martes, 23 de septiembre de 2014

HOY FIRMA: LUIS ANTONIO DE VILLENA. "Los sonetos de Shakespeare".



Desde hace años son casi legión las traducciones que se han hecho al español de los “Sonnets” de Shakespeare. ¿Por qué? Nadie duda de que es uno de los “corpus” líricos más bellos en el gozne entre Renacimiento y Barroco, una obra maestra de la poesía inglesa. Pero como Shakespeare (1564-1616) es uno de los autores menos documentados del período elisabethiano, entran también en la cuestión de los “Sonetos” temas eruditos y asuntos relacionados con la biografía (casi desconocida) del autor: ¿Era William homosexual? ¿Quién era la “dark lady”, la dama oscura? ¿Quíén el poeta rival que le disputa la amistad o el amor de Mr.W. H.?

Desde la bella versión (incompleta) de Manuel Mujica Láinez, pasando por la de Agustín García Calvo, y muy recientemente por la de Andrés Eherhaus, Antonio Rivero Taravillo, José María Álvarez o la mexicana de Fernando Marrufo -todas bilingües- no hago sino nombrar unas cuantas de las múltiples traducciones aludidas: en prosa, con ritmo pero sin rima, en endecasílabos, en alejandrinos, como sonetos petrarquistas o ya más modernamente como sonetos elisabethianos (tres cuartetos y un pareado) tal como es el original, un tipo distinto de soneto que Borges usó magnificamente bien en el español moderno. A este gran muestrario se suma ahora la también cuidada traducción de Ramón Gutiérrez Izquierdo (Visor) en un rico tomazo, más de la mitad cubierto de minuciosas notas explicativas. La joya está ahí y también el afán por españolizar una bellísima poesía que cambia (algo) según los traductores. 

Véamos el inicio del famoso soneto XX: “Un rostro de mujer, pintado a mano,/te dio Natura, mi señor, mi dueña;” (Ehrenhaus). “De un rostro de mujer fuiste dotado,/ dueño-dueña adorable de mi pasión;” (Marrufo). “Un rostro femenino la fiel Naturaleza/ te dio, señor y dueña de cuitas y quereres;” (Gutiérrez Izquierdo). Todo es lo mismo y todo diferente. ¿Quién dirá la última palabra en una traducción? Nadie.

Auden quería que leyésemos los sonetos de Shakespeare como la maravilla sensual y rítmica que son, y que nos dejásemos de pensar quién era el Mr. W. H. de la dedicatoria. ¿Un joven conde protector? ¿Un joven actor que interpretaba papeles femeninos, como quiso Wilde en un relato-ensayo admirable, que de algún modo, siguió el “Valentín” de Gil-Albert? La solución de Auden era decir que los sonetos hablan de Eros, de ese amor-amistad-deseo en joven forma masculina. ¿Y la “dama oscura o negra? ¿No serán sonetos unidos en la primera edición de 1609, que pasó desapercibida, pero procedentes de otro bloque, de otra historia? ¿Y porqué casi ninguno de los traductores traduce el poema llamado “Lamento de una amante” que cerraba la edición original de los sonetos, que la mayoría cree escritos a fines del siglo XVI, unos quince años antes de que se editaran? Pero sólo fueron famosos con la edición de John Benson, ya en 1640, bien muerto el autor.  Estudiosos y eruditos tienen (aún) mucha tela que cortar. Pero el lector, es cierto, debe olvidarse de ello y disfrutar de 154 poemas de amor, amistad y tiempo, cuajados de exquisitez y de belleza. Joven, mujer, poeta rival… Maravillosos sonetos.

 

 Yo creo que por eso son tantos los lectores que se quieren convertir en traductores de este conjunto hermoso. Muchos lectores extranjeros pueden soñar algo parecido con Quevedo o con Góngora…

No hay comentarios: