martes, 7 de abril de 2015

HOY FIRMA: FERNANDO LORENTE. "Reivindicación y vigencia del verso endecasílabo".




Comienzo por anticipar que no es mi intención sentar cátedra en modo alguno... Y aprovecho también para adelantar que estoy bastante prevenido contra todos aquellos que dicen saber mucho sobre una materia, pongo por caso el verso endecasílabo, después de haber leído lo justo, entendiendo que “lo justo” es un criterio más bien liviano de cantidad y/o calidad que hoy impera y que suele consistir en (h/o)jear un par de libros con mayor o menor interés, seguir dos o tres enlaces de internet y poco más...

En realidad, el propósito que me anima es comentar mi propia experiencia en el noble, y a la vez tan agraviado, arte de la escritura de versos endecasílabos... Quizá deba de reconocer con carácter previo que, de un tiempo a esta parte, me embarga una cierta inquietud al observar que un porcentaje elevado de la poesía contemporánea que cae en mis manos tiende a prescindir de todo tipo de ataduras métricas con demasiada frecuencia. Y no es que me consuele en absoluto que esta insistencia en la “ametricidad” de la poesía española actual se apoye, quizá, en la cómoda pereza de escuchar a las musas sin un esfuerzo previo por adentrarse en la disciplina del verso... Por supuesto que es una actitud legítima; por supuesto, también, que los textos producidos por poetas que de una forma tan intuitiva como descontaminada de medidas, rimas y ritmos, comienzan a proliferar, si son de calidad se encumbrarán en lo más alto del cielo poético sin objeción alguna... Pero una vocecilla recóndita e insistente reverbera en mi cabeza y no ceja de defender la convicción de que nunca estará de más conocer los secretos de la técnica métrica para entenderla primero, domesticarla después e incluso, dando un paso más allá, infringirla con conocimiento de causa, ignorarla con el desdén eufórico de lo ya “superado”, o pasar por encima de su cadáver con la intención de “deconstruir“ su lenguaje para desbrozar otros caminos..., que a su vez acabarán por suponer nuevos desafíos técnicos sobre los que será preciso teorizar, discutir y consensuar.

Dicho lo anterior, hablemos ahora del verso endecasílabo. Y comencemos por agradecer que el significado del término en sí no resulte oscuro, puesto que con atender a su etimología se manifiesta con absoluta precisión: νδεκα y συλλαβαί son palabras griegas que significan, respectivamente, once y sílabas. Por tanto estamos ante un verso de “arte mayor”. Por aquello de saber de dónde vienen las cosas, no está de más concretar que los primeros endecasílabos fueron introducidos por trovadores gallegos y catalanes; que don Juan Manuel los utilizó en algunos dísticos de El Conde Lucanor y Alfonso X en algunas cantigas gallegas. En castellano fue Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, el primero que escribió sonetos en nuestro país, una forma estrófica italiana escrita en endecasílabos, y los recopiló en una obra cuyo título tampoco deja mucho margen para elucubraciones: 42 sonetos fechos al itálico modo. Es muy conocido el que comienza:



Cuando yo veo la gentil criatura

qu’el cielo, acorde con naturaleza

formaron, loo mi buena ventura,

el punto e hora que tanta belleza...



Pero la verdad es que no cuajaron. Hubo que esperar a que Boscán y Garcilaso -este último con mayor perfección- generalizaran su uso, intentando desterrar el dodecasílabo dominante hasta ese momento en la versificación española. Estos autores lo importaron de Italia en el primer tercio del siglo XVI. Es revelador leer la carta que Juan Boscán escribió a la duquesa de Soma explicándole por qué introdujo las formas italianas:


