lunes, 11 de mayo de 2015

ÍCAROS DESORIENTADOS, de Natxo Vidal Guardiola (por Noelia Illán).




Cierra los ojos abre la boca ponte de rodillas







ÍCAROS DESORIENTADOS

NATXO VIDAL GUARDIOLA


RASPABOOK, 2015










No es la primera vez que me enfrento a un libro de Natxo Vidal para dar cuenta de su trabajo, pero sí es la primera vez que un libro de Natxo lleva un prólogo de Natalia Carbajosa. Con esto quiero decir (y nunca leo los prólogos antes del poemario, sino como postre para así no “contaminarme”) que en ese prólogo ya está muy bien dicho todo lo que creo que se debe adelantar sobre ÍCAROS DESORIENTADOS. Hablar más es determinar al futuro lector; hablar menos, inútil. 


Pero claro… Una reseña es algo más que un prólogo, algo más que una invitación a la lectura (ya la portada de Antonio Gómez Ribelles sugiere). Es -llamémoslo de algún modo- una recomendación en toda regla. Eso no me cuesta, ojo: he recomendado los poemarios de Natxo Vidal a diestro y siniestro, desde que por primera vez lo leyera en ese ATRÁS NO ES NINGÚN SITIO hace ya unos cuantos años, cuando nos conocimos, y que le valió muy merecidamente el Premio Dionisia García. Me conmovió la musicalidad de Natxo, el ritmo interior de cada uno de los poemas pero también del conjunto de ellos, perfectamente articulados. Eso también sucede aquí.


Y he de decir que –por mal que le pese a otros, o incluso al mismo Natxo- he disfrutado más de su lectura que en el caso del poemario anterior, LA NIÑA QUE JUGABA A LA PELOTA CON LOS DINOSAURIOS. Quizá por una razón: creo que estamos antes el nacimiento de una voz ya perfectamente propia, de un poeta que ha pasado ese tiempo de “formación” (y perdonen la palabra), ese período de pruebas, para convertirse en un autor con las ideas claras, con una voz fuerte que pisa sin miedo. Partiendo desde el mismo título, vemos ya ese cambio respecto al poemario anterior. Se muestra el autor mucho más seguro de su discurso, aunque creamos ver un yo poético totalmente dubitativo, irónico o incluso temeroso. No se lo crean. Natxo no duda –al menos en ese sentido-.

La mitología (y lo difícil: actualización de los mitos) es algo que está presente a lo largo de todo el poemario. Hay algo que no podemos negar y que le reconozco a Natxo Vidal muy merecidamente: como pocos de su edad, sabe actualizar el mito y traerlo hasta el siglo XXI sin que pierda sentido ni vigencia. No basta con citar un par de héroes para poder decir que uno sabe mitología. Es el mismo Ícaro quien inicia el poemario (el joven Ícaro), el protagonista de esa historia de la que ya sabemos el final. Un poema, por otro lado, ideal para comenzar el libro: nos da las claves de todo.


El joven Ícaro

acaparó un día todas las

portadas:

de pronto

se alzó sobre su padre,

un inventor paciente,

después del cautiverio en ese laberinto,

el cabreo de Minos

y aquel asunto con

el minotauro.

Y siguiendo el ejemplo del primo Prometeo,

movió sus alas una y otra vez,

como mueve los remos

un piragüista ciego.

Es cierto

todo lo que se ha dicho desde entonces:

que el viejo fue incapaz de detenerlo,

que el sol quemó la cera de sus alas,

que atravesó las olas,

que fueron los atunes

los que primero dieron la noticia.

Nada ha cambiado desde entonces:

siguen en su lugar el sol,

los laberintos,

la posibilidad del fuego.

Siguen en nuestra espalda

las alas antiquísimas de Dédalo,

jóvenes,

diez mil años después,

cien mil años después,

hermosos e imprudentes,

sobrevolando el mar, a la deriva,

igual que Ícaros desorientados.





Vemos ironía a raudales (eso tampoco es nuevo, pero qué bien le sale a Natxo), sin embargo ese sarcasmo en este caso viene muchas veces impregnado de un tono pesimista, conformista. No nos engañemos, porque aquí lo que prevalece ante todo es el aurea mediocritas de los clásicos, ese “estamos mal, pero no tanto”. ¿O acaso no todo pasado siempre fue mejor? Al poeta le gusta jugar con nosotros a pensar que todo está perdido, pero en realidad la mesura se desborda a lo largo de todo el poemario. Hay un claro anhelo del pasado pero al mismo tiempo un conformismo ante la vida:



AHORA no lo ves

(el engranaje lento de los días,

esta casa,

el sexo como hábito constante,

esta vida sin riesgo

ocultan la evidencia)

pero tú y yo soñamos otra vida.

No te atormentes,

la culpa no es de nadie;

hay que comer tres veces cada día.

Mira por la ventana:

el mundo nos ofrece

una hermosa mañana de febrero,

y olvida lo que digo.

Después de todo

sigues oliendo igual que el primer día.
 



Otro de los temas recurrentes que destaca en los poemas de Natxo es el reconocimiento de uno mismo, la búsqueda del yo más auténtico, del hombre que realmente somos. Hay una busca feroz por parte de ese Ícaro protagonista por encontrar quién es, por saber de una manera certeza de qué está hecho. Él es distinto y lo sabe, pero ¿hasta dónde/ cómo de alto/ debe llegar un hombre? Sin embargo, no dejéis de intentarlo, confiesa al final.



Se reconoce fracasado a veces, dubitante, aterrado: es el Ícaro que ha caído, que sabe que ha fallado (de ahí la idea del “alambre” que se repite en el poemario). Lo que nos han enseñado de niños de poco sirve.



Lo que le han dicho

antes

(las clases del colegio por ejemplo: recuerde el tiempo que

dedicó a memorizar la ubicación o el nombre, los accidentes

geográficos, las banderas de países que ahora ya no existen)

no sirve para nada.

Mantenga el libro abierto,

lea.



El amor: no podía faltar en ÍCAROS DESORIENTADOS. El amor –siempre con la duda de si el amor realmente lo es todo- nos salva del mundo, nos coge de la mano cuando vamos a caer, y a veces eso basta para consolarse del mundo.


ME bastas tú,

una ciudad cualquiera

y un dios al que poder encomendarnos,

hecho de piel,

de carne y de deseo.

Es una lista corta, ya lo sé.

Pero no falta nada.



El amor no sólo es el sentimiento que nos salva de la caída: también hay carne, hay pasión (que a veces fue mayor en el pasado), hay sexo y pinturas entre las piernas. Es la parte más visceral del amor que el poeta nunca oculta en sus poemas.



Es la musicalidad una característica de la poesía de Natxo Vid, al desde su primer poemario, o incluso en su tan exitoso SAL EN LOS OJOS, y en este ÍCAROS no puede serlo menos: nos encontramos con repeticiones que crean un ritmo interior al poema, ya sea con versos enteros o con ciertos sonidos. 



No es el culturalismo algo ausente en la poesía de Natxo; las referencias a autores y obras, e incluso canciones o películas, están presentes en muchos de sus poemas. Sabemos que ha leído a Platón, que conoce a Heráclito, que admira Blade Runner o que escucha a Johnny Cash. Eso le acerca tanto a un carácter más culturalista como  al tono coloquial con el que a veces nos premia. Un ejemplo de ello es la prosa poética que se acerca más al anecdotario: Ayer estuve en el parque jugando con mis hijas. Las referencias a los clásicos y la mitología es –como ya podía preverse desde el título- abundante, desde Helena hasta la misma ciudad de Troya y su caballo.


La segunda parte (El único camino hacia el tesoro) se abre con un poema sobre la creación poética, un poema que personalmente me ha sorprendido tanto por la forma como por el contenido. Es la voz  del poeta más evidente, confesando la búsqueda de las mejores palabras, la perfección del poema:


he visto y he creído porque el impostor escribe para dejar de

ser quien es y, en ese sentido, siendo ya otro, deja de lado

su impostura. O la convierte. Me he roto las uñas apartando

piedras. Escavando sobre la tierra seca. Buscando la última

palabra. Pero la última palabra nunca

llega



Deja claro en esta parte dónde se encuentra él como poeta, en qué punto está (poco después se confesará un poeta minoritario y digno):


NI altezas ni hacendados

pero cuidado con nosotros:

somos la marca blanca

entre tanto poeta consagrado

y a poco que nos dejen

vamos a reventarlo todo.



Quizá, más que en otros poemarios anteriores, se vea en ÍCAROS DESORIENTADOS un punto mucho más personal, hasta llegar casi a la confesión. Y eso es algo que admiro en la poesía de Natxo Vidal, combinando lo más íntimo con lo más elevado, lo más mítico con lo más trivial. Y así ha sido y -ahora más que nunca- es la obra de este autor que, a mi entender, ya puede decir que ha encontrado su sitio. Que, aunque a veces se quema ante Faetón, sabe salir airoso; que, aunque añora el pasado, se adapta a este presente donde casi no queda nada. 


El sol, Natxo, a veces no quema tanto. Enhorabuena.


Noelia Illán



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