primera impresión no fue buena. Pero no me malinterpreten: era un poemario duro, una ardua tarea que exigía silencio absoluto y, sobre todo, un espacio íntimo para atenderlo. En Madrid –y en ese viaje precisamente- no podía ser.
El segundo intento sucedió durante las vacaciones de Navidad, pero ya se sabe: mucha gente, muchas cenas, mucho viaje. Desistí. No podía –perdóname, Joaquín- enfrentarme a su lectura: requería más cuidado, más atención. Más mimo, si me lo permiten.

Y fue ya a finales del invierno cuando una noche, cenando entre amigos (poetas, claro) salió el tema a colación: yo dije, con el pudor que me suele caracterizar, que efectivamente me había enfrentado al poemario en dos ocasiones y que me era imposible llegar al meollo, que me parecía quizá demasiado complejo y necesitaba de una tranquilidad supina para poder acercarme más de lo que lo había hecho los dos meses anteriores. Porque (y sigo en mis trece) leer un poemario no es entenderlo, y menos un poemario como del que aquí se trata: “Vida y leyenda del jinete eléctrico”. Fue entonces cuando me lo tomé en serio. Me retó sin quererlo.
Lo más relevante que podría decir del poemario de Joaquín Pérez Azauústre -y quizá también sirviera de conclusión- es lo siguiente: se trata de algo nuevo. Con eso no basta siempre, es cierto. ¡Pero es que es nuevo y encima bueno! Y no lo digo con ironía, que conste.
El interés era grande, partiendo del título (que ya a uno lo lleva a pensar en la película de Pollack del 1979, y esos paisajes americanos desérticos, y esa necesidad de alejarse de todo), seguido de los primeros versos del poema que nos abre a la obra: cómo cohabita el cuerpo su fulgor… Me enganchó, lo reconozco, pero para ello me hizo falta atención, un tiempo del que hasta entonces no disponía, un “querer entender” más allá de lo que leía verso tras versos en esas dos veces primeras.
Y no era la dificultad –créanme- por la falta de puntuación, pues un lector más o menos avispado pilla el ritmo a poco que se centre en lo que está haciendo; el ritmo se entiende porque lo tiene, y eso es dificilísimo de encontrar (ya no sólo de crear como autor, sino de leer como espectador). El ritmo, el ritmo… casi música, como lo entendían los griegos. Para mí era algo novedoso, con un vocabulario exquisito, un ritmo fortísimo y unas imágenes francamente abrumadoras. Y un poemario (y esto es importante) como todo poemario debería ser: unitario. 

Los poemas, en su conjunto, conforman un todo, una obra compleja y completa; uno no se entiende sin el otro, y en eso debería consistir un poemario (de la misma manera que no entenderíamos una novela si cada capítulo fuera de su madre y de su padre). Conforman, como digo, una concatenación de poemas donde la esencia no es el concepto suelto, como un destello o un flash, sino el concepto en su sentido más complejo, el símbolo, el elemento unido a la acción. No es lo que pasa únicamente, sino cómo pasa. Y perdonen, pero esto sí es novedoso.
Querría (¿eso se puede hacer en una reseña?) señalar unos versos impactantes, unas imágenes a mi entender demoledoras de las que no puedo ya quedar indiferente (y que, además, están subrayadas a conciencia en el poemario). Fueron versos que se convirtieron casi en citas universales y que me gustaría destacar por la potencia que tienen. Y son sólo ejemplos.

Sobre la creación poética, encontramos algunas como:
“hoy vamos a partir el coxis del poema”
“quiero atar la poesía con cordones suaves”
“corta el automatismo seca ya el poema largo
déjalo respirar”

Y por supuesto, aquellos que recuerdan los temas clásicos, la mitología, donde uno –así es- me conquista:

“turbia furia de aquiles su retablo salvaje”
“briseida mírame
hoy terminan las odas morirás en la tierra donde nunca
amanece”
“fueron ya despojados de las grebas hermosas
tras la caída de ilión”
“guárdame de los teucros ven acá amado hijo”
“un esqueje voraz de los idus de marzo”

Y ya otros versos grabados a fuego, con una potencia soberbia, como:

“entre todos los vivo alguien soltará al perro”
“yo necesito gastarme y probar cómo aguanto”
“ya no esperamos que nadie nos recuerde”
“habrá que volver a tocar
las tablas de la ley en el desfiladero”
“he quemado los siglos y me calientan”
“nunca seré el más fuerte no seré el más veloz
pero cómo resisto”

Y es que definir los poemas de Joaquín Pérez Azaústre no es fácil, como no lo es llegar al meollo, al centro de su poemario, entender de verdad lo que nos está intentando decir. Por eso me niego –o quizá me es imposible- a enlazar palabras que no tienen sentido y utilizar artilugios propios de la crítica literaria para contar lo que a mí me ha sucedido, y por eso decidí hacerlo de la manera más justa que creí.

La poesía de Joaquín Pérez Azaústre me parece de una originalidad altísima, con un conocimiento de la lengua y de la sintaxis elevado y digno de mención. Y no sólo eso, sino que además el ritmo de cada poema, y del poemario en su conjunto, no desfallece nunca, y sigue la línea casi homérica, con ese ritmo tan marcado, donde no nos hacen falta ni puntos ni comas ni mayúsculas (recuerden, además, los inicios de la escritura). Es casi un ejercicio de inteligencia para el que lee, como un pulso entre autor y lector, un duelo al borde del desfiladero.



Y por eso sé (y lo acepto) que me costó entender el poemario de Azaústre: porque no es fácil, porque cuesta adentrarse en el auténtico esqueleto de cada poema, porque aunque hubiera comas y puntos, del mismo modo resulta un material altamente inflamable. Sus imágenes a veces son demoledoras, con versos lapidarios que nada tienen que envidiar al mismo Horacio o Séneca, con artificios los justos (gracias, todo sea dicho), pero de una intensidad aplastante. Quizá esa sea la mejor imagen: como un ladrillo cayendo de golpe contra el suelo, o como un choque frontal entre dos coches. Imágenes que impactan por su fuerza, unidas a un vocabulario exquisito sabiamente escogido y una destreza de la sintaxis envidiable.

No sé qué intenta expresar un poeta con su obra (si es que acaso intenta expresar algo a su lector mientras elabora el trabajo) o si realmente es consciente del hecho de que sus palabras llegarán a un receptor en algún momento. Realmente uno duda de si la Literatura es en sí un acto de comunicación en el sentido tradicional…, pero cuando uno lee de verdad “Vida y leyenda del jinete eléctrico”, cuando lo entiende, cierra el libro con un sabor a libertad en la boca, con la seguridad de que todo ha cambiado (y menos mal) y deseando irse, volar, salir del cerco. No sé si me equivoco.

Y no puedo decir nada más que felicidades, Joaquín: mis más sinceras felicidades por atreverte, por cortar en seco, por dejar respirar a la poesía, por avanzar con pies seguros en este Valle de Lágrimas.




 Noelia Illán Conesa



1 comentario:

José Luis Martínez Clares dijo...

Joaquín es un poeta de cabecera. Siempre hay que tenerlo a mano. Saludos