viernes, 16 de enero de 2015

EL POETA FRENTE A LA SOMBRA. El último libro de José Daniel Espejo visto por Rubén Ángel Arias.








           Mal
José Daniel Espejo









 


José Daniel Espejo (Orihuela, 1975) tiene un montón de datos interesantes con los que vestir las solapas de sus libros. De entre ellos, y porque son especialmente pertinentes para leer bien este Mal, rescato tres: es padre de dos hijos, es un activísimo militante de la PAH y de IU, y su mujer murió de cáncer. Así se explica el título, la dedicatoria que abre el poemario, «A Charo Gómez, que vivió conmigo», y buena parte de lo que viene después. 

© BENCE BAKONYI

Para esta reseña, me había propuesto reagrupar los poemas por mecanismos y materias, pero enseguida me di cuenta de que las señales y los marcajes iban a proliferar alegremente hasta acabar desparramando el contenido del libro. Más tarde, he pensado que dicho efecto quizá no fuera tanto una deficiencia de mis etiquetados como una propiedad intrínseca de los 36 poemas recogidos a lo largo de estas 46 páginas –primorosamente editadas por Balduque– que se leen de un envión y que, como niños ante un tiovivo, piden incansablemente otra vuelta, otra lectura. Y es que nos encontramos ante una obra que ha sido guiada por una unidad más existencial y biográfica que temática. Lo cual no es ni bueno ni malo ni está mal, pues aceptamos que los libros de poesía se producen por el efecto combinado del decantamiento y la espera. A estos poemas los ha agavillado el tiempo y una idéntica respiración.  

Sin embargo, aunque no exista un elemento común a partir del cual ir engranando uno a uno todos los poemas de Mal (título convergente donde los haya), sí que es posible entrever en ellos, sin forzar demasiado las dioptrías, una tendencia generalizada hacia el cierre epifánico. Con esta fórmula identifico un modo de dosificar y articular la información en el interior del poema de tal manera que su tensión se resuelva o cristalice en una emoción, idea o imagen cuyo impacto nos espera en los versos finales. Se trata, no es ningún secreto, del funcionamiento clásico de la sorpresa, que consiste en desplazar hasta el cierre del poema el destello que ilumine lo anterior, obligándonos, una vez allí, a releer hacia arriba: contra la sintaxis y a favor del sentido. De forma que, como asegura el último verso de «Alguien o algo»: Hasta el final no te enteras. O casi.

© BENCE BAKONYI

Esta concepción que, insisto, no es tanto una particularidad de la poesía de José Daniel Espejo como un modo tradicional y naturalizado de ordenar la escritura, permite explicar, entre otras cosas, los juegos que se producen entre los títulos y los cierres de los poemas. «Jet», «Pértiga» y «Final twist» son buenos ejemplos. El titulado «H.» es,en esto, paradigmático. El eufórico enigma que lo motiva se resuelve como sigue:

Creo en un dios, en su carne,

en su múltiple carne, sí: nosotros.

En absoluto infalibles ni eternos,

capaces de catástrofes sin nombre,

pero bañados en lo divino, en el Otro,

en los iconos templados del amor,

en el mar de ser mirado y sus corrientes.



Somos dios, somos templo, oración,

blasfemia, excomunión y cisma,

herejía y mística. Somos nosotros, la mística.

Somos nosotros, la hostia.

Este misma estructura epifánica de la composición funciona en dos niveles distintos a lo largo del libro. Por un lado, y en lo que atañe al trabajo artesanal, aproxima los poemas al relato típicamente moderno (de Poe a Cortázar) donde el poder de sugestión depende de la maestría con que las últimas frases resuelven la tensión que ha ido previamente acumulándose. Por otro, nos pone sobre una de las pistas existenciales en torno a la que gravita el poemario: la de la muerte, que es siempre y es también un fulgor retrospectivo. 

© BENCE BAKONYI

En muchos casos, además, este trato respecto al cierre aporta a los poemas un tono sapiencial de ecos orientales. Porque los poemas de José Daniel han leído a Catulo y a Marcial, a Lao-Tsé y Las mil y una noches, a Borges y a Mark Strand, y tienden a concluir con un aire de perenne sabiduría y de advertencia. Bajo esta clave pueden leerse «El mejor zapato posible para cruzar el desierto», «Evita los caminos» y «Anales de botánica imperial». Y, también, los que, como «1 de mayo», «11/X» y «Nikolai», culminan a la manera de las concentradas parábolas de Kafka, con una puerta que se ha cerrado o va a cerrarse.

