jueves, 5 de febrero de 2015

COCINAR EL LOTO, de Ángel Manuel Gómez Espada (por Noelia Illán)








Cocinar el loto
Ángel Manuel Gómez Espada

La Oficina Ediciones Culturales
Abril, 2014

Prólogo de José Daniel Espejo






Dice Ángel Manuel al final de “Cocinar el loto”, en la última línea y a modo de dedicatoria: a aquellos que le den una segunda oportunidad.

Tras mi primera lectura, pensé: ¿al poemario… o al amor? Porque a pesar de ese título homérico que bien ha sabido utilizar, que no me engañe Ángel: el tema aquí es el amor. O el desamor, que al final es lo mismo.


Bien. Vayamos por partes.
 

Un título que le viene como anillo al dedo a estos poemas de Ángel Manuel, un título que bien merece el periplo que venimos sufriendo desde tiempos homéricos todos y cada uno de nosotros: el amor. Y perdonen que me ponga ñoña (o lo parezca), pero ese es el motivo del viaje de Ulises y, por necesidad, de Ángel Manuel.


Como él mismo afirma en el segundo poema, el amor también es/ una forma de viaje./ Primitivo. Austero. Ya ahí nos da las claves de la historia, una historia por otro lado perfectamente entretejida, desde el inicio hasta el final, cuando ya no es tanto el Odiseo que busca su isla y se acerca al Hyde más cruel y sórdido. Esa evolución del personaje Ángel Manuel la ha conseguido de una manera diestra, eligiendo sabiamente los cómo y los cuándo.


Cuatro partes perfectamente estructuradas, estudiadas diría yo, donde el viaje arranca desde ese “ha querido el azar unirnos hoy” (que además, es en cierto modo el contacto entre el lector y el poeta, una invitación) del primer verso y acaba con el más absoluto ostracismo del último. Hay una evolución clara a lo largo de las partes del viaje, tocando esos puntos necesarios como lo haría Ulises por el Mediterráneo.


Pero nada me importa ya.

He vivido. Y eso puedo gritarlo.

Con esto es suficiente.

Por si fuera poco, he conocido

Los placeres más ocultos.

Entre la niebla aprendí

La danza de la oscuridad.

Que comience el ostracismo.


 Durante la presentación de "Cocinar el loto" en Murcia, 
en la Galería AB9 con La Galla Ciencia y José Daniel Espejo.
© Inmaculada Rodríguez


Primero, en Archipiélagos, el amor se presenta como lo divino, como una isla que nos espera (esa isla que somos nosotros mismos), la certeza de que alguien nos espera tejiendo, ese trozo de tierra al que siempre volvemos. El hombre capaz de vender sus viejos discos por la Penélope que le espera, de atravesar fuertes y fronteras hasta tocar tierra. Pero –ya se sabe- distintas zonas horarias no pueden salvarnos del jetlag, de la resaca del viaje: todo se rompe.

De esta parte –y que me permita Ángel Manuel reproducirlo entero aquí- me parece magnífico el siguiente poema, Archipiélagos (parte tres):


Los hay que regresan a la misma isla de siempre.

Los hay que se pasan la vida destejiendo calcetines.

Los hay travistiéndose de Calipso sofisticada

O disfrazándose de Telémaco decepcionado.

Los hay que callan por no ofender.

Los hay también que otorgan por no ofender.

Los hay, muchos, demasiados, que hablan para no decir nada.

Los hay que se sostienen apenas con un vaso de agua.

Los hay que viajan para no perderse en casa.

De vez en cuando se da el caso de gente

Que se acerca al mar en silencio,

Contempla la posibilidad insondable de la nada,

Se muerde la tentación obsesiva del viaje.

De entre ellos, unos pocos mojan los pies en el agua

Y andan hacia atrás, si el azar en forma de ola

Les cubre los zapatos, les moja la corbata.

Como simples cangrejos.

A estos últimos habrás de temerlos.

Llámalos enemigo, cúbrete las espaldas.



Es el inicio de esa segunda parte, Abierta la veda, donde el poeta (un ser extraño, porque él ve las cosas de otro modo, porque la poesía le hace distanciarse del mundo real), aunque se resigna en todo momento, pierde el Norte: el aventurero, que ama apresuradamente, se ha perdido, y sigue obcecado en volver a su isla, cada vez más lejos. 


Que la vida, en resumen, no es tan sencilla

Como algunos interpretamos en poesía.

Un millón de formas para decir adiós.


