lunes, 19 de octubre de 2015

ANATOMÍA DEL TORNADO de Francisco J. Guerrero Cano (por Adolfo Belmonte).


ANATOMÍA DEL TORNADO: APOCALIPSIS S. XXI.








Anatomía del tornado
Francisco J. Guerrero








Francisco Javier Guerrero Cano (Córdoba, 1976) publica su segundo poemario en la editorial En huida (2015). Para empezar por algo: estamos ante un grandísimo libro de poesía; así, sin más. Francisco Javier Guerrero plantea de algún modo la autobiografía velada de una catarsis del instante y su vacío; esto es: Guerrero pinta, canta y cuenta lo que ve, y lo que no dice, pero siente.

Lo primero que sorprende es la cantidad de recursos que emplea el poeta. Es en ese sentido -y sin connotación peyorativa alguna- un libro barroco, dicho sea, en el mejor y más lato sentido del adjetivo. Abundan en él cultismos a montón, anáforas, aliteraciones bellísimas y figuraciones en las que el autor pinta más que escribe, y aquí destaco su capacidad de crear imagen y tener a su vez pulso rítmico; por eso hay aquí mucho sentido cinematográfico: palabra en movimiento. O más claramente dicho: dominio del lenguaje casi apabullante.

De lo dicho más arriba se entenderá que estamos ante un libro complejo, pero por lo mismo fascinante. Dividido en cuatro partes, a saber: En la naturaleza, allí donde todo principia y al tiempo enloquece aquí esa natura se vuelve turbia, rebelde. Lejos del lugar ameno que contó Garcilaso, entre otros. Parece que aquí la naturaleza es sujeto activo, activo e impasible donde el autor solo narra contemplando. Cito: Matriz (pág. 27), Siesta bajo el almendro (pág. 29), Fisonomía (pág. 33) -éste último impresionante-, El ojo del huracán (pág. 39), un impresionante Panorama (pág. 41), y por último un desolador y cansado Regreso (pág. 43), en que el hombre asume la derrota.

MATRIZ

La brisa se quedó dormida en la rendija
que brotó entre el forraje y la mugrienta acémila,
debajo de su lomo, mientras se amodorraba
y empezaba a pensar en árboles de escamas.
El animal era un hombre y la grieta
la digestión del cielo en una tarde
hendida por la gélida nostalgia
sin sombra de su apetito vacío.
Una fisura elástica. Un útero rubí
que está a punto de parir un tornado.


Por lo dicho hasta aquí, pareciera que es un libro subjetivo; nada más lejos: como ya se ha escrito el autor describe el tornado tal cual, y sí, es parte de un desahogo, pero aquí el autor sólo describe el desastre.



REGRESO

Errante como un fardo el hombre vuelve a casa.
Sin facciones, sin nervio, sin puños ni lenguaje.
Vuelve. Porque el ciclón también torna a su nido:
la ciudad habitada por espectros de asfalto.
Los vientos encaminan su regreso
a través de caderas simuladas
y cenizas de miedos y oropeles
que son los vestigios de un esplendor
legendario, fantástico. Donde ruedan los días
rodará su fuerza tras los cristales.


Otro rasgo es la excelente gradación de intensidades que culminan en una cuarta parte magistral, cuya lectura deja sin aliento. Acatada la turba, asumido el desastre se llega a EN EL HOGAR. El hogar es aquí un receptáculo del miedo y la metáfora del dolor y el miedo. Composición tripartita donde ese hogar es áspero duro y fantasmal en incluso siniestro que retrata la soledad y aquello que las cosas (objetos) no pueden decir: El hogar no tiene dueño ni rumbo (pág. 51). Aquí habita la soledad y una quietud inquietante. En Detrás de la ventana (pág. 53) se ensueña una suerte de visión surrealista casi onírica. Véase el segundo verso: como en T.S. Eliot aquí Guerrero ha descrito el dolor y la angustia por los objetos, la urbe y la mirada cotidiana que modifica la realidad en sí. Lo que en Detrás de la ventana parece ensoñarse, en Desahucio (pág. 57) se hace real, brutalmente real en su loca ficción, aunque nos parezca paradójico.


DETRÁS DE LA VENTANA (fragmento)

La ventana sostiene el universo
con pálidos depósitos y aljófares.
Lo divide en dos porciones simétricas
como un libro abierto por su mitad,
donde la luna empañada revela
su impostura. Ni un tapiz ni una nube
se inmiscuyen entre el torpe crujir
y el espacio taciturno. Persiste
como Impresión, sol naciente, Nenúfares
o El portal de la Catedral de Rouen.


Anoto algo más: me arriesgo a apuntar que planea en el libro -si bien de forma implícita- su religiosidad o por lo menos cierto espíritu de súplica y rabia.
EN LA PÉRDIDA, la tercera parte, cuenta la desolación y la ruina sorprende la contención lírica de Calle abajo (pág. 65) donde asoma T.S. Eliot en su destrucción de la urbe y la soledad. Este ciclo se remata con El hombre, donde se retrata al final del hombre y su contra espejo como final (pág. 71). En Tánatos, agotado y derruido, el hombre acoge el dinero y el oro no aceptando la ruina o, mejor dicho, huyendo de ella (pág. 67). Imprescindible. Por eso, después de ver su recorrido y derrota el hombre se convoca en el tiempo para explicarse desde la historia y su tiempo, que es tiempo presente. Como Kavafis, hace historia para ser presente, pero eso sí, crítico y desesperanzado.



TÁNATOS


¿Qué maldades no arrastras a los humanos
corazones, oh execrable sed de oro?
VIRGILIO, La Eneida, III, v. 56-57

Caricia delicada como el sueño de un lirio.
Mórbida efigie de oro en las inmediaciones
del marasmo. Fulgor hipócrita de un cuerpo
agonizando dentro de otro cuerpo acabado.
Sus alas tienen forma de puntiagudas cédulas.
Guardan su contenido: existencias y flujos,
agios, diferenciales y oligopsonios densos
y desorganizados. Patrañas sin razón.
De metal es el viento que brama enfurecido
en su avara conciencia. Alma de ventanilla.
Almadraba de grandes entorchados. Guarismos
abstractos, insondables, venidos del esquivo
aguacero callado de un apetito oculto
que somete a los hombres en los arbitrios déspotas
de sus frías mazmorras. Embustero. Farsante.
Todo luce a su paso rotundo de pies zambos.
Los cantos de su jerga son notas de charol.
En las profundidades del verbo deshojado,
cada vez más lejanas, hay un hilo de luz,
fundamento del hombre, ajeno al huracán,
que engendra la pureza de una flor entre páginas
de cirros anodinos y esbeltas espadañas.
Llama también vencida por el negro corcel.
No existe oscuridad que no mueva su viento.
La nada o el presagio de su antorcha apagada.
De sus fustas de hielo infectadas de arsénico.
Tiene la boca oculta tras nocturnas serpientes,
porque nunca se sacia, como Hipnos, de fingir.
Ni de buscar la cifra precisa de los pagos
descompuestos  en átomos de hojas deshidratadas,
como el río ermitaño que a veces nos recorre
lentamente y nos deja sus huellas musitando
susurros de traviesas que forjan un carril
en mitad del edén, ficción de una utopía.
Sus confusas palabras, fragor de celofán
en las manos, entierran la desnudez anónima
de una quimera oculta bajo los falsos muros
de fortificaciones. Castillos que no existen.
Pero constan en libros de los que no podemos
escapar, como fiordos encerrados en bruma.


