martes, 10 de marzo de 2015

HOY FIRMA: JAVIER PUIG. "DIÁLOGO TRUNCADO CON ALEJANDRA PIZARNIK".


Diálogo truncado con Alejandra Pizarnik



Alejandra, tú sabes decir el poema, fijas unas verdades escuetas, arduamente obtenidas, cerciorándote de su extraña correspondencia con tu esforzado aliento. Te extiendes en ondas de infinitud, en esa etérea descripción en la que consigues tus sentimientos más ocultos, casi incomprensibles, suspendidos en imágenes fugitivas, en una explicación trastocada.

                …Yo presentía una escritura total.

                Tú lo sabes: escribir es cumplir un sueño.

                ¡Oh, cómo deseo vivir solamente para escribir!

                Sí, traducirte en palabras, describir tu confusión, detallar las visiones de tu intelecto y, alcanzando lo sublime, fugazmente protegerte en lo imaginado.

                Siempre me repito: “Te llevas. Te sobrellevas. Ya sólo tú sabes de este ritmo quebrantado”

                Siempre esa tentación de la derrota. Esa inclinación a la seguridad de lo caído. Tu desamparo triste en medio de alegrías que apenas reconoces como verdaderamente tuyas.

                Y he sabido dónde se aposenta aquello tan otro que es yo, aquello que me es adverso de mí, conspira, toma posesión de mi terreno baldío.

                Tú siempre hecha dos. La poeta, una mujer oracular que funda lenguajes escurridizos. Y la mujer frágil, compulsiva, de peligrosos vaivenes, de barreras acatadas, de insatisfacciones profundas. Siempre ese ser tuyo que se te rebela en plomizos extravíos.

                No puedo hablar para nada decir. Por eso nos perdemos, yo y el poema, en la tentativa inútil de transcribir relaciones ardientes.

                Es tu búsqueda de lo inasible, tu intento de alcanzar en tu mente la realidad que sientes lejana, tu desbocada fluencia que te conecta con lo que te vive.

                Yo ya no existo y lo sé; lo que no sé es qué vive en lugar mío.

                Te hiciste un personaje que te encubría, una voz poética que fugazmente te liberaba, un rostro invisible transmutado en palabras que explosionaban en imágenes poderosas, iluminaciones escuetas que señalaban la salida, desde esa luz nunca dicha, nunca habitable en su exclusión de las palabras, tu único ser.

                Mejor escribir sobre lo que puedo, es decir, sobre mí, para un día llegar a escribir sobre lo que quiero.

                Te pones a escribir sobre ti, pero no sabes quién eres; solo deduces, de tu angustia, que eres un ser lúgubre que vive más hondo que tu inconstancia risueña.

                Miedo de mí. Cada vez que pienso en mí dejo de reír, de cantar, de contar. Como si hubiera pasado un cortejo fúnebre.

                No has sido feliz. Has vivido acuciada por tu propia réplica.

                Una sola vez fui feliz: cuando corrí a caballo, desnuda, por la playa. Fue entonces cuando palabras como tierra, sangre, sexo, adquirieron realidad, se hicieron tan reales que desapareció la voz; y el sentir y el hablar no se diferenciaban.

                Ah…, entonces era la voz la que te interrumpía, esa voz que, sin embargo, llamabas con violencia, para que acudiese a ti y te suplantase sin traición posible.

                La poesía me dispersa, me desobliga de mí y del mundo. Porque la poesía no soy yo quien la escribe.

               
Entonces… ¿esa que pones delante de ti no eres tú? ¿Esa en la que pretendes decirte no es la mejor expresión tuya sino solo una voz con la que apenas te entiendes?

                ¿Para qué escribo? Para asombrarme, yo, que nada sé de las palabras. Pero, a veces, tengo nostalgias del pensamiento más o menos lógico de los demás. Y, otras veces pienso que el error es encerrarse a leer y a escribir en vez de aceptar mi más honda vocación que es erótica.


                Sí, pero no sabes. No sabes ser como los demás, engañarte pensando que las supuestas seguridades y los gozos son pertenencias, sumas, logros, futuros.

                El mundo es horrible y la vida no tiene, por ahora, ningún sentido. (No obstante, creo que nadie ama la vida más que yo. Sólo que entre mis sueños y mi acción pasa un puente insalvable).

                Estás al otro lado, pues. La distancia te posee, te recluye en una sed que te inhabilita.

                He meditado en la posibilidad de enloquecer. Ello sucederá cuando deje de escribir. Cuando la literatura no me interese más.

                Lo que tú llamas literatura, y en ti es un convulso viaje por tus inviernos, te salva y te condena, te mantiene lúcida en la oscuridad, poderosa en los extravíos.

                Yo no quiero vivir, yo quiero un interés obsesivo por dos cosas, los libros y mi poesía.

                Podrías vivir ahí, pero no sabes; por eso insistes en tu búsqueda de lo imposible.