Se resiste a no tener esa isla donde llegar. Comienza entonces el diálogo interno del protagonista de nuestra historia, en una mezcla de aceptación del presente doloroso y el pasado que deificó a los amantes, como ese Catulo que se lamenta ante la puerta cerrada de Lesbia. La realidad es más fuerte que su recuerdo del pasado, y la Penélope ya no existe (o si existe, está con otro, lo mismo da). Ya no hay isla. ¿Para qué la esperanza? Es curioso, además, el título de esta parte, que recuerda claramente a la caza: el animal ha escapado. Hyde está entrando y ya no hay marcha atrás.


La ironía está presente a lo largo de todo el poemario, pero quizá en esta parte es donde más fuertemente aparece. Y como en todo viaje, la necesidad del olvido asalta de golpe: el loto es la clave.



VALE, TODO perfecto.

Ya no somos amantes,

Ni siquiera de lo ajeno.

No compartimos la cama

Ni la taza roja del nescafé.

Comemos en platos diferentes

A diferentes horas,

Y nos escondemos del otro

Al cruzarnos por la ciudad.

Todo es más sencillo así.


La tercera parte, Pastillas para el reuma, se convierte así en la parte más reflexiva, donde el diálogo interior es más evidente, y Ulises siente que necesita otra isla, que necesita ese otro viaje que lo rescate del naufragio (y curioso que Espada jamás use ese término en el poemario). El aspirante a suicida recuerda épocas pasadas, tiempos mejores, ese locus amoenus que lo mantiene vivo y que (lo sabe) que siempre estará ahí, pisándole los talones. 


Pero bueno, ya sabes,

Siempre quedará la incertidumbre,

De los efectos secundarios. A saber:

Vómitos, neuralgias, migrañas,

Nostalgia de tu carne a cualquier hora

Y una espesa niebla en la mirada

Cada vez que se pronuncie tu nombre.


Pero que no nos engañe: el Ulises intrépido, buscador de su isla (suya, la que era suya, la que ahora está con otro, esa que le ha mentido y lo ha convertido en el monstruo que es) poco a poco se va convirtiendo en Hyde, en un personaje mucho más oscuro que el aventurero del inicio. O eso pretende, como una forma de continuar hacia el futuro, huyendo de ese decorado en el que se ha convertido su pasado.


No siento el más mínimo amor propio.

Mas en ese aspecto soy inquebrantable:

He decidido no llamarte, no salir, desesperado,

A buscarte (…)



Y llegamos a Cocinar el loto, al quid de toda la historia, el alto en el camino de todo navegante: el olvido.

Dice Homero en el canto IX de La Odisea, en boca de su protagonista:


Y después que hubimos gustado los alimentos y la bebida, envié algunos compañeros -dos varones a quienes escogí e hice acompañar por un tercero que fue un heraldo- para que averiguaran cuáles hombres comían el pan en aquella tierra. Se fueron pronto y se unieron a los lotófagos, que no tramaron ciertamente la perdición de nuestros amigos; pero les dieron a comer loto, y cuantos probaron este fruto, dulce como la miel, ya no querían llevar noticias ni volverse; antes deseaban permanecer con los lotófagos, comiendo loto, sin acordarse de volver a la patria. Mas yo los llevé por fuerza a las cóncavas naves y, aunque lloraban, los arrastré e hice atar debajo de los bancos. Y mandé que los restantes fieles compañeros entrasen luego en las veloces embarcaciones: no fuera que alguno comiese loto y no pensara en la vuelta. Lo hiciern en seguida y, sentándose por orden en los bancos, comenzaron a batir con los remos el espumoso mar.


El loto nos hace olvidar, el loto nos salva de ese naufragio, de la caída ante la Escila o la Caribdis más violenta, mentirosa o traidora. Ha olvidado y todo está bien. El protagonista sigue viajando, pero ya desencantado del mundo, sediento de ninfas de ojos negros. Le da igual la silicona, la cocaína o las miradas inciertas de esas mujeres, si le traen algo de compañía (y sexo, claro; así uno olvida mejor).

Hyde ha venido para quedarse y nada queda de ese “nosotros”: el más cabrón de los Ulises aparece en escena (uno puede ser poeta, pero también muy cabrón si uno se lo propone). Se ha convertido en un ser enfermizo, triste, al que sólo consolaría ya la amada (que no ha de volver). 


CARTA DE HYDE

¡Cuánto has tardado en llamarme!