     «En este modo de invención (si así quieren llamarla) nunca pensé que inventaba ni hacía cosa que hubiese de quedar en el mundo, sino que entré en ello descuidadamente como en cosa que iba tan poco en hacella que no había para qué dexalla de hacella, habiéndola gana; cuanto más, que vino sobre habla. Porque estando un día en Granada con el Navagero (al cual, por haber sido tan celebrado en nuestros días, he querido aquí nombralle a vuestra señoría), tratando con él en cosas de ingenio y de letras, y especialmente en las variedades de muchas lenguas, me dijo por qué no probaba en lengua castellana sonetos y otras artes de trovas usadas por los buenos autores de Italia; y no solamente me lo dijo así livianamente, más aún, me rogó que lo hiciese. Partíme pocos días después para mi casa, y con la largueza y soledad del camino, discurriendo por diversas cosas, fui a dar muchas veces en lo que el Navagero me había dicho; y así comenzé a tentar este género de verso; en el cual al principio hallé gran dificultad, por ser muy artificioso y tener muchas particularidades diferentes del nuestro. Pero después, pareciéndome, quizá con el amor de las cosas propias, que esto comenzaba a sucederme bien, fui paso a paso metiéndome con calor en ello. Mas esto no bastara a hacerme pasar muy adelante, si Garcilaso con su juicio, el cual no solamente en mi opinión, mas en la del todo el mundo, ha sido tenido por regla cierta, no me confirmara en esta mi demanda. Y así, alabándome muchas veces este mi propósito, y acabándomele de aprobar con su ejemplo, porque quiso él también llevar esta camino, al cabo me hizo ocupar mis ratos ociosos en esto más particularmente».

[Las obras de Boscan y algvnas de Garcilasso de la Vega / repartidas en qvatro libros. Barcelona : En la officina de Garles Amoros, 1543].



Desarraigar el dodecasílabo no fue tarea fácil, porque sus dos hemistiquios regulares de seis sílabas, su cesura obligatoria y su ritmo de cuatro sílabas tónicas separadas entre sí por dos sílabas átonas, le conferían tres virtudes indudables: una cierta solemnidad, mucha solidez y no menos regularidad cuando se respetaba con exactitud el metro; pero arrastraba un “defecto” que, creo, habría de ser decisivo en su decadencia: su excesiva monotonía. Comprobémoslo en este ejemplo del Laberinto de Fortuna de Juan de Mena:



Tus casos falaçes, Fortuna, cantamos,

estados de gentes que giras e trocas,

tus grandes discordias, tus firmezas pocas,

y los que en tu rueda quexosos fallamos;

fasta que al tempo de agora vengamos

de fechos pasados cobdiçia mi pluma

y de los presentes fazer breve suma:

y dé fin Apolo, pues nos començamos.




Como primer viaje a mis textos, recuerdo que hace algunos años yo caí en la tentación de ponerme en la piel de un escritor de dodecasílabos. Fruto de aquel empeño, dejé un texto en construcción, la Genealogía de la sangre -que ha acabado por paralizárseme sine die-. Con él pretendía rendir un sencillo homenaje a Juan de Mena siguiendo sus pasos, pero los desajustes con su estética y los chirridos con mi oído contemporáneo comenzaron desde el principio: mi primer tropiezo fue con la excesiva longitud de su unidad estrófica (la octava), que decidí reducir a una más manejable (el cuarteto) que me permitiera flexibilizar la rima; me di de bruces inmediatamente después con la monotonía tiránica de una rima consonante (que acabé aboliendo sin miramientos en aras de una mayor libertad), para acabar prescindiendo, por último, del ritmo acentual tan regular como monótono de sus versos, que solo mantuve en mi primera estrofa. Así quedaron las dos iniciales:


Despierta la sangre. Lamenta las risas

con ese deleite caverna del odio.

Renuncia a la pena, descubre el desgarro

y araña salvaje la tierna punzada.



De nada ha servido merecer la vida,

recorrer el tiempo cariacontecido,

derramar ternura, vislumbrar paisajes

dentro de los sueños, arribar a selvas...



