miércoles, 17 de junio de 2015

MATÍAS MIGUEL CLEMENTE viaja al LONELY PLANET de LUCÍA PLAZA.







LONELY PLANET
Lucía Plaza









Entender la vida como aquello que lleva un viajante en los bolsillos, en la maleta, o en las notas de una libreta, y no como un viaje, propiamente dicho. La realidad son las cosas que debe uno llevar apuntadas en una agenda y tenerlas siempre presentes, decía Jaime Gil de Biedma, y así entendemos la poesía que transporta, que viaja, que nos inocula la otredad. Así la entiende Lucía Plaza Díaz en Lonely Planet, que más allá de ser un libro de viajes, es precisamente una consecuencia del viaje, de la emoción y de la transmutación del poeta sensible hacia las cosas, hacia la realidad, hacia el ser humano que habita los lugares más íntimos de este solitario planeta.

Para realizar este viaje y anotar las realidades, Lucía ha tenido que hacer el trabajo más sangriento del poeta, el de sumergirse en las cosas, para infiltrarse, a través de ellas, en las personas, en sus experiencias, en sus artificios y en sus verdades absolutas. Así como lo hiciera Gimferrer, poniendo el ejemplo del teatro Kabuki, o como en las tragedias griegas, el poeta se hace con un espacio en el cual la experiencia, la observación y la educación sentimental se convierten en la máscara que nos conduce hacia la sustancia del otro. Y ahí, en ese escenario de carne tomada, y de mente secuestrada, Lucía sabe poner el verso, y más allá, proyectar la luz hacia el lector que queda, con cada mundo, persona y ciudad diseccionada, cegado por una especie de absoluta verdad consciente. Lucía Plaza Díaz es una poeta que se ha moldeado a sí misma en su poética, que no se ha dejado llevar por las torpezas del discurso plano que es en ocasiones el mundo y su digestión. Es una poeta que se inventa desde dentro y no a través del ropaje, huyendo de la obviedad como huye el delfín de la cacería, con una clarividencia que sólo aquellos que tienen la saliva dulce y la lágrima como lente pueden desarrollar.

Para llegar a Lonely Planet, Lucía ha tenido que elaborarse como elaboraba Pessoa su gramática, ser del tamaño de lo que ve, tener una mente de invierno como proponía Stevens en su nevada poética, y sentirse vigilada por el poema como le ocurre a Pablo García Casado, pero ante todo ha tenido que hacer de todo eso mucho más que una heredad, una columna sensible y perfumada que la sostiene cada vez con más fuerza. En Piso Piloto, su primer libro, los lectores quedamos encerrados en su absoluta originalidad, encerrados en una casa donde el amor nos visitaba doliente y apasionado por cada una de las cámaras. La verdad de ese libro, todavía hoy rememorado, seguido e incluso imitado, nos descubrió que en los versos de Lucía aparecía el ser con toda la sangre concentrada en las manos, la sociedad de consumo y construcción álgidamente descrita.

Ahora no deja de mostrarnos la globalidad que supone hoy el dolor, el desarraigo, la soledad, el amor que se desmorona por las calles de cualquier ciudad. Lonely Planet nos lleva a un sinfín de ciudades cargadas con la munición de su poética: Trípoli, donde se producen tremendos exilios, el Londres de una top model, el contraste con una Ciudad Juárez en la que el dolor de ser mujer nos desgarra, la visión de una enferma Santander, el París del turista que se deja llevar por la literatura…Amsterdam, Bombay, Madrid, Tokyo, ciudades imposibles e ignotas como Laayoune, Cherburgo o Albacete… Lucía Plaza se administra el viaje y sus rasguños a través de las vivencias y la atmósfera de lo pasajero, de lo que vuela y desaparece, de lo que se consume como última voluntad y de lo que perdura como en la maleta del viajero, y nos lo administra a nosotros ayudándonos a participar del viaje con el tedio del lenguaje del exiliado, con la papelera de reciclaje, con el Nothing to declare de las aduanas, con el cartel de Cercanías como paradoja existencial, con los objetos perdidos como el limbo de nuestros recuerdos, y en definitiva, con todo ese lenguaje que nos pertenece como participantes del éxodo que supone la lectura poética y su práctica.

Y así, habiendo dejado todo lo accesorio en consigna, solo me queda invitarles a tomar su asiento, a observar quién hay a su lado, a cerrar los ojos, a contar los segundos del minuto crítico del despegue que suponen estas palabras y a que habiten este planeta solitario.

Matías Miguel Clemente



Matías Miguel Clemente nace en Albacete en 1978 y allí comienza  a publicar poemas en las revistas locales hasta que se desplaza a Ciudad Real, y se licencia en Filología Hispánica. Posteriormente en el año 2003 recibe el Premio Nacional de Poesía Joven Radio3 de Radio Nacional de España por su libro “Lo que queda”, libro que edita la editorial de poesía DVD Ediciones de Barcelona y que es recibido en la Residencia de Estudiantes de Madrid. En ese mismo año recibe el Primer premio de Narrativa en el Certamen Jóvenes Artistas de Castilla-La Mancha por su narración “Almendras”.  Al año siguiente aparece en la antología “33 poetas de Radio3”, un compendio de poesía joven española. Recibe en este mismo año el Primer Premio de Poesía en el Certamen Jóvenes Artistas de Castilla-La Mancha” por la obra La Petriada. Inicia entonces su periplo en la radio, con un programa de entrevistas llamado “La Mano de Teñidor” en la emisora Onda Cero para Ciudad Real. Publica poemas en revistas como Salamandria, Ayvelar, Silencios, etc.
En 2007 aparece el libro “Los Límites” en la editorial barcelonesa La Garúa, este libro le hace recorrer varias ciudades españolas con un espectáculo poético-musical con el grupo de pop-rock Los Esbirros. Ha sido incluido en la Antología “Inmaduros 26” de poesía joven de Castilla- La Mancha y en “El llano en llamas, poesía joven”. Desde hace poco trabaja en su último libro que le ha llevado a mostrar su trabajo a la Universidad de Estrasburgo y de Turín, gracias al trabajo de tesis de David Gondar. Sus poemas han sido traducidos al Francés y al Italiano. Es coordinador del Festival de Poesía Fractal de Albacete. En la actualidad trabaja de profesor de Lengua y Literatura española en Turín.


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