martes, 30 de septiembre de 2014

HOY FIRMA: JAVIER ASIÁIN. "CRÓNICA DE UNA REVELACIÓN"



Taller Literario con Juan Carlos Mestre




Recibir en un sitio como el Hotel Rural “Villaclementina” de Murillo de Lónguida, a escasos kilómetros de Aoiz, en Navarra, a los pies de un valle casi mágico, con sus maravillosas instalaciones y su excelente personal de servicio, un Seminario – Taller sobre poesía, con un artista del Renacimiento como Juan Carlos Mestre, con un poeta que lleva a la vida cada verso hasta sus últimas consecuencias, que habla como escribe sus libros y escribe como habla, es en verdad un lujo al alcance de muy pocos. 





 Durante la presentación del taller


Durante tres intensos días disfrutamos en honda conexión artística con el Maestro Juan Carlos Mestre. Escuchar a Juan Carlos, los planteamientos de pensamiento filosófico, el sentido de la Poesía para quienes creemos todavía en Ella, esa obligación por reivindicar otra manera de estar y decir…

El Poeta nos hizo creer que la Poesía es un estado de conciencia y que es por excelencia el arte de la delicadeza humana y que acaso el pensamiento de un solo poeta es capaz de trasformar el pensamiento de una generación entera. Que la Poesía -en mayúsculas- en un acto de resistencia contra la dominación de lo establecido y que debemos reunirnos en torno a Ella para reafirmarla  y reafirmarnos, para defender  ese otro lenguaje, esa otra mirada ante las cosas y ante el mundo. También por la necesidad poco reconocida de reencontrarnos entre los poetas y con ello hacer nuestras las palabras de Voltaire porque entre los lobos debemos aullar de vez en cuando.


Ese fin de semana fue intenso porque todos amplificamos la mirada y la delicadeza en la percepción creativa, pero además porque multiplicamos la vida por cien en todas sus dimensiones. Porque sólo a veces la vida se parece al Arte -y no tanto a la inversa-, me atrevo a sugerir que para los 19 participantes del Taller Literario,  tras la experiencia cuasi de fundamentación con la Poesía, algo en nosotros ha cambiado.


 El poeta, compartiendo impresiones con los asistentes



Y como Jaime Gil de Biedma diría, nosotros los de entonces, ya no somos los mismos. No seremos los mismos.

Si uno de los grandes misterios de la vida se nos da en los encuentros, el encuentro con la Poesía de Juan Carlos Mestre fue para nosotros como el don de una Revelación.


Javier Asiáin



El poeta  junto a Javier Asiáin (izquierda) y tocando el acordeón durante la velada.


  

 La poeta Marina Aoiz, asistente también al taller




ELOGIO DE LA PALABRA

   Esta palabra no ha sido pronunciada contra los dioses, esta palabra y la sombra de esta palabra han sido pronunciadas ante el vacío, para una multitud que no existe.
   Cuando la muerte acabe, la raíz de esta palabra y la hoja de esta palabra arderán en un bosque que otro fuego consume.
   Lo que fue amado como cuerpo, lo escrito en la docilidad del árbol único, será consolación en un paisaje lejano.
   Como la inmóvil mirada del pájaro ante la ballesta, así la palabra y la sombra de esa palabra aguardan su permanencia más allá de la revelación de la muerte.
   Sólo el aire, únicamente lo que del aire al aire mismo trasmitimos como testamento de lo nombrado, permanecerá de nosotros.
   La luz, la materia de esta palabra y el ruido de la sombra de esta palabra.