La banda sonora es el otro elemento que trabaja a favor de la homogeneidad del conjunto. La banda sonora, esto es, el ritmo y la eufonía. Para seguir con la metáfora, diría que el estudio en que se ha grabado Mal es deliberadamente espartano, en él se encuentran dos antiguos e inseparables compañeros de José Daniel Espejo: el verso libre y la rima interna. Un verso con una muy ligera y natural deriva hacia el endecasílabo: «No obstante, hay que decidir. Otros alegan / que no existe en absoluto el zapato / perfecto para el desierto, y que solo / la fe tendrán por suelas, y se lanzan». El equipo de audio, también muy disimulado y sin aparataje, tira de asonancias, reverb y aliteraciones. Con eso basta. Con eso y con una marcada predilección por la paradoja, muy evidente en poemas como «Se te olvidó la letra», «Siesta» o en esa variación extrema del perro del hortelano o del ni contigo ni sin ti que es «La confesión de la princesa blanca».

© BENCE BAKONYI

Queda por resolver cuáles son los temas que Mal enfrenta desde la poética que he venido describiendo. Voy a necesitar de una brocha muy gorda pues, ya lo he dicho, se trata de un poemario que incomoda cualquier afán por parcelarlo, no en vano está estructurado como una solitaria primera parte de algo cuya continuación solo nos es dado imaginar. Con todo, diría que son tres los espacios imantados, a saber: el diálogo del poeta con las pulsiones y ansiedades de su oficio, el diálogo político con el presente y el diálogo con lo ido y con el proceso de irse. 

Están los poemas en que la escritura se vuelve sobre sí misma para construir las imágenes que la animan y dan cuerpo a su impulso, como en «Flan» o en esa reinterpretación de la musa que es «Estado de gracia», o en el metafórico «Anuncio para coches», donde el hablante se desdobla para decirse: «Tú lo que estás buscando es un coche / que te lleve lejos de ti / gasolina o diesel un lobo de aluminio […] / capaz de trepar las colinas / más escarpadas del ser». A esta misma estirpe pertenecen los poemas que reflexionan sobre las pretensiones y los alcances de la escritura («Alguien o algo» y «Se te olvidó la letra»), o aquellos en que la poesía se reivindica como un ejercicio de la soledad («11/X»). Una soledad satélite, de astronauta intrauterino y vencido como en «Nikolai» o como en «Junio indefinido»: «hacer viajes astrales y quedarte allí unos meses, / poner discos en bucle, atarte al sofá».

© BENCE BAKONYI

Están los poemas de combate que funcionan tanto por su precisión balística («Cifras» y «1 de mayo») como por el ánimo que convocan y al que nos despiertan («H.»). El sujeto que construyen (el peligrosísimo nosotros) está ahí creo que bien delimitado. Y digo creo porque en esto conviene ser escéptico e impertinente. Conviene desconfiar de un nosotros que no se defina o que se defina en la delicuescencia del mero pronombre. Desconfiar de un nosotros como de un ellos que usurpe todo lo histórico y lo concreto que somos, que son. Porque el nosotros es móvil y el enemigo también, por eso, en la estrategia, es tan importante ser muchos como saber los nombres de quienes están enfrente. Esto es lo que, en un poema como «Empleados», se pretende (de nuevo estas cursivas cautelares). Otra cosa es el enemigo íntimo, tan judeocristiano en su raíz, tan freudiano, tan culposo e inseparable que, de hecho, puede dormir «en su casa / y en lo más profundo / de tu corazón».

Están, son solo dos pero hacen ruido, los poemas chiste de Twitter: «Elegíaca» y «Pequeño poema solipsista». Se pasa fácilmente por encima de ambos, porque abultan poco y mueren rápido, en el mero hallazgo, en la ocurrencia, y no apetece después recuperarlos. Puede que su lugar sea estratégico, dispuestos hacia el final para aligerar la carga emotiva y trascendental del conjunto, pero interrumpen innecesariamente la intensidad y distraen. Como también distrae –y así aprovecho este párrafo para aventar de una vez todas las flaquezas– que algunos (tres) poemas vayan sin título y otros (dos) con el título genérico de Poema. Decisión esta que, tras varias lecturas, no he conseguido justificar.  