Creo que este proceso de acomodación que he ejemplificado con mi empantanada Genealogía de la sangre debió de ser parecido al que siguieron los autores de la época, que además incorporaron un poderoso “acelerante” más para consumar la incineración del dodecasílabo: el asentamiento del endecasílabo, que comenzaba a abrirse camino de forma imparable… Y es que era un tipo de versificación mucho más flexible. En primer lugar porque no había cesura, esa molesta pausa en mitad del verso que yugulaba cualquier posible reducción silábica amparada en diptongos o hiatos entre palabras (bueno es advertir que la cesura solo es obligatoria para versos de más de once sílabas), aunque sí que sumaba o restaba sílabas en función del acento de la última palabra del hemistiquio, como comento más abajo. En segundo lugar, porque había gran variedad de posibilidades acentuales. En este punto es necesario aclarar que, en sentido estricto, el único acento obligatorio en un endecasílabo es el de su décima sílaba. Si a esto sumamos que la mayoría de las palabras en castellano son llanas, lo habitual será que el verso contenga once sílabas. Quiere esto decir que si la última palabra es aguda (por ejemplo, un verso como “yo me sentía cansado y feliz”), seguiremos estando ante un endecasílabo por cuestiones acentuales, y esto es lo que justifica que cuando escandimos un verso similar al mencionado debamos sumar una sílaba más al recuento total. Con este mismo razonamiento, cuando la última palabra del endecasílabo es esdrújula (por ejemplo en el verso “revoque los dictámenes del pánico”), aunque contemos doce sílabas, tendremos que restar una.


Leamos ahora el primer cuarteto de un soneto de Boscán y otro de Garcilaso:



Como aquel que'n soñar gusto recive,
su gusto procediendo de locura,
así el imaginar, con su figura,
vanamente su gozo en mí concive.

Juan Boscán



Cuando me paro a contemplar mi estado

y a ver los pasos por do me han traído,

hallo, según por do anduve perdido,

que a mayor mal pudiera haber llegado;

Garcilaso de la Vega



Escandimos los versos de ambos cuartetos y comprobamos que tanto Boscán como Garcilaso no se complicaron la vida con el acento de la última palabra de cada verso: todas son llanas y, por tanto, todos los versos eran de once sílabas “reales”. Pero esto no quiere decir que la totalidad de los endecasílabos se sometieran al mismo esquema rítmico o acentual: en la poesía clásica el ritmo se basaba en la longitud de las sílabas, que podían ser largas o breves, y en su agrupación en pies, pero su traslación a la poesía moderna equiparó sílaba larga con tónica y sílaba breve con átona, y poco más. Con esta equivalencia -y sabiendo que el acento en la décima sílaba es obligatorio- paso a presentar una de las más aceptadas clasificaciones generales de los tipos de endecasílabos, ilustrada con ejemplos propios:


Endecasílabo propio, de Tipo A, también denominado “a maiore”. En él la clave de las posibles combinaciones reside en la 6ª sílaba. Según la posición de sus acentos puede ser:

Enfático:  acentos en 1ª y 6ª sílabas. Ej.: “Ella, fuerte mujer de ojos oscuros”.
Heroico: acentos en 2ª y 6ª sílabas. Ej.: “Capture cada risa con sosiego”.
Melódico: acentos en 3ª y 6ª sílabas. Ej.: “Yo leía en sus gestos que la vida”.
Endecasílabo de Tipo B o “a minore”. En él la clave de sus posibles combinaciones reside en la 4ª sílaba. Puede ser:
Sáfico: acentos en 4ª, 6ª y 8ª sílabas. Ej:. “O esa pareja andina y tan bajita”.
Mixto dactílico: acentos en 1ª, 4ª y 7ª. Ej.: “Yo me sentía cansado y feliz”.
Mixto galaico: acento en 5ª sílaba. Ej.: “Su mano buscó como acto reflejo”.
De gaita gallega: acentos en 4ª y 7ª sílabas. Ej.: “y ella exhalaba un amor detallado”.



Sin embargo, desde las primeras composiciones los autores huyeron de la monotonía que supone el mantenimiento de un solo ritmo a lo largo del poema y entreveraron dos o más modelos acentuales, generando así poemas polirrítmicos o mixtos...


En otro ensayo que llevé a cabo hace años, quise mantener un endecasílabo sáfico (con acentos 4ª y 6ª sílabas)  a lo largo de todo un poema. Aquí muestro una selección de versos de sus versos:



Decálogo cuadrático del ansia (gestión no compulsiva del afecto)



Abrase su ansiedad con otro aliento.