EL ARCA DE LOS DONES

   Mi alma es esa casa de madera que arrastra el vendaval.
   A veces en la noche yo siento acercarse a un huésped invisible y oigo girar su llave y escucho avanzar sus pasos.
   Entonces la poesía, cada pluma arrancada a las alas de un ángel, es la semejanza de una casa en el aire, el portal luminoso, las ventanas abiertas, el que empuja la puerta y el que entra seguro y se acerca hasta el arca y reparte los dones.
   Doy al amanecer, cuando la sangre de los delfines se derrama lentamente sobre el serrín de las cervecerías, un cuchillo blanco.
   Al que bajo el hielo negro de la noche caminó conmigo y sufrió conmigo la dócil alianza del fracaso, dejo la herida.
   A la columna de silencio de esa muchacha que rozada por el tacto de la obediencia guarda en su pensamiento la perfección de la muerte, una copa de viento y de raíces.
   Al río de mi infancia donde bebió Demócrito de Siracusa la niebla del espíritu, la claridad que ya no tendrán mis ojos.
   A la ciudad que cercada por la elipse del envejecimiento enterró su memoria junto a las norias de la desposesión, una tumba vacía.
   Al muchacho judío que ante un espejo empañado contempla el rubí de su alma atravesado por la espina de la crucifixión, una caja de música.
   A la sombra de mi padre contemplando la luna, una cabaña en el bosque.
   Al que en los atrios de la conformidad padeció la pobreza mas no será nombrado en las tablas de la justicia, la balanza con los alimentos.
   A la orilla del mar, un caballo con cabeza de tortuga romana.
   A la mujer que me amó con la fidelidad del astrónomo, dejo el resplandor, el halo de una estrella cuyo astro no existe.
   Al ibis, la analogía de las agujas.
   Para el que estrechamente vigilado por la locura hizo vibrar el ángulo recto de las constelaciones, el acordeón y las palomas verdes de la plaza.
   Para ti, amor mío, el río eterno de los dioses y sus gatos sagrados.
   Al insobornable enemigo cuya víctima fue feliz como un imán vertiginoso ante los filamentos de la melancolía, una silla de enea.
   A la muerte, una puerta abierta.
   Al ajusticiado en el abismo de su propia escritura que sólo tuvo oídos para el ángel y amó la semejanza y la inutilidad de las cosas, una jaula con peces de madera.
   Al otoño, la lejana memoria de las ballenas del cabo.
   A la sabiduría de los profetas, un candil de silencio.
   A la lápida de Leonardo Mestre, los sueños que no tuvo y que ya nunca sabrá.
   Al que con su linterna de fósforo ayudó a resistir y guió la navegación de los torturados, el faro de la utopía.
   A la dulce mujer que se acercó a mi sombra como madre, el azul de mayo y el zumbido de las abejas en la primavera.
   Al jardín de los monasterios, la alondra del alba y la rosa cortada del rabino.
   Al tetrarca y al que está detrás de su lengua como un tábano, la urna rota del centauro ante la que un lacayo da voces.
   A la tristeza que iba cruzando el puente aquella tarde de invierno, un revólver cerrado por un nudo.
   Para el leñador que derribó el gran ciprés de los hermeneutas, el meteoro silvestre de las ciervas ingrávidas.
   A la estatua de Francesco Orsini duque de Bomarzo, el vértigo transparente de la materia que huye.
   A los versos que no escribí, un collar de frutos y semillas.
   A la grieta del eremita, la pantera del anochecer.
   A la memoria, la lluvia, el lirio de las estaciones abandonadas por las que pasa el ferrocarril sin detenerse.
   A los amantes que descifran su desnudez en la oscuridad, un hilo de saliva.
   A la pirámide del conocimiento, la amatista mojada del escarabajo y los élitros celestes del jeroglífico.
   A La Habana de mis antepasados allá por mil novecientos veinte, la nieve.
   Para Rousseau el Aduanero, los ágiles antílopes que cruzan el agua encarnada de los sueños.
   Dad este libro a los animales, al búho y al alce, al armadillo y al erizo silvestre. Arrancadle una a una sus páginas y dádselas a los animales. Dadle al hurón la oscuridad de la palabra búfalo y al búfalo la inmaculada pradera del billar de los bares.
   Y de entre todos los dones y de entre todos los sueños, dadle a mi corazón una casa en el aire.



*De La poesía ha caído en desgracia 
 (Madrid, Visor, 1992)








Javier Asiáin (Pamplona, 1970) es poeta y divulgador cultural. Entre su obra poética destacamos: Liturgia de las Horas (Premio “San Juan de la Cruz” Adonais. Rialp. Madrid 2012), El triunfo de Galatea (Premio “Claudio Rodríguez”. Hiperión Madrid 2011), Unidad de Cuidados Intensivos (Premio a la Creación literaria del Gobierno de Navarra), Contraanálisis (Premio de Poesía “Villa de Aoiz”, Salamanca 2009), Testamento de la espiga (Premio Francisco Ynduráin. Editorial Everest, 2008), Simulador de vuelo (Editorial Celya, Salamanca 2007) y Votos perpetuos  (Premio  “León Felipe”. Editorial Celya, Salamanca 2006).







No hay comentarios: