jueves, 2 de julio de 2015

EL AMOR O SU CONTRARIO, de José María Martínez (por Mari Cruz Gallego).








El amor o su contrario
José María Martínez

Alacena roja, 2015









Sobre un libro de poesía se pueden escribir muchas cosas, casi siempre, tópicas y recurrentes. Se puede comenzar afirmando, por ejemplo, que el tratamiento del amor en sus versos dialoga con la tradición o que, la soledad del poeta se hace trascendente con la palabra. Pero más allá de lugares comunes, creo que una de las mejores cosas que se puede decir de un libro, sea del género que sea, es que al lector le haya desazonado. Sí, no he dicho “gustado”, sino “desazonado”, porque sólo aquello que desazona te deja con ese regusto a amargura que no te puedes quitar en un par de horas. Puede ser porque, en un instante, comprendas la inevitabilidad de la muerte (“Como llega un dolor/me asalta la conciencia de su fragilidad./Comprendo que han de morir, pero no quiero que mueran nunca.”); o porque de repente, te hayas topado con una imagen que asusta como las pesadillas de la infancia (“Mi cuerpo permanece emparedado en los pasadizos de un castillo en ruinas./ Lo que anda por el mundo es un alma en pena, cegada por tanto escombro.”). Incluso, puede ser porque la metáfora se convierta en la base de unos versos que insinúan lo escondido (“Cómo borrar la mancha que impregna/ como eyaculación el paño acusador. /Cómo eliminar las trazas de pálida purpurina.”).


En este sentido, el poemario de José María Martínez El amor o su contrario, causa, durante toda su lectura,  la desazón y el desasosiego que prometen los versos anteriores. El lector se va a topar en ellos, con una especie de colección daliniana de poemas que recurren, en muchas ocasiones, a lo escatológico, al asco y a la repugnancia, para tratar ciertas obsesiones: la infancia se describe, casi siempre, como una etapa frágil, traumática y dolorosa (“Qué ansia de belleza justifica detener en seco/ la vibración de unas alas quebradizas. / Qué soledad, el alfiler.”). La desolación es una casa en ruinas que apesta a excremento (“Apesta a oscuridad, silencio y orines. /El suelo es un osario de gatos y ratones.”); el paso del tiempo es un singular vita flumen que invita a la destrucción (“Debería de haber entregado mi cráneo al río/ y me lo devolvería hoy bien pulido,/ tal cual un guijarro.”); y la vida, un macabro juego infantil (“Solo quisiera echarme a dormir./ Más paz y menos versos/ es mi última voluntad./ Y que acabe de una vez /este juego del ahorcado.”). 

El lector no va a encontrar en las páginas de este poemario versos alegres, sino afilados y directos como un cuchillo; el lenguaje se usa para golpear con la palabra y causar dolor como la realidad cotidiana que describe el poeta. La excepción quizás sean las composiciones dedicadas a la música y a la belleza que alimentan el alma o los últimos poemas, dedicados al amor y al erotismo, donde este se presenta en el día a día: el léxico se vuelve entonces más delicado, poético en el sentido dulce de la palabra, como corresponde a la intensidad lírica de lo descrito.

En definitiva, si quieren disfrutar de él, les aconsejo que se sienten cómodamente, a solas, a poder ser un domingo por la tarde, cuando ya no hay nada que hacer y no se encuentran amigos con los que quedar, y así, en la soledad de su habitación,  enciendan una pequeña luz y no tengan miedo a las pesadillas que se encuentren en sus páginas, pues no son más que parte de la vida.


José María Martínez (Castellón, 1969) ha publicado este primer libro de poemas en el sello digital  “La Alacena Roja”, donde lo pueden comprar online. No duden en seguirle la pista. 





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