miércoles, 15 de abril de 2015

"RAÍCES DE LA SANGRE" de PILAR BLANCO (por Ramón Bascuñana).




 



Raíces de la sangre

PILAR BLANCO 












Mi corazón espera

también, hacia la luz y hacia la vida,

otro milagro de la primavera.

Antonio Machado.





Pilar Blanco [Bembibre, León] saca nuevo poemario, “Raíces de la sangre” [Eolas ediciones, 2014], y lo saca como quien se arranca el alma o algún órgano vital y necesario y lo deposita en una mesa de operaciones –léase mesa de novedades-, para que sea diseccionado por la mirada del lector; que siempre es una mirada clínica y, no siempre cómplice de esta mutilación poética, generalmente emocional y drástica. Aquel que piense que el proceso de escribir un libro de poemas es un ejercicio placentero y gozoso, que abandone toda esperanza y no se acerque por el territorio boscoso, lacerante y tumefacto que describe Raíces de la sangre. La poesía en general, pero la de Pilar Blanco en particular, está más cerca del parto extenuante y desgarrador y de la devastación emocional que de la cómoda maternidad  lírica con anestesia epidural que practican muchos de los actuales y encumbrados vates oficiales y oficiosos.



La portada de “Raíces de la sangre” es roja como si nos estuviera avisando de una herida íntima o de un peligro para caminantes y lectores despistados. Entramos en el bosque muy despacio. Comienza el viaje, la andadura, la desgarradura. No hay prisa, la autora es metódica y tiene el pulso firme y las ideas claras. No va a ser un viaje de placer, sino un viaje al interior del interior del yo más hondo y descarnado. El poema “Cero” es una declaración de principios en toda regla: 

 Muy adentro. Siempre llegamos muy adentro. La superficie de los cuerpos no fue sino la puerta. / Traspasadas las puertas…/ Me arrodillé junto al hoyo que había cavado a meses y a manos. No opuse resistencia. /…acepté, con la frente inclinada sobre la tumba de mis sueños, aquella muerte que venía de ti. El tiro de gracia de tu miedo. El manto de hojas secas del olvido.  

Si me he detenido en este primer poema es porque es el umbral de un descenso a los infiernos en diecinueve estaciones o fragmentos de un discurso complejo sobre el daño y la rutina y la culpa de vivir aferrados a necesidades que no lo son en lugar de plantearnos que el sentido de la vida en sí misma y del amor en el otro no se encuentra en las esperanzas que depositamos en los demás, que siempre, y lo apostillo yo de nuevo y por mi cuenta, siempre, se verán defraudadas y malogradas, sino que el auténtico sentido de la vida más allá de la vida y del amor en sí mismo: Es la mirada hacia dentro. Esa mirada …que ofrece respuestas al tiempo que fórmula las preguntas.




Preguntas y respuestas. Preguntas sin respuesta. Respuestas sin preguntas. La esencia del la poesía, del acto poético. Una travesía por el interior de un bosque con sus claros y sus penumbras, con sus luces y sus sombras. Con sus asombros y sus discernimientos.  La poeta se adentra en el bosque que es ella misma. Porque la poeta se ha trasmutado en un bosque, no en un árbol solitario, no, sino en todo un bosque; en un bosque ominoso, completo y compacto. Posiblemente para que el bosque no nos permita ver al árbol solitario. La soledad del árbol solitario que ha perdido el abrazo del viento y la caricia luminosa del sol. La aridez vital. Y en ese bosque que es metáfora y plenitud el yo poético, la enorme – en el sentido de excepcional-, y sensitiva poeta que es Pilar Blanco busca, se busca, se desdobla,  se intuye. Pero sabes que no. Que es la vida. Con sus olor a podrido, su desmoronamiento. La vida tiene ese lenguaje oculto….Vivir es retomar. Parece que hay certezas pero no, comienzan las dudas y las preguntas retóricas: ¿Debes vivir para siempre en el puño cerrado de este bosque que te acoge y sustenta? Por supuesto que no. Sería de cobardes, de náufragos aferrados a la tabla de salvación del instante en lugar de nadar hacia la playa. Una muerte en vida. Sola y los muertos.  Una forma distinta  de ser la soledad.  Huir de la soledad y del abandono para caer en el abandono y la soledad. Resignarse. No quieras más que aquello que la vida te tiene designado.// No olvides  que aquel que quiera conquistar  el mundo  debe dominarse primero a sí mismo. Consejos contradictorios, poesía de la posesión y sobre todo poesía de la `desposesión´.



