jueves, 12 de marzo de 2015

Ramón Bascuñana nos habla de AMAR LA HERIDA, de Carmen Juan Romero.




LA CERTEZA DEL DESLUMBRAMIENTO





AMAR LA HERIDA 
CARMEN JUAN ROMERO

Editorial La Bella Varsovia, 2014.
VII Premio de Poesía Joven Pablo García Baena 







Ciertamente, me había prometido a mí mismo no volver a reseñar a poetas vivos, pero las normas y las promesas están para romperlas, aunque sea de vez en cuando y de tarde en tarde. Sobre todo si se rompen en buena ley o por un deslumbramiento, por un fulgor, no por un espejismo; aunque a veces los deslumbramientos tengan mucho de espejismo. Espero no equivocarme, o no equivocarme mucho. Los deslumbramientos existen. Y tienen nombre propio, profundidad de puñal injertado en la herida lacerante y sangre fresca como la tinta fresca que brota del poema que es cuerpo dolorido y bellísimo cadáver putrefacto de infancia y de deseo, consumado o no. La infancia siempre al borde del abismo. La infancia que no es patria ni paraíso sino infierno y exilio y soledad de esquinas y paredes; aceptación de un tiempo inaceptable y de una condición intrépida y valiente: ser bicho. La maldición es el estigma de los valientes [Los valientes son los malditos. //La indiscreción se paga con plasma infectado./ La imprudencia se paga habitando el virus.] Así se las gasta Carmen Juan Romero  [Alicante, 1990] no ya joven promesa de la lírica sino certeza absoluta de la voluntad lírica que ha parido desde el dolor, ¿se puede parir desde otro lugar?, - como en un vómito exangüe y liberador-, y uno deduce que también desde el placer inmisericorde de hurgar en la herida, ese insistir en el daño, este poemario donde […Las raíces se confían, crecen ya podridas. Esa es la condena, está en el origen.]


Fleu Jaeggy
Este poemario donde las niñas juegan a deformarse, a arrastrar […el uniforme por las paredes recién encaladas, / las palmas, las mejillas  por las paredes  recién/ encaladas, como lagartos, para volver  a la fila/ ropas blancas, manos blancas, caras blancas…] Como no detectar aquí la influencia de Fleur Jaeggy que hablaba de [La azarosa geometría de la blancura]. La infancia como infierno de patio de colegio, de muros, esquinas y aristas donde forjar la voluntad de la diferencia, la conciencia del ser diferente, para esas niñas que no son hermosas y que no saben ser niñas y que olfatean el proceso de descomposición de las sangres nuevas y de [ La sangre a medio coagular de los albatros ] y de la tristeza y de las raíces podridas; esas niñas que dan a luz niñas que no saben ser niñas y que lucen [..uniformes blancos de cal.] Uniformes como batas de hospital, porque como la poeta nos advierte: [Vendrán la enfermedad y el castigo] Los hermosos años del castigo de la Jaeggy. 

Y con el castigo, la herida. Y con la herida, el bicho se transmuta, se metamorfosea en bestia y habla [ahora la lengua de las bestias] y se arranca […a llorar por dentro] y aprieta […fuerte el lomo contra la madera/ o el mármol. Para ver. Para no ver. Para lamerse/ y amarse la herida.] Todo gira en torno a la herida: la gran metáfora. El simbolismo  y el ritmo  obsesivo de “Diomedeidae” remite a un poema de Charles Baudelaire incluido en “Las flores del mal”: “El albatros”, donde el ave y el poeta se asimilan. Los poemas tienen la mansedumbre de un responso o de un canto fúnebre, acunan al lector como algunas de esas canciones para los niños muertos de Gustaf Malher. Uno debería leer “Amar la herida” con música de fondo y con la mirada atenta a los pequeños detalles. Somos el bicho que alimenta a la bestia que alimenta al monstruo que se alimenta de nosotros mismos. Nos autofagocitamos. Nos devoramos a nosotros mismos. Venimos de la podredumbre, de la contaminación de la inocencia y terminamos siendo vísceras, carroña, porque la bestia crece dentro de nosotros y la poeta lo sabe y se desintegra a ratos y por partes porque es 

demasiado joven para no ser valiente
demasiado joven para no ser estúpida…
demasiado joven 
para no dar de comer  a la bestia.



La bestia que con los huesos mondos y los demás restos crea un bodegón como crea el poeta el poema con la palabras que se arranca de dentro, como si se arrancase huesos o astillas de huesos o vísceras calientes de las que puede prescindir.


Alejandra Pizarnik
Porque el poeta, la poeta escribe sin pretender escribir. Escribe sobre la muerte y sobre los que escriben sobre la muerte [Yo no pretendía/ escribir pero escribo sobre/ los que escriben sobre /la Muerte.] Y hemos llegado a Pizarnik, a Alejandra que resuena en todo el poemario como un eco resuena en el valle, como el murmullo de un río de lágrimas. A doblar cada verso Alejandra en carne viva. Baste recordar unos versos del poema “Única herida” publicado en 1958: 

¿Qué bestia caída del pasmo
se arrastra por mi sangre
y quiere salvarse? 



O por qué no, los versos del poema que abre “Los trabajos y las noches” [1965] [Tú eliges el lugar de la herida/ en donde hablamos nuestro silencio./ Tú haces de mi vida/ esta ceremonia demasiado pura.]  Y esa sombra sombría de Alejandra que planea como un ave de mal agüero por todo el poemario se concreta incluso en cita perfecta, asumida y asimilada, dentro del poema “A la tierra tierra”:

Alguien/ debió explicarme
que el amor es miedo es muerte
que el amor el muerte es miedo. 

Versos que citan del poema 20 dedicado por Alejandra a Laure Bataillon en “Árbol de Diana” [1962]:

dice que no sabe del miedo de la muerte del amor
dice que tiene miedo de la muerte del amor
dice que el amor es muerte es miedo
dice que la muerte es miedo es amor
dice que no sabe.

Larga sombra la de Alejandra. Y por ponernos pedantes, es posible que haya en esos versos un trasunto de esa frase de Yoko Ono que afirma que: “Lo opuesto al amor es el miedo, no el odio”. 

Sea como sea hemos cruzado  el territorio de la “folie”, de la locura. Ese país que todo lo merece. Esa cita de “Las almas grises” de P. Claudel que precede a la parte central de este poemario hipnótico, subyugante, alucinatorio y presentido. Porque gran parte de la mejor poesía de siempre es presentimiento. Intuición y presentimiento. Con los sentimientos no se pueden escribir buenos poemas, pero con el presentimiento se puede escarbar en la herida y meter los dedos de la duda en la llaga del cadáver de la muerte. La parte referida a la muerte comienza con un poema que utiliza como título un verso de Alfonso Pascal Ros [Los muertos no se asustan con la lluvia/ si la nieve desecha ya no es nieve…] El poema se plantea como un silogismo encubierto:

Tampoco los que van a morir se asustan de la lluvia. 
Los que van a morir se asustan solo con
el dolor
la droga
el poema. 
Los que van a morir temen solo enfrentar su propia imagen. 

Somos tan solo seres frágiles condenados a nuestro propio e insignificante dolor y a sus sucedáneos. 


Carmen Juan
Todo el poemario está repleto de palabras que aluden al sentido negativo de la vida. El dolor solo sería la expresión final expresada en el poema “Cuerpo-Naufragio”. El poema comienza aludiendo a la carroña. Venimos de la podredumbre y hemos acabado en la carroña. Somos seres en descomposición. Hay un útero remoto y cicatrices jóvenes. Y el Gran Dolor. En el cadáver se buscan indicios por si hubo un gran dolor, aunque en realidad lo que buscan es otra cosa. [Buscan oro, fuego/ o el mismísimo Origen, el sentido de la vida, y no hay sino…] Este fragmento me ha evocado visualmente el cuadro de Gustave Coubert, “El origen del mundo”. [Las grietas selladas no se defienden, preferirían permanecer enterradas] que remite a un fragmento del poema anterior: “Bodegón” [Los orificios del cuerpo, los orificios./ Los orificios rellenos de cemento/ para que no salga….porque a los valientes haya que cerrarles la boca/ y la nariz y los oídos/ para que no hablen para que no amen.] El sustrato sexual sobre el que se asienta el poemario es como el estiércol que abona la tierra de este ritual donde la carne llagada y malherida es al mismo tiempo placer y dolor. Ese dolor del que nos habla la escritora Fleur Jaeggy: […el dolor aporta alivio. El dolor es alivio.] El remate de este poema es esplendido. Casi un aforismo al estilo de Emil Cioran, pero es Carmen Juan Romero quien habla. [Hay algo de redundancia en la estupidez humana] Con el poema “Billete de vuelta” los valientes de convierten en cobardes y de nuevo la sombra alargada de Alejandra Pizarnik se pasea por los versos en penumbra. Nacen versos exactos y espléndidos: [Asumimos tiempo como medida de distancia] [Ya nunca nada se hace tarde.] Sombríos. Versos que desembocan en el último poema de “Amar la herida”; “La rendición”. Un poema sobre el delito, la culpa y la condena, que es como hablar sobre los alrededores de la muerte. Hay una pala, tierra y el invierno. Hay barro y dedos manchados y  uñas descamadas. La muerte y la escritura. La poesía. 

Carmen Juan Romero, la promesa del espejismo y la certeza del deslumbramiento.



         Ramón Bascuñana


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