miércoles, 8 de julio de 2015

PRINCIPIO DE GRAVEDAD, de Vicente Velasco (por José Siles).


“Principio de Gravedad” 
o el retorno  de la poesía a la poesía.







Principio de Gravedad
Vicente Velasco

Editorial Balduque, 2015










“Principio de Gravedad” es el segundo poemario con el que este poeta cartagenero de honda inspiración mediterránea acomete su particular Odisea Poética. De la calidad de su trabajo creativo dio ya cuenta en  “Ningún Lugar”, poemario que resultó ganador en el XVI Certamen de poesía “Pepa Cantarero”.  De “Principio de Gravedad” lo primero que se puede afirmar es que posee una fuerza de atracción que obliga a seguir leyendo poema tras poema adentrándose cada vez más en su mundo. Nada más leer los primeros versos el lector prudente siente la necesidad de acomodarse –sentarse en un buen sillón y servirse un buen vino- para propiciar el nivel de atención que estos versos demandan. Sí, desde el inicio, el lector se percata de la naturaleza del poemario: poesía alejada de posturas estéticas circunstanciales, escasas concesiones a la galería por tanto y un trasfondo clásico que no acaba hiriendo la contemporaneidad de una poesía de gran calado. ¡Sentémonos pues en un sillón bien mullido y dejémonos llevar por la marea de “Principio de Gravedad”!

Recién leído, aquel  poemario   levitaba entre mis manos haciendo gala de su naturaleza transgresora. Sí,  el susodicho poemario se resistía a sucumbir a la implacable gravedad y se mantenía un par de centímetros por encima de la palma de mis manos. Todo un fenómeno, sin duda. Sin embargo, no me sorprendió tanto aquella insubordinación a las leyes de la física por parte de la materia (libro procreado en papel de toda la vida) que el poeta había titulado, sin duda acertadamente, “Principio de Gravedad” como el contenido-trascendente y vital del mismo: versos rezumantes de libertad física (que conlleva derrotas por doquier),  lírica concienzudamente esencialista[1]  y, sobre todo,  trascendencia vivencial e historicista. Todo ello materializado mediante un lenguaje donde la síntesis entre lo coloquial y el conceptualismo se dan la mano para atravesar el verso de sentimientos cuya expresión adquiere formas narrativas que refuerzan el resultado final. Pero, ¿Qué es “Principio de Gravedad”, qué clase de razonamientos han llevado al autor a escoger un título tan mestizo, tan proteico, tan limítrofe entre contextos  aparentemente diferentes como la poesía, la física, la metafísica y …, tal vez  la fundamentación de este título se deba, a mi juicio, a  algo poco habitual en los círculos poéticos y que resulta aún más infrecuente en las cada vez más fragmentarias cuadrículas de la ciencia superespecializada: la  visión no reduccionista de la realidad con la que el autor enfoca el mundo, su mundo; realidad que  se hace voz poética en unos versos  que aun exhalando  sentimientos y reflexiones, no renuncia, empero,  a la complejidad de su fuente: experiencias vividas, lecturas reinterpretadas existencialmente, música  evocadora de un profundo lirismo en el que cabe cierta melancolía, la estulticia global que parece gravitar sobre la parte más “civilizada” de la humanidad.

Como algunos exegetas de “Principio de Gravedad” han afirmado ya (en reseñas  de jugosa plusvalía), a primera vista, estos versos podrían interpretarse como auténticas expresiones de desgarro y desesperación por una existencia sin  demasiado sentido, pero hay algo en los genes de la poesía universal –especialmente la de los clásicos-  que se refleja en la voz de Vicente Velasco Montoya y que se repite y se mantiene poco menos que inmutable al paso del tiempo: su carácter catárquico  y depurativo que en definitiva es la única forma de búsqueda de uno mismo. Así, desde los poetas esencialistas de las más diversas tendencias estéticas (desde  Hölderlin a  Goethe y Eliot  pasando por  contemporáneos como  Ángel González,  María Teresa Cervantes, José Mª Álvarez, Antonio Marín Albalate o el  más joven  y cáustico Manuel Valero), se mantiene vigente este oficio  purgativo de la poesía que Velasco Montoya integra en sus versos  como una terapia en forma de gran catarsis donde el llanto no deja de ser salvífico en la medida en que conforta y también porque se evidencia que al menos hay una cosa que vivirá con él y le acompañará siempre sin posibilidad de abandono: su memoria, ese reservorio donde Velasco Montoya  tiene su principal fuente de inspiración junto con sus vivencias más tardías o las del porvenir menos inmediato, pero que él –como poeta con proyección de futuro (cualquier futuro posible está  enraizado en la infancia)- ya es capaz de prever: ”Me supe traicionado al ser testigo/del derribo inmisericorde de la geometría del sueño./Desde entonces no dejo de repetirme/ que la infancia es la decadencia de nuestro futuro/…” (Velasco Montoya, 2015: 59).


Sí, sin lugar a dudas, Vicente Velasco es un poeta  que escribe desde la “azotea” versos con un lenguaje preciso y modulado de forma proporcional a la intensidad requerida emocionalmente por cada poema. Versos, por tanto, de altura que son el resultado de experiencias vividas y observaciones atalayadas desde la privilegiada perspectiva de un panteísmo poético que va de la mano del todopoderoso tiempo que todo, absolutamente todo, lo transforma más tarde o más temprano, en historia (no en vano Vicente Velasco es historiador y domina el arte de cortejar el tiempo).  La poética de Velasco Montoya  fluye   heraclitianamente por un cauce axial –pese a su “imparidad”- que vertebra el poemario atravesándolo con 19 poemas cuya secuencialidad responde a una lógica radicalmente libre, tan profundamente libre que se va a acabar rebelando contra el sentido de la corriente para nadar a “contraflujo” (en dirección opuesta a las tendencias marcadas e impuestas por la presión cultural) en una reacción propia del “nadador” de Hölderlin y en una búsqueda  sin cuartel consigo mismo y su memoria. Esta insurgencia telúrica que se muestra en todo el poemario, se aprecia especialmente en “Disidencia ante la Gravedad” donde el poeta expresa  esta rebelión contra las leyes inmutables que todo lo transforman en puro cambio convirtiéndonos en seres absurdamente efímeros  acomodados en la irreflexión  como única herramienta defensiva (morfeica) ante el sinsentido: “Con el dolor  de no poder  ser cuerpo presente/esta noche entre vosotros me declaro disidente de este horizonte de sucesos/ del cual no hay posibilidad de retorno” (Velasco Montoya, 2015: 63).
Hölderlin llora la muerte, canta a la libertad y para todo ello necesita beber en las fuentes del exilio: evadirse de su entorno y huir a la cuna del clasicismo: Grecia. La Grecia de Velasco es el espacio del poeta como un nadador. Así, el exilio del poeta es un viaje más allá de las concepciones de su tiempo, de la tierra firme de sus contemporáneos. El nadador se lanza a las aguas, remonta la corriente del tiempo, avanza contra el fluir inevitable del río de Heráclito y busca a los que se perdieron en el camino y, especialmente, se busca a sí mismo…al otro que fue en otro momento…río arriba.

La insubordinada simetría de “Principio de Gravedad” se comprueba especialmente tras la lectura del primer y el último poemario : “Astronaut Down” y “CODA, cadáver dehabitado”.
En “Astronaut Down”  el poeta plasma una lírica existencial inflamada por vetas historicistas que la  hacen compatible con cierta narratividad reflexiva y, por supuesto, crítica; pero  tal vez uno de los principales méritos de este poema radica en el alejado enfoque que el poeta ubica su haz, allí, justo donde la mirada poética  debe proyectarse para observar la realidad desde un posicionamiento “descontaminado” de dogmas, presiones culturales y/o modas.  El poeta se exilia en la estratosfera y es desde este remotísimo punto de observación concienzudamente buscado desde donde la mirada poética está por fin desnuda de influencias  cotidianas y urgencias estéticas de última hora (absurdamente libre) permitiendo a Velasco Montoya escribir desde la “esencialidad” tras haberse despojado de toda banalidad de contenido o forma. Es desde este punto donde el poeta monta guardia como un rapsoda celeste que observa  la realidad humana desde una perspectiva donde todo  se ve y se siente de otra manera. La mirada de Velasco es profundamente poética, pero su verdad trasciende los límites de la poesía, pues si nos basamos en el concepto de ciencia aportado por Max Planck: “La ciencia es la progresiva aproximación del hombre al mundo real”  tendremos que convenir a la luz del “Astronaut Down” desde el que Velasco Montoya otea el horizonte, que la paradoja es algo omnipresente en un mundo cargado de contradicciones: cuanto más alejado está el ser humano de su realidad, menos incapacitado está para aproximarse a ella de forma esencial y percibir la verdad de los fenómenos.” De forma que, como los clásicos, para Velasco Montoya, la poesía es algo más que un mero juego de palabras entreveradas de sentimientos.

Velasco es el astronauta que, aunque queda al pairo en el océano espacial a merced de lo que pueda suceder  en “Astronaut Down”,  aprovecha su situación momentáneamente “privilegiada”: “Pude disfrutar desde el horizonte”  para avizorar desde las alturas la absurdidad de la existencia de unos terrícolas cuyos problemas, deseos,  casas, fronteras,  pasiones, tristezas y alegrías que, de forma global y simultánea, acaban perdiendo su significado y validez.  Aquí Velasco expresando con voz poética no desprovista de contundencia  -a pesar de cierta melancolía y escepticismo, la versatilidad del poeta se muestra en todo el poemario-  el valor en quilates de ese diamante en bruto que ha ido solidificándose como consecuencia de depósitos sucesivos de  ese cristal humano que, colectivamente, han ido dejando las diferentes civilizaciones a lo largo de milenios, no se autocensura a la hora de criticar la prevalencia del sinsentido y llama por su nombre a los protagonistas del mismo: “Estúpidos”.

“(…)/Estáis solos, muy solos. Y en verdad  que solos/ deseáis estar. Pude disfrutar del horizonte/  como nadie y os pude observar en silencio. / Vuestro ruido no llega aquí arriba. Estúpidos./  A nada le importan vuestros deseos .Aquí/  no hay tristeza ni espera y eso es más/ de lo que nuca podréis conseguir. / ya sabéis que desde aquí arriba no se ven las fronteras/   ni vuestras casas…(Velasco Montoya, 2015:28).          
                         
Otros autores han reflexionado sobre la importancia del viaje en sí mismo (la Itaca de Kavafis puede ser el paradigma de esta temática), sin más objetivo que el propio viaje. Así, Bartolomé Nieto en su poemario “Ribera de la Entropía”  enfatiza la necesidad de seguir vagando en la nada con la nada para la nada ¿tal vez por pura inercia…tal vez para no defraudar al destino?: “Rápido, no te pares/ aunque poco te quede en las manos/y el tuétano se pierda en autopistas lúgubres/ aunque vayas y vuelvas hirviendo en la fiebre/ de la nada y suban las acciones/ de tu vagar frío” (Nieto, 2006). Una sensación de vacío  semejante nos encontramos con el poema de Seleuco el Calvo (¿versus José María Álvarez?) en “Meditación”: “No hay sabiduría en el más allá/ Ni aquí. Y será lo que fue./ Sé que no hay nada/…” Sí Velasco Montoya, al igual que María Teresa Cervantes intuye que la estratosfera es el lugar ideal para la reflexión porque allí impera la nada,  el silencio, un silencio espectral que todo lo envuelve: ¿Dónde estás?/ Nadie responde./ Nada ni nadie sabe nada de nada ni de nadie (Cervantes, 2011:28). Al principio de este texto hemos intentado curarnos en salud al contextualizar el término “esencialista” declarando que se sigue la acepción que Heidegger asigna a la poesía de Hölderlin y, por tanto, pensamos que el poeta se nutre de un historicismo experiencial construido a golpe de vivencias  que, sin duda, ha sido  su principal fuente para escribir este poemario; pero es que incluso encontramos poetas de “la otra” corriente esencialista (la más generalizada y que se caracteriza por el reduccionismo del signo/lenguaje) como es el caso de José Ángel Valente quien a mediados del siglo XX escribió “A Modo de Esperanza” donde mediante la memoria y la experiencia reflexiona sobre la  inexistencia teniendo como principal referencia  la muerte de su madre. Este mismo poeta inspirándose en Céline, escribe Mandorla donde todos podemos flotar y huir de la gravedad como el astronauta velasquiano porque el principal tema es el vacío: “Cuando ya no nos queda nada,/ el vacío de no quedar/ podría ser al cabo inútil y perfecto” (Valente, 1992).

Cuando el poeta advierte “Al menos soy capaz de llorar” siguiendo la estela de una poesía cuasi fenomenológica si no fuera por su capacidad de distanciamiento, despoja de todo tremendismo su reflexión en torno al inane significado del ser y el tiempo. El poemario rezuma una añoranza de la que es consciente en todo momento  el poeta y en la que se sumerge tan plácidamente como si lo hiciera en un jacuzzi  de cálidas y burbujeantes aguas pertrechado con un habano y un Jacks Daniel mientras se deja llevar por la música de Keith Jarrett a un paraíso por puro sentimiento de amor.  Al poeta le motiva su pasión por un cosmos íntimo,  su anhelo de un universo perdido sólo físicamente (no en su memoria, no en su presente ni  en su futuro, porque sabe que esos sentimientos son él…,  su ser y su estar ahí  arrojado al mundo). No en vano en  “Decadencia Proclamada”, nos  confiesa que aún es capaz de soltar el lastre existencial que lo conmueve: “Soy capaz de llorar. Acabar con todo./  El resto de mis recuerdos se anula/en golpetazos de puertas, como piedras/ quebradizas al colisionar entre sí/sin más espacio que el agudo dolor/ de la existencia rápida y fútil/ donde aún no reconocemos nuestro nombre./Al menos soy capaz de llorar.(Velasco Montoya, 2015: 69). Cuando el poeta titula el primer y único capítulo “Nada va a salir bien”, no avisa en vano…, se constata este pesimismo latente a lo largo de todo el poemario. En un sentido  similar se expresa Manuel Valero en “Arte Poética en el Café” (poema integrante del capítulo “La derrota”) cuando nos dice que “No es el tiempo el que pasa,/ el que pasa es el hombre entre nosotros/ el hombre arrastrando la derrota y su miseria/ con la historia calada hasta los huesos” (Valero, 2015:20).

Pero el pesimismo  existencial del poeta no es más que una estrategia para preparar la rebelión, para garantizar la “puridad” en su proceso de lucha, a pesar de todo, por una dignidad que sólo es posible viviendo y/o muriendo desde la libertad. Desde la gallardía esencialista (más inmediata y auténtica que la heroicidad)  que impone con celo a su poesía, siente el viaje existencial como tránsito de todo lo que le rodea y él mismo se siente emigrando hacia sus antípodas, aunque ese periplo signifique acabar perdido en el espacio o en ninguna parte identificable por el común de los mortales. Como constatación de la poética esencialista de Velasco Montoya, se podrían establecer análisis comparativos de enorme interés y no menor complejidad entre poetas de formaciones, estilos, épocas y culturas diversas –por eso es esencialista, porque es algo que se repite en poetas muy diversos en todos los aspectos- en las que se identifica una voz poética con vocación de universalidad. Sin proponérnoslo encontramos coincidencias temáticas –más que estilísticas- en poetas tan diferentes como Hölderlin,  Eliot o el mismísimo José María Álvarez que pudieran ayudarnos a entender la transversalidad poética de Vicente Velasco:  a los grandes poetas siempre les han afectado las mismas temáticas.

Así, durante la lectura del poemario se nos muestra una y otra vez la añoranza del poeta, una añoranza de raíces múltiples que coinciden en lo esencial con el romanticismo Hölderliniano: llorar la pérdida (no solo de personas, también de sentido, dignidad o libertad; todas grandes pérdidas), cantar la libertad (desde una valentía afrentista que llega a la aceptación de la muerte como expresión libérrima de soberanía personal), y, por supuesto, exiliarse, evadirse, emigrar a un punto lo suficientemente alejado como para descomprimirse culturalmente y ser capaz de construir sus propios criterios. El romántico y rebelde Hölderlin eligió  Grecia; para Vicente Velasco cualquier país que emerja de la litosfera es poca cosa (para aislarse)…, en un mundo globalizado ni en el desierto más alejado lo dejarían tranquilo (ya no hay sitio para anacoretas, estilitas ni eremitas). Por eso, aunque disfrazándolo  de accidentalidad (Houston, tenemos un problema), elige la estratosfera como un imperio remoto donde prevalece el silencio y hasta cierta ingravidez, una ingravidez que le permite flotar y desconectar hasta de la gravedad misma, aunque sea de forma provisional. 

El poeta había soñado otro mundo en los tiempos felices y seguros de “sus infancias” y, ante la evidencia, no le cabe más que el lamento y el dolor ante tanta pérdida. Con el dolor de la pérdida de su (M)adre se le escapa aquel mundo y Velasco Montoya es aún capaz de llorar porque sigue recordando aquel mundo soñado que, sin duda, no era tan injusto y absurdo como el que se le aparece en el presente. Nuestro poeta también añora el sentimiento de vivir sin necesidad de estar en el corredor de la muerte, sin condena a la inexistencia, sin rendirle cuentas a ningún demonio o demiurgo. Pero los versos de Velasco Montoya trascienden el puro lamento y se instalan en una actitud de valiente insurgencia que plasma en versos cargados de lirismo vibrante en los que el alma del poeta brilla con sol propio y en los que el duelo es el “leit motiv” de una rebelión sin concesiones ante la absurdidad: “Sabes Madre, que el dolor en la garganta/ fue desolador que el peso de tu existencia/ se quedó atravesado como tren descarrilado/ y que somos capaces de quedarnos quietos/(…)/…Que somos seres caduceos/ y podemos escapar y deshacer todas las leyes/ con tal de reivindicar nuestra disidencia/ a la misma realidad. Que podemos morir,/ si queremos, hoy mismo/olvidando cualquier determinación/ de cualquier demonio, de cualquier demiurgo/ que crea ser el dueño de nuestros átomos. (Velasco Montoya, 2015:48).

Como María Teresa Cervantes en “Edificio Póstumo”,  pero empleando un tono desafiante, el poeta necesita seguir dialogando con su (M)adre y como en los líricos clásicos, los chamanes y los psicoanalistas de la metapoesía, el sueño se revela como la fuente idónea para traspasar los límites impuestos por la física, por la vida y, sobre todo,  por la ley de la gravedad. Velasco, contagia su rebeldía a sus versos con los que remonta el cauce del río heraclitiano hasta volver a la infancia y conmovido por el amor de la mujer que le dio la vida, impelido a alguna forma de comunicación con ella,  conversa al fin  devotamente en un sueño reparador, un sueño necesario para seguir viviendo y  tal vez en la misma sintonía descrita por Eliot: “¿Sucede así/ en el otro reino de la muerte/ despertar solos/ en el instante en que/ temblamos de ternura?/ Los labios que anhelan besar/ alzan plegarias a la piedra rota” (Eliot, 1997:109).

Con José Alcaraz, de Balduque.
Casi en el ecuador del poemario, Vicente Velasco utiliza su poema VIII para demostrarnos que sabe el terreno que pisa y que lo hace de forma totalmente consciente. El poeta hace en este poema genotípico una defensa a ultranza de la poesía nacida de las entrañas de lo humano…, del dolor. El sufrimiento y la pena como urdidumbre poética que cada vez está más en desuso porque a los poetas/ burócratas de la palabra les ha dado por esquivar el sentimiento puro (especialmente si hace pupa/duele):
 ¿Por qué nadie se fotografía atravesado por el dolor?/ ¿Por qué?/ ¿Por qué nos aferramos a un melodrama serie B?/ ¿Cuál es el motivo de convertir los latidos/ de nuestro corazón en bostezos eternos?/ ¿Ya no hay poesía((…)/¡Oh, sí!/ La poesía ha muerto y el aire es escaso./ La lista de burócratas de la palabra aumenta/(…)” (Velasco Montoya, 2015: 45-46).

Y para llevar a un terreno experiencial concreto el tema del dolor, nos dice  en el poema IV que él no es un iluminado. Nos dice que es él el que hablar con las estrellas y les cuenta de los misterios y miserias de los cuerpos empleando una primera persona que nos pone en guardia sobre la trascendencia que encierran los versos que están a punto de leerse, unos versos que describen el escenario enajenante en el que, de forma estandarizada, objetiva y neutra (suficiente tríada para truncar la libertad y dignidad de la persona), se desarrolla el último acto de nuestra existencia:

“Les alecciono sobre aquellos objetos/ que caen en la bolsa negra de la muerte/ los zapatos, el último jersey y la ropa íntima/ Aquí tiene sus objetos personales. Si quiere/ podemos hacernos cargo nosotros mismos/ Palabra de enfermero. Te están echando./ Tu dolor sobra allí. Es inapropiado. Fin./…/Me pregunto si serán capaces de discernir/ que una misma muerte es un crisol de imágenes/ donde todo aparece y se desvanece fácilmente/ con la misma realidad/(…)/ La muerte es la distancia exacta/ al milímetro/ que nos aleja constantemente de las estrellas” (Velasco Montoya, 2015: 35-36)

Pero a pesar de esta trascendencia conmovedora, “Principio de Gravedad” no es  un poemario  del que podamos decir exclusivamente que es “desgarrador”,  ni mucho menos, porque Velasco Montoya va   más allá de la pura melancolía: expresa el motivo del dolor, pero, sobre todo, muestra la forma de enfrentarse a él aun sin varita mágica, sin final feliz al uso porque el poeta sabe que la realidad podría ser mucho más trágica sin la toma de conciencia histórica que le permite, al menos al advertir esa lógica de la “sinrazón” heideggeriana (ser arrojado al mundo para la muerte) cuya fuerza de atracción es tan poderosa como la de la gravedad, llegar a poseer cierto control. El control a ultranza, a cualquier precio, el control aunque bebamos en las fuentes del Hölderlin menos apartado del romanticismo y que afirma en “Memoria” que los que realmente dominan el mundo…incluso la muerte, son los poetas: "Mas lo permanente lo instauran los poetas" (Heidegger, 1992:44). Y si lo permanente lo instauran los poetas, Vicente Velasco dignifica la poesía entregándola a esa función salvífica mediante la que, a pesar de todo, es posible el diálogo con los que, aparentemente, dejaron de estar ahí, arrojados al mundo; o incluso, con todos los Vicente Velasco que fueron un día –río arriba- y que ahora son otros…, otros con los que el poeta conversa con la emoción contenida del que se sabe que “es” porque “fue” tal como parece reflejar en “Insomnio Desierto”: “He necesitado tiempo para ordenar/ todas las pesadillas de mi insomnio/…” (Velasco Montoya: 61).

Sí, está claro lo que le duele a Velasco Montoya, nos lo dice Antonio Marín Albalate, uno de los poetas más penetrantes del panorama poético actual. A Vicente Velasco  le “Arden las pérdidas escribe Antonio./ Columna de humo, la noche/ cerrada en los cementerios. (Marín Albalate, 2009: 44). Insistimos que dentro del “mundo de las pérdidas” contra el que Velasco se revuelve, hay que situar a las personas, pero también aspectos casi intangibles en la realidad actual: cierto sentido de la justicia existencial, dignidad y libertad ante cuyos quebrantos vinculados a una sociedad decadente, Velasco Montoya necesita aire para respirar y con ese fin oxigenante/desalienante transforma su voz poética en voz sublevada: “…Yo os nombro imbéciles/ por no ver que la decadencia es un interruptor/ que pedimos por Navidad en nuestra infancia/ una clave secreta que nos desactiva de las melodías/ en las que podíamos brindar al hablar nuestro alfabeto/ el que sólo nosotros podíamos entender. A solas” (Velasco Montoya, 2015: 60).

Esta función comunicadora y catárquica  adoptada por Vicente Velasco es una muestra de la inmutabilidad de lo esencial de la poesía. Así, vemos como, de forma recurrente, los poetas sienten de forma esencial la necesidad de un diálogo que trascienda los límites absurdos de la existencia. Al igual que el autor de “Principio de Gravedad”, aunque no llega al diálogo con los que no están y sabe que ya no hay nadie en aquellos paisajes mecidos por suaves brisas marinas, José María Álvarez  insiste en la búsqueda de los ausentes porque necesita sentirlos de alguna manera (y eso ya constituye una forma de comunicación): “La brisa de la noche me pone melancólico/Este olor a mar me lleva/A otras noches de mi niñez /en la casa de la playa/Pero si busco a los que amé y me amaron/No hay nadie Y ese silencio de cal viva” (Álvarez, 2008:XIV).

 El poeta se enfrenta al  dolor observando escenarios y objetos (casa, olores de antiguas cocinas y sábanas) de otras épocas “menos turbias” y buceando en la memoria para recrear, una y otra vez, momentos en los que todo era nítido y el mundo era gigante tal como deja entrever en “Pon tus manos sobre mi pecho”: ”Pon tus párpados  sobre los ojos/ y revive los primeros instantes, nítidos/ en los que el mundo que te rodeaba era gigante./ Abre las puertas de tu antigua casa/ déjate introducir por el olor de la cocina/ y duerme entre aquellas sábanas limpias de entonces./Habla con aquellos que murieron. Habla./  Allí pernoctan como tus sentidos, intactos.”  La memoria de Velasco Montoya como manantial que, una y otra vez, le abre la puerta de tiempos en los que todo era una simbiosis entre certidumbre e ingenuidad y donde, como describe José María Álvarez, habitaba la infancia:
Como si fuera un cuento,/generosa es la casa/que amparó la niñez./Y errarás por sus salas/vacías/buscando algo, que/sólo tuviste en el principio/y verás al final. (Álvarez, 2002: 29).
Pareciera que Velasco Montoya tiene la rara habilidad de emplear la poesía no sólo para evidenciar lo trascedente de la existencia, sino que también la usa para trascenderse a sí mismo en la línea  poetas como  José María Álvarez que siguen desafiantes no ya hasta el final, sino después del mismo: Cuando mi vida esté madura/ Como un fruto ya libre para desprenderse/ Cuando todos los sueños me abandonen/ Sólo pida un día más para mi cuerpo/ Entonces oh Memoria/ Sé indulgente/ Nostalgia que tu río Inunde estas riberas/ Perdidas Mas no para crear/ Depósitos de olvido/ Sino para oficiar el Desafío (Álvarez, 2002: 54).

Velasco Montoya nos viene a decir recuperando la primera persona que, a pesar del todo,  a pesar de lo absurdo de la condena mortal, merece la pena vivir y siente orgullo de haberlo hecho desde una rebeldía aconfesional que le ha permitido alejarse de dogmatismos ortopédicos que facilitan ecuaciones salvíficas ante el absurdo misterio de la muerte: “Que lean todo aquello que vi y que ellos nuca/ jamás serán capaces de soñar” (Velasco Montoya, 2015:26). ¡Ahí queda eso! El astronauta (poeta) sabe que el fin está cerca pero, mientras tanto, aprovecha la existencia observando desde la altura que le da la libertad (libre de dogmas y ataduras: provisionalmente ingrávido) para observar la realidad tal es…, ni más, ni menos. Asimismo, el poeta, volviendo a la distancia de la tercera persona, nos dice que: “Tuvo tiempo para imaginar su muerte” (Velasco Montoya, 2015: 26) mientras flotaba en el espacio y emplea para ello, nuevamente, una voz que delata serenidad y cierta jactancia por saberse privilegiado ante la obviedad ineluctable del fin. Sí, los poetas, entre otras cosas, son unos privilegiados porque quieren saber y hablar sobre un tema tan inevitable como la fuerza de gravedad más excelsa: la muerte cuya fuerza de atracción, más tarde o más temprano, resulta invencible. Flirtean con la inexistencia como con las diferentes caras de lunas menguantes, crecientes o espléndidamente llenas. Son capaces de vivir la vida con más criterio (libertad como concepto derivado de la conciencia histórica) porque además de admirar el paisaje (todo tipo de paisajes, desde los cementerios marinos a las barras de los tugurios más comprometedores)  y devorar como caníbales los entresijos de toda clase de amores,  saben de la muerte…, de su muerte. Pero el poeta es consciente de que la panacea contra la inexistencia –si es que alguna hubiera- sería sin duda la memoria. Esto parece confirmar  Ángel González en “Muerte en el Olvido”: “Pero si tú me olvidas/quedaré muerto sin que nadie/ lo sepa…” (González: 31).

Cuanto tiempo observando la estulticia de la humanidad habría aguantado nuestro astronauta…, habría llegado a colmar su paciencia tal como la misma Luna, que comparte desde milenios la posición privilegiada del astronauta velasquiano en su visión de la tierra,  y que ya ha mostrado suficientemente su hartazgo –en palabras de Shelley-  al contemplar durante tanto tiempo una especie de estupidez, la humana, que parece no tener fin: ¿Viene tu palidez de aquel hastío/ de trepar por los cielos contemplando/ la tierra, ¡oh!, tú la errante y solitaria…? (Shelley en: Joyce, 1995: 59). Pero he aquí que, sin dejar el tema de la muerte, surge de nuevo la libertad respondona y sincera de Velasco llegando al extremo de rebelarse contra ella resucitando nada menos a al ilustrísimo Dr. Howsbawn en el poema XVII: “Eric Howsbawn resucita de pronto. “No podía/ aguantar más entre tanto ruido”, comentó/el difunto historiador marxista entre una multitud/ enfurecida que lo quiso proclamar Herodoto Súbito/ Suicida. Así asumiría la sed/…” (Velasco Montoya, 2015: 66-67)

Está claro que para Vicente Velasco el significado de gravedad es el que nos muestra en Coda: Principio de Gravedad “la gravedad es el origen de toda palabra/ y todo estuvo escrito desde el final”.  La ley física se hace metafísica y hasta social mediante la palabra, pero no la palabra en sí misma, no el hombre aislado y la palabra secuestrada en el extrarradio del poeta autista; sino que la gravedad solo puede ser el origen de la palabra cuando el hombre dialoga consigo  mismo, con su entorno  y con los demás compañeros de especie que lo acompañan en el viaje existencial. Vicente Velasco acierta de pleno cuando afirma en este último poema que la gravedad es el origen de toda palabra. Lo dialógico provoca el fenómeno germinal de la gravedad cuando  la atracción de las masas se hace humana  mediante la palabra.  Esto es lo que nos dice Hölderlin al respecto: “El hombre ha experimentado mucho/ Nombrado a muchos celestes, /desde que somos un diálogo/y podemos oír unos de otro” (Hölderlin en  Heidegger, 1992:32-33). El “Desde que somos diálogo“ de Hölderlin lo interpreta Heidegger como el principio necesario  para la existencia de la humanidad. “Nosotros los hombres somos un diálogo. El ser del hombre se funda en el habla” (Heidegger, 1992:33), y la palabra no existiría sin esa atracción molecular que se produce como consecuencia de la gravedad.

Tal vez consciente de todo esto (toda atracción es gravitatoria y su estado responde a una situación de infinita provisionalidad), Vicente Velasco Montoya, vive el amor con el distanciamiento que requiere todo aquello que  es efímero y que, por tanto, hemos de perder: “Amor falsificado, errónea aproximación/(…)/ y no eres ficción y no eres poema/…” (Vicente Velasco, 2015: 31-32). Este fenómeno, que la gravedad como pura atracción molecular ha dado origen a la palabra en forma apasionados poemas de amor, lo pone de manifiesto Clarín en su poema “Amor y Física” con unos versos sencillos y de esencial levedad: “Más tarde un dulce sonido/ intenso vibró en mi pecho/partió de tu bella tráquea/a mi pabellón grosero/No tus desdenes me matan,/con una ley me consuelo/y es que a tu pesar, querida, /nos estamos atrayendo;/la atracción molecular/al fin y al cabo es un hecho. /Aunque me llames fenómeno/yo no me irrito por eso, /porque es fenómeno todo /lo que en el mundo estás viendo” (Leopoldo Alas “Clarín”).

Recapitulando sobre todo lo expuesto, se puede afirmar que nos encontramos con un poemario solvente en sus planteamientos estilísticos y con un contenido desarrollado mediante temáticas que han tratado los  poetas de todas las épocas y tendencias dotando a “Principio de Gravedad” de una universalidad infrecuente. La poesía de Velasco Montoya es esencial (en la línea del esencialismo Hölderliniano) y tiene conexiones con el romanticismo menos superficial, aquel que se enfrenta cara a cara con el dolor sin regodearse en él, sino apuñalándolo a versos. El poeta, pese a su aviso “Nada va a salir bien”, no deja nunca de mantener una postura de gallardía insurgente que resulta incompatible con la adaptación total al absurdo (claudicación) y pone a sus versos a trabajar para seguir buscándose y comprenderse más y mejor desde un amor innegable por la libertad y la dignidad del individuo (INDIVIDUO) por encima de la propia vida. En definitiva, Vicente Velasco Montoya bucea incesantemente en busca de la infinita posibilidad de conocimiento que le ofrece la Nada…, algo que sólo se produce cuando la poesía vuelve a ser poesía. Léanlo, pues, sus amantes.



[1] Se emplea el concepto de esencial o esencialista en el mismo sentido que le da Heidegger a la poesía de Hölderlin; es decir, en el de la trascendencia de la poesía para la existencia del hombre y como herramienta de búsqueda del ser para el autoconocimiento del mismo  (Heidegger, 1992). La corriente denominada “esencialista” que surge en la década de los setenta en España que se caracteriza por reducir al mínimo el signo/lenguaje  y en la que destacaron poetas como José A. Valente, Jaime Siles o Pere Gimferrer, nada tiene que ver con la acepción del texto.  





Referencias

Alas García-Ureña, Leopoldo (Clarín) Amor y física. http://www.madrimasd.org/cienciaysociedad/poemas/poesia.asp?id=652
Álvarez, José María (1983) La Edad de Oro. Editora Regional de Murcia, Murcia.
Álvarez, José María (2002) Museo de cera. Renacimiento, Sevilla.
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