Bendiga los placeres que disfruta.

Claudique de rendirse a cada instante.

Deléitese palacio de la carne.

Escancie los gemidos suavemente.

Fermente en su sazón y prolifere.

Germine de sí mismo y luego crezca.

Hilvane algarabías con mañanas.

Impregne su criterio con mesura.

Jubile la tristeza de su idioma.

Levante un monumento a su reposo.

Module cada voz con su distancia.

Negocie cada beso con la lengua.

Ofrezca escapatorias a su miedo.

Propugne la lascivia entre los ángeles.

Quebrante las fronteras de lo romo.

Repudie los adverbios desgastados.

Sazone los cerrojos con caricias.

Trasmute veleidades por certezas.

Ubique sus paisajes preferidos.

Ventile los rincones obsoletos.

Yugule los silencios si le duelen.

 Zambúllase en la risa de los otros.



Pasados los agobios pertinentes

aplíquese el siguiente corolario:



“Zozobre sin vergüenza en el presente

y no haga lo que Fernando Lorente”.


(De Esperaba tus palabras –inédito-)



Vaya por delante que el poema consta, como su título indica, de cien endecasílabos, de los que he procedido a seleccionar algunos con el fin de mostrar uno de cada letra inicial. El propósito que me movía era aprovechar el ritmo fijo y tan sonoro de los endecasílabos sáficos para generar el efecto de una oración, de una enumeración sistemática, algo así como una letanía, y creo que en esta ocasión sí que logré este objetivo…

Desde el principio la producción en endecasílabos gustó de la variedad, tanto en Italia como en España, por lo que desde sus primeras composiciones generó y adaptó diversos formatos estróficos: soneto, estancia, silva, octava real, octava aguda, sexta rima, estrofa alirada, quinteto, lira, cuarteto, terceto, pareado, romance heroico, endecasílabo suelto, endecasílabo dactílico, endecasílabo a la francesa, estrofa sáfica y estrofa de la Torre. Pero como no podemos descender a tanto detalle, únicamente voy a detenerme un poco en tres de estos modelos estróficos: el soneto, la lira y los endecasílabos sueltos.




EL SONETO, composición de catorce versos de rima consonante distribuidos en dos cuartetos y dos tercetos, ha sido una de las formas estróficas más cultivadas del endecasílabo. El marqués de Santillana (“En el próspero tiempo las sirenas...”), Garcilaso de la Vega (“En tanto que de rosa y azucena...”) en sus comienzos; en los Siglos de Oro Lope de Vega (“Un soneto me manda hacer Violante...”), Góngora (“Mientras por competir con tu cabello...”),  o Quevedo (“Miré los muros de la patria mía...”); en el 27 Miguel Hernández (“Umbrío por la pena, casi bruno....”), Lorca (“Quiero llorar mi pena y te lo digo...”; o,  más modernos, Ángel González (“Me he quedado sin pulso y sin aliento...”) o José Hierro (“Llegué por el dolor a la alegría...”). Puede decirse que, a partir de su introducción en España, casi todos los poetas de cualquier tiempo y lugar han escrito sonetos, y yo, que no suelo evitar la menor de las `provocaciones´ literarias, no podía quedarme al margen sin intentarlo. Estos son dos  ejemplos:


Ad cautelam



“No la merezco, noche”, me decía

sin demostrar mesura. Verdadera

obligatoriedad, una quimera,

un rasgo del dolor que no sentía.



Sin menoscabo alzaba la osadía

de un cántico, paréntesis y fiera

breve que devoraba mi manera

fácil de deleitarme si sufría.



No obstante, por saberte, porque estaba

sin pulir, sin sufrir, como un hatillo

de pocos huesos y casi sin seso,



yo te soñaba agreste; te colmaba

de lleno, toda sed; sutil ovillo

rodando por los bríos de  un poseso.

