martes, 29 de septiembre de 2015

HOY FIRMA: JOSÉ LUIS TORREGO. "ELVIRA DAUDET EN DOS POEMAS".


Elvira Daudet en dos poemas


Elvira Daudet es una poetisa (perdón, pero el que escribe adora esta palabra) sin yo poético. Cuando escribe sigue siendo la misma persona que vivió las dichas, la misma mujer que sintió la herida. Por encima de las rosas, dice ella, está el pan, es decir, la fuerza de sus versos está no tanto en las figuras poéticas rebuscadas en frío sino en el palpitar latente de la existencia. El más claro ejemplo en su obra es el poemario “Cuaderno del delirio”.  Avisado: Lo que anuncia el título es lo que hay. Ya os dije que es sincera. Humana y sincera Elvira, humana y sincera su poesía.

Hay una dimensión humana y una vocación universal en Elvira. En este ensayo lo ilustraremos con una visión bifocal, con dos imágenes aparentemente opuestas y que superpuestas conforman lo que yo entiendo como esencia de su poética.
El primer poema elegido es tan humano como el inicio de Moby Dick: “Call me Ishmael”. Establece al instante el contacto visual con el lector, te anuncia que va a abrirte el corazón desde el mismo primer verso. Y uno teme porque no sabe cuál de los corazones será, si el del poeta o el del lector. O ambos.

No es extraño que Dámaso sintiera debilidad por este poema. Soledad podría haber sido una de sus hijas de la ira, no la mujer con alcuza (por mucho que trasluzca ese “estoy soltera”) sino una de ese millón de cadáveres insomnes que pasan “largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre largamente mi alma”. Obra, por cierto, Hijos de la ira, a la que volveremos con el segundo poema. Elvira es más humana de lo que el impecable Dámaso pudo serlo en Hijos de la Ira, quizá por eso le cautivara tanto Autorretrato. Soledad tiene cara y ojos, una rutina cotidiana, unos problemas tan reales, que, de puro particulares y humanos, se hacen nuestros, se hacen universales.

Nos va dejando caer datos como en una surrealista conversación de Duras con un íntimo desconocido en una taberna del puerto, vaso de vino en mano. Los versos de Elvira nos transforman, queramos o no. Somos ese desconocido íntimo en quien busca socorro en su terrible “soledad acompañada”-como yo la denominé-, la que incluye al lado en la cama un ser de vacío que impide la llegada de un alguien pleno. Nos desgrana su nombre, su edad, que está soltera, que tiene dos hijos, la lucha de todos con la burocracia, la prueba diaria del espejo y el final del día que es una muerte diaria junto a ese extraño.

Elvira puede ser así de desgarradoramente personal y confidente. Y por eso, como diría Whitman, es todos, “I am the man. I suffered. I was there.” Del precioso título Crónicas de una tristeza, de 1971:


AUTORRETRATO

Me llamo Soledad y estoy soltera,
quiero decir
que voy sola al abogado, al médico
y consumo mi vida
de ventanilla en ventanilla,
en esa lenta droga llamada burocracia.
Tengo dos hijos
a los que educo para hombres,
en la medida que una mujer
puede hacer hombres.
Tengo veintiséis años
y, a veces, enfermo de ternura.
Estoy tan sola,
que alguna vez, me paro ante el espejo
y me sonrío.
Otras veces, para no enloquecer,
me coloco las pestañas postizas,
los lunares,
me encajo la sonrisa
y ensayo
el pequeño suicidio del diálogo.
Todas las madrugadas
recibo la visita de un extraño
-siempre el mismo-
al que caliento la cama hace ocho años.
Solo por esto me mantiene. 



La otra dimensión de Elvira es la universal, la cósmica, la que enlaza con Los heraldos negros de Vallejo, con Hijos de la ira, y que seguirán en su poesía social la pareja de bilbaínos Ángela Figuera y Blas de Otero. Ese Vallejo de “Los dados eternos”:


Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
Y el hombre sí te sufre: ¡el Dios es él!


