jueves, 15 de octubre de 2015

Adolfo Belmonte de Rueda: “En España el gran déficit es que no hemos leído a los grandes de fuera”

Vivir siempre en la luz, me sugerías.
Vivir en lo imposible con tremenda ternura

A. L. 
Siempre está al otro lado del teléfono: escucha, ayuda, comparte, enseña. Adolfo Belmonte de Rueda es el lector de poesía que cualquiera aspira ser; una persona en búsqueda constante que parece conocer todo lo que pasa en el mundo de la lírica al segundo de que ocurra.


Murcia es el escenario. Y él llega triunfal, empujado por su hermana –la adora- y flanqueado por dos querubines que guardan el mismo brillo que él en los ojos. Sonríe ya desde la distancia y alza las manos a modo de saludo. Es escandaloso, ríe con las ganas de la primera vez y habla con el corazón siempre en la mano. Es un ser luminoso.



-Si el poeta es el creador y el editor es el que sirve la obra al mundo, ¿qué papel tiene el lector en el proceso de comunicación de la literatura? 

-Es el que tiene que transmitir la opinión más sincera de lo que tiene delante. Es básicamente eso. El lector, cuando lee, está haciendo un escrutinio y, si es honesto, debe decir tanto si le gusta como si no. El error de cualquier lector que se precie es tener impostura. Y eso ocurre en poesía más todavía, porque supone un doble esfuerzo: la poesía requiere muchísimo más trabajo que cualquier novela. 

-¿Para el lector? 

-Sí, porque lo aparentemente simple no lo es tanto. Hay que construir o destrozar como si fuera un pequeño puzle.

Alguien me dijo alguna vez que la poesía tiene que hablar y tiene que decir cosas. ¿Por qué nos gusta Lorca, Hernández o Valente? Pues porque esa poesía ha trascendido y nos ha dicho más cosas aparte de lo que se lee. Ahí es donde nace el interés del lector.

-¿Se lee menos poesía? 

-Aparentemente se lee menos, pero eso es porque los que leen poesía tienen un criterio de elección tan personal que no puede trasvasar, entre comillas, la barrera de lo público.

Es curioso que, cuando se va a casa de alguien, se ven las novelas, los ensayos y, en un rinconcito, tres o cuatro libros de poesía casi escondidos. Eso cambia cuando vas a casa de un verdadero lector de poesía, que haya leído y conocido mucho, que tenga mucha afición porque, en realidad, la poesía tiene mucho de arte grande y de arte solitario. La novela tiene muchos lectores, pero la poesía tiene gente que es muy fiel, salvo si es mala, que dura cinco minutos.

-Hay quien dice que la poesía la cierra el lector… 

-Sí señor. Sobre todo en poetas que son abiertos, que te dejan el campo abierto. El crítico, lo que puede hacer es dar carta de naturaleza, pero el poema lo cierra el lector.

-En el binomio poesía narrativa, ¿con cuál se queda?

-Hombre, en mi caso y por la facilidad, me quedo siempre con la poesía.

-¿Facilidad? 

-Sí, porque, en realidad, aunque los novelistas siempre dirán que hacer una novela es muy difícil y que enfrentarse a la hoja en blanco es muy complicado, es algo que también han sentido los poetas. 

De hecho, el poemario que acabo de leer, Habitación en W, de Alex Chico, incluye una sección con once poemitas pequeñitos bajo el título de Escritorio que vienen a hablar de eso, del terror ante la página en blanco. Y es una auténtica maravilla escrita por una persona que conoce perfectamente el proceso creativo del acto poético.

-¿Qué debe ser la poesía? 

-La poesía es el mayor recurso del lenguaje, de la lingüística, para decir muchas cosas y sugerir otras tantas con el menor número de elementos posible. Cuanto más desnuda es una poesía, mejor.

-¿Hay mucho artificio?

-No lo sé. Lo que sí hay es muchas formas distintas de utilizar el lenguaje. Eso por ejemplo la narrativa lo permite, pero solo en el caso de que seas un escritor muy trabajado. En caso contrario, todo está muy explotado.

La poesía usa mucho la metáfora y, en el fondo tiene algo de trampa. En ese sentido, las nuevas tecnologías esconden algo de inteligencia y un poquito de mediocridad con el lenguaje. Es muy peligroso, porque todo el mundo puede hablar de microchips, y de bytes, y escribirlo en un poema. El 0.1.0 está muy bien, pero como recurso llamativo, decorativo y, si se quiere, elemental. Cuando un tío como Agustín Fernández Mayo hace esas cosas, sabe perfectamente por qué lo hace, pero también sabe que está provocando.



-¿Defraudando, quizá? 

-No lo sé, entre otras cosas porque no lo he leído. Pero la gente le encuentra el misterio.

En el otro lado hay gente que está reconocida, que va por el mundo diciendo “yo me llamo fulanito porque escribo así”, y jamás va a escribir otra cosa porque escribe así. Y eso es una pena, nunca van a salir de ahí. Eso es un aburrimiento, y apena cuando es gente que sabes que tiene recursos y no los saca.

Editoriales y editores, poetas, revistas, tendencias…, todo pasa por su mano. Eso legitima su capacidad crítica con el mercado literario. Habla sin tapujos, pero con respeto. Reina, a su parecer, la libertad de cada uno. Y habla, habla sin cesar. El tinto de verano –todavía se agotaba agosto—se calentó en la copa. 

-¿Cree que en el fondo la necesidad de estar en el mercado condiciona la obra de algunos poetas? 

-Claro. Pienso ahora mismo en un escritor, al que además proceso cierto cariño, que solo hace venderse. Y es una pena que el tío, que tiene recursos, que sabe, solo esté vendiéndose.

Y sí, la poesía tiene que ser conocida, tiene que ser popular, pero si algo tiene lo poético es que al final estás tú solo escribiendo. Es un acto íntimo, el más íntimo que hay, y no es necesario venderse. No es necesario vender nada.

-¿Si el escritor necesita la soledad para crear, cómo ha de estar el lector para recibir esa creación?

-Realmente, como se debería leer es en una habitación y en alto. La poesía es un acto íntimo, y tú como lector tienes que leer poemas en alto, porque cuando lo haces así sale de otra manera, es otra cosa. -Intimidad en la lectura contra esos recitales multitudinarios.

-¿Pero alguna vez ha habido algún recital multitudinario? 

Ríe. La carcajada alerta a los vecinos de las mesas cercanas. Vida que emana de una silla inmóvil.

-Los hay. 

-Yo también los he visto, ¿pero venían a escuchar el recital y a ver al poeta o a reírse del que estaba leyendo y pasarlo bien? Yo creo que lo segundo. Yo lo he hablado con mucha gente: los recitales de poesía tienen que cambiar de formato.

-¿Cómo deberían ser? 

-Te lo pondré sencillo: la presentación de una persona no puede durar más que la propia intervención del poeta. Punto. Y luego el poeta tiene que saber lo que está leyendo. Y si no, mejor que lo lea otro. He ido a recitales de gente a la que quiero muchísimo, pero te dan ganas de decirles “tío, que mal lees”. Pero bueno, también a Alberti le hacían leer lo de Marinero en tierra y se quedó con eso toda la vida.

Un breve silencio. Adolfo bebe de su copa de tinto, lanza su mirada al suelo y reflexiona unos instantes. Las ideas se acumulan en su cabeza, se atropellan, pugnan por salir de entre sus labios: se ha sentado frente a la grabadora con el propósito sincero de ser un cristal frágil. 

El mundo poético es un poquito asqueroso. Las lealtades son muy pocas. Cuando tú eres leal a alguien corres mucho peligro, porque el que te ve al lado empieza a pensar mal de ti. Cuando alguien quiere ser disidente y realmente molesta, le ponen la zancadilla y, por supuesto, el que no está dentro de los círculos no es nadie. Aunque a muchos de estos no les importa, dicen que la poesía no tiene por qué estar en los grandes círculos: los libros están ahí.


-¿El lector aprecia las ediciones? ¿Se fija en cómo está realizado el libro?

-Sí, sí, sin duda. Esa es la parte bonita de las cosas. Parece que no, pero es muy importante.

-¿Y cómo se está editando hoy día? 

-Unas cosas bien, otras no tan bien y otras excelentemente bien a pesar suyo. ¡Claro! La famosa editorial que todo el mundo conoce ha editado cosas estupendas y ha editado porquerías hasta con erratas. Se supone que tienes que saber de esto, que tienes que tener un mínimo gusto. Porque que lo haga yo, todavía, pero que lo hagas tú, para nada. A ti no te toca.

-Pero todavía hay ejemplos del