                Imposible es la comunicación humana. Los demás siempre nos aceptan mutilados, jamás con la totalidad de nuestros vicios y virtudes.

                En tus diarios, en tus versos, vas más allá, buscas seres que solo te conozcan en ese existir tan fino, tan pulcro, ajeno a las obviedades que amenazan lo secreto.

Se está enamorando de mí: por eso me atrae menos. Uno de estos días le diré que no nos veremos más porque yo no puedo amarle, yo no puedo amar a nadie, yo estoy muy lejos, muy enferma.

                Ese lejos, esa enfermedad, son las dejaciones de tu ser natural, ese hacerte fuerte en tu intelecto y esa para ti inoportuna constancia de la realidad, los extraños habitantes que se cruzan, a veces deseables, pero solo como súbitas terminaciones de ti misma.

                Lo que me fascina de la masturbación son las enormes posibilidades que ofrece. Ese poder ser objeto y sujeto al mismo tiempo…abolición del tiempo, del espacio…

           
     El sexo como metáfora de la relación con el mundo, de la relación contigo misma. Esa propensión tuya a necesitar el control absoluto, a insistir en ese afuera autorreferencial, para ti invisible en sí mismo.

                Se agotaron los hechos y los actos. En mí se habla en infinitivo.

                Ansia de diluirte, de no responder de quien no aceptas, de no ser tú, porque no sabrías cómo serlo, y desembocar en el mar de lo anónimo y no vivir ni siquiera en secreto, sino desconocerte más allá de tu estricto presente, renunciar a la perversión de la memoria, ignorar cualquier proyección que se atenga a tu yo y vislumbrar las que lo trasciendan.

                Descubrimiento de los límites del yo. Vuelta a la cordura.

                Pero a ti te seduce la enajenación, traspasar tu imagen conclusa, en busca de ignotas prolongaciones, protegida de hermetismo.

                Ya no soy más que un adentro.

                Quisiste construir un mundo hecho de lenguaje, tus pensamientos reinando sobre la imprevisible realidad, brillando sobre el apagado palpitar de lo presenciado. Un mundo probable en tu indómita imaginación.

                Extraña que fui cuando lejana de vecinas luces atesoraba palabras muy puras para crear nuevos silencios.

                Sí, la palabra que exime de la voz, que finiquita los ruidos, que desabastece las ruines amenazas.

                No puedo hablar para nada decir. Por eso nos perdemos, yo y el poema, en la tentativa inútil de transcribir relaciones ardientes.

                Es tu búsqueda de los alcances soñados, tu modo de decir las lejanías sin enfrentarlas.

                Sólo hay una cuestión: tener o no tener deseos de vivir…y de morir.

    
            Para Camus, la única pregunta filosófica importante era si valía la pena o no vivir. Tú ya sabes la respuesta, pero te demoras. Como decía Cioran: “Poder disponer absolutamente de uno mismo y rehusarse: ¿hay don más misterioso? La consolación por el suicidio posible amplía infinitamente esta morada donde nos ahogamos”. Para ellos esa era una cuestión intelectual, una excelente posibilidad para tiempos a los que no llegaron. Pero tú vives en una extraña prolongación en la que con pasión indiferente permaneces, desde ese contradictorio  sentir que has empezado a vivir ya en los inicios de la muerte.

                Y dentro de cuarenta años, si vivo, es un decir, pero espero no estar en esta farsa imbécil…

                No, Alejandra, no vivirás, te habrás liberado de esta farsa. Pero tus versos, tus diarios, nos vivirán, y serán lo que podamos entender de ti, a duras penas, salvando códigos improcedentes, reiniciando la mirada.

                A veces siento que me acerco al final. No sé si vendrá la locura o la muerte.


                Es tu muerte, Alejandra; unas veces dices quererla y otras no, pero siempre la estás aproximando.

Sentí que estabas pidiendo a gritos hablar, pero ¿con quién? Con esa voz que también eres tú, pero desde afuera. No te oigo, me dirás, desde tu oscuridad infinita. Pero has renacido en mí, pues quisiste hacer de tu vida literatura y en ella pervives, más allá de ti misma.


 Javier Puig nació en Barcelona (1.958). Desde 1.988 reside en Orihuela. Ha publicado poemas, cuentos y aforismos en la revista Empireuma, así como artículos en diversas publicaciones impresas, especialmente en La Lucerna. Desde hace dos años, semanalmente, viene publicando artículos, mayoritariamente sobre literatura y cine, así como fragmentos de sus diarios inéditos, en diversos blogs como el de Muñoz Grau, “Historias para no dormir(se)” (www.mgrau.es), Frutos del tiempo (http://frutosdeltiempo.wordpress.com/) o MinutoCero (http://www.minutocero.es/). También ha colaborado en diversos libros colectivos así como en exposiciones poéticas. 


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