En “Palabras mortales” hay una dimensión cósmica, un toque del Génesis en la Creación y en cuanto a formas literarias, cierto eco en largos metros y amplitud expresiva de Aleixandre.


PALABRAS MORTALES

Todo estaba ordenado, recién hecho: la luz imprevisible, cegadora,
arrinconando sombras y tinieblas, desvelando las formas vírgenes de la tierra,
los astros cabalgando sobre la piel del cielo en callada armonía,
la cintura de espumas que separa los mares de la tierra,
el rocío cubriendo las praderas cual un velo de novia,
los peces arañando como dientes de plata el corazón del río,
los pájaros fugaces, capricho de cristal palpitante, tembloroso.
Todo era hermoso, pródigo e inútil, decorado vacío, y Dios se sintió solo.
A su imagen, que el río dibujaba, creó al hombre (…)



El hombre cósmico de esta visión prosigue su actividad incesante de acontecimientos históricos, pero en lugar del progreso hegeliano hacia el Espíritu Absoluto, Elvira es más pesimista, se alinea con Vallejo:“no sientes nada de tu creación./ Y el hombre sí te sufre”. También Elvira apunta responsabilidades divinas en estos versos directos:

Posiblemente ya, en ese tiempo elástico y eterno que le es propio,
se mezclaban en la mente febril del Creador el pasado, el presente y el futuro 
-¿qué ventana podría ser abierta a la unidad del tiempo sino la del Supremo?-,

Hay un recorrido por las catástrofes bélicas de la historia, con alusiones a las mayores crueldades y matanzas que ha visto el mundo:


Legiones de guerreros destructores, con el hacha, la espada o los cañones
de la que fue llamada la "Gran guerra", antes de conocer la perfección atómica
que reventó Hiroshima y Nagasaki en sucesivas y perversas flores,
como un final de fiesta insuperable -tan pulcro y eficaz como las cámaras de gas
de Auschwitz y Mauthausen-. Luego, la paz.
Atrás quedaron tumbas, inválidos, escombros; la lluvia enterró la memoria
bajo el barro, y no del barro cual Adán, sino de carne estremecida de mujer,
nacieron nuevos hombres, para ser ofrecidos a los dientes
de la devoradora maquinaria.
Prosiguieron los crímenes atroces: el NAPALM en Vietnam, abriendo ojos
horrendos en la delicadeza de los cuerpos; la sangría de América la dulce,
su corazón -cobre, esmeralda y oro-, fue pasto de voraces alimañas;
el exterminio de África, útero protector del primer hombre, belleza que agoniza,
despeinada, en la arena -¡ay de su negra trenza tejida con diamantes y jazmines!-.



Su dimensión social y crítica, delatando a la periodista comprometida que subyace, apunta con el dedo a los hombres que provocan las muertes de otros hombres por codicia:


las guerras programadas en la mesa
de quienes atesoran los bienes de la tierra.

Si bien, en esa denuncia, execrables como son, no desposeen a Dios de su responsabilidad absoluta.  Así, tras hacer, fiel periodista, recuento de los actuales conflictos o acontecimientos terroristas, cierra tajante con el último verso, clamando ante la pasividad de Dios.  

Muertos por todas partes, lloviendo con piedras y ceniza, en Gaza, Nueva York,
Bagdad, Madrid, en mezquitas, rascacielos, trenes, plazas, escuelas.
Pavoroso espectáculo de sangre, todo en el mismo plano de una cinta continua,
que Dios omnipotente contemplaba y que creaba sólo con pensarlo.


Ese Dios sin piedad, que contempla al hombre en una cinta continua, enlaza con ese hortelano al que se dirigiera Dámaso al final de su “Insomnio”:

Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?




Dos poemas radicalmente distintos en apariencia: metros , temática, vocabulario, y que, superpuestos, complementan la imagen de este ser humano honesto y humano, que lo es también como poetisa. Primera premisa que yo contemplo antes de leer a un autor, más aún de poesía.
                                                                 

              José Luis Torrego




*Ambos poemas se recogen en su 
Antología poética (1959-2012), publicada por Lastura.




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