domingo, 11 de octubre de 2015

LITERATURA Y CINE: EL ABUELO (por Javier Puig).





Tal vez no haya vivido, con otra película, una contradicción tan grande en las diferentes veces en que la he visionado. El abuelo, de José Luis Garci, sin embargo, sigue siendo para mí una obra que sobrevive en sus múltiples virtudes, superando algunos remilgos en los que cae. La primera vez que la vi, me impresionaron sus excelentes diálogos. No había leído la obra de Galdós, en la que está basada la película, y de la que, como el propio autor reconoce en su prólogo, no se puede decir muy bien si es un drama o una novela. Y es que, para desplegar esta historia, el magnífico escritor se impuso dar hegemónica preponderancia a los diálogos, reduciendo al mínimo las descripciones. Solo unos iniciales trazos de cada personaje le bastan; luego, su desarrollo ya solo dependerá de las palabras y de los gestos con los que cada uno de ellos se mida con sus interlocutores.

Esta obra pedía gritos su adaptación teatral y así la llevo a cabo Galdós, a los pocos años; pero también estaba llamada a ser, en el futuro, la base más apropiada para un guion cinematográfico. De alguna manera, todo estaba señalado en este relato, en el que los personajes se pronuncian con cuidado o sin ambages, dependiendo de ante quien sea. La excepción es su personaje principal, ese abuelo que siempre va de frente, al que ya no le importa nada más que un honor que considera a salvo de todas sus acciones. Quienes tampoco necesitan mentir son sus dos nietas. Con su abierta actitud, provocan también la sinceridad de aquellos que aman, esos que habitualmente no se atreven a expresar sus cuitas. Galdós es un gran maestro a la hora de delatar las bajezas humanas, un escritor perspicaz que percibe con claridad los resortes que mueven a los hombres y mujeres en su inmersión en las distintas capas sociales; pero no se detiene ahí, sino que ahonda aún más, hasta los más íntimos motivos de sus personajes, desnudándolos de una hipocresía que siempre está más o menos latente.


José Luis Garci solo necesitaba elegir unos buenos actores, seleccionar unos bellos y apropiados escenarios - una mezcla de interiores aristocráticos casi viscontianos y de paisajes románticos - y añadirles una música emotiva. Con todo ello, compuso una muy apreciable película, que no era la primera adaptación de la obra, pues ya en 1.925 y en 1.954 se habían rodado dos antecedentes. A Senén, el ambicioso pedigüeño de ascensos profesionales, le añadió unos años más, los que tenía en ese momento Agustín González, que nos regala una brillantísima actuación. Para el personaje de El Abuelo no había mejor elección que la de Fernando Fernán Gómez, quien, para desplegar el carácter iracundo exigido, no creo que debiera esforzarse mucho. El entrañable personaje del maestro don Pío está perfectamente interpretado por Rafael Alonso, aunque lo que oímos no es su voz, pues ya había muerto cuando, al finalizar el rodaje, le tocaba doblarse a sí mismo. Durante las semanas que duró, se le había declarado la enfermedad, pero el actor mantuvo el tipo hasta el final. Entre los contados defectos de la película, hay uno que me parece irrebatible, y es la elección de Cayetana Guillén Cuervo para interpretar a la condesa Lucrecia. Su trabajo no me parece que esté a la altura del de sus magníficos compañeros.

El abuelo es una obra muy rica en matices que se presenta como una sencilla sucesión de escenas en las que vamos adentrándonos en la naturaleza de unas relaciones en la que se mezcla lo social con actitudes más íntimas y personalizadas. Su protagonista, el conde de Albrit, es ese abuelo aristócrata llegado ya a su completa decadencia. Acaba de regresar, completamente arruinado, de una aventura americana. Vuelve a la que fue su casa y que, ahora, con las deudas adquiridas, ha perdido en favor de sus sirvientes. Se reconoce impertinente, de genio altivo: "Me educaron para mandar y ser obedecido". En toda esta historia observamos un pulso entre los antiguos aristócratas, que ya no gozan del poder de antaño, y la burguesía, sin que se obvie tampoco la relación con los criados, algunos de los cuales no están exentos de la mezquindad y la ingratitud de sus señores. Y es que, en la mirada de Galdós - que Garci preserva -, no hay una decantación sistemática por ninguna de esas clases. Lo que observa son sus contradicciones y lo que le interesa son los valores más personales que son susceptibles de emerger por encima de las actitudes a las que, por su situación social, el hombre está abocado. El abuelo es grosero, agarrado a los antiguos y vacíos valores de su estirpe, pero, al mismo tiempo, capaz de percibir la bondad, fuerte para denunciar cualquier tipo de aceptada inmundicia. Su nuera, viuda de su hijo, al que hizo un inmenso daño al abandonarlo, es la condesa Lucrecia. Vive en Madrid, donde tiene relaciones con el poder que son vistas por las fuerzas vivas del pueblo de Jerusa - la población norteña donde veranean ella y el conde - como una oportunidad de obtener favores personales y, de forma añadida -  pero nunca prioritaria -  para el pueblo. El alcalde, el médico, el cura, Senén, todos nos son presentados en su hipocresía, en su codicia, esa ruindad que, de distinta manera, observan el conde y la condesa. Mientras el primero no se calla desde un primer momento lo que piensa, la condesa guarda unas formas que cree beneficiosas para ella, hasta que, al final, incapaz y reacia a satisfacer algunas demandas, le toca sufrir alguna rebelión.


El abuelo es una certera exposición de la complejidad de las relaciones humanas. Los personajes de Galdós están retratados con una gran sutileza. Nos los va describiendo en su evolución ante los acontecimientos, pero también nos presenta a otros secundarios, más arquetípicos. Así tenemos a los denostados burgueses del pueblo, pero también a las nietas, de una naturaleza bondadosa e inocente, tal vez demasiado excepcional, seguramente creadas como contraposición contundente a un mundo en el que todavía no han ingresado plenamente, manteniendo su inocencia. Entre los personajes secundarios, destaca el emotivo don Pío, un "pobre hombre" víctima de su propia bondad, de su ausencia de coraje para enfrentarse a un mundo despiadado. "Eres algo simple, un infeliz, eres un augusto cordero. Dios te hizo santo y tu familia mártir" y "Tu filosofía resulta dañina. Un exceso de bondad mata lo mismo que un exceso de agua o de calor. Eres un peligro para la humanidad", le dice el que ya es su amigo, el conde de Albrit, con su brutal sinceridad.

Una de las escenas que más me ha impactado siempre es la del casino. El abuelo, desembarazado del pérfido encierro que le habían preparado las fuerzas vivas del pueblo, con el fin de inhabilitar su incómoda presencia, se explaya en un discurso arrasador. Sus víctimas son esos rastreros burgueses a los que recrimina sus bajezas, a los que les recuerda que todo lo que son es gracias a los favores que él les concedió. El conde los somete a una humillación pública largamente merecida. Las últimas palabras que les dedica son: "Quedaos con ese mundo vuestro en el que la infamia, la avidez, campan a su anchas".

El abuelo es una de esas películas reconfortantes en las que vence el amor y la autenticidad frente a la mentira y la codicia. Y lo hace sin trampas, sin obviar las incongruencias de sus personajes, sin omitir las dudas, las pequeñas bajezas de los mejores. La conclusión de esta historia es el reconocimiento que hace El Abuelo de que el amor ha de estar por encima de un honor vacío de contenido; concepto que abrazaba, pero que, ahora, sometido a la prueba de tener que elegir, entre sus dos nietas, a la que es de su sangre, se le revela en su absurdidad, como todas las demás convenciones aristocráticas. Lo hermoso es su amistad con un pobre y desgraciado maestro, su amor indiscriminado a sus dos nietas, por encima de cualquier prejuicio genético. Ya no hay nada que se anteponga a la prevalencia del amor.








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