martes, 13 de octubre de 2015

HOY FIRMA JAVIER LORENZO CANDEL: "EL SUDESTE EXISTE. Una generación albaceteña para la poesía".


EL SUDESTE EXISTE. 

Una  generación albaceteña para la poesía




Si partimos de la base de que, durante un tiempo, la creación poética ha estado definida por la ubicación de sus poetas, elaborando un mapa de creación que empezaba por identificar a los escritores andaluces, los catalanes, los asturianos o los valencianos como marbete de la buena poesía en España, podemos ahora dedicar unas líneas a identificar otro de los fenómenos de importancia dentro de esta cartografía literaria: la consolidación de la poesía en el sudeste español y, más concretamente, el singular auge de la poesía en la ciudad de Albacete.


Para empezar a elaborar la defensa de la tesis que se propone, y alejados los fantasmas del localismo, debemos tomar como referencia un espacio en la que no había una firme consolidación de valores de creación que no fueran más allá de figuras locales, pero reconocidas en sus ámbitos, que no proponían una base firme en un proceso que podríamos llamar “de asimilación” de las nuevas generaciones. Quizá la apuesta por autores como Martínez Sarrión o Dionisia García como arietes en la defensa del escritor manchego, pudo identificar unos primeros pasos de referencia, con filias que sirvieron para acercar sus figuras a las nuevas generaciones, o el grupo que representaban los poetas de la postguerra, encabezados por Ramón Bello o José María Blanc que, en cualquier caso, favorecieron un movimiento de análisis que, consolidado el grupo, no propicio, o propicio poca metástasis  en las generaciones posteriores.

¿Cuáles fueron, entonces, los resortes que pusieron en marcha el trabajo de los jóvenes poetas? ¿Desde qué visión empezar a entender un fenómeno literario en una ciudad como Albacete?¿Cómo elaborar un canon de aproximación a su literatura?
Para empezar a situarnos, decir que a finales de los años 80s y comienzo de loa años 90s, los jóvenes poetas crearon un grupo ciertamente firme en torno a la conocida revista Barcarola, motor de arranque necesario para entender el panorama posterior. Nombres como Ángel Antonio Herrera o Juan Carlos Gea, entre otros, daban las claves de los comienzos de una generación que empezaba a trazar líneas gruesas en el panorama de la actividad poética del país, una generación que recibía, a través de la citada revista, toda la producción poética que, en esos momentos, estaba sedimentando en España e Hispanoamérica, empezando a crear desde el conocimiento de lo que en esos mismos años estaba pasando en la lírica en lengua castellana.

Pero los primeros pasos de esta singular apoteosis, además de la obra de Sarrión a la que ya hemos aludido y las referencias externas vía Barcarola, vendrían dados por un libro de un albaceteño, Juan Carlos Marset,  que, con el premio Adonáis, empezó a hacer notar la singularidad en el territorio nacional. El libro “Puer profeta”, un largo poema que contó con interesantes críticas, establece una frontera entre la creación anterior y un nuevo espíritu de conquista que se adueñaría definitivamente de los poetas de los primeros años de la eclosión. Seguidamente, y al albur de Marset, Luis Martínez Falero afirma la condición de Albacete con otro premio Adonáis por su libro “Plenitud de la materia”. Estas dos puertas que se abrían lo hacen desde una visión culturalista de la poesía en unos años en los que se confirman poetas de la talla de Antonio Colinas, Ana Rossetti, Luis Antonio de Villena o Luis García Montero, años en los que en Albacete no abundan, precisamente, los poetas.

       

Apoyados en estos dos pilares, y el de Sarrión el tercero, los jóvenes poetas que escribían sus versos en el Albacete de fin de siglo empezaron a considerar un movimiento de avance en la bulliciosa creación literaria de la ciudad. Un fin de siglo que afirma, no ya solo la fuerza de Barcarola, sino también la actividad cultural con la que Albacete se sitúa en el centro neurálgico de los programadores, fruto de la aparición unos años antes de Cultural Albacete, proyecto estrella con raíces en la Fundación Juan March. La ciudad empieza a ser alimento necesario para el grupo de creadores que forman su identidad antes del nuevo siglo, experimentando una progresión definitiva en la calidad literaria albaceteña. Es así que, durante buena parte de este período, la formación y la información nacen para madurar los espíritus creativos de sus escritores. Arturo Tendero, León Molina, Frutos Soriano, Carlos Blanc, Valentín Carcelén, Ángel Aguilar o Cruz Campayo lanzan sus nuevos versos al albur de estos tiempos fecundos, creando el marbete “poetas de la confitería” que les acompañaría como definición de grupo y como referente de la poesía en Albacete. Del grupo, es necesario destacar un libro de referencia firmado por Arturo Tendero, titulado “Alguien queda”, publicado por Renacimiento.