Pero, una vez que lo has hecho,

Vano se me antoja que te refugies

En ese maldito brebaje,

Tal y como mantienes la tasa de triglicéridos.

He venido para quedarme.



Aparecen esas mujeres a los que Hyde atemoriza (Mary, Lis), ese personaje más sucio, más misógino, que ronda prostíbulos, jorobado, que ya no llora, más violento que el hombre enamorado que nos encontrábamos en el principio compartiendo galletas y cascos en un banco del parque. La transformación del personaje ha sido bestial en apenas un par de poemas. Ulises no busca su isla: está condenado al ostracismo. Quizá esa imagen sea mucho más “resultona”, sí; una imagen más violenta y sucia atrae más: un poeta que vaga por las noches entre la niebla y que ya no reconoce a sus amantes. Que ha logrado, al fin y al cabo, olvidar. El loto. El poder del loto.


Y después de haber destripado la historia como buena spoiler, vayamos a los puntos interesantes, o al menos esos trazos que pueden despertar la curiosidad del lector de reseñas y llevarle a comprar el libro. No pretendo más que eso: dar unas pinceladas de un poemario que, con toda sinceridad, me parece muy bueno. Destacaría algunos puntos fundamentales:


-Tratamiento de los temas: la visión del amor como un viaje del que no sabemos casi nada, la idea del ser humano como una isla que se encuentra con otras, esa tierra a la que siempre volver… recuerda a Ulises, cómo no. Y es que La Odisea no es otra cosa que la historia de un regreso por amor, un viaje de vuelta a la patria (a Penélope) evitando ese loto que hace olvidar. Cuando ya no hay Penélope, el loto se vuelve indispensable. Y ahí es donde sabiamente Espada rescata el mito para actualizarlo de una manera diestra y original.

INCAPAZ de soportar su engaño,

He despedido a mi amada Lidia.

Como la impaciente Penélope,

La cama que solícita hacía para mí

Destejía cada noche con otros.



-Referencias clásicas: ya desde el título el autor nos lo está diciendo. Es un lector de los clásicos, conocedor de Catulo, de Homero, de la mitología clásica. Y sólo un buen conocedor de esto puede permitirse el lujo de actualizarlo: las ninfas esnifan cocaína, los poetas nacen (o no) de una estirpe de Dárdanos, se puede comprar loto concentrado en el supermercado… Créanme que no es fácil usar así la mitología clásica sin que apeste a postureo y esnobismo.


NO, EVIDENTEMENTE no me ha parido una diosa,

Ni mi padre fue nacido de la estirpe de los Dárdanos;

No han naufragado mis leños en desiertas playas

Que tuvieran como única inquilina a la divina Circe;

Jamás mujer alguna tejió para mí lunas y primaveras,

Aguardando mi regreso veinte años completos.

Así que, si me he fijado en usted, ya ve que no es gran cosa,

Que su hazaña pasará desapercibida para todas,

Que ninguna de sus vecinas envidiará su suerte

Cuando a su puerta llegue un ramo de rosas.


-Cambio del punto de vista: la historia, que comienza lineal, casi narrativa, poco a poco se va convirtiendo en un diálogo interior del autor consigo mismo. En los primeros poemas, los plurales son frecuentes, no sólo referidos a los dos protagonistas, sino al lector y el poeta. Hay una identificación con el lector, porque a fin de cuentas todos somos humanos y todos hemos sido un Ulises perdido. No obstante, al final hay un cambio importante de persona, y el que se dirigía a una tercera persona (ella, la amada que ya no está), pasa a dirigirse de usted al receptor de la historia. Esto es importante porque hay un cambio brusco: el usted, más allá de una forma de respeto, marca aquí claramente un distanciamiento. El Ulises del inicio ya es Hyde: está lejos, no es el mismo. No te fíes de él, Mary.



Por usted he de hacer este esfuerzo,

Para que entienda bien

Que no existen los chicos anuncio

Y lo poco que me parezco a ellos,

Si es que no lo había comprobado ya

En mi forma irreal y explícita de amarla.

Dice usted que algo sucia, violenta,

Y pudiera ser tomado como cierto.

Pero habrá de reconocer conmigo, Lisi,

Que un millón de veces más resultona

Que la de aquél por quien lloraba

Charcos enteros hasta el mes pasado.