(De RIP –inédito-)





XX



Cuando la juventud da la premura

y desestima el sol  su luz de invierno;

cuando se menoscaba tu hermosura

y rompe y luego rasga el labio tierno;



cuando cada latido es un infierno

y la esperanza su agonía apura,

o cuando soslayas la travesura

de una lengua sutil  que no discierno,



toma impulso, refuta, gime y siente;

la conmiseración como una daga

del oprobio -temor, sabor paciente



de cada triunfo que ínfulas divaga-

revierte, por si fuera de repente

cadena o puro suplicio que estraga.


(De Seiscientos veinticuatro casiversos –inédito-)





LA LIRA es una composición que mezcla versos heptasílabos y endecasílabos con el siguiente esquema: aBabB. Fue introducida en España por Garcilaso de la Vega, que únicamente la empleó una vez en su Oda a la flor de Gnido. Lo curioso es que, aunque no volviera a utilizarla, esta composición recibió su nombre de la última palabra del primer verso de la Oda:



Si de mi baja lira

tanto pudiese el son que en un momento

aplacase la ira

del animoso viento

y la furia del mar y el movimiento...



Sin embargo, fue muy utilizada por Fray Luis de León para sus odas horacianas. Esta Oda I (Vida retirada) es muy conocida:


¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruïdo
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido


También fue el metro preferido de San Juan de la Cruz, discípulo de Fray Luis en Salamanca, y que en opinión de muchos (a la que me sumo) llevó a la perfección. Esta es la Canción 26 de su Cántico espiritual:


En la interior bodega

de mi Amado bebí y, cuando salía

por toda aquesta vega,

ya cosa no sabía,

y el ganado perdí que antes seguía.



Y tanto me impresionó el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz que en su día me propuse ir uno o dos pasos más allá sobre este texto, pero siempre con el mayor de los respetos. Y así escribí mi Cántico a lo carnal, que pretendía homenajear a San Juan de la Cruz plantando ese amor tan sensual como espiritual de sus cuarenta poemas en un amor verdaderamente carnal en dos versiones: una primera respetando escrupulosamente el formato de la lira y una segunda totalmente libre. Esta es mi Canción 26:



Canción XXVI

Bebimos nuestros besos
con ese frenesí que no se aquieta
y como dos posesos
buscamos una meta
que pueda conquistarse sin veleta.


26

Muy al raso
silencio tan frágil
en el fondo de tus ojos
se ahogan las estrellas
mis manos despiertan
con un síndrome loco
 náufrago sin isla
pero te tocan
todo vuelve
a  su ser
al raso
 solos
 los
        d
  o
         s
                     d
                                e
                                            c
                                                        i
                                                                    d
                                                            i
                                                  m
                                     o
                           s
          e
                                                                                                      s
                                                                                         c
                                                                                a
                                                                       b
                                                              u
                                                        l
                                                l
                                                      i
                                                              r
                                                                     n
                                                                              o
                                                                                      s 
                                                                           .
                                                                                  .
                                                                                          .  

(De Cántico a lo carnal –inédito)




Por último me referiré al ENDECASÍLABO SUELTO. Fue muy utilizado desde que lo introdujo Garcilaso. Él mismo escribió una Epístola a Juan Boscán íntegramente en esta variedad, que no tenían por qué ajustarse a modelo estrófico alguno ni sujetarse a la rima. Estos son sin duda sus principales activos, puesto que la libertad de no someterse más que a la medida era demasiado tentadora. Se siguió empleando prácticamente por todos los autores, inicialmente en poesía trágica, épica y sobre todo didáctica (Alfonso Verdugo, Forner, Jovellanos…). En la poesía contemporánea lo han practicado todos los grandes: Ángel González, José Hierro, Caballero Bonald, García López son los primeros que se me vienen a la cabeza, pero su número es inabordable…


Cerraré esta defensa con dos ejemplos de endecasílabos sueltos. El primero es una tirada de un “drama en versos casi regulares con tendencia a frustrarse”:




NARRADOR:


Viajaba en metro, despreocupado,

deleitándome sin ninguna prisa

con la limpia belleza de mi vida,

contemplando con mis ojos calmosos

el discurrir de la prisa en los otros.

Pero algo extraño había despejado

la niebla de mi modesto entender.

Quiero decir que no solo veía,

sino que también conocía datos...