En la última parte, EN LA HISTORIA, Guerrero sitúa el tornado del pasado que fue derruido hasta el presente que todo lo agota al instante. Aquí la intensidad de la prosa llega al tuétano. Desde Roma a Punto com, se hace una radiografía urgente del presente actual teñido de doliente ironía. Destaco los poemas La solución de Estocolmo y Los pequeños dragones (pág. 95 y 97) aunque deba leerse completo como un suspiro. Para Guerrero el mundo no es de su reino y aquí lo deja con rabia contenida.
Asumido ya todo, el autor se recoge en su refugio. En Hoy (yo) se sabe en su escritura como tabla de salvación donde nos mira y acoge a todos en este poema que parece oración de súplica y única redención posible. Bellísimo.


LA SOLUCIÓN DE ESTOCOLMO

Brillo septentrional que acaricia la piel del mundo, que resiste cuando ya no puede resistir, ni ser, ni acomodarse a una fraternidad avergonzada por la continuidad de un modelo que tizna de dolor naranja las otras vidas, controladas por préstamos de ambición deshojados, en vuelo, como un retiro visible. Porque ha llovido más de lo que necesitan los afanes que navegan hundidos, sin medida, escapando de la regulación débil de los créditos y los bancos, y de los armisticios fracasados encima del fósil rumiante. Pero un pequeño palmeral sigue siendo eficiente a pesar de su propio fracaso. La corriente de su agua acrisolada es una fina lámina de jaspe que deja pasar la luz por los contenedores, enjuaga las heridas y musita el recuerdo de las ruinas con su imponente voz de castrato geométrico en un espacio matinal y frío y huraño y radical y acotado y verdoso. Impecable esfera de nieve dulce que cruzan las gaviotas como una soledad perdida en la memoria del ciclón. Y llegan, convertidas en míticos dragones, hasta el sudeste de los espejismos.


Conclusión: nos encontramos ante una obra total, nacida del dolor y vertida como vomito urgente y sostengo que es total porque abarca todo lo que el hombre es; dolor. Miedo, viento, rotura y escritura al fin. Se me hace imposible abarcar todos los aspectos de este libro que perdurará en el tiempo y ofrecerá lecturas múltiples. Anoto por último el excelente prologo escrito por Antonio Praena y los dibujos en negro de Raquel BOUCHER. Imprescindible. Un libro del s.XXI.


HOY (YO)

Unos versos que atrapen al mundo que me atrapa necesito, escribió antes de morir el hombre, necesito frases, una palabra, porque había encontrado la salida, necesito las íes, las comas, los acentos, de la calle que se hizo tan estrecha, tan húmeda y extraña, necesito un paréntesis de alegres plenilunios, transparencias en los despeñaderos necesito, escribió una nevada ensartando el desierto, porque solo escribiendo encontraba el camino de vuelta a lo que era, puntos, metáforas para escapar de mí, escribió, necesito mariposas absortas por el fuego de las abreviaturas, igual que yo escribí, las siglas y los puntos suspensivos, necesito dulzura y valentía para escribir sobre el resto de los hombres, sobre mí, necesito escribir, anotar lo que está pasando, lo que ha pasado, lo que me está pasando, lo que nos ha pasado, escribió, porque conocía bien las interrogaciones de los desconocidos, sus elipsis, grafemas y diptongos, necesito tu aliento (siempre me he preguntado si era el mío), yo necesito el suyo y necesito el tuyo y necesito el vuestro, un océano en medio de la calle, luces entre comillas como faros que rigen los destellos de un tesoro cercano, los montes de mi sueño, que puede ser el tuyo, que es el mío, escribo, para afirmar sus versos crepitantes de oxígeno y madera, porque en sus cumbres no podrán cazarnos, escribió las insignias de los abandonados, ni estará nuestra bóveda celeste tan oscura, escribió, yo sé de lo que hablaba, porque siento sus versos en la calle, en mi casa perdida y dentro de mis células, y podremos recostarnos por fin sobre nuestros principios y descansar tranquilos un momento, porque solo un momento necesito, escribió, y yo también lo escribo.



Adolfo Belmonte Rueda

*No te pierdas la entrevista que Daniel J. Rodríguez
 hizo a Adolfo Belmonte pinchando el siguiente enlace.






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