jueves, 28 de mayo de 2015

ROSA SILVERIO y su MATAR AL PADRE (por Rosario Guarino).








MATAR AL PADRE
ROSA SILVERIO

Huerga&Fierro Editores, 2015










Matar al padre es el sexto poemario de la periodista, activista cultural y poeta dominicana Rosa Silverio, cuya lectura es cuanto menos inquietante, empezando por el propio título.

Formalmente llama la atención que los poemas no respondan a un título sino a una enumeración consecutiva, y que no estén estructurados –al menos aparentemente- en función de un tema, sino que se suceden alternando distintos hilos, entre los que prevalece el pesimismo, el absurdo, el afán de diferenciación y la soledad en una búsqueda de la identidad y la reafirmación personal donde la ausencia gana terreno y la negación de la alteridad subyace, omnipresente. Así en los últimos versos del poema 68, con el que se cierra el libro:

[…]No soy
Estoy aquí
Me he ido.

O en el poema número 6, donde además aparece la muerte, otro de los temas recurrentes –bien sea real, bien figurada-, en esta ocasión como suicidio.

[…]Dicen que soy yo, pero no.
Es otra la que huele a pólvora y a sangre.
Yo permanezco en el salón de baile.
Es otra la que se ha ido.

Junto a este tema, surge la escritura como redención frente a la inutilidad que aniquila y a un desasosiego y a un inconformismo que lucha contra la cotidianeidad asfixiante. Muy interesantes son dentro del corpus de la obra las distintas reflexiones en torno a la poética, donde la figura de la propia poeta es reivindicada con frecuencia, en un ejercicio de introspección en el que no falta la poesía social y la crítica al mundo circundante (8)

Escribir es esto
Una entrega absoluta
Un estremecimiento, un huracán,
Un vaciarse
Un dejarse habitar por la poesía,
Un nadar mar adentro
Hasta el fondo
Hasta el mismísimo fondo
De uno mismo.

En el poema 34 hay una reflexión interesante sobre el hecho poético, que lejos de ser liberador se presenta como aniquilador:

                        La poesía no viene a mí
                        para imponer una palabra
                        ni una estética.
                        La poesía viene hasta mi vera
                        para que yo me calle,
                        para que me vuelva añicos,
                        desaparezca
                        o me haga sombra.

La autoafirmación como poeta, que justifica al ser y le confiere una identidad, salpica el poemario. Así, en el poema 18 se habla de la carne azul de la poeta, o, en el 31, de la fuente azul de la poeta, que contrasta con el rojo de la sangre derramada, como en el poema 11, aludida recurrentemente, junto a la mención de Dios, o la poeta-loca,  en el 7.


Pero los poetas como colectivo también son blanco de la descalificación. A ellos se alude como “masa de poetas” o “turba de poetas (51)”. Hay un enfrentamiento entre el individuo y el mundo, al que se presenta como algo hostil. La sensación de abandono o la dependencia de otro, incluso de un ser superior caprichoso, llevan al nihilismo.
Junto a esta hostilidad exterior, y a pesar de ella, destaca la necesidad imperiosa de salir de uno mismo (16): A veces necesito/salirme de mis carnes,/ mirarme desde afuera,/ escucharme y entenderme…, y la presencia de la locura o el delirio, a través de los sueños que se convierten en pesadillas en una búsqueda continua del yo, por oposición a los otros, trufada de pesimismo.

23
La locura como abismo
La locura como una interminable curva
La locura como muerte
La locura como liberación
                              como abandono.


El recuerdo es también mencionado como algo doloroso. Así, el recuerdo del padre “en los instantes más inusitados” (9), sacarte de mi memoria para siempre (3). Haciendo justicia al título, la referencia al padre es continua, si bien no es siempre su muerte lo que destaca, pues aunque nos encontramos la alusión al mismo como lastre, también el amor a éste, y la evocación de la infancia (20: La niña está jugando en el parque…) tienen un poso de complacencia en la nostalgia. En las tinieblas el padre observa (18). El padre está también presente en las nanas (47) y en el cuento (Cenicienta en el 65), invirtiendo la tradicional figura protectora por el papel de ogro devora-niños.
La muerte, por otro lado, no se restringe exclusivamente al padre, sino que aparece incluso en forma de suicidio, como veíamos anteriormente, y lo enseñorea todo, pues incluso el amor está vinculado a ella (10).
Ya en el primer poema asistimos al espectáculo paralizador de la muerte, y el segundo se inicia con el paso de un ataúd.
El incesto –incluso la violación- planea sobre la figura del padre en distintos poemas, pero quizá donde se hace más evidente es en el 29:
                       
El padre invita a la hija a comer de la manzana
                        la hija no tiene hambre
                        el padre insiste, la hija se niega
                        Entonces el padre se enoja
                        y la obliga a comer del fruto.

                        (Todo ha sido consumado, Señor)

                        La serpiente ha hecho su trabajo.

O en el 45:
                        Qué ligadura más terrible
                        La de este hombre y su niña […]
                        Qué raro amor que se aborrece.

La oscuridad, la religión, el absurdo del mundo, están presentes en una cotidianeidad uniformadora, como en el poema

25
Salgo a la calle a trabajar como todos
en jornadas de ocho o doce horas
amaso el pan, le doy la vuelta al calendario
me visto con impecables tejidos[…]

La tristeza y la muerte, son, como ya han señalado otros críticos, temas recurrentes en su obra, algo que queda reflejado incluso en sus propios títulos.
El mundo aparece como una telaraña (5), dando vueltas sobre su propio eje mientras el hombre inventa dioses que le den sentido (4), como un cardumen de muerte apretujado en su gran pecera humana (38), la angustia es la única posibilidad, para la poeta y para el resto de los mortales (39), y es preciso hacer un esfuerzo continuo, siempre inútil, como en el poema 30, en que sin nombrarlo se hace presente la figura de Sísifo:

                        Subir
                        Escalar hasta la cima[…]
                        Pero es inútil
                        ruedo
                        ruedo hacia abajo.

                        He vuelto a caer de bruces.

                        Arriba titila una luz roja
                        y una estrella me saluda.

Al margen de esta referencia a Sísifo, son abundantes las alusiones a la mitología, dentro del mismo imaginario lúgubre e infernal, en el que no podía faltar Saturno, el padre devorador de sus hijos y verdugo a su vez de su progenitor, pero tampoco la Estigia, Caronte (sólo aludido, sin nombrarlo explícitamente, en el poema 24) o Tánatos, relacionados todos ellos con el mundo de ultratumba y en los que la sensación de soledad impregna todo, o bien Atlas, que soporta el mundo, presente en el poema 40, un poema en el que la desolación desborda en un tiempo de lamentaciones sin consuelo.


24
Sucede a veces que en mis sueños
hay un río y una pequeña barca[…]
el corazón agitado se aquieta, hurgo en los bolsillos,
hasta que aparece la moneda
y se la ofrezco victorioso al barquero.

64
[…] Vengo de Estigia, de una larga travesía
Toco la puerta
Silencio
¿Adónde habrán ido todos?

66
[…]Hoy la ciudad es solo llanto y cenizas
el tenebroso hogar de Tánatos
el poso de lo que ha sido.


Es llamativa la referencia cromática recurrente: la poeta se identifica con el azul, la luna es siempre blanca en los poemas de Rosa Silverio, el rojo aparece en estrecha unión con la sangre, o con la cortina que cubre el día en su ocaso, o con la cometa roja que el viento tira a su antojo (21) y el negro con la muerte y la desolación.

En definitiva, Matar al padre es una obra cargada de simbología, de búsqueda interior y de cuestionamiento de la propia identidad que contagia inquietud y mueve a buscar respuestas, donde, si acaso, se vislumbra como única posible redentora la poesía (56), la única, al menos, que consigue liberar la tensión y diluye el pesimismo omnipresente en estos poemas:

                        Acercarse a la palabra        
                        sin bifurcaciones
                        con la paciencia del pescador
                        que tira su caña al río
                        y después de largas horas
                        logra atrapar una trucha.
                       
                        Mirarla a través del espejo
                        extender la mano y tocarla en lo inasible
                        comprenderla en la imposibilidad
                        en lo que se vislumbra en el imaginario
                        en lo que se hace posible mediante la escritura
                        en los dedos manchados de tinta
                        dispuestos a romperle el candado a la palabra
                        dispuestos a barrer las hojas secas
                        a sacudir los visillos y correrlos
                        para que por fin entre la luz de la mañana.


Rosa Silverio, en fin, se reafirma en este poemario, publicado por Huerga y Fierro, como una poeta rotunda y contundente, a tener muy en cuenta en el panorama de la poesía en lengua española, como refrendan los distintos premios que le han sido otorgados en reconocimiento a su labor poética, entre los que destaca el XXI Premio Internacional “Nosside” de Poesía que organiza el Centro de Estudios Bosio de Reggio Calabria, con el que fue galardonada en 2005.


Rosario Guarino


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