jueves, 19 de marzo de 2015

YO QUIERO BAILAR, de ALBERTO ACERETE, visto por F. David Ruiz.




Yo he venido aquí a hablar de amor: 
una lectura de Yo quiero bailar.







Yo quiero bailar

Alberto Acerete

La Bella Varsovia, 2014









Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo.
                        Alejandra Pizarnik



El problema nunca fue haber sido pájaro, el problema es no haber sabido en qué lado de la jaula hemos estado durante todo este tiempo. No haber sabido, según parece, que nos criábamos pasando de un lado a otro de las rejas como en un baile. La vida era así, un juego entre los barrotes siempre con escapatorias hacia otra identidad. Pero cuando el tiempo obliga, uno de los dos lados es el equivocado. Y de nada sirven las alas cuando lo que de verdad importa es la jaula. Al final, solo resta esta sensación de realidad de siempre abundando entre las plumas, este complejo sistema de realidades engarzadas que tienden a convertirse en tristeza. “El ser humano no puede soportar demasiada realidad” dice Alberto Acerete que dice Eliot. Nada más lejos de una amenaza que tiende a volverse poemario.

Alberto Acerete (Zaragoza, 1987), recién acaba de publicar en La Bella Varsovia tres títulos que vienen a componerse en el común Yo quiero bailar. A saber: El hambre y los hijos, Matrimonio, y La cría a mano del vencejo común. Lejos de juntarse sin más, y como convendría pensar, los tres crean una conjunción perfecta, un bloque que se complementa y culmina, previa advertencia de Eliot, en un cierre necesario y preciso como es el último título. Como resultado, un libro terrible que clama en contra, no ya de la literatura (“Acabo de descubrir que no/ necesito/ nuevas voces ni vidas afuera; no ahora que he empezado/ a aceptarme en la mía”), sino de buscar en la misma otro medio con el que hacer verdad lo ya vivido (“escribo para que se hagan realidad las cosas”). Es, por tanto, un poemario que contiene las pautas para cerciorarse de una realidad propia, de una verdad vivida, al fin. Escribir como último acto de amor o tristeza. Escribir para vivir, vivir para bailar.

Cada una de las partes viene condicionada por el encuentro de una identidad primero adquirida, luego aprendida en torno al otro y más tarde reconocida en la verdad “autográfica”, es decir, en la creación propia del relato de uno mismo. El primer elemento del libro, en El hambre y los hijos, es la familia (“Vuelvo, infectado de consciencia, a donde nací”, nos dice), recogida en las “Preposiciones” o partes con que Acerete enfrenta su yo poético actual al padre, a la madre, a los hermanos y finalmente se reconoce en la cuestión de los hijos. No es una dependencia directa; estamos hablando de una identidad que vuelve para reconocerse y tiende a mirarse en lo que fueron juntos. Es más bien un encuentro determinante con quienes fueron y quienes han formado primeramente ese yo, sin que en ningún momento interviniera de manera consciente la propia voluntad. Es ahora, pasado el tiempo, en esa vuelta, cuando se canta lo que se pierde: “Humillado por la tierra, es inútil. Resulto. Eres tú”. Y esa distancia con que se mira y se reconoce ahora, tiende a verse en toda la primera parte del libro en poemas como “La tierra”, por ejemplo. Pero también se muestra cercana, no sin recelo, en poemas como “Catacresis”, donde podría resumirse también gran parte de la lectura que proponemos. Porque todo se aprende y el amor no es menos. Porque todo se aprende, también sabremos de la culpa, del miedo y la muerte misma en los poemas más narrativos que forman la “Hagiografía horizontal”. Y, al final, el yo que es, se muestra ahora dejándonos pistas de una poética para lo que será o querrá ser: amor escrito, vivido, bailado, asumido.

El libro que es Matrimonio, está determinado desde su título por el amor y lo religioso y queda dividido en tres sagradas partes: Pascua, Celebración y Fiesta. Parece que junto al de sus poemas Acerete quisiera, aun sin citarlos, gritarnos los tres primeros versos de “Pandémica y celeste” de Jaime Gil de Biedma. Ha venido para escribirle y escribirse también en las preguntas incómodas (“tus padres/ le preguntas/ qué opinan del café?”), y en lo que este amor viene a ser: “Lo repudias. Te escondes. Amas”. Sin embargo, es simplemente el inicio y, como nunca antes,  adviene la alegría de llegar: “Debes/ entrar en Jerusalén”. El amor, a su modo, es ese complejo argumento que se esgrime para no sufrir en vano y, a la vez, es más que el dolor y es más que ninguna otra cosa poder vivirlo. Es algo que aprendimos ya de la poeta Elisabeth Bishop, a la que Acerete no duda en citar e incluso en dedicar un poema. Forma parte esto de la identidad que se aprende, que no nos viene dada como una familia. Forma parte, pues, de lo que nos pertenece de tan buscado y encontrado. Son estas partes una constante tensión entre religión y sexo, entre voluntad y freno, verdad y mentiras, el yo frente a sus posibilidades negadas, el cuerpo y el alma abandonados al dolor, a la “asimilación/ capitalista/ del amor cortés”.

El último libro, La cría a mano del vencejo común, se nos presenta articulado (si obviamos sus tres verdaderas partes) en seis cartas desordenadas, una perdida (“un diario. redacté siete cartas que no envié nunca”). Siguiendo el esquema de lectura que citamos arriba, esta parte del libro habría de responder a preguntas planteadas para la concreción de la propia verdad, es decir, escribirse para vivir, para bailar. Mas nos dice: “no fue así exactamente. pero es real. esta es mi vida”. Y la verdad viene a gritarse en repetidas ocasiones: “quiero cometer errores. como en este poema. quiero equivocarme. soy generoso”, porque el error, lo que no fue, es parte de lo literario, y es a la vez lo que se rechaza y lo que da verdad. Acerete resume en estas cartas, estas instrucciones casi performáticas y estos intentos desbordados de sinceridad entre corchetes donde, por perderse, se perderán hasta las normas ortográficas de puro golpe seco, las consecuencias de esta forma de amor, que es al final la propia vida. Y en el intento de escribirse, vuelve a los primeros pasos (“Las crías reproducen los patrones de sus adultos”, “Se debe evitar la conciencia de la cría”), porque al final la identidad permanece y es por encima de todo: “también escribo para exculparte de cuanto no te pertenece: la tristeza ya estaba antes de ti”, “y el hambre no se frena/ soy yo el que debe asumir su daño. dejar de justificarlo en todo. ahí/ tengo que ser yo”. 

Luego, lo que queda después del amor, solo es libertad regalada: silencio.


                                                                                                          F. David Ruiz





 F. David Ruiz (Rute, 1987) es poeta. Se licenció en Filología Hispánica y Filología Románica por la Universidad de Granada y fue residente de la undécima promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. Ha trabajado como corrector editorial y gestor cultural. Actualmente reside en Granada.


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