Ya en el siglo XXI, y con todo este aparato de creación muy vivo, podemos hablar de una consolidación definitiva de todo ese alimento, que propicia, por una parte, una brillante actividad exterior en la ciudad y, por otra, una maduración de los escritores que se alimentaban de lo programado. Los primeros años del nuevo siglo sacan a la luz grupos muy heterogéneos de escritores jóvenes que desarrollan su actividad a través de pequeñas revistas, recitales y programaciones que se alejan del panorama oficial pero que instauran un ritmo muy interesante, un ritmo que acabará siendo melodía con ecos que formaron a poetas como Antonio Rodríguez, Pedro Gascón, Andrés García Cerdán, David Sarrión, Mercedes Díaz Villarías o Matías Clemente. Es este grupo el que fecunda en la acción poética de manera más afortunada, con dos importantes poetas dentro de nuestra poesía actual: Rodríguez y Cerdán, ambos con premios de mucho prestigio y voces muy consolidadas, o el caso de Matías Clemente, faro de la generación con un libro publicado en la extinta DVD, titulado “Lo que queda” y publicado en 2003 fruto del premio Radio 3 de poesía. El resto, que sigue en la escritura publicando sus libros de manera habitual, completan un grupo de poetas jóvenes de primer nivel. Un grupo que, aunque alejados en el discurso poético,  evidencia una apuesta por fertilizar, en algún caso, en los sonidos de la generación Beat, en una nueva lectura de los poetas culturalistas y, cómo no, en las bases de la poesía de la experiencia, asimilada esta por buena parte de los poetas de su generación.


Destacar dos libros fundamentales en este viaje del conocimiento de la poesía albaceteña que proponemos: Por un lado, “La sangre” (Valparaíso, 2015), de Andrés García Cerdán; y, por otro, “Los signos del derrumbe” (Hiperión, 2014) de Antonio Rodríguez.

Pero existe otra generación que evidencia más recorrido en Albacete. Autores que escribieron sus primeros libros en la primera década del siglo XXI, que recibieron sus primeros premios en estos años, fortalecen una vías de análisis más dentro del amplio espectro de la poesía del sudeste, de la poesía albaceteña.  Poetas como Rubén Martín o Constantino Molina, ambos con premios Adonáis a sus espaldas, viene a ser el relevo natural de los poetas que edificaron la estructura propicia para que Albacete se viera desde cualquier posición del campo de batalla (si se me permite el término). Una poesía que, apoyada por regla general en la naturaleza, configura un verso maduro, nacido con apenas veinte años, fortalecido por una visión extraordinaria del hacer poético que ya está dando como resultado algunos libros excelentes. De Rubén Martín, su libro más interesante, “El minuto interior” (Rialp, 2010) o “El mirador de piedra” (Visor, 2012), nos sitúa en un poeta que asimila las lecturas de Claudio Rodríguez o Ángel González para depositarlas en su manera de entender el mundo. De Constantino Molina, su único libro hasta la fecha, “Las ramas del Azar” (Rialp, 2015), donde penetra en el concepto de ruralidad para definir un campo muy inteligente  de la comunión con la naturaleza.

Añadidos a esta generación, y no por ello menos valiosos, los poemas de otros autores que ya están tomando posiciones en el panorama de la creación poética de nuestro país. Hablo de Javier Temprado o Lucía Plaza, ambos con mucho recorrido por delante.

Se entenderá entonces que, una vez visitada la obra de los autores citados, descubierto el valor real de su escritura, sea necesario poner de manifiesto una especie de árbol de genealogía que contribuya a informar, sobre todo al lector avisado, de la necesidad de llamar la atención hacia un proceso creativo, en el ámbito de lo poético, que ya ha tomado forma dentro de esas estructuras territoriales que viene definiendo la poesía española reciente. En comparación con otros territorios, este del sudeste ofrece una nueva visión, un nuevo enfoque que está apostando fuertemente por la comunicación, que utiliza el verso como reivindicación y como trampolín para comunicar una realidad a todas luces poderosa, una realidad nacida en el seno de una tierra que, como dijimos, carece de estructuras fuertes que sostengan pilares robustos, pero que cuenta con la fuerza de una generación que abre caminos necesarios para entender qué está pasando en el panorama de la poesía española reciente. Albacete es una ciudad de provincias que sostiene entre sus calles la ilusión de un grupo de poetas de primera magnitud, una vocación alimentada por la ilusión del discurso poético que se perfila en los bares, que se sedimenta en las esquinas, que toma forma de manera cotidiana para hacerse necesaria entre los lectores, esperemos que cada vez más, de poesía. 

La condición de los territorios no es ya la fuerza de su industria o la ubicación estratégica de sus ciudades, el espíritu de conquista no está en la industria o en el capital. La ciudad ha empezado a hablar desde la poesía y eso, sin duda, la convierte en especial. En apenas veinte años, desde los primeros libros de Ángel Antonio Herrera o de Juan Carlos Gea, hasta el libro de Constantino Molina o Javier Temprado, Albacete ha ido asumiendo la creación de diferentes generaciones que, en su progreso, han definido un espacio para la poesía, una acción poética necesaria, un panorama de creación poco conocido y menos apreciado. En solo unos años, la poesía albaceteña se ha confirmado como importante entre la poesía importante de nuestro país.

Andrés García Cerdán, Antonio Rodríguez Jiménez, Matías Clemente, Arturo Tendero, Luis Martínez Falero, Juan Carlos Marset, Rubén Martín, Javier Temprado o Constantino Molina, todos ellos con grandes libros publicados en editoriales de reconocido prestigio, están ofreciendo un aliento manchego a la fuerza del viento de la poesía. Detengamos el paso en su obra.

Martínez Sarrión


Quizá el futuro próximo ponga de manifiesto otros territorios que ofrezcan a autores ariete en la poesía, pero en este momento, analizadas las estructuras de la creación, Albacete está ofreciendo un espacio fundamental que, aunque a algunos les pese, hay que tener en cuenta.


Javier Lorenzo Candel


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