viernes, 6 de marzo de 2015

LÚCIDOS BORDES DE ABISMO, de LUIS ANTONIO DE VILLENA (por Noelia Illán).








Lúcidos bordes de abismo
Luis Antonio de Villena
 

Fundación José Manuel Lara, 2014.












“La maldad surge de la supresión hipócrita 
del gozo.”



Lo vi en un grafiti hace ya unos cuantos años en las calles de Murcia. Creo que conservo alguna foto hecha con un móvil de aquellos viejos, más “zapatófono” que otra cosa. Me llamó tanto la atención que indagué sobre quién era el autor de aquella cita que versaba en la pared de un edificio antaño emblemático (o eso me pareció entonces, porque el edificio lo tiraron después).  Leopoldo María Panero, encontré en internet. 


Ese fue mi acercamiento a los Panero (aunque a Leopoldo María ya lo conocía), y supongo que el de muchos lectores más o menos de mi edad, a los que la historia de aquella familia tradicional (o así lo fue en un momento dado) pillaba un poco de lejos. Primero vino la poesía de Leopoldo María, luego la de Juan Luis y finalmente la fascinación total por aquella familia destartalada –perdonen el término- y sobre todo por Felicidad Blanc. Sólo más tarde leería a Leopoldo Panero padre (como lo llama Villena), que pocas huellas dejó en mí, y por analogía al tan citado Luis Rosales. 


Del mismo modo que para el mundo en general, fue la película de Chávarri (El Desencanto, 1976) lo que me puso en conocimiento de lo que eran los Panero, o más bien de lo que llegaron a ser en un momento y de cómo comenzaba todo a degenerar a partir de aquel año (evidentemente, la vi mucho después, a finales de los 90, claro, pero de la película poco diré aquí).  Y ella, Felicidad (y su pelo, y sus manos, y su sonrisa, y su manera de mirar a Leopoldo, y su gabardina blanca…), me conquistó como pocos personajes del mundo literario en España lo han hecho.


Juan Luis con sus padres.
Y entonces Luis Antonio de Villena (“Luisito”, como me gustó saber que lo llamaba Juan Luis) saca este maravilloso libro: Lúcidos bordes de abismo. En contra de algunas opiniones, insisto (porque llevo días hablando del tema) en que el título es absolutamente magnífico, escogido diestramente desde la primera a la última letra. He de decir (y no es mero peloteo porque el propio autor ya lo sabe de primera mano) que si la poesía de Villena me gusta y soy una lectora suya declarada, en cuanto a prosa se refiere, Luis Antonio me conquistó desde jovencita. “Amor pasión” hizo mella en mí, y desde ahí comencé a leerlo como una auténtica devota (quitando la amistad que nos une, que nada tiene que ver con los gustos literarios). Más allá de consideraciones personales que no creo válidas aquí, este tipo de libros de Villena, que están entre la biografía y la autobiografía, el anecdotario y el encomio, a mí me fascinan. Es como aquellas vidas de Suetonio o las biografías sobre Alejandro Magno, ese género intermedio entre historiografía y biografía que resulta tan atractivo, a mi parecer.


Ya me pasó, en el año 2008, en Londres, cuando encontré su Retratos con flash de Jaime Gil de Biedma (Seix Barral, 2006) que compré sin titubeos y que devoré en la cama de aquella gélida ciudad (y que mitigó, todo hay que decirlo, los dolores de espalda de aquel colchón). Creo recordar bien que en un poema dije algo así como “…Luis Antonio de Villena hablando de Biedma con intimísima destreza”. Y creo que ahí bien se resume lo que Luis Antonio hizo con Jaime y lo que aquí hace con los Panero. La destreza de contar algo muy íntimo pero sin resultar soez, sin llegar al folletín o al punto de la prensa rosa (al cotilleo, en resumidas cuentas).



