domingo, 13 de septiembre de 2015

LITERATURA Y CINE: THE ROAD.


THE ROAD



Lo confieso.
Soy súper fan de las películas apocalípticas, de los zombis y de las historias donde el mundo parece terminarse con un mega cataclismo que no nos esperábamos. Me gustan los relatos fílmicos donde la tierra está desolada, seca, muerta, y los supervivientes luchan contra viento y marea para no morir de hambre. No es necesaria la sangre; no hace falta para crear el terror si la historia es buena. Un volcán, un terremoto, un meteorito que –qué casualidad- nos cae encima, un virus que mata, un ataque zombi. Me encantan.

Comencé a leer THE ROAD, de Cormac McCarthy, hace unos cuatro años; sé que era invierno, porque me recuerdo leyéndolo junto a la chimenea muerta de frío (no el real, sino el literario). Tuve que dejar de leerlo. Y no fue sólo por el frío, sino porque pensé que me iba a morir de pena, de desolación (algo así me pasó con LA CEGUERA, de Saramago, pero esa sí la terminé). Me invadió tal sensación de angustia que no terminé el libro, y no es algo que me califique precisamente (aunque, viendo cómo está el mundo, tampoco pasa nada si uno no acaba un libro; no estamos para perder el tiempo).



Lo cierto es que me enganchó mucho, y a veces se me pasa por la cabeza la idea de retomarlo, pero es de los pocos relatos que ciertamente me han dejado k.o., sin ganas de continuar una línea más. Dos terceras partes las devoré, pero con esa angustia de los niños cuando no les gusta el plato.


La novela ganó el Pulitzer en 2007, y cuenta la historia de un padre que viaja junto a su hijo camino de la costa en un mundo desolado, sin vegetación, donde reina el desamparo, la soledad, la oscuridad más terrorífica. ¿Qué ha pasado? No se sabe. Juntos, con un mapa y apenas cuatro trapos y algunas latas, emprenden el camino a la costa en busca de vida, de futuro.

En 2009, y para grata sorpresa mía, aparece la adaptación cinematográfica, dirigida por John Hillcoat y escrita por Joe Penhall, con un magnífico Viggo Mortensen y un pequeño Kodi Smit-McPhee (que luego aparecería, por cierto en la estupenda DÉJAME ENTRAR). El mismo paisaje: oscuridad, desierto, muerte, soledad, silencio, frío. Pero me animé a verla, porque al fin y al cabo eran dos horas de padecimiento… Podría aguantarlo.

Salvo el final –del que no puedo hablar por desconocimiento- la película sigue la historia del libro sin apenas diferencias. El mundo es un auténtico páramo por algo que no se sabe, y ese padre sin nombre se encamina con su cachorro a la costa en busca de un futuro mejor (o al menos, un futuro). En su ruta, tendrán que ir sorteando los peligros que acechan, ya no sólo la posibilidad de morir de hambre o de frío, sino incluso ser devorados por los caníbales.

Al mismo tiempo, el viaje de ambos se convierte en un viaje iniciático, un curso intensivo del padre al hijo para enseñarle todo lo que debe saber para sobrevivir si él no está. La sociedad ya no es la de antes, y los valores que antes regían el mundo han dejado de existir. El padre es todo un momento la imagen de la cordura, la representación del anhelo por sobrevivir, por encontrar una salida y no tirar la toalla. El hijo es, sin duda, la imagen de la esperanza: el futuro que le espera al ser humano pese al estado catatónico del mundo.



Esto es normal en este tipo de películas: una embarazada, un niño, o incluso un perro que ladra en alguna parte, o una planta que comienza a crecer y recibe unos leves rayos de sol. Siempre, por muy apocalíptica que sea la historia, hay esperanza, hay una muestra de que no todo está perdido. Y es el niño el que se encarga de recordarlo en varios momentos del viaje: cuando se encuentran con el anciano temeroso, o cuando aquel hombre les atraca. Siempre el padre será la cordura, casi la psicosis por sobrevivir, que no cede en nada y casi ha perdido la fe en el ser humano; y el niño será el otro lado de la moneda: la inocencia, la pureza, el que cree que la humanidad no está perdida.

Entre las críticas, me quedo con la de Tom Chiarella de Esquire, que la calificó como "una brillante adaptación de una aclamada novela, una mirada anacrónica a la presuntuosidad y la rudeza de nosotros mismos. Quieres que lleguen, quieres que lleguen, quieres que lleguen... y sin embargo al final no quieres que acabe".

La novela, como la película, está llena de silencios que acentúan esa sensación de desamparo y desierto. Otro elemento fundamental de la historia son los sueños, esos flashbacks del padre sobre un pasado más hermoso con la madre del niño (a la que por cierto se le da más protagonismo en la película que en el libro). Todo ello hace que nos preguntemos en cada momento qué ha pasado, hasta que cedes ante la prosa de McCarthy: no importa qué pasó realmente. Lo fundamental es la lucha del bien y del mal, de la cordura del ser humano que mantiene sus valores, opuesta a ese salvajismo de los caníbales, hombres que han decidido sobrevivir a su manera, traspasando los límites de la naturaleza.



De este tipo de relatos, quizá THE ROAD se ha convertido en uno de mis favoritos, y no sólo por lograr trasmitirme esa sensación casi real de angustia, sino por todo el debate social y de valores que conlleva. La lucha del bien contra el mal (o al revés) en un mundo destrozado y sin apenas esperanza, donde se han perdido los valores, donde el ser humano ya no es el que era. 

Al final , si lo pensamos bien, no es distinto de lo que pasa hoy. Sólo falta el perro que ladra a lo lejos.


 Noelia Illán


1 comentario:

Marcos Martínez dijo...

Me ha gustado mucho leer tu punto de vista, muy parecido al mío. Me encantan estas historias. Gracias