A veces sería más fácil no conocer a lo poetas, sus vidas más allá de sus versos, o creer conocer o desconocer  a los poetas y sus vidas más allá o más acá de los versos. Nos evitaría sobreponer hechos y versos, equiparar momentos vitales con poemarios. Efectos y causas. Buscar el principio, el motivo primero de la grieta, del daño. También es arduo despojarse de  las crisis  internas propias y de los miedos y no sobreponerlos a los versos ajenos.  No sentir que esos versos te incumben personalmente. Remueven algo en tu interior. La poesía tiene la virtud de que al leerla la asumes como vivencia propia, es como si te inyectaras en vena el dolor o la alegría del autor, como si su sufrimiento o su contentos fuesen los tuyos. Estas reflexiones son pertinentes cuando uno ha ido recorriendo el camino con una autora como la que nos ocupa; Pilar Blanco. El primer poemario suyo que leí fue “A flor de agua” [2000] y después no he faltado nunca a la cita: “Mar de silencio” [2004], “Ceniza” [2004], “La luz herida” [2005], “El jardín invisible” [2007], “Alas los labios” [2013]. Un camino hacia el despojamiento de la voz, de aquella voz primera: agua, silencio, ceniza, luz, jardín, alas, y de repente las raíces y la sangre; lo subterráneo y lo oscuro. La plenitud  salvífica de la hecatombe. La sensación de que la vida ha dado un vuelco y hay que refugiarse en el bosque a lamerse las heridas para poder curarlas. Hay golpes de la vida de lo que uno no se repone y otros de los que se sale más fuerte y más sabio. La sabiduría del perdedor. Permanecer eterna y tercamente asido al cadáver del daño es un error. La poeta lo sabe. No deberías buscar la sal que conserva lo muerto, sino allanar el camino que conduce a la vida. Esto es una travesía desde la postración a la luz, desde la vida latente al esplendor de un nuevo momento vital. “Raíces de la sangre” es el diario pautado de una resurrección personal.



Diario, viaje, travesía. Diario de un viaje, apuntes sobre una travesía a través del bosque del yo caduco hacia un yo renovado. Un bosque con caminos tortuosos y senderos que se pierden y se bifurcan. La contradicción guía a la poeta: Contradicción, tesoro del artista. Todo viaje implica una huida, de dónde, hacia dónde. ¿Se vuelve a lo perdido? // Nunca más podrás volver. // Cada día aprendes a morir.  Hay un anhelo de amor, de un amor que ya no se posee, que se ha perdido, quizás arrancado de cuajo. Sí aquello que se ama / no existe, ¿qué crea la memoria? // Nombrar significa poseer. Y tú vives ahora en la desposesión. Es difícil que los planes de la vida coincidan con los  nuestros. Amar para construir lo inexistente. Qué difícil vivir así, qué sencillo morir así. Muerte latente. ¿Morir o despertar?// Tanto da. Nadie escucha tu muerte. Nadie vela tu sueño. La soledad del bosque parece la condena que pesa sobre el yo vital aunque nunca se está completamente solo. Duele saber que nunca estamos completamente solos en este bosque. En esta vida que nos condena a los otros, los para siempre y los para ya nunca.



No perder la esperanza cuando ya se ha perdido. Pilar Blanco abandona en parte su manera de hacer, su verso concentrado e intenso y multiplica los símbolos, los indicios, las señales, se vuelve barroca en su despojamiento y despojada en su barroquismo y arropa sus versos con la grata compañía de escogidos y selectos compañeros de viaje.  Desde el Juan Gil-Albert que comenta las dos partes en que se divide el poemario: Haz y Envés, con sus versos, que aluden al tema principal del poemario. Haz; Quien bebe calma su sed; quien ama, colma su luz secreta. Envés: Aquel que no se sacia no conoce la ausencia de la sed.  El sentido último de la vida en el amor. Y por el camino, espero que no se me olvide ninguno: Ángel González, W. Whitman,  Octavio Paz, Francisco Brines,  Rilke, Paul Celan, Pere Gimferrer, Píndaro, Christian  Bobin, Alejandra Pizarnik, Luis Rosales hasta llegar a  Goethe: Todas las cosas que se conocen de mí no son sino fragmentos de una gran confesión.



