miércoles, 10 de diciembre de 2014

"EL LENGUAJE DE LOS PUÑOS", de DAVID GONZÁLEZ (por José Luis Martínez Clares)







 

"El lenguaje de los puños"
David González







“Es duro ser negro. ¿Has sido negro alguna vez? Yo fui negro una vez… cuando era pobre”. 
Larry Holmes



El combate.
“(…) según esto, / la especie humana está en claro peligro de extinción. / espero que a ningún ecologista le de por declararla / especie / protegida”.


Hace unas semanas que llegó a mis manos El lenguaje de los puños (Origami, 2014) y ya he liquidado un par de asaltos. En el primero, me dejé llevar por el orden establecido de ensayo más poema, pero el segundo recorrido lo estoy haciendo de forma caprichosa, sin atender a ningún precepto lógico, porque la lectura también anhela, en ocasiones, esa pequeña dosis de caos que nos facilita la violación de las fronteras.

El púgil.
“(…) me conformo / con que algunas tardes, no todas, / por la única ventana de mi casa, / entre / el sol”.

La mayor parte de los ensayos que aparecen en esta antología de la obra de David González (San Andrés de los Tacones, 1964) persiguen, entre otras cosas, etiquetar al poeta, atrapar en un par de palabras su estilo, sus temáticas y sus desenfrenos. Realismo sucio, poesía de la conciencia, malditismo, son sólo algunos de los cuadriláteros en los que la poética de David González ha sido encuadrada. Pero, después de leer sus poemas, se diría que como David González sólo escribe/pelea David González, y, por tanto, el etiquetado de este autor/personaje o la inmersión de su obra dentro de alguna corriente concreta puede parecer un derroche conceptual. Sí existe, en cambio, un aspecto que es común a toda su producción y que el mismo poeta nos desvela al subtitular de esa manera su libro Algo que declarar (Bartleby Editores, 2007). Hagámosle caso y califiquemos su poética como poesía de no ficción.

El fajador.
“(…) Yo tengo / treinta y ocho años. A los veintiuno / estaba en la cárcel”. 


David González es un tipo, por extensión un poeta, descarnado y emocionante, como la vida que pasa diariamente ante nuestros ojos sin que le prestemos demasiada atención. Sus versos sobreviven al olvido totalmente desnudos de metáforas, de adjetivos, de artificios, porque la crudeza o la verdad no precisan de aditivos para emocionarnos, para sacudir nuestras conciencias aletargadas. Desnudo está también el lenguaje que utiliza, sin pudor alguno, disimulado apenas con calzón negro, porque David González se siente en deuda con el lenguaje del pueblo, con la voz de quienes nunca la tuvieron, y se sumerge en la riqueza léxica del día a día, tropezándose con personajes que hablan con las palabras precisas y preciosas de los desfavorecidos. No obstante, la elección de ese lenguaje no responde a un capricho, pues la jerga callejera, fronteriza, tan humana como inhumana, es la que mejor se adapta a los combates que afronta el poeta. Porque ¿quién podría narrar con barroquismos la cotidianidad de cada día, los desmanes del pasado, la presentida mugre del porvenir o las macabras imposiciones del sistema?
Parafraseando a Bundini Brown, digamos que sus palabras “se mueven como una mariposa pero pican como una abeja”.

Peek-a-boo.
El hombre que mejor conozco soy yo mismo”. 

Y de él mismo tiene David González muchas cosas que contar: las consecuencias que la guerra y la dictadura tuvieron para los suyos y que uno nunca se sacude del todo; los monótonos entresijos familiares; su paso por el trullo y el posterior regreso a un mundo perverso; el trabajo duro y mal remunerado; los pequeños dramas que se suceden a pie de calle, en las puertas de los bares, muy cerca de la calamidad; el submundo de las drogas, de los diálogos a mano armada, del silencio. No en vano decía Muhammad Ali que “cuando tienes razón, nadie lo recuerda, pero cuando estás equivocado, nadie lo olvida”. Todo ello es relatado a través de sus versos, dando lugar a una poética genuinamente narrativa en la que las palabras se suceden como llamaradas de pasmosa realidad, igual que una pelea que se fraguase con escasos golpes de tanteo.
“(…) busca san andrés, dijo un policía. / tampoco. / mira a ver por andrés. / no. / prueba con tacones. / ni rastro. / así que cuando salí de la comisaría / había vuelto a nacer, / sólo que esta vez en la ciudad de Gijón. (…)”.
Leyendo a González, uno descubre que hasta la renovación del DNI puede resultar un hecho conmovedor, que sentarnos a la mesa con su familia supone bucear por las aguas de la memoria compartida, que surcar la escabrosas calles de un barrio periférico es una actividad poética cuando se abren bien los ojos. Porque parece que a David González, como a Jake LaMotta, “todo lo que le ha pasado en la vida, bueno o malo, siempre ha carecido de término medio”.

Uppercut
 “(…) hace ya tiempo / que me cansé / de despellejarme / la piel / de los nudillos / llamando / a ciertas puertas / que hagas / los méritos / que hagas / ni se abren / ni se abrirán nunca (…)”.


A David González tienen la mala costumbre de cerrarle casi todas las puertas, tal vez porque le suceda un tanto como a George Foreman: “no sé cantar ni bailar ni cuento chistes, pero soy el mejor dejando a la gente fuera de combate”. Que sepamos al menos se las han cerrado los césares de la República de las Letras y las grandes editoriales, esas que se dedican, en más de una ocasión, a la edición de libros en los que el lector ya no encuentra alma sino oficio, libros que besan la lona a poco que los sacudas. Pero el asturiano, que es un poeta inusualmente fecundo y ya posee una extensa obra, no va a tirar la toalla porque su poesía es necesaria, su poesía no se rinde porque encaja más golpes de los que da, y se presenta a todos los títulos superando los pesos requeridos, preparada como está para resistir, a diario, la dichosa cuenta atrás a la que la someten los guardianes de los cánones establecidos.
Créanme: siempre hubo grandes libros servidos por editoriales pequeñas. Tal vez a ellas les debamos estos escasos atisbos de renovación literaria.

Knock out.
“Yo no escribo cuentos. Los cuentos están bien para que los niños se duerman. Pero yo no quiero que se duerman. Quiero despertarles. Y que ellos despierten a sus padres. Y que sus padres despierten a todo el vecindario”.  

Y eso es lo que consigue David González, porque su poesía no nace para ser pulcra y dócil sino para convertirse en esa novia enlutada que regala al lector una bofetada de sombría realidad.



 José Luis Martínez Clares



*El lenguaje de los puños. Antología crítica de la poesía de David González. Volúmenes 2, 3 y 4. Edición de José Ángel Barrueco. Editorial Origami, 2014.


 
José Luis Martínez Clares (Granada, 1972) es director de la revista Puerta de la Villa y miembro del Centro Andaluz de las Letras. Es autor de los libros de poesía “Palabras efímeras” (2010) y “Vísperas de casi nada” (2011), y del libro de crónicas “Versos para descreídos” (2013). Entre otros reconocimientos, ha sido ganador del VII Premio “Águila de Poesía” de Aguilar de Campoo (Palencia) en 2011.



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