domingo, 4 de octubre de 2015

LITERATURA Y CINE: "LA PLENITUD DEL ARCANO" (por Anna Montes Espejo).


La plenitud del arcano




My mother said
to get things done
you'd better not mess
with Major Tom.

David Bowie, Ashes to Ashes


Η Ιθάκη σέδωσε τωραίο ταξείδι.
Χωρίς αυτήν δεν θάβγαινες στον δρόμο.
Άλλα δεν έχει να σε δώσει πια.

Κι αν πτωχική την βρεις, η Ιθάκη δεν σε γέλασε.
Έτσι σοφός που έγινες, με τόση πείρα,
ήδη θα το κατάλαβες η Ιθάκες τι σημαίνουν.

Constantino P. Cavafis, Ιθάκη



Also sprach Zarathustra emerge con pasos firmes, conturba, pero se impone triunfante, gloriosamente grandiosa, y colma de luz.

Los primates en algún lugar que posiblemente calificarán de Tierra, suya por derecho propio, ganada a pulso y gritos contra demás especies, incluso contra ellos mismos. Nada que reseñar, mas que la evolución se va apoderando de ellos a través de la violencia, no en vano la bipedación surge de una pelea, imponerse a un antes par, significa la convivencia de dos estadios en la evolución humana. Y mientras el espectador aprende a la vez que el mono a desenvolverse por ese páramo, un punto de vista excepcional el de toda la película, se produce la evolución, o puede que involución, más relevante: el temor.

Una mañana cualquiera, el espectador y los monos, vemos un monolito, una estructura que parece metálica, nosotros al menos contamos con la ventaja de saber de qué material puede estar forjada, pero los monos, parece que no. Todas las preguntas se activan, pero surge la inquietud, la morbosidad que impele a saber que si se toca la columna nos habremos cruzado para siempre a nosotros mismos; la amenaza de sentirse invadido en el lugar que creías seguro, hostigado, asaltado, a la merced de cualquier cosa, todo se vuelve peligroso, desafiante; y si sigues ahí, puede que solo sea por la risa de alguien, que por compasión, se apiadó y tuvo merced de ti.


Y a la vez que aprendemos a concebir una superchería, una religión, una entidad que nos hace cerebrales y espirituales y nos despierta al dolor de no ser solamente unos entes que comen, duermen y se perpetúan… ¿Somos víctimas de la inconsciencia? ¿De la locura? ¿Del poder de la raza humana sobre el resto de animales que pueblan ese planeta? El cansado placer de envanecerse, nublarse, ser más humano siendo la peor bestia. Solo requiere la estrella de un cráneo, de momento. En Apocalypse Now (Coppola, 1979) llegaremos ya a la sangre del toro, al fin.



No escribo con ínfulas de ser la enésima vidente de 2001: A Space Odyssey (Kubrick, 1968). Desconozco la intentio auctoris e ¿importa? 2001 es un producto tan sumamente sugerente, que cada fotograma ofrece miles de madejas que deshilar. ¿Un laberinto? No tiene porqué si aceptamos de buen grado el punto de vista otorgado al espectador, y es la inclusión total en la película, el tratamiento de igual a igual, no necesitamos prolegómenos, ni explicaciones, ni exposiciones, solamente dejar nuestro cuidado olvidado en cada fotograma.

Y una de las mejores prolepsis que he visto en cine, hasta ahora —el tiempo es cruel—, es la del cambio del desgarbado hueso maloliente y ocre por la música de las esferas de la nave, flotando armoniosa en An der schönen blauen Donau. El universo parece tan ordenado, equilibrado y sereno, que estar en un no espacio, en ningún planeta, es una caricia voluptuosamente relajante, adormece sonrientemente saber cómo va a ser el final; y si no, dejarse apresar de buen grado en la repetición eterna del gorgoteo del mito.

Asistimos a la llegada del doctor Heywood Floyd (William Sylvester) a una nave que lo llevará a la Luna, allí puede hablar con su hija mediante una moderna videollamada para el 1968, la tecnología… ¡siempre engañándonos con su pretensión de cercanía! En fin, al menos se puede hablar y ver, será poco o suficiente según las circunstancias. Como hablar con unos colegas, y tener que desmentir rumores obligadamente por puro desconocimiento, esa inseguridad nunca cambiará, y menos cuando se tiene el poder, y la responsabilidad y la ética —esperemos—, de alarmar o tranquilizar a toda la población.


Y el doctor Floyd vuelve a no saber nada, una reunión, el espectador sentado hombro a hombro con los expertos, y es totalmente inútil todo. Pero en la Luna han descubierto un monolito, como el que hemos visto que subyugó a los primates, ¿estaban estos en la Luna? ¿Evolucionaron en otra civilización distinta a la humana? ¿Surgieron los humanos en la Luna…? Es curioso, tal vez me equivoco en interesarme por cuestiones adyacentes al monolito, cuando parece que este debe ser el cañón de la pluma de todo el film, pero no creo que Kubrick fuera tan insulso de esconder toda la película en lugar tan visible y provocativo, esa estrategia es de brutos, y no tengo a Stanley por tal. ¿No será solamente nuestra inquietud lo válido de 2001?

Parece que la ilusión del tiempo se ha materializado ya al completo en la vida espacial. Ahora formamos parte de una nave en misión hacia Júpiter, pero estancada en un limbo de idealismo: una tripulación compuesta por cinco astronautas, dos despiertos y tres en hibernación, programados para revivir en cuanto llegaran a su destino. Dave (Keir Dullea) y Frank (Gary Lockwood), pero también HAL (voz de Douglas Rain). HAL es un sistema informático de última generación, signifique lo que signifique, e interactúa ampliamente con los tripulantes, no solo como herramienta o medio, si no que también conversa con ellos, reflexionan juntos los pasos que tomar en cada operación... En realidad son seis. O solo tres.


Pero, ¿quién es HAL? Es terrible pensar que una máquina puede asesinar deliberadamente si teme ser reiniciada, y por lo tanto, perder su configuración actual, pero, ¿acaso eso no se llama conciencia? Puede ser suspicacia mía, pero la arcadia de HAL era demasiado normal, decente y correcta, era tan escandalosamente evidente, como el Norman (Anthony Perkins) de Psycho (Hitchcock, 1960) o la Eve (Anne Baxter) de All about Eve (Mankiewicz, 1950). Pero los estertores de HAL inspiran compasión, o, ¿de qué bando estamos?¿Quién es ahora dios? Stanley es extremadamente exquisito creando atmósferas y la vida en la nave es solo una pugna por la vida. Será que seguimos siendo monos. O que morir solamente es olvidar, y ello represente renacer, siendo un niño que aún deberá aprender a perfeccionarse, pero que esta vez tiene la oportunidad de escapar la vileza de la condición humana.


But you'll look sweet upon the seat / of a bicycle built for two. O para tres, si nos contamos a nosotros. Y así es como Dave se dirige definitivamente a Júpiter, ahora parece que el monolito está ahí, y aunque ya no pueda disfrutar de la conversación de los tripulantes, podrá elevarse en la catábasis del magnetismo de las Lunas de Júpiter, por las que orbita el familiar objeto. Efectos especiales, dirigidos por Douglas Trumbull, y supervisados por el hipocondríaco Stanley, que resultan increíbles en su atemporalidad, crearon 1968 un viaje espacial que hoy en día no se percibe anticuado, ni se observan los hilvanes, ni se desmorona en ambages totalmente superados, que no soportarían la pequeña pantalla, pequeña decepción para generaciones que no hemos podido vivir A Space Odissey en pantalla grande.


Viajando por esos efluvios que exudan Space Oddity, colores que pueden sentirse en adrenalítico flujo, que impelen a ver cualquier frontera, cualquier espacio, cualquier barrera, cualquier relumbre que merezca ser quebrado a través de Pink Floyd y de fotogramas que fueron la esplendorosa y revolucionaria La jetée (Chris Marker, 1962). Y es por ello que los puntos de vista se multiplicarán y Dave se encontrará consigo mismo de anciano enfermo, y aspirará su final aliento frente y por el monolito. Qué satisfacción volver a comer como en la antigüedad, ¿será que la Modernidad nunca dejó de ser una especie de decoración renacentista-rococó? Puede que nuestra deidad solo fuera el anhelo de la Armonía edénica. Pero descubrir el horror del tiempo y que este vaya eliminando uno por uno a todos los que hemos sido…

(Contiene spoilers)
https://www.youtube.com/watch?v=i2uuRG9l1JA

Las tres edades se conjugarán en él, todos los patrones volverán a repetirse, desde los monos, a HAL, a Dave, un eterno retorno que esta vez será absoluto, casi cercano a una reencarnación. La odisea del hacedor por fin se ha completado, Dave ha retomado su tiempo, o mejor dicho, esta vez no lo ha malgastado en Troyas, puertos, noches, y mujeres y monstruos ficcionales. ¿Una suerte de dios? El misterio vital ha obrado en toda su plenitud, o la fascinación.

Y para los que apoyen la teoría de la intervención extraterrestre en 2001:

—Sí; tiene usted buena memoria. Es indudable que el mundo ha de desaparecer; por lo menos en su calidad de mundo. Sí; su materia no desaparecerá, cambiará de forma. Algunos de nuestros alemanes optimistas creen que como la materia evoluciona, asciende y se purifica, y como esta materia no se ha de perder podrá utilizarse por seres de otro mundo, después de la desaparición de la Tierra. Pero, ¿y si el mundo en donde se aprovecha esta materia está tan adelantado, que lo más alto y refinado de la materia terrestre, el pensamiento de hombres como Shakespeare o Goethe, no sirve más que para mover molinos de chocolate?

Pío Baroja, Camino de perfección (pasión mística) (1902).




Anna Montes Espejo





Anna Montes Espejo (Tarragona, 1990) es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad Rovira i Virgili; actualmente, doctoranda en la Universidad de Barcelona. Su interés y especialización recaen fundamentalmente en el campo de la literatura española e hispanoamericana moderna y contemporánea. Cinéfila y traductora, colabora en varios medios online, Ojocrítico.com y RelatoEnmarcado; ha fundado y codirigido la revista artística, literaria y de traducción, Noches Áticas, y dirigió la segunda etapa de Cuaderno Ático. Próximamente verá la luz Lugosi, revista del Aula de Cine de la Universidad Rovira i Virgili, publicación que dirige y aula en la que colabora.



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