© BENCE BAKONYI

Y, por último, están los poemas de la memoria bumerán, los del vivo diálogo con la mujer que se ha amado y a la que se ha acompañado en una enfermedad sin retorno: «una mínima / racha de viento genético y ahí va / la equilibrista / al fondo del vacío». Estos poemas son lo más batiscafo que José Daniel Espejo ha escrito. Es fácil estarle agradecido por haberse sumergido ahí y haber vuelto, la camisa sucia, los zapatos baleados, el pelo revuelto para enamorar a los pequeños y, con él, en algún lugar o entre las manos, la viruta áurea, la migaja mineral, esa mancha, esa victoria precaria en la que el amor ha apretado inútilmente los puños contra el deterioro silencioso, contra la mordida del tiempo y la ausencia. Uno lee estos poemas con la emoción y la generosidad que provoca la empatía más inmediata. Empatía que consigue gracias a un extraño equilibrio entre la rapidez comunicativa del lenguaje cotidiano y una atmósfera de intimidad que solo puede venir de una lenta y larga cavilación de lo vivido. Lo consigue, hay que decirlo, despejando de cursilerías un terreno tan proclive a ellas. 


© BENCE BAKONYI

Y es que lo cursi, que es esa inercia que pudre la emoción de las palabras, trabaja siempre contra la verosimilitud del poema. Que a nadie le extrañe entonces que este sea para mí el logro mayor de este poemario y, en general, de la voz de Espejo. Lección que conviene apuntar y aprender. Y qué alivio y qué bien, qué buen trabajo. Lean «Charo y los libros», lean los dos poemas titulados «Poema», lean «Qué vano pronunciar», lean «Pértiga». Lean esto:


LOL


Llevas dos semanas de quimio en el cuerpo

y tu pelo empieza a rendirse a los venenos.

Decides raparte. Al uno y medio,

y aguantar así un poco más, porque es verano,

y dan calor los pañuelos. De modo que saco

la máquina

y la pongo en marcha: caen los mechones

castaños al suelo como hojas,

no hablamos de nada hasta que ataco

la zona de la nuca, de detrás de las orejas,

donde tienes las cosquillas, y es tan raro

oírte reír, a carcajadas, decirme espera,

no puedo más, de las cosquillas, y otra vez,

y otras carcajadas, un poco demasiado

enfáticas, un poco más largas de lo común,

de las que tan bien conozco, casi iguales,

pero no: carcajadas fingidas, entonces,

casi calcadas, sin embargo. Pienso

en toda esa risa de piedra, en que querías

clavarte a las cosquillas que te hacía

la máquina en la nuca, estar ahí,

dejar de deslizarte hacia adelante. Oh, cariño,

cómo desearía concedértelo. Y también pienso

que nunca te he querido más adentro, y que me guardo

la gélida belleza de esa tarde, de tu pelo por el suelo,

de tus risas proyectiles contra las ruedas del Tiempo.




                                      Rubén Ángel Arias



Todas las fotos que ilustran la reseña han sido tomadas
 de la serie publicada en su muro de Facebook por LA POSTIZA,
espacio artístico y cultural situado en la ciudad de Murcia,
al que agradecemos su gentileza.


 
Foto cedida por JON GOROSPE.
Rubén Ángel Arias (Zamora, 1978) es analista químico y filólogo aunque, durante más de ocho años, ha sido camarero.                   También ha trabajado cargando y descargando camiones de espuma y aluminio para dos empresas que, sucesivamente, quebraron. Hoy vive en la emblemática calle de los gitanos de Vitoria-Gasteiz.

Ha impartido clases de comentario de texto y literatura en la Universidad de Maine, experiencia que ha contado parcialmente en el blog Trenes hacia el Penobscot.




BENCE BAKONYI Fotógrafo nacido en Budapest en 1991. Se ha formado como artista en la Universidad de Arte y Diseño de Budapest y en la Universidad Normal de Shanghai. Tras participar en más de veinte exposiciones (colectivas o individuales), sus fotografías se han visto en todo el mundo, desde Costa Rica hasta Hong Kong. Actualmente son tres las galerías que ejercen como marchantes de su obra: las galerías MARK HACHEM, ARTIFY y TRYFFELGRISEN, en París, Hong Kong y Estocolmo, respectivamente.

“Los trabajos fotográficos de Bence Bakonyi representan los símbolos de la libertad, la ligereza y la transubstanciación. Por debajo de su estética contemporánea y joven nos proporciona capas más profundas de interpretación. El drama emerge de entre espacios luminosos o en la estética calmada que crea por las líneas de color. Los amplios espacios de sus fotografías y su capacidad para conectar la realidad y la fantasía nos alejan de los problemas de la vida cotidiana y dirigir nuestros pensamientos hacia esas preguntas universales y dignas de la existencia humana.”

http://bencebakonyi.com/

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