miércoles, 18 de marzo de 2015

Miriam Reyes y su “Haz lo que te digo” (por Cristina Morano).


Ella quería hacerlo todo







Miriam Reyes
Haz lo que te digo
 Bartleby Editores
Madrid, 2015.






Miriam Reyes ha escrito un libro contrario a un tipo de imaginario sensible(ro) de la poesía amorosa escrita por mujeres. En este género no ha sido infrecuente encontrar autoras con un estilo descriptivo que (incluso a la hora de referirse a su propio cuerpo, lleno de ríos, ondulaciones, perfumes, cabellos al viento y pieles siempre suaves) seguía al pie de la letra la visión de autores masculinos, hasta los más sexistas (esos que identifican a la mujer con lo natural o con el silencio y otras sandeces), a la vez que escamoteaban o renunciaban a la descripción del cuerpo masculino, a su conversión en objeto de deseo. Renuncia (quizás) muy loable para la filantropía pero pésima para el erotismo. 


A pesar de los muchos años ya de feminismo, a pesar del sexo heroinómano y salvaje de las beat, las mujeres de la tradición latina seguían diciendo “yo siento” y “él hace” (o “tú me haces”). Lingüísticamente hablando, el adjetivo era de las chicas y el verbo de los señores. Como excepciones a esta rareza tenemos que reseñar a Almudena Guzmán con su “Usted”, publicado en Hiperión en los años 80, y el “Indicios vehementes” de Ana Rossetti, uno de los pocos superventas de la poesía española.

Estoy refiriéndome, desde luego, a libros de amor heterosexual: las escritoras gay y trans llevan generaciones de agenciamiento y erotismo autónomo y libre, sacándome los colores cada vez que intento comparar su emponderamiento erótico con los poemitas hetero. Hay, por supuesto poderosas razones para esto, pero exigen otro artículo completo y tienen que ver tanto con la invisibilidad del cuerpo masculino (véase el cuadro El almuerzo desnudo) como con la invisibilidad de la voz autoral feminista.

Tuvieron que llegar las generaciones nacidas en democracia, para que el sexo empezara a desprenderse de las deudas contraídas con la tontería machista (recordemos que la novela de Almudena Grandes “Las edades de Lulú” todavía recurre a la figura del Pigmalión para narrar la vida amorosa de una joven normalita), y empezar a emponderarse del cuerpo y del goce (o del dolor o de la guarrería). 

Dice Noelia Illán en Calamidad y Desperfectos (Ed. Azarbe, 2012): “Cógeme del pelo, que para eso me lo dejo crecer” y aquí ya notamos un cambio, pues, aunque la autora solicite la acción del otro, es ella quien ha preparado esa acción, es ella quien decide que le tiren del pelo. Asimismo, Devorah Vukusic, en su poema Lolita Monroe, narra un striptease al estilo colegiala, con la diferencia de, deliberadamente, haberse quitado las bragas antes del comienzo del show.

Dice Miriam Reyes: “En tanto que sólidos, tenemos la naturaleza empecinada de las cosas fáciles de encerrar”, y es, sin duda, por eso que cuesta tanto cambiar, agenciarse de lo nuestro, exigir lo que se quiere. A veces es necesario echar abajo primero los cuentos de hadas: Reyes tiene un libro importante en su trayectoria que es Bella durmiente (Ed. Hiperión, 2004), donde dice: “Ella quería hacerlo todo: pincharse el dedo, morder la manzana, seguir al conejo”, y donde luego salta por encima de las convenciones que se esperan, no solo de ella, sino de los hombres: “No deberías temer cuando estrangulo tu sexo, no pienso darte hijos, ni anillos ni promesas”. Nótese el verbo elegido para describir una paja: estrangular. No solo Miriam Reyes realizó este trayecto, también Elena Medel, Alejandra Vanesa, Luna Miguel o Carmen Juan han tomado la figura de la princesa, de la niña-víctima (pero sobre todo de su reverso, la niña-bicho) para emanciparse de los modelos de escritora vigentes. En una antología fundamental, la recopilada por David González para Bartleby Editores La manera de recogerse el pelo, generación blogger, o las Pandoras recopiladas por Vicente Muñoz, estas niñas-bicho son ya adultas críticas con todos y cada uno de los ítems que conforman el mundo moderno, incluyendo las expectativas que unos y otras ponemos en el amor. Es famoso el verso de Lucía Fraga: “Mis piernas se abren. Yo no”. Ya el verbo empieza a ser esgrimido por las chicas.

Ahora Miriam Reyes ha escrito este Haz lo que te digo, un título no solo atractivísimo, sino revelador, rebelador y erótico. La sujeto amoroso no solo actúa sino que manda actuar a su partenaire. “Puedo levantarme y cerrar esa puerta o quedarme donde estoy y pedirte que la cierres” o “Te ordeno no te des la vuelta/ no apagues la luz”, son versos que responden a una relación de amor moderna, de no importa qué sexo, donde ambos (o cualquiera de los integrantes, si la relación amorosa constara de más de dos miembros) son sujetos de su propio cuerpo y manejan su libre albedrío.


A pesar de este agenciamiento del amor, Miriam tiene el talento suficiente para construir un libro no severo, no monolítico, ni siquiera un libro mandón ni disciplinario, sino un libro indagador, bello, urgente y lleno de incertidumbres. Siguiendo la sentencia de John Berger (“El tacto aspira a alcanzar”), también Miriam Reyes desea llegar a la identidad, a lo adentro del amado: “Y no me detengo hasta que soy tú y tu sexo es el mío hasta que soy yo quien está dentro”, desea la poeta llegar tan dentro del amado, hasta hacerse “una cueva en tu cuerpo”. Y ello a pesar de la incertidumbre que supone toda relación: “¿Es un juego de correr/ un juego de cartas de mesa o un videojuego?/ ¿Necesito destreza física suerte o práctica?/ ¿Te como o me comes?/ Seremos rivales adversarios compañeros?/ Ganaremos dinero trofeos dignidad?/ ¿Qué perderemos?”

Después de que Betty Friedman considerara el hogar como un “confortable campo de concentración” para las mujeres y Louise Bourgeois dibujara “La sage femme” (la comadrona) como un cuerpo femenino con la cabeza sustituida por una casita unifamiliar, el verso de Miriam Reyes se agencia por fin del espacio y de su destino con fuerza: “No te necesito, te dije. Yo soy mi casa”. Casa de la cual, la sujeto poeta tendrá que irse cuando “lo que no nos hacemos se apila/ en los rincones como una montaña/ de cajas que guardan lo que se tuvo/ y ahora ya solo se puede precintar”. Así, sin alharacas, sin tonterías, pues “En todo el universo/ no hay un solo cuerpo que no tire de otro/ con toda su oscuridad que no puede verse.”



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