martes, 8 de septiembre de 2015

HOY FIRMA: JOAQUÍN PIQUERAS. "LEOPOLDO MARÍA PANERO, POEMA QUE LLAMA AL POEMA, DE ANTONIO MARÍN ALBALATE."




LEOPOLDO MARÍA PANERO, POEMA QUE LLAMA AL POEMADE ANTONIO MARÍN ALBALATE.



Antonio Marín Albalate, aquí de verso presente, y un servidor compartimos una común devoción por el poeta Leopoldo María Panero… 

Leer a Panero, sin duda, es una experiencia única e irrepetible, porque expresa como nadie lo ha hecho en este país que llaman España –este país cada vez más “parecido al infierno”- “la doliente enfermedad de vivir frente a la oscura bestia del abismo”. Los abismos del ser y de la nada emitidos por un yo estigmatizado, que canaliza la angustia con poemas hechos de todos los sufrimientos del ser –como quería Antonin Artaud-. Pero más único e irrepetible es conocer al poeta en persona… Todos los amigos que lo han hecho coinciden en sus testimonios, todos llevaban la intención, por unas u otras razones, de entrevistarlo y todos han podido constatar la imposibilidad de hacerlo… Antonio Marín y Juan Cartagena vivieron esa experiencia, estuvieron un día y medio en la caseta número 54 de la Feria del Libro de Madrid de 2011 “compartiendo espacio y palabras con uno de los más grandes poetas vivos que ha dado la literatura del siglo XX” y el resultado fue este libro, cuyas citas iniciales de varios de los poemas  reproducen las mismísimas palabras de Panero, y éstas remiten a unas notas finales que revelan su origen biográfico –en un itinerario que va desde la firma de libros hasta la comida en el restaurante, nueva firma de libros y el camino hacia el hotel-. 


Antonio Marín Albalate hace uso de la anécdota como pretexto para indagar en los infiernos panerianos, lo que equivale a decir los infiernos que aquejan al ser humano, en general, y al poeta, en particular: lo dice Leopoldo María Panero en el prólogo del libro: “el miedo horrible de estar vivo y no descansar jamás como en una excursión hacia el infierno”, la muerte y la locura y el pánico atroz de la vida; y, en obvia alusión a Kierkegaard, el temor y el temblor sobre la página. Tanto Albalate como Panero saben de la incapacidad del lenguaje – del poema- para abordar una realidad que no sea él mismo, entonces acontece el miedo a la página y, sobre todo, la metapoesía, el parapoema, la “psicopatía poética”, el “orín  del poema”, que es “fuente que fluye y mana naturalmente”. El acto de crear a veces deviene micción imposible, pero otras es inspirado fluir del ser. En esta segunda opción se halla el autor de este libro, para el que escribir así es “morir de vida”, sabiendo a tiempo lo realmente complicado que es parar la melancolía. Para ello hace un más que acertado uso de un lenguaje que aúna ironía, guiños intertextuales, variados juegos de palabras… con contenidos leopoldamente existenciales y albalatemente experienciales. Pero Antonio no se limita a mecer en sus versos el cadáver del alma de Panero…, en un ejercicio de amplio espectro poético amplifica, tensa e incluso actualiza temas que ya están latentes en nuestro poeta maldito, como por ejemplo el grito contra una España al servicio del “Gran Emperador del Capital”, que “nos sodomiza más y más/ para congelarnos la vida/ en futuro imperfecto” – sería algo así como “Narciso en el acorde último de los perroflautas”-; y, además, invita a este baile a otro maldito, al atormentado y malogrado poeta portugués Mário de Sa Carneiro, que, por obvias afinidades, compartirá las citas con Leopoldo y otras voces de poetas amigos. Aparentemente, parece un homènage à trois, Antonio-Leopoldo-Mario, pero cuando nos sumergimos en la lectura del poemario, constatamos su naturaleza dual de versos que llaman a otros versos, poema que llama al poema, ser que llama a la nada (y viceversa)…

Albalate y Piqueras durante el homenaje a Panero en Cartagena.

Dicen que Jackson Pollock orinó sobre sus cuadros para conseguir colores imposibles, Leopoldo María Panero lo hace sobre un magnolio –tal y como observamos en la fotografía, realizada por Charo Fierro, de la portada de este libro- o donde le da la gana, esto lo hemos visto hasta en televisión, pero ha sido capaz de hacerlo sobre su propia vida, sobre su propios poemas, riéndose estentóreamente, inflado de cocacolas y nicotina, hasta alcanzar los colores de la ruina. Qué bella resulta la sinfonía del acabamiento en sus versos... Antonio Marín Albalate lo sabe y lo celebra,  hasta hace que el magnolio se erija en símbolo, “a la lluvia/ dorada del poema llama el magnolio”, y no precisamente de la mingitoriedad de Panero, sino de la notoriedad de la escritura que nace para flotar el tiempo. En esto último, Antonio, como buen poeta, es un maestro y en este libro lo demuestra con creces, pues los breves poemas que lo componen desafían al tiempo con la violencia de un esputo sobre el rostro de la existencia, de una eyaculación sobre las puertas de la nada, esto que podría parecer una leopoldez es una flagrante realidad si como lectores lo hacemos nuestro.

Albaletianos y panerianos del mundo uníos en su lectura.



Joaquín Piqueras


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