martes, 7 de julio de 2015

Un monstruo ¿acecha? ROCÍO PARA DRÁCULA, de Fernando López Guisado (por Daniel J. Rodríguez).







Rocío para Drácula
Fernando López Guisado

Editorial Vitruvio 







Inquieta el título: Rocío para Drácula. Persiste en ello la forma del tomo: El brillante negro golpeado por letras blancas de Vitruvio. Se trata del último poemario de Fernando López Guisado, un extenso libro dividido en tres grandes capítulos que conforman lo que el propio autor ha calificado como su obra “más personal y emocionalmente más implicada hasta el momento”.

Desorientado por el nombre que López Guisado da a su obra, el lector se enfrenta en la primera página a dos citas. La primera de ellas está extraída de Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carrol. En ella, el gato de Cheshire le dice a la niña (y por ende al lector) que siempre se llega a alguna parte si se camina lo suficiente. Tras esto, Homero dicta las siguientes líneas: "Habladme ahora, Musas, dueñas de olímpicas moradas, pues vosotras sois diosas omnipresentes y que sabéis todo, ya que nosotros solo atendemos a la fama e ignoramos todo”. 

Son dos invitaciones que el autor de Rocío para Drácula hace al inicio del texto. El gato propone un viaje divertido, mágico. El poeta, a la vez, rompe una lanza contra la incertidumbre. Un cóctel que se podría resumir en la intención del autor por caminar, a lo largo de las 160 páginas del libro, entre la intriga y la necesidad de conocer. Y así, el lector se da de bruces con el primero de los tres libros que componen el poemario ‘El beso del Demiurgo’.

Todas las expectativas que el título ofrece sobre la posibilidad de que éste sea un poemario basado en la fantasía, la literatura gótica de Shelley o el romanticismo de Stoker, desaparecen tras leer los primeros textos. Si en este libro hay fantasmas o monstruos, no son más que los que acechan día a día, en lo cotidiano. Y es que la muerte, el acelerado ritmo de la vida, la ausencia de la prole ansiada y mujer como bastión soñado son las distintas caras que el Drácula particular de Fernando López Guisado utiliza para personarse en las esquinas de todas las calles del poemario.


La mujer como un hogar idílico, como locus amoenus, queda refrendada antes de llegar a la treintena de páginas. El autor dice en los tres primeros versos: “Tu desnudez/conciencia agradecida/del retorno al hogar”, buscando la estabilidad y la calma sobre el pecho de ella. Con ello se alterna la oscuridad, y un gusto especial por reseñar lo fantástico que se esconde tras lo cotidiano. Así lo hace el poeta en ‘Tabula rasa’, donde refleja con gracia una escena cotidiana. Demasiado cotidiana. 

Tabula Rasa

Siempre adquiero una cartera nueva
bajo la promesa de su regia constancia:
pongo a cero el marcador,
inauguro el tiempo.

Durante sus primeros momentos,
cumplo en personificar la ligereza de lo necesario.
Sin embargo, arrastrado
por la distracción de la rutina, su inocente confianza,
la voy nutriendo con lentitud
de vaguedades insidiosas o pequeñas asperezas,
que transporto conmigo por toda la ciudad,
incluso al dormitorio y a la mesa, doblando mi espalda
con su desconocida y densa inutilidad.

Un día, esa cartera, se descubre
derrotada en sus costuras,
cercenada en sus riendas,
rígida en sus deformaciones.
Pone fin a su vida sin avisar,
En el momento más inoportuno
vomita la carga acumulada en el asfalto,
sobre charcos y la vergüenza.

Entonces, mayor que su predecesora,
siempre adquiero una cartera nueva
bajo la promesa de su regia constancia:
pongo a cero el marcador,
inauguro el tiempo.


Aunque en ocasiones López Guisado se sirve de un lenguaje complejo de metáforas, los poemas que más brillan por norma son aquellos en los que se abandona de equilibrismos y malabares y se presenta franco. “Esta costumbre de mirarte/como si no fuera yo/quien aún se sorprende/de tus bromas al imitar un acento,/de tu manera de mondar una naranja”, escribe en ‘El valor que nos define’, en los últimos coletazos del primer libro. Y más adelante: 

No se lee poesía, dicen:
no interesa,
no entretiene,
no se entiende.
Solo la compran
(ya no hablamos de leerla)
los propios poetas
que buscan adularse
en sus nubes de cristal.

La amplitud del poemario propicia que a veces la lectura pierda ritmo y que el corpus que une el centenar de composiciones se diluya. Afortunadamente, Fernando López Guisado ofrece diseminados poemas que son un golpe de efecto que reconduce la atención, la fija en la página siguiente, y en la otra, y en la otra, hasta llegar al punto final. Lo hace en ‘Dragón y Fénix’, en la página 83, donde dice “que no importa el fracaso,/que la vida es un cuento/que uno se narra”; y apenas once páginas después, donde se propone que en “el nuevo año/debería comer menos/mierda, confesar menos/ verdades,/escuchar menos/mentiras (…)/y ahorrarme la exigencia/de pulir al máximo el poema/que de nada ha servido/el viejo año”.

En Rocío para Drácula se intuye todo el rato y se contempla de un modo evidente en un alto porcentaje una voz poética que tiene algo que contar, que se esfuerza por hacerlo desde miradas nuevas y que busca deshacerse de los monstruos que le acechan.










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