Y eso es “Raíces de la sangre” Una gran confesión. Una gran, dolorosa, sanadora y elegante confesión susurrada entre las ramas de los árboles del bosque. Una confesión donde es fácil perderse en su arrullo y que nos advierte sobre los peligros de vivir cuando las raíces del amor se pudren y el árbol que somos se seca y es necesario que renazca desde la podredumbre. Sin embargo la poeta deja señales e indicios como piedrecillas en el bosque, nos indica el camino entre los arbustos. Una confesión susurrada a través del bosque, eso es este poemario:  

No existe lo simétrico, lo domesticado. El bosque, como el hombres es un ser multiforme…// Hazte a la idea. Los días se suceden en el no acontecer. // En este bosque solo cabe tu tumba. //  Hay que dar tiempo al tiempo. // Todo cuanto tiene valor es secreto. //¿Qué escoger? ¿Qué podrías mostrar de ti? ¿Hasta dónde debe llegar la huida? // Volver como viniste: despojada, interrogante. Aprendiendo a perder. // …te preguntas si no sería mejor la muerte que este ser sin ser. // Vives porque existe el arte. Y mientras hay arte hay vida. // Si escogieras la muerte ya lo sabrías todo. // Con el dolor, la luz. Y con la luz la vida nueva.  

Así  termina “Haz” la primera parte de “Raíces de la sangre”. Con un conato de vida nueva, con la posibilidad de resurgir de las cenizas del desastre. Esta breve lectura del último poemario de Pilar Blanco es tan solo una de las posibles, la mía. Pero el bosque es infinito, pleno y tan denso que pueden ustedes adentrarse en él, zigzaguear por sus senderos que se bifurcar, detenerse en sus claros y en sus espesuras, pegar la oreja al tronco de cualquier verso y escuchar como asciende la savia por su interior, escuchar el latido de la sangre, el palpitar de un corazón que se pertenece a sí mismo y aspira a elevarse sobre el bosque, a ser de nuevo árbol, árbol de luz.



Ramón Bascuñana
 


RAMÓN  BASCUÑANA (Alicante, 1963) es Licenciado en Geografía e Historia. Entre otros premios de poesía, ha sido galardonado con el Premio Nacional Miguel Hernández [1997], el Paco Molla [1998], el Esperanza Spinola [2001], el Hispanoamericano Juan Ramón  Jiménez [2002],  el Julio Tovar [2003], el Mariano Roldán [2004], el Flor de Jara [2006], el Marina Romero [2006] el Juan Bernier [2013] y el Fernando de Herrera [2014]. En narrativa ha obtenido también diversos premios. Entre otros: el de Cuentos Villa de Guardamar [2000], el Premio de Cuentos Alfonso Martínez Mena [2001], Premio Villa de Mula [2005], VIII Premio de Artículos Periodísticos Luis García Berlanga [2006], Certamen de Cuentos Santoña, la mar [2007], Premio de Cuentos Ciudad de Elda [2008], Premio Internacional de Cuentos Guardo [2009] Premio de Relatos Villa de Navia [2014] Premio Peral Brenan [2014]



Tiene publicados los siguientes poemarios: Hasta ya no más nunca [1999]; Quedan las palabras [2000]; Tal vez como si nunca [2001]; Los días del tiempo [2002]; Liturgia de la profanación [2002]; Retrato de poeta con familia al fondo [2003]; Ángel de luz caído [2005]; Vera Efigies [2005]; Las avenidas de la muerte [2005], Impostura [2006]; La piel del alma [2006]; Donde nunca ya nadie [2008]; El gesto del escriba  [Antología] [2009]; El centro de la sombra [2014]  Cincuenta por ciento [2014] y el libro de relatos “Lectores compulsivos” [ 2011].


No hay comentarios: