martes, 27 de octubre de 2015

HOY FIRMA: JAVIER PUIG. "CONTRA TODA ESPERANZA".


Contra toda esperanza


Contra toda esperanza se anuncia como una historia de amor. Y sí, ese es el relato que subyace, pero busco en todas sus páginas frases en que ese sentimiento se haga explícito, y no las hallo. Es como si el pudor hubiese impedido a su autora expresar sus emociones de forma expresa, como si se hubiera decidido por una contención que eliminase los riesgos de una agresiva impudicia y hubiera decidido, para la ocasión, destituirse de su condición de viuda ostentosamente doliente, erigiéndose en tan solo un testimonio, en la mujer que ha tenido el privilegio y los padecimientos de conocer íntima y prolongadamente al poeta famoso. Nadiezhda, en su relato, cuando nombra a su marido, lo hace por su apellido, por el que ella misma ha heredado de su matrimonio: Mandelstam. Nunca Osip, su nombre de pila. De esta manera, crea una distancia que hace de la dramática historia que cuenta tal vez algo más creíble por su intención objetivadora.

                Podríamos pensar que Nadiezhda ha ocultado los lirismos de su amor para engrandecer por sí sola la figura de ese insigne poeta ruso, Osip Mandelstam, que vivió en la primera mitad del siglo XX; pero, en sus descripciones, no elude la imagen depauperada y sufriente a la que las circunstancias de su tiempo lo condujeron. Los años que nos relata corresponden a su caída en las redes del estalinismo y su posterior vía crucis por los destierros, los campos de concentración, las prisiones. Tal vez su pretensión sea rehabilitar la memoria de su dolor, la humillación y el lento exterminio que padeció el poeta ruso. Lo hace con una denuncia pormenorizada, un relato perplejo que transmite a aquellos habitantes de mundos ajenos que gozan o gozarán de la suerte de estar a salvo de la demencia que a ellos les tocó padecer. Porque de eso trata el libro, de dejar constancia de la persecución, de la intolerancia, de lo imposible que era vivir en una sociedad mediatizada por la imposición de un control arbitrario, cambiante, en supuesta defensa de un régimen secretamente avergonzado de sí mismo, incapaz de resistir el más mínimo cuestionamiento, estableciendo una paranoia invasiva.

     

Osip Mandelstam es para muchos uno de los mejores poetas rusos del siglo XX. En 1.934, Rusia es un país infestado de espías, de confidentes. Es difícil poder fiarse de alguien, es un atrevimiento manifestar una opinión; incluso las oficiales, pues, por experiencia, resultan precarias. El poeta está bajo sospecha porque no ha demostrado afecto al régimen. Además, ha escrito un poema contra Stalin que solo conocen unos pocos colegas de confianza. Cualquier visitante que llame a su puerta, aun bajo una apariencia amistosa, puede ser un agente del gobierno, un chequista, que es la figura precursora de los KGB. En su casa, guarda manuscritos muy comprometedores. Y lo temido no puede dejar de llegar. Después de una noche de registros, de aviesas lecturas, Mandelstam es detenido.

                En principio, su condena es la deportación. Nadiezhda lo sigue por todo el doloroso periplo de cuatro años en el que sufre diferentes grados en la restricción de la libertad. Ya nunca más podrá sentir el derecho a la elección de su porvenir. Está con él, o cerca de él, cuando lo aíslan. ¿Por qué lo habían detenido? Otra poeta, amiga del matrimonio, Ana Ajmátova, se lo pregunta. La única respuesta cierta que sabe darse es: “A la gente se la detiene por nada”.
             
Nadiezhda
   Son cuatro años de hacer gestiones para liberarlo, de esperar un cambio improbable. Todo lo intenta Nadiezhda, con la fuerza del amor pero entristecida por la desesperanza. Se pregunta: “¿Por qué me habrán dado el nombre de Nadiezhda (esperanza en ruso) en los umbrales de este siglo, al comienzo mismo de este fratricida siglo XX?”. La única posibilidad de sobrevivir es la de ocultar el verdadero yo, confundirse con todos los compatriotas silentes, someterse. Pero, ¿cómo puede hacer eso un poeta, una escritora, sin denigrarse hasta lo nauseabundo? Años antes de ser detenido, Mandelstam, visionario, decía: "Nos parece que todo marcha como es debido y que la vida continúa, pero es únicamente porque funcionan los tranvías”.

Mandelstam y Ajmátova en Moscú, 1934.
La felicidad es algo imposible. Mandelstam incluso la desprecia como a una de las ideas más engañosas. Le espeta a su mujer: “¿Por qué te empeñas en querer ser feliz?”. Y ella se lo cuestiona: “¿Quién sabe qué es la felicidad? La plenitud y la intensidad de la vida quizá sea una noción más concreta. En la forma en la que nos aferrábamos a la vida, había tal vez algo más profundo que aquello a lo que tienden habitualmente los seres humanos”.
                La pareja pasó hambre, enfermedades. En los mejores momentos, vivieron en cuartuchos. Mandelstam degeneró mentalmente. Sufría paranoias que le llevaron primero a un intento de suicidio y que finalmente contribuyeron a su muerte final. Por temor a ser envenenado, en el campo de concentración en el que pasó sus últimos meses, apenas probaba la poca comida que le daban.
                En su poesía, Mandelstam no buscaba la evasión de lo terrenal, de lo corriente, del espacio y del tiempo. “La tierra no era una carga para él, ni mucho menos una triste casualidad, sino un palacio divino dado por Dios”. No cree en otra vida sino en esta. Y cree que el poeta está relacionado con un interlocutor providencial y que no está obligado – como el escritor no poeta - a ser mejor que su época, que su sociedad. Él se sentía igual a los demás, no por encima, pero creyendo en la libertad interior del hombre, aquella que, si se ejerce, lo hace inalienable. Para él “la primera obligación del hombre es vivir”.

En sus últimos años, confinado en un campo de concentración, Mandelstam era un hombre muy envejecido, de mirada extraviada, de presencia casi salvaje. Nadiezhda dedica los últimos años de su vida a intentar reconstruir esos momentos que no pudo acompañar. Sin desfallecimiento, indaga a través de quienes pudieron compartir algún periodo de esa época decisiva. No se fía de muchos de los testimonios, pero colecciona los datos más verosímiles y, con ellos, trata de imaginarlo en sus últimos meses, en el horror de su enfermedad en condiciones tan adversas; trata de recuperar su imagen, la transcurrida presencia de una vida tan querida que le han robado. Lo que expresa es un gran amor, aunque lo haga sin palabras cariñosas, sin enfáticos sentimentalismos. Lo suyo es una entrega devota, un seguimiento arriesgado. Termina así un relato que es admirativo, pero no hagiográfico. Concede a su marido un gran valor humano que no está basado en unas virtudes presumibles – aunque no haya más remedio que mencionar algunas de ellas – sino en el valor intrínseco de un hombre que quiere ser auténtico, libre, que quiere cumplir con su mandato vital, más allá de una extenuada esperanza.







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