domingo, 22 de febrero de 2015

HOMENAJE A ANTONIO MACHADO EN EL 75º ANIVERSARIO DE SU MUERTE*






  *Texto que La Galla Ciencia leyó
durante la presentación del Número UNO
el 25 de Febrero de 2014.


Cuando se cumplen 75 años de la muerte de Antonio Machado (Sevilla, 1875- Colliure, 1939), se desarrollan actos por toda la geografía nacional en honor del poeta que para muchos representa la integridad personal.

Machado, poeta emblemático de la Generación del 98, murió en Colliure el 22 de febrero de 1939. Hacía menos de un mes que, acompañado de su madre, Ana Ruiz, y de su hermano José, había llegado a la estación de ferrocarril del pequeño pueblo de mar en el sureste francés.

A sus 88 años, Ana Ruiz –su madre- llegó a Colliure muy afectada por el viaje y preguntó a sus hijos cuánto faltaba para llegar a Sevilla. Ya no volverían nunca. Sin un lugar donde alojarse, acudieron al hotel de la familia Quintana. En la habitación número 5 se alojaron don Antonio y su madre; junto a ella, en una más pequeña, se instalaron su hermano y su esposa.

En la habitación que ocupó Machado había un pequeño balcón con vistas al pueblo y dos pequeñas y modestas camas. En una de ellas, la más alejada de la puerta, murió Machado, cuyo cuerpo fue sacado por encima de la otra cama, en la que se encontraba su madre. ‘Merci, madame’ y ‘Adiós, madre’ fueron sus últimas palabras, las primeras en referencia a la señora Quintana, que les dio alojamiento, consciente de que sería muy difícil que aquellos dos hombres mayores que cuidaban de una anciana y que huían de un país devastado pudieran pagarle algún día.


A las cuatro de la tarde del día 22 de febrero, Antonio Machado murió de una neumonía. Su madre lo acompañó sólo tres días después. Cuando José metió su mano en el bolsillo de la chaqueta de su hermano encontró dos papeles arrugados. En uno de ellos el poeta recordaba a Guiomar, en el otro dejó escrito un verso “enigmático y solitario”: ‘Estos días azules y este sol de la infancia’. Allí terminó la vida de un maestro, de un discípulo de la Institución Libre de Enseñanza, aquélla que había fijado la dignidad social en la alianza de la educación, la cultura y el trabajo.


Pero Don Antonio murió de pena, de dolor por su tierra asolada por la barbarie, por la incultura y el atraso que él combatió desde la docencia y desde sus libros. Don Antonio es ese maestro que todos los que amamos la Cultura (con mayúsculas) hemos encontrado en algún momento de nuestra vida, esos que marcan a fuego contra un mundo gris, monocorde, esos hombres que aman la palabra Libertad.

Y Don Antonio, además de una de las máximas figuras de la literatura en castellano, era por encima de todo un hombre bueno. Antonio Machado nunca odió, pero sí despreció esa “España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María, de espíritu burlón y de alma quieta, ha de tener su mármol y su día, su infalible y su poeta”.

La muerte del poeta fue la desaparición dramática de un hombre decente, de un poeta cabalmente vinculado a la propia historia vivida. Supuso el enaltecimiento de un ejemplo imborrable desde una doble perspectiva humana y política. Machado fue un espejo de los españoles íntegros y su ideario social, su filosofía de la vida, su conducta como defensor de la República y su singularidad dialéctica, que perduran como un verdadero paradigma para quienes no se dedican a reescribir la Historia, sino más bien a entenderla para no repetirla en sus peores ejemplos.


La tumba de Antonio Machado permanece en Colliure, a la entrada de su pequeño cementerio, en un nicho que cedió la señora Quintana, sobrecogida por el triste destino de aquella familia. Se ha convertido en un lugar de peregrinación, y no sólo en esa especie de lugar al que se organizan excursiones escolares, como nos presentaba cierto documental de una de nuestras televisiones el pasado sábado. A ella acuden cada año miles de españoles que recuerdan el dolor de la guerra, porque la historia de Machado es el símbolo de la diáspora española, igual que Lorca lo es de las víctimas de la represión.


Pero ante todo, Antonio Machado es su obra poética. Se trata de un modelo literario que nos enseña que el mejor modo de ser profundos es ser comprensibles; un poeta que es un referente del proceso re-humanizador que representó la Generación del 27, un maestro de influencia decisiva en las generaciones posteriores.



75 años después de su muerte, la poesía de Antonio Machado sigue vigente gracias a que tiene la profundidad de lo sencillo, que en el arte es lo más difícil de conseguir, lo que supera las modas y cruza el tiempo. Quizá sea el poeta que más ha marcado la lírica española, porque Machado fue un maestro del simbolismo y después fue quien mejor supo poner en duda el sujeto simbolista. 
La adecuación del lenguaje a la música del pensamiento y a la naturalidad de la reflexión íntima es una aportación imprescindible para entender la poesía de hoy. Una prueba palpable la tenemos en el segundo poema que leerá el profesor Vicente Cervera, escrito por el norteamericano Raymond Carver y donde exalta su cercanía a la figura de nuestro Antonio Machado.

Se puede estar más cerca del Machado simbolista, o del Machado modernista, o del Machado realista, pero de lo que hay que estar indiscutiblemente enganchado es del pensamiento moral que se articula en el Juan de Mairena. Un Juan de Mairena que es, para algunos, uno de los libros más originales y seductores del siglo XX español.


Además de un extraordinario poeta, Machado reflexionó hondamente sobre el hecho poético en muchos de sus escritos, elaborando corrientes de pensamiento que fueron continuadas o retomadas por generaciones posteriores. Para Machado, la poesía es un diálogo del hombre con su tiempo, pero también “palabra en el tiempo, la inmortalización del sentir individual y colectivo de una época”.

Todo esto es lo que se opina sobre Machado, y lo opinan poetas y estudiosos de diferente signo, dejándose llevar sólo por la emoción que despiertan sus escritos, su propia vida y su ejemplo. El gran Antonio Machado no es patrimonio de nadie, es maestro y guía de todo aquel que reconozca en su voz la de un poeta único y total, como decía de él Ángel González hace casi cuarenta años.

Nosotros le dedicamos nuestro modesto homenaje, en una semana en donde toda Andalucía, Soria, Segovia, Madrid, lo hacen; es un pequeño homenaje a un poeta que fue reconocido en 1980 por la UNESCO como “poeta de valores universales”, un poeta olvidado institucionalmente y del que ninguna editorial ha querido reeditar su obra en nuevas ediciones, tal como su sobrina, Leonor Machado, de 89 años, declaraba hace unos días en el transcurso de uno de los homenajes a su tío.






Una pobre tumba en un pobre cementerio donde reposa tanta gente, de aquel medio  millón de personas que salieron por la frontera buscando la salvación. Pero a Machado lo mató la pena, sí. ¿Y a nosotros? ¿Qué nos ha matado a nosotros?








No hay comentarios: