lunes, 15 de junio de 2015

ISABEL BLANCO OLLERO y EL CUADERNO DE MONTPARNASSE (por Santiago Elso).





EL CUADERNO DE MONTPARNASSE


ISABEL BLANCO OLLERO

Sandemaya Poesía, 2015







Creo que la aparición de un nuevo libro de poemas es siempre motivo de alegría y celebración. Lo es, y mucho, al menos para todos los que amamos el arte, difícil aunque hermoso, de hacer versos. Y es que, pese a ser valorada y estimada sólo por una minoría de personas, la poesía tiene una curiosa e importante misión que cumplir. Esta, no sé si decir técnica, arte, saber, ciencia, magia o sortilegio de unir palabras para expresar algo que se encuentra más allá de las palabras, nos permite ver territorios del alma que uno desconocía tener, nos revela lo oculto que hay en el fondo de las cosas y de nosotros mismos; es memoria de lo que ha sido y testimonio de lo que es, e incluso proclamación de que, lo que podría haber sido, es tan importante y tan real como lo que en verdad fue. Y si he comparado la poesía con la magia es porque ella es capaz de convertir la tragedia, el dolor y aflicción que sentimos en una obra digna de ser admirada. Cierto, su intento de responder a las preguntas fundamentales que todos nos hacemos resulta finalmente baldío; pero, aunque no ofrezca una respuesta definitiva a nuestras dudas, nos devuelve al menos un resplandor de belleza que remedia la fealdad del mundo, y nos  recompensa con una promesa de luz en medio de tanta oscuridad y tanta prosa.

Isabel, que ama la poesía como a muy poca gente he visto amarla, es una poeta con oficio. De su ya extenso curriculum, que usted pueden leer en la solapa de este libro, destaco lo siguiente: Isabel ha escrito los poemarios Tacto de miel, en el 2001; Desde la ondas, en compañía de Javier Asiáin, en el 2003; Salmo de tu cuerpo, en el 2009; en 2010, La permanente costumbre del adiós; y ahora, tras un período de de cinco años de silencio poético, El cuaderno de Montparnasse, el libro que usted tiene en las manos.


Como todo el mundo sabe, existen dos tipos de poemarios. Por un lado, están aquellos que tienen un hilo conductor que une todos los poemas del libro, bien por una temática común, un asunto similar o una materia troncal. Al igual que los capítulos de una novela, los poemas desarrollan una trama, un argumento interno que le da un sentido global a todo el conjunto. Otros poemarios, en cambio, son más parecidos a una colección de cuentos, porque cada uno de ellos es una unidad que empieza y acaba en sí mismo. Creo que El cuaderno de Montparnasse, cuya temática es variada y en el que los asuntos que aparecen son múltiples, pertenece a este segundo tipo de poemarios. Cierto es que los poemas de este libro están agrupados en cinco partes, cada una de las cuales toma su nombre de un poema que pertenece a ese bloque. Pero cada una de estas cinco secciones desarrolla materias distintas a las de las otras. Me parece, por tanto, muy acertada la elección del título, El cuaderno de Montparnasse, por cuanto que un cuaderno es no es más que un conjunto de pliegues de papel en el que vamos anotando cosas e ideas diversas y dispersas, noticias, sensaciones, ilusiones, emociones y sucesos, unas veces reales, otras imaginados, a veces interconectados y otras autónomos.


Los cincuenta y tantos poemas que integran este volumen tratan sobre muchos de los clásicos asuntos que mueven (y conmueven) a todos los poetas a la hora de escribir: el paso del tiempo y su estragos; el amor y algunas de sus más nobles expresiones (como la del amor maternal, la del romántico o el platónico), el valor de la amistad, el desengaño que sufrimos al no ver cumplidas nuestras ilusiones; el sentido de escribir poesía y la propia poesía como objeto del poema; la geografía de la tierra natal, la enfermedad de los seres queridos, los recuerdos, las ausencias, los males que aquejan al mundo y el deseo de una justicia que restituya su perdida armonía; los viajes, las ciudades que abandonamos, las ciudades a las que llegamos y el modo en que todas ellas van dejando un poso de nostalgia en nosotros. También la familia y  los amigos son temas que circulan por estos versos; y hay, asimismo, otros seres que no son personas (aunque casi) como su mascota, la gata Lisbel, a quien la poeta dedica un hermosísimo poema.


Y en todos estos versos, el estilo de Isabel, inconfundible. La poeta parece estar muchas veces conversando con ella misma, como si sus versos formaran parte de un diálogo interno, apenas susurrado, una suerte de plática íntima que ella va pronunciando mientras contempla la soledad, la tristeza, la nostalgia y, en fin,  los aconteceres del mundo, mientras los mira a los ojos, con valentía, casi con fraternidad.


Javier Asiáin, Isabel y Santiago Elso durante la presentación en Pamplona.


Una especial y distintiva característica de los versos de Isabel Blanco Ollero es la presencia de un suave y leve culturalismo que baña los contornos del poema con admirable acierto. No como en esos pretenciosos y cargantes poemas en los que el autor hace gala o presume de un eruditismo, latoso y estomagante, signo inequívoco de que se ama mucho a sí mismo y muy poco a sus sufridos lectores, que se ven forzados a consultar las enciclopedias para comprender de qué van los poemas. No, el culturalismo de Isabel es siempre amable con el lector. En esta libro encontramos referencias literarias de autores como el poeta Caballero Bonald, en la pieza “Somos el tiempo que nos queda”; o de figuras emblemáticas de la narrativa, como Don Quijote, en el magnífico poema “Dios pequeño de alargada figura”. También encontramos alusiones a las artes plásticas, como la pintura de Van Gogh  en el poema titulado “Campo de trigo con cuervos”, écfrasis que acaba siendo toda una biografía sentimental del genial pintor, o sobre una exposición de Velázquez en el titulado “Hortensias de agua”. Lo mismo cabe decir de la Arquitectura, cuya presencia se hace notar en el poema “Palacio de Casadevante”, o de la Historia, en el poema “Soldado cartaginés”.


La presencia de lugares y ciudades visitados es muy importante en este Libro: Madrid, Lisboa, Cáceres, Metz, San Sebastián, La Habana, la Tierra del Ebro, el Valle del Jerte, son protagonistas destacados de la obra, y van apareciendo en ella como escenarios distintos de una misma pieza teatral. De hecho, muchos de estos poemas parecen haber sido pensados mientras la poeta viajaba en coche, en avión, en ferrocarril hacia esos lugares, o haber sido escritos en sus estaciones de tren o en sus aeropuertos.


Hay en la poesía de Isabel una cualidad que  deslumbra y despunta por encima de otras. Lo hizo en sus anteriores poemarios y lo hace de nuevo en éste. Isabel es una poeta con una sorprendente capacidad para asociar imágenes insólitas, inusuales. ¿Qué es el alma, sino un planeta fatigado? ¿Qué es el deseo, sino ojos de noche débil, playa leve de suspiros? ¿Qué es la risa, sino una luna clarividente? ¿Qué es el amor, sino el único barco para no sentir?  Para la poeta, el abrazo del amante se transforma en una liturgia sobre su cuerpo; la vida, en un sueño de agua fresca, alta oración en los acantilados del alma; la poesía, en un lobo que aúlla en su pecho. El magnífico lienzo “Campo de trigo con cuervos” que pintara Vincent Van Gogh al final de sus días se convierte en un autorretrato de su muerte. Ve Isabel que las horas son como nubes embistiendo la tierra, desgastándola; y en las olas del mar que mueren en la orilla de una playa, ella ve palmeras en pleno vendaval. El futuro llega en un ánfora de barro; cada minuto es una bala en el pecho del tiempo. En una brillante y conmovedora sinestesia, une la poeta sonido y forma: tu voz vibrando en el ámbar del tiempo.


Las metáforas que crea Isabel, espléndidas y extremadamente sugerentes, tiene una extraña y melancólica belleza: Alcanzo tu ausencia, amor, como alcanzo el viento que pasa y nunca se queda en mi ventana. Muchas de estas sorprendentes analogías están, además, adornadas con otras figuras que las embellecen todavía más. Es lo que sucede, por ejemplo, en los versos donde una suave aliteración de “eses” parece imitar la brisa que acompaña a los amantes: …pasean las sombras de nuestros deseos, y se miran, y se cogen de la mano, y se aman. Sí, se aman como amantes ausentes, como la muerte helada cuando se abraza a la lluvia encendida, como tú, cuando alguna vez me amaste. Quizás usted se haya preguntado alguna vez qué es la poesía. Pues bien, la respuesta de Isabel se encuentra en uno de sus versos: es un viento de luz.

Mejor que yo, lo ha dicho Gaudencio Remón, que escribe en la contraportada de este libro: si tuviera que echar mano de un sintagma para definir el poemario de Isabel Blanco Ollero, éste sería mi fallo: una serenidad estética. Ojalá que usted, lector que termina ya de leer este prologo, pueda alguna vez escuchar en la propia voz de la autora alguno de sus poemas, pues Isabel, además de notable poeta, es una extraordinaria rapsoda. De momento, lea este libro. Pero hágalo despacio, sin prisas, comos si estuviera  dialogando con ella, escuchando sus palabras y sus versos casi susurrados. Realmente, son un viento de luz que merece la pena.



SANTIAGO ELSO TORRALBA






Santiago Elso es psicólogo, poeta y vocal de Literatura del Ateneo Navarro. 
Fue, junto a Javier Asiáin (autor de nuestro número DOS) quien presentó a Isabel Blanco en el Casino Principal de la Castillo de Pamplona el pasado 29 de Abril.

*Pinchad en el siguiente enlace para leer la entrevista de Isabel Blanco en el diario NOTICIAS DE NAVARRA.

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