Por ejemplo, ese señor de gesto áspero

que pretendía abrir con tanta prisa

la puerta en la mitad del recorrido,

se llamaba don Ángel Pérez Lobo

y sería un puro dolor en breve,

aunque él ni siquiera lo sabía.

O esa pareja andina y tan bajita.

Sus risas claras les iluminaban

la piel de cobre, los cabellos negros...

Eran felices y lo compartían.

Yo leía en sus gestos que la vida,

por fin, arrinconaba su tortura,

y veía en su bolsillo un papel

que les salvaguardaba del espanto.

Ella, fuerte mujer de ojos oscuros,

sostuvo mi mirada con recelo.

Su mano buscó como acto reflejo

la segura cintura del marido.

Aún carecía del entrenamiento

necesario en el desdén sin temor

del molesto fisgón impertinente.

Al mirar fijamente sus dos rostros

de inmediato supe todo sobre ellos:

que se casaron hace años en Lima

y que allí pasaron demasiada hambre.

Que sabían bien que las cuatro reglas

no aseguraban nada del mañana.

Por eso se colaron de rondón

en este lado de la mar océana

con los niños prendidos de las manos

como un collar de vida y esperanza.

Los dos permanecían arrimados

y ella exhalaba un amor detallado

por las plisadas  rayas de su falda.

Se abrió la puerta y saqué mi cartera,

siempre colmada por artes arcanas.

Al pasar junto a la mujer andina

puse entre sus manos discretamente

un gigantesco fajo de promesas.

Luego la burocracia fidelísima

desencadenaría sus inercias

y podrían revivir y dar vida,

alimentar y ser alimentados

y  nuestra economía de mercado

continuaría impune sus andanzas.

No me volví cuando ella balbució

casi sin voz ni aire su “muchas gracias”.

Después, al rebasar a  mi Ángel Pérez

crispé ligera mi mano en su espalda

imaginando que su mortal cáncer

expiraba indefenso entre mis dedos.

Más tarde, ya en la calle y por la noche

las farolas jugaban a poner

en cada ventana una hermosa luna.

Yo me sentía cansado y feliz.

Y por eso dormí como un bendito.


(De Sin brújula ni norte. En Acaso una luciérnaga
y cuatro poemarios más. Ed. Createspace, 2015)


Y el segundo ejemplo es una “carta”:



Carta de noche a Cristian



Despierta y cuéntame los huracanes

de todo lo que aterra, recalcula

el dilema de dormir a don Nadie

el día en que la bestia se exaspera.

Despierta irreverente, sin costillas,

con el sabor a plomo en la mirada

que te ata las pestañas y te troca

valiente montaraz, terror suicida

sin sello ni inicial que identifique

la ruina que preludia cada hueso.

Proclama ciencia pura la lingüística,

da de comer a todos los calígrafos

como si pretendieras comprenderte

sulfatando las hoces de la noche...

Contémplate en las venas de los ojos

de aquel miedo, frunce labios, sorpréndete

si el tiempo doma tigres; hunde cimas,

declara tu estrategia tanteando

si esta máscara no ocultará el párpado

obsceno de reptiles que nos urden.

Despierta, ya es mañana y el pasado

ha lavado cien diluvios a conciencia.        


 (De Mirar el abismo –inédito-)



Y nada más. Con esto creo que he cumplido mi intención de defender un metro poético que, en realidad, no necesita auxilio alguno, puesto que está muy vivo, sobre todo en la última variedad comentada de endecasílabos sueltos…

Ahora que releo el texto de principio a fin me queda la duda de que pudiera pensarse que he buscado algún tipo de lucimiento de mi propia escritura. Que es una posibilidad, lo asumo, por descontado. Pero lo que en realidad he pretendido ha sido rendir homenaje a un patrón poético poderoso como pocos, innegablemente vivo, pero que a veces creo necesitado de una relectura en sus  formatos estróficos clásicos de la mano de los grandes, sean rimados o no… Porque cuando yo releo un endecasílabo de Lope, Góngora, Quevedo, Hernández… siento una inevitable tentación de abandonarme de lleno a su embrujo… Y si somos escritores, parafraseando a Oscar Wilde (ya sabéis, aquello de que “la única manera de librarse de la tentación es caer en ella”), la única manera de librarse de los endecasílabos es escribiéndolos.



  
Fernando Lorente Barajas (Madrid, 1958) es Licenciado en Filología española por la Universidad Complutense de Madrid. Desde junio de 1977 hasta la fecha trabaja como Técnico de Servicios Bibliográficos especializado en Braille para el Servicio Bibliográfico de la ONCE. Colabora con varias revistas literarias, como Prometeo, Poe+ o Luces y sombras, y fue director de la revista Cultura. Ha impartido numerosos cursos de formación de Transcriptores en Braille para Especialistas de Núcleos Periféricos de la ONCE y para la empresa de Fundosa, TBS, tanto a personas sin minusvalía como a alumnos con otras deficiencias distintas de la ceguera.  
Ha publicado doce libros de poesía, entre ellos Amanecer mañana (2011), De un tiempo a esta parte (2014), Elogio de las fortalezas y Casi todo el amor (2014) o Acaso una luciérnaga y cuatro poemarios más (2015). También es autor del libro de relatos fantásticos Entremundos (2014) y la novela Cincuenta y seis puntos de sutura (2015).
Ha realizado una edición conmemorativa especializada en braille y tinta de la obra de José Hierro, Cuadernos de Nueva York, con la colaboración del poeta Ángel García López. Aparece en el blog Las afinidades electivas. Es miembro fundador del Colectivo poético Funambulismos.
Mantiene un blog titulado lamielylahiel.blogspot.com.


3 comentarios:

NickDeckard dijo...

Como amante de la poesía clásica le digo que he disfrutado su artículo de principio a fin.
Ha sido un viaje maravilloso en primera clase.
Le agradezco sus propios ejemplos expuestos porque me han permitido conocerle y me anima a leerle.

Me encanta el verso libre cuando no deja de ser poesía. Lo digo porque muchos confunden la libertad con libertinaje, y creo que actualmente la poesía se desangra en demasía por esos paganos costados. En la poesía clásica, tales hemorragias se hacen más evidentes y el hereje suele secarse en la falda del olimpo mucho antes (con perdón de la imagen).
Como usted bien dice, llegará a la cumbre quien se la gane.
Es obvio que en la poesía es más importante el contenido que la forma, pero considero que, a igual contenido, una poesía con métrica, por lo general, es superior por la musicalidad. Pero reconozco que hay verso libre que me lleva la música de Vangelis hasta el dedo gordo del pie.

Haciendo el mismo ejercicio que usted, releo lo que escribo y no puedo evitar la imagen de mí mismo sentado en una perjudicada silla de asiento esparto tomando la sombra en la puerta de mi casa, con boina, cayado, cigarrillo liado, arrugado y cascarrabias…

Las nuevas generaciones deciden siempre y siempre llevan razón. Yo creo que el endecasílabo sobrevivirá, todavía hay quien regala flores a la amada ¿No? ¿Acaso las flores desaparecerán?

Saludos desde la falda del olimpo.

Fernando Lorente dijo...

Muchas gracias por sus palabras. Comparto su opinión totalmente. Siempre el contenido es prioritario al continente en la literatura, pero en la poesía el continente puede llegar a contrariar y doblegar de tal forma el contenido que su importancia es crucial.

En cuanto a lo de que las nuevas generaciones siempre llevan la razón, evidentemente que es así: si no nos iría muy mal, porque eso es el progreso.

Y nada más. Solo desearle que mis textos le sean provechoso si decide finalmente zambullirse en ellos.

Muchas gracias por sus palabras.

katy parra dijo...

Magnífica defensa del endecasílabo. Para hacer buena poesía, con eso que han dado en llamar verso libre, hace falta ser muy buen poeta, pero muchos de ello/as, lo único que hacen es vomitar palabras (sentimientos) de manera arbitraria y compulsiva sin gracia ninguna. Parece que hoy todo vale, pero no es así. La buena poesía se hace notar, ya sea con perfectos endecasílabos u otras medidas.