 En AB9, Manuel Pujante lee 
COCINAR EL LOTO
 © Inmaculada Rodríguez


-Referencias a la literatura y la música: ese toque culturalista que no podía faltar en Ángel Manuel. Como buen lector de poesía y de los Novísimos, ese punto snob, con referencias a Bob Dylan, a Homero, a Lakmé, a Stendhal, a Schubert, a Catulo o Pessoa… En fin, una serie de referencias que dicen mucho del poeta y su formación. Se convierte, en cierto modo, en una pequeña guía de “qué leer cuando he perdido mi isla”.


Bajas entonces tu rostro, avergonzado,

A tu libro de Stendhal y al café

Al descubrir que las conversaciones

A tu alrededor hablan siempre

De otros: de los que nunca pierden

Las tardes leyendo a Stendhal en un café

Y preparan oposiciones o trabajan;

Se machacan en el gimnasio y en la oficina.

Se ganan la vida, se follan a tus mujeres.



-El punto tórrido de algunas imágenes: esa sordidez, esa suciedad que define a Hyde, que ya es casi un monstruo, excita. Seduce porque es una imagen más resultona, como el mismo Hyde dice. Las chicas se fijan en los chicos malos, por qué vamos a negarlo. Se van con ellos aunque al día siguiente Hyde no las recuerde. Ese punto sucio y macabro casi rompe bruscamente con la imagen del Ulises enamorado que busca a Penélope. Ulises es Hyde; ya no busca: ahora folla. La ruptura con la primera mitad del poemario es muy fuerte desde que aparece por primera vez su nombre: También, Señor Hyde, supo superarme en esto.


ES CIERTO: No amo a mujeres reales.

Prefiero a las que llevan grapas en mitad de las caderas.

Las otras, las que hablan demasiado, gimen y mienten,

Sirven para muy poquita cosa, la verdad.

Me siento,

Las miro como si de un cuadro se tratara,

Las desnudo con la avaricia

De quien abre un tesoro,

Les pago y les pego,

Se pasean por el laberinto de mi verga

Como quien viaja por nuevos universos.



-El tono irónico: si el protagonista puede llegar a ser un cabrón, Ángel Manuel también. El poemario está plagado de comentarios irónicos porque el protagonista conoce el final, y aunque bien enmascarado, Hyde nunca deja de estar, incluso oculto en los primeros poemas. Ese sarcasmo se va haciendo más patente conforme avanza el poemario, pero ya en los primeros poemas podemos verlo, como en el poema TERAPIA DEL JET LAG o en LA RULETA RUSA DE RIMBAUD, por citar sólo unos ejemplos.


Bueno, ya sabéis, no creo

Que tenga que deciros

Que me va la marcha.

Supongamos que si está conmigo

Es porque follaré como los ángeles.



-El punto elevado de algunos fragmentos, no sólo en contenido sino en estilo. Hay ciertos diálogos interiores que alcanzan casi la reflexión más puramente filosófica, como en RESPUESTA DEL POETA A LA PREGUNTA QUÉ ES LA VIDA; pero además, incluso en poemas tórridos e irónicos, el tono se vuelve elevado:


Porque el relámpago de la belleza

De una mujer que se nos cruza

Cómo duele, dios, cómo duele.





En definitiva, COCINAR EL LOTO es un poemario que merece ser leído y releído, un poemario que nos lleva en un viaje desde el mar en calma que rodea las islas hasta la habitación de un viejo hotel; desde la Penélope que teje para nosotros hasta la puta más sórdida y encocada que podamos imaginar; desde el amante que llora por la pérdida de su Lesbia hasta la cara más oculta de nuestro Jekyll. Un cambio que no sabemos si es a peor, porque –como Ángel Manuel dice- esa imagen siempre es mucho más resultona, y quién sabe si así le iría mejor a nuestro náufrago.


De lo que no hay duda es de que, en ciertos viajes con turbulencias, lo mejor es el consumo de loto en cantidades industriales. Y en caso de duda, consulta con su farmacéutico. 


Creo que ya va siendo hora de intentarlo,

De hacer el último y definitivo esfuerzo,

De cancelar todos mis vuelos al desánimo

Y establecer unas cuantas prioridades.

Creo que ya va siendo hora de hacerlo:

Inyectarme una buena sobredosis de loto.

Acaba de abrirse la veda para olvidarte.


Enhorabuena, Ángel. Y sabes que no lo digo por cumplir.



Noelia Illán


*Si queréis escuchar a Ángel Manuel Gómez Espada recitando 
para La Galla Ciencia, pinchad el siguiente enlace.



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