Quitando a Panero padre, Villena refleja el testimonio de lo que supuso la relación con esta familia tan controvertida, tanto del mismo Leopoldo María como de sus hermanos, Juan Luis y Michi, y de aquella madre “víctima-verdugo” Felicidad. Cuenta intimidades (obviamente: ¿quién pensaba que no lo haría?), pero con ese saber decir las cosas que le caracteriza. Recuerda a ciertos momentos que uno puede ver en Los Anales de Tácito, por ejemplo, cuando te dice mucho en muy poco y con la destreza de elegir las palabras adecuadísimas. Eso es la biografía “villenesca”. 


Yo poco sabía de la amistad de Juan Luis con Villena, la verdad. Sé que a Leopoldo María le unía una gran amistad (por amigos en común), o al menos la hubo en otro tiempo, pero de su relación con el hermano mayor de los Panero poco sabía. Aunque para mí poéticamente hablando era el mejor (no se asusten: he dicho “para mí”, pero es sólo una opinión), cierto es que el libro me ha acercado mucho más a la figura de Juan Luis. De Leopoldo estamos hartos de oír hablar y es más fácil que alguien nos cuente anécdotas sobre si bebía colas o fumaba más o menos, pero Juan Luis era para mí casi un desconocido, y reconozco que esa parte del libro me ha encantado en la medida en que me ha acercado al que considero mejor poeta, pese a lo breve de su trayectoria (y su, como dice Villena, éxito relativo). También saber que de los tres, “era el que más sintonizaba con la madre”. Algo ya podía uno suponer, tratándose del hijo mayor (como del amor que Villena reconoce en Juan Luis por su difunto padre, más que en Leopoldo o Michi). Y aquellos episodios más o menos “escandalosos” no creo que estén de más: la elegancia a la hora de contarlos no desmerece el libro en absoluto. Creo que va más allá.
 
Felicidad en un fotograma de El Desencanto.



Y Felicidad, claro. ¿Qué fue Felicidad?, se pregunta Luis Antonio. Creo que es el centro en torno al que giran los tres hijos, el origen y el fin de toda aquella historia. Si bien de Michi poco habla Villena (también reconoce que de todos fue al que menos trató, salvo en unas cuantas ocasiones), de Felicidad nos habla generosas veces, y reconozco que he disfrutado muchísimo con la imagen que de ella se desprende: esa mujer fuerte, hermosísima incluso de mayor, a veces como ida, refinada y atractiva… No sé: quizá de los cuatro es a la que más me hubiera gustado conocer. Esto ya lo supe en El Desencanto, pero Villena borda la imagen y la perfila, y esos pequeños detalles (como el del gas) detallan y hacen comprender mejor la figura de aquella mujer que para mí ya es mitología. “Me gusta pensar que los debió perdonar a todos”, dice.

Hace apenas unos días, cenando con Soren Peñalver, salió precisamente el tema, a partir del aniversario de la muerte de Leopoldo María y de mi reciente lectura. “Me alegra que digáis que de todos es la que más os interesa”, nos dijo Soren. “A mí también me volvió loco aquella mujer, y eso que la traté poco. Era hermosísima”. Envidia sana, digo… 


Y no: no salen tan mal parados como alguna vez he leído por ahí. Y no: no se ha esperado Villena a que murieran todos para contar las basuras de la familia. Creo que finalmente ha resultado un libro lleno de anécdotas (de las buenas, de esas que ilustran la realidad) sobre su relación con los Panero, la amistad que lo unió sobre todo a Juan Luis y Leopoldo María, y en general aquellos momentos que tuvieron que ver con la familia. Una, podríamos decir, semblanza colectiva llena de pasión e intimidad sin llegar a la vulgaridad. Como él dice, hay que contar lo visible y lo invisible, porque además ellos mismos así lo hicieron, así vivieron. 

Leí de Villena en una entrevista: “Cuento muchas cosas de las que fui testigo y que nunca he hecho por escrito. Sin embargo, creo que lo más novedoso del libro no es el derrumbe del modelo de familia de la alta burguesía franquista, sino su búsqueda de la total destrucción. Su horror a la vida”. Y ahí está el quid: no es la anécdota con lo que debemos quedarnos, sino con que, a través de esos pequeños detalles, Villena consigue precisamente eso: entender la destrucción de los Panero, el colapso, eso que empezaba a verse en Chavárri, su “destartalamiento” total. Y no puede hacerlo de un modo distante, sino que él es parte de la historia (o al menos, secundariamente), lo ha visto y lo cuenta aquí. Incluso reconoce (pocos lo harían) que en determinados momentos, casi al final, prácticamente huía de Leopoldo, al que apenas se le entendía o ni siquiera era capaz de hacer una frase subordinada. Como (y lo cuenta también Villena) en aquella ocasión en que Carlos Ann y Enrique Bunbury lo visitan en Las Palmas. 

Y lo recomiendo, sin duda. El fantasma de los Panero se ha paseado por mi casa toda la semana: Leopoldo María pidiendo a Felicidad que le pillara porros, Juan Luis y su cara ante el desprecio de Luis Rosales, Michi vendiendo los libros del padre, Felicidad muriendo sola. 

Juan Luis, Leopoldo María y Michi.


En fin: un mito ya, una leyenda. Y esa frase esclarecedora de Villena casi al final: “Uno se da cuenta de que los tres hermanos (lejanos) coinciden en una básica situación: los tres se sienten esencialmente solos”. Una absoluta teoría de la destrucción.




 Noelia Illán Conesa




MA MÉRE



A mi desoladora madre, con esa extraña
mezcla de compasión y náusea que puede sólo
experimentar quien conoce la causa, banal y
sórdi­da, quizá, de tanto, tanto desastre.



Yo contemplaba, caído

……………………………..mi cerebro

aplastado,

…………….pasto de serpientes, (…)

yo contemplaba mi cerebro para siempre aplastado

y mi madre reía, mi madre reía

viéndome hurgar con miedo en los despojos

de mi alma aún calientes

………………………………..temblando siempre

como quien tiene miedo de saber que está muerto,

y llora, implora caridad a los vivos

para que no le escupan encima la palabra muerto. Vi digo

mi cerebro en el suelo licuándose, como un excremento

para las moscas. Y mi espíritu convertido en teatro

vacío, del que todo pensamiento ha desertado

(…)

mi espíritu como un teatro vacío

donde en vano alentaba inútil, mi conciencia,

……………………………………………………………cosa oscura

o aliento de monstruo presentido en la caverna. Y allí, en el teatro

……………vacío,

o bajo la carpa del circo abandonado, tres atletas

—Mozo, Bozo, Lozo—

……………………………saltaban sin descanso, moviendo

con vanidad desesperada el trapecio

de un lado a otro, de un lado a otro. Y también, cortesanas

con el pelo teñido de un oro repugnante, intercambiaban

leyendas sobre lo que nunca hubo

en el palacio en ruinas. Y me vi luego, más tarde

mucho más allá del demasiado tarde,

…………………………………………………en una esquina desolada de

alguna ciudad invernal, mendigando

a los transeúntes una palabra que dijera

algo de mí, un nombre con que vestirme.

(…) Como una muñeca me mimo

a mí mismo y finjo

delante de nadie que aún existo. Peonza

en la mano del dios de los muertos.  Como una muñeca

………………..extraviada

en  la  ruta  implacable  de  tantas  otras,  de  las  incontables

………………..marionetas

que ejecutan su vida como un rito funerario,

una obsesión senil o un delirio último

de moribundo. Porque los hombres no hablan, me dije,

……………………..dije

a los ciegos que manchaban

de heces y sangre sus zapatos al pisar mi cerebro.

……………………..Y al momento

de pensar eso, un niño

orinó sobre la masa derretida,

………………………………………..dando luego

de beber vino rojo y fuerte a un sapo

para que borracho riera, riera, mientras caía

sobre el invierno de la vida la lluvia

más dura. Y al verlo, y mientras me arrastraba

cojeando entre los muertos, pensé: llueve,

llueve siempre en las ruinas. Y mi madre rió, al oír aquel ruido

que delataba mi pensamiento.




Leopoldo María Panero

De Narciso en el acorde último de las flautas (1979),

Poesía 1970-1985. Madrid,Visor.


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