viernes, 29 de mayo de 2015

INCLINACIÓN AL ENVÉS, de Julio César Galán (por Javier Pérez Walias).





EL HECHO PRIMARIO DE DECIR







Inclinación al envés

Julio César Galán










En una reciente entrevista, Julio César Galán (Cáceres 1978) afirmaba con rotundidad que el proceso de escritura es el fin, que el poema es un aprendizaje a base de prueba/error, y que crear es interpretar y viceversa. Así, el poeta se postula como sujeto, situándose a ambos lados del proceso creativo, es decir, inclinándose hacia su propio yo como expresión convergente. Por lo tanto, el verdadero motor textual es el Otro (autor/lector). En Inclinación al envés, esta apreciación deviene en evidencia, no como finalidad en su límite, sino como origen de incertidumbre, como hecho primario para comprender y sentir el ejercicio vital de la escritura. Los materiales que utiliza Julio César Galán conforman una red a modo de sostén lingüístico, poético y emocional. Advertimos (ya desde el liminar) una renovada concepción del oficio amanuense y una actitud singular ante los recursos de estilo. Inclinación al envés es un libro orgánico, polifónico en su expresión y arriesgado en muchos de los caminos explorados por el autor. El poeta pone su pericia —y no escatima en ello— al servicio de lo que realmente le interesa: la transmisión de sensaciones vitales (latens) y la reflexión sobre los catalizadores que permiten que dichas sensaciones eclosionen en el tejido textual. Como contrapeso a tanto desvelo, el protagonista nos exige, además de un ejercicio intelectual coadyuvante al disfrute estético, una mirada activa, casi agónica, frente a un discurso que a priori se nos rebela y a posteriori se nos revela en un sinfín de significaciones. 


Este poemario de Julio César (del que García Román, en el prólogo, afirma que "fue ya en su tiempo un poeta raro, que jugaba a hacerse el escurridizo, a fingir identidades y autorías") es un libro de formato minimalista, editado por Pre-Textos en su colección “El pájaro solitario” (suponemos que dicho acomodo tampoco ha sido fruto del azar), y en coedición con la Editora Regional de Extremadura.


Inclinación al envés no es un texto de interpretación lineal, es una hermosa jaula de pájaros poemáticos con múltiples posibilidades y relecturas. Oriores, abejarucos, gorriones, grullas, gallos, mirlos, gaviotas, ibis, palomas, petirrojos y golondrinas se dan cita en él. Todos rondando sobre la conciencia de nuestras cabezas, como lenguas de Pentecostés, para traernos "el lápiz, la cometa,/ [y] la bici con plumón y serpentina", recuerdos de un pasado que duermen en el envés de la memoria. Julio César pretende, y a fe que lo consigue, que el poeta –convertido en escudriñador de su propia obra­–, y los lectores nos inclinemos hacia lo esencial de las cosas; hacia la verdad de lo desconocido por oculto; hacia la toma de conciencia de la realidad que somos, hemos sido y/o seremos. Consigue fijar nuestra mirada en el Otro como origen de todas las existencias posibles, ante todas las lecturas posibles y "Por eso existe un fondo/ de pájaro en nosotros". 



Conviene recordar que Inclinación al envés forma parte, junto a Tres veces luz (2007) y Márgenes (2012), de la trilogía Acorde para las aguas madres. Como ya advertimos, Julio César, para armar su personal edificio poético, utiliza diversos materiales, otorgándoles cierto rango de novedad, es decir, desde metros de base impar "Como si hubiésemos cascado/ una estrella en un vaso" hasta versículos con acentos muy notorios; desde el poema versal hasta el poema en prosa. Utilizando en una misma composición la versificación de corte más tradicional y/o la prosa poética, e incluso, marcando con numeración arábiga la existencia de versos que no se explicitan. Encontramos, asimismo, elementos al margen de lo lingüístico: pictogramas y signos icónicos (  * // ) como potenciadores del discurso, aunque sin llegar a lo que Jenaro Talens llama iconotexto. Con ello, el poeta indica un espacio dejado en blanco, o una palabra ilegible, o un pasaje dudoso, o una lectura conjeturada. El lector se topa con tachonaduras de versos completos, aunque legibles: "mi mano empieza/ donde siempre acaban las alas"; con anotaciones como si de una edición criptopoética habláramos: "Recito cuanto hubo de ave en mí" (escribe el autor en la nota nº 27); notas que dejan constancia de variaciones de un mismo texto y versiones (estadios poéticos intermedios) que dan cuenta del proceso de vivificación que ha ido experimentando un poema a lo largo de su escritura. El poeta también incluye en esta entrega textos de otros autores, como el titulado “¡Inclinación al envés vive!” del autor de Fósforo astillado; un fragmento de Alejandro Céspedes (en la nota nº 12) que ilustra el desenlace del poema "Cuerpo de gorrión" y que dice: "Busca la palabra nombre para poder seguir. Y la palabra gente, dolor, verano, nada y la palabra mismo"; unos versos de Marco Antonio Núñez en la nota nº 28: "Yo aposté contra el espejo, escribí/ y perdí, rompí luces, cavé albores"; o un texto de César Nicolás quien, transmutándose en el propio libro, "tilila" en la letra ó [tildada] de Inclinación al envés

Hay, empero, fragmentos de carácter crítico-literario, así el de Pablo Gaudet (uno de los heterónimos de Julio César Galán y autor, a su vez, de ¿Baile de cerezas o polen germinando?) cuando afirma "(…) el poema es una forma de nacimiento constante". En definitiva, un prólogo que no es tal, una nota bio-filológica —en absoluto al uso—, tres rondas pajareras que constituyen la espina dorsal de esta inclinación (“Vuelos en códigos compartidos”, “Voladores de luces” y “Ella, los pájaros”) y un conjunto de notas a pie de página que, si bien se disponen como fragmentos de un texto exento en la parte final, el lector deberá leerlas siguiendo el curso de los poemas, o no. Todos estos materiales, sin llegar a ser puntos de fuga textual, sí son haces de luz que atraviesan las paredes maestras del poemario confiriéndole equilibrio y aliento, constituyendo el andamiaje poliédrico de esta ornitología interior. Sin embargo, no será extraño que en una lectura detenida el avisado lector vaya descubriendo breves ensayos, pensamientos filosóficos y constantes referencias: a las virtudes del pájaro solitario en San Juan; a la idea de alma y socorro en Valente; al zambraniano concepto de desamparo; o cuando, próximo a Pérez Estrada, el poeta escribe en “Jerarquía de gaviotas”: "(…) es mi cosmogonía esencial/ y pasmada,/ este-hecho-primario-de-decir".



Pero más allá de estas artes compositivas manejadas con solvencia por el poeta extremeño, Inclinación al envés gorjea vida y atesora momentos transcendentes de muy alto vuelo lírico, que a la postre son el reflejo de todo lo que nos hace iguales como seres humanos: la enfermedad, el hijo, el amor, la ausencia, el dolor, los recuerdos, la felicidad. En este sentido, las personas del verbo se superponen, las manos se transforman en alas y la figura del pájaro (uno, pareja y trino) acaba simbolizando el equilátero poeta-amada-lector. En la plurisignificación del título: "inclinación/envés" se condensa la idea de incertidumbre ante los acontecimientos, de lo que somos y sentimos y para qué. 

Como ya apuntábamos, Julio César Galán asume riesgos en esta entrega, riesgos inherentes a su particular manera de pensar el mundo y a su forma de entender el acto poético. Por ello, nada es lo que parece aunque todo parece lo que realmente es. Cuando nos inclinamos a mirar (no olvidemos desbarbar las páginas de nuestro volumen, un detalle más de la complicidad entre libro/lector) las raíces crecen hacia la luz y se encienden, los peces levantan sus alas para el vuelo, los brazos se salen de las ramas o se transforman en ellas cual laurel, el cielo es límite del vuelo, la estrella es el recuerdo lejano de la luz sobre la tierra y la gacela es metáfora de lo virginal, de lo hermoso en nuestras pupilas: "El proceso es el fin. El proceso es lo importante, me digo" nos dice el poeta. Todo aparece perfecto (cerrado/abierto), en espera de aquello que, por razón, contrario, o sustancia es complemento, horma y ajuste.  

Inclinación al envés concluye con un canto al regocijo por haber hallado en el temblor de las palabras lo que creímos perdido para siempre. Una golondrina es la feliz imagen de la concreción latente de lo invisible que, como en el envés de una hoja, habita en un rincón de nuestra memoria y pervive por y para el lenguaje: por y para la vida.



Javier Pérez Walias





© Pedro Gato.

Javier Pérez Walias (Plasencia, España, 1960) es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Extremadura. Pérez Walias ha publicado —entre otros libros— Versos para Olimpia (2003), Los días imposibles (Tres figuraciones) (2005), Cazador de lunas (Seis aguafuertes de Juan Carlos Mestre con ocasión de Cazador de lunas de Javier Pérez Walias) (2007) Largueza del instante, León, (Premio de la XVII Bienal de Poesía «Provincia de León», 2008) (2009) Arrojar piedras (2011) y Al Qarafa, (2014). Una amplia muestra de su poesía ha sido recogida en Otrora. (Antología poética 1988-2014) (2014) con selección y prólogo del crítico y poeta Eduardo Moga. Han aparecido trabajos suyos, tanto de creación como de crítica literaria, en revistas especializadas como El Maquinista de la Generación, Turia, Cuadernos del Matemático o Quimera, y ha colaborado en ediciones, catálogos y obras pictóricas con los artistas plásticos Rafael Carralero, Juan Carlos Mestre, Javier Roz y Javier Alcaíns.












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