lunes, 2 de marzo de 2015

"DIÓTIMA, ESE PERSONAJE" (por Mario Grande).


DIÓTIMA, ESE PERSONAJE




Diótima, idea con vida propia querida por Zeus, mana al oído atento como rezuma sonoro el goteo en el secreto de la cueva. Una infinita congoja le oprime el pecho y exclama: «¿Por qué me has hecho concebir amor?»

Pregunta que no devuelve ningún eco y vaga, desde entonces, sola. Idea, congoja, pregunta. Trayecto largo como un horizonte en fuga. ¿En qué palabras posar la soledad recién descubierta?

Diótima, estremecida de deseo ―terrible amor―, comprende que no puede llamarse insatisfecho a lo que por naturaleza es inabarcable. Sería un contrasentido lógico, piensa ella, idea con vida propia querida por Zeus, que no la contiene, que tampoco la precede en el sin tiempo de los dioses. ¿Qué palabra capaz de expresar lo que vive?

Diótima balbucea en brazos de hombres, escucha a la tierra, delira, gime con el viento en brazos de mujeres y guarda largos períodos de silencio en los que atiende al lenguaje que destila el pico de las aves, rumor de árboles o ciegas embestidas cuando, vestida solo del color de la noche, participa en la danza de los astros sin llegar a besarlos. Congoja que muta en herida para siempre.

Sabia sí, pero definitivamente loca, sentenciaron. Y trazaron a su alrededor un círculo opaco en Mantinea, los temerosos del vértigo de aquel lenguaje incomprensible, propio de sibilas, amazonas, ménades, bacantes.

Diótima necesita ―acordaron― un intérprete varón.


Lo encuentra Platón en El banquete, en la figura de Sócrates, primer discípulo de Diótima de nombre conocido pues seguramente hubo muchas otras, cuya memoria fue despreciada o borrada. Sócrates intenta transmitir, en forma de enseñanzas de sabiduría, lo que recuerda del aliento arrebatado y la serena incertidumbre de Diótima sobre el objeto del amor: no la belleza, sino la generación y producción en la belleza, tanto por el cuerpo como por el alma. Vía a la inmortalidad, que no es duración, sino misteriosa respuesta a la pregunta: «¿Por qué me has hecho concebir amor?». Amor diverso, forma la más plena de estar en el mundo, expresado en la escala capaz de recorrer, en instantes eternos, todos los grados de lo bello hasta el océano de la belleza perfecta, absoluta. Desde la más completa indigencia, con el ánimo convulso y sin la menor certeza por todo bagaje.


Recordadlo, pues estas palabras correrán la suerte de su inspiradora. Ser encerradas en algún momento del pasado con el bárbaro efecto ―que aún mantiene imperio sobre todo― de cercenar en los vivientes el anhelo de aquel amor del que Diótima hablaba, antes de Sócrates, no por noticia, ni por conocimiento, ni siquiera por experiencia, sino antes que nada porque era una idea con vida propia querida por Zeus. ¿Acaso no estaba desde siempre?

Enmudeció Diótima o, mejor, fue acallada, deformado su recuerdo como un frenesí  indeseable. Cuando murió Zeus, ningún otro dios acogió a Diótima ―como tampoco perdonó a Fedra, Medea o Antígona, que desde entonces tienen prohibido bajar del escenario. Figuras femeniles huérfanas por puro amor, más que madres o hijas, esposas o viudas. Hermanas, amantes, amigas, que ni siquiera buscaban su propia salvación, aun cuando con su gesto trastocaban todo orden.




Un día aciago del tiempo multiformes instancias del poder que ordena y prohíbe, yendo contra natura, dividieron lo que estaba unido. Desgajaron el cuerpo del alma, desangrándolos. Dictaron quiénes eran o no hombres o mujeres. Redujeron el amor a una actividad de los hombres y un servicio de las mujeres, todo para la procreación. Proclamaron el dominio sobre la naturaleza, objeto de caza mayor. Instalaron el temor como forma de estar en el mundo y dieron a los varones las llaves de la nueva cárcel bárbara y amable. Inauguraron una especie hasta entonces desconocida: el odio alejado del amor.


Diótima se revolvió en su círculo opaco de Mantinea. Podía sufrir a un intérprete honesto, pero un censor zafio no lo podía tolerar. Gritó y no la oyeron, su grito fue a perderse en el huracán riguroso. Después de siglos en que aquella violencia ejercida sobre la vida pareciera natural e incluso moral, ¿quién habría entendido a una pobre loca oficial, apenas salvada por la gravedad varonil que había adquirido la filosofía, ella, que era una idea con vida propia querida por Zeus?


Hubo quienes. Además de Ginebras e Isoldas, las beguinas del norte antes de que cayera sobre ellas la Santa Inquisición —apenas dos siglos después de cristianizadas—, entre ellas Hadewijch de Amberes en cuyos cantos, bajo el ropaje del amor cortés —también proscrito, por no procreador—, la distinción entre sujeto y objeto, entre tú y yo, carece de sentido. En el punto de mira de la avanzadilla de los inquisidores, las dos Teresas de estirpe conversa, la de Cartagena y la de Ávila, con sus «resurrecciones» una, la otra con sus «moradas», esto es, la perfección cifrada en la salvación; en quienes la disolución del yo, ese particular eros libre de sexo y procreación, ese darse lo que sacia el alma, alcanza cotas sublimes. Todas ellas, grandes creadoras de lenguaje al expresar lo inefable.



Escritura nacida del silencio, impulsada por nuevos sentidos, que hace decir a Zambrano: «Una constante ausencia, el hueco de alguien, ha llenado mi vida más que ningún otro suceso»; y a Llansol: «El hombre debe abdicar del poder y la mujer del hombre». Ambas recalan en Diótima y ambas a través del autor del Cántico espiritual, con páginas pobladas de voces como perdidiza, lámpara, herida, noche oscura y personajes como Ana de Peñalosa. Ambas con la ternura prodigiosa de quienes sienten en la locura de Hölderlin el encuentro de la filosofía y la poesía. Como si dijeran: Escuchad a Diótima. La que lleváis dentro, la que tenéis al lado. Solo desde el silencio podéis aligerar el peso de tantos y tan delicados intérpretes, censores y verdugos vulgares y ubicuos.


Mario Grande



Mario Grande nació en Bilbao. Es traductor y escritor. Entre los autores traducidos, se encuentran Dino Buzzati, Natalia Ginzburg, Charles De Gaulle, Ana Maria Machado y Dodie Smith. En la actualidad, como parte de Atalaire®, trabaja en la traducción de la obras completas de la autora portuguesa Maria Gabriela Llansol, de la que nos aportó traducción no sólo para la sección TRADUCCIONES de web sino para el número UNO de La Galla Ciencia. Su última obra de ficción es Caminos sin Santiago (2013).   

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