viernes, 3 de octubre de 2014

"LA MUJER CÍCLICA", de LAIA LÓPEZ MANRIQUE



 


La mujer cíclica
Laia López Manrique

Colección La Garúa, 47
Cubierta: Mercedes Gómez Martín
Marzo de 2014











Los poemas de Laia López Manrique nos reconcilian con el quehacer poético. Es una poesía que se erige en rito musical del pensamiento, en razón de un ejercicio sólo al alcance de los más sutiles. Al terminar el libro sufres la suerte de todos los personajes y las vidas que se desbordan en estas páginas, porque en el fondo no son más que tentativas de comunicación, intentos para compartir espacios secretos, confidencias a veces tiernas y a veces desvestidas de pudor, mapas que nos guían a encuentros reparadores o llamadas pasionales o alertas de socorro o advertencias.  La mejor parte del libro, Las que abrieron la sombra, es un homenaje excelente a sus referentes literarios y vitales, en esa mezcolanza que es hoy nuestra memoria, plagada de imágenes provenientes de mundos diversos, dispares, fragmentarios, deslavazados.  En esta parte Laia, antes de escribir su propia historia –que vendrá-, al igual que hacían los antiguos romanos cuando celebraban los orígenes de sus ciudades, Laia, digo, celebra en estos monumentos literarios el origen de su poesía, sus cimientos, su tradición. Me ha recordado, como siempre hacen los libros que me gustan, a otras lecturas, me ha llevado a Pizarnik en aquellas palabras de su correspondencia:


Heredé de mis antepasados las ansias de huir. Dicen que mi sangre es europea. Yo siento que cada glóbulo procede de un punto distinto. De cada nación, de cada provincia, de cada isla, accidente, archipiélago, oasis. De cada trozo de tierra o de mar han usurpado algo y así me formaron, condenándome a la eterna búsqueda de un lugar de origen.


Podría haberlo dicho ella también. Porque en este libro la influencia de Alejandra Pizarnik o Renée Vivien -El mundo es bello como un vergel de Mitilene:/Ya no temo la tarde que llora bajo los tejos./Te necesitaba como a un caudal de agua (…)- y la resonancia de los grandes versos de otros, por ejemplo el mejor de los Panero, Juan Luis, el de aquellos Sólo son tuyas –de verdad- la memoria y la muerte…,  y más, y otros… Es un placer encontrar el eco, la conciliación de voces en quien las evoca bajo la emotividad, en el sentimiento y la fragilidad de un mundo hermético y frágil, y tremendamente refinado. Ojalá todas las poetas de hoy hubiesen leído a Martine Broda para colocarla como cita inicial de sus libros (sí, chicas, buscadla en Google, aprended y comprad sus libros, leed de una vez algo que valga la pena…)






Porque a eso quiero ir, a esa fractura irreversible que nos traslada la poeta entre el referente externo y el significado interno de la palabra. A veces parece que nos encontramos ante una escritura automática, cautiva en el libre albedrío de su propia fluencia, otras veces es un decir reflexivo, vivificante, del pensamiento. Pero realmente es al final un decir que se recrea en la construcción de su discurso, adoptando diferentes tonos estilísticos, llegando allí a un tono salmódico (Anactoria) y aquí un verso con nervio y lúcido, de un poder sutil (Epéntesis). Me gusta más cuando camina por la poesía narrativa, porque lo hace de manera menos trillada hasta solidificar esa otra experiencia de la vida que son sus poemas. En estos poemas en prosa la sensación de acción, de “historia que continúa” viene sugerida por la sabia gradación del orden de las ideas, que crecen en intensidad, en exploración sensitiva, hasta llevarnos a un final donde de repente la voz a veces se pregunta, o se confunde, y nos confunde. 

Donde otros no verían más que evidencias aquí se pasa a una conjetura; cuando pasa por los ojos de Laia la realidad original queda desvirtuada hasta convertirse en crisis de lo que se ofrece plenamente entregado a nuestra mirada.

  


Hay un desgarramiento continuo, un deseo de decir y hacerlo desde el silencio al mismo tiempo, una desilusión nómada que se dispersa buscando, indagando, en esa búsqueda de sí misma. Habito un préstamo, nos dice en uno de sus poemas, y viene entonces la memoria de Emily Dickinson y los suyos, porque Laia ve la casa como la grieta que me funda (p.28), pero de la que escapa, huye para morir en la poesía (p.58). Porque ella ha elegido hablar (p.19), en el más amplio sentido de la palabra. Y a veces lo hace hasta con humor (Lucía Joyce y Violet Gibson, p.85).


El concepto de la negatividad que se respira en muchos de estos poemas actúa como reafirmación de la personalidad individual frente al caos circundante. No es una individualidad moralizante o narcisista, es la forma de presuponer al otro incluso desde su propia negatividad. Y lo invoca en muchos de sus versos, al otro, otra, ausente pero rescatado, no como coartada, y a veces desde la ironía más absoluta; traído para recordar y pocas veces para celebrar, de ahí su negatividad. 



La poeta aparece como desprotegida, temblorosa ante su propia fragilidad, pasada y presente, para terminar en una escritura que nombra desde su distancia para no caer en la trampa de los símbolos y no creerse más de lo que se es, de lo que somos: la nada imponiéndose.


Queda un regusto resignado, esa desilusión –repito- que nos hace sentirnos como una traición que se prolonga por los siglos de los siglos a nosotros mismos. Queda la sensación de que desde el desengaño se puede alcanzar una felicidad modesta, desde esa escritura errante que vaga por los desiertos de la memoria, como dice Laia, en otro poema brillante:




…nadie me ve caminando por el desierto ahora.


Me ven sentada ante un papel, escribiendo.


No ven al cuerpo desplazarse, buscar con su rodaje la


textura efímera de las dunas.





Pues eso, Laia: sigue escribiendo.



Jean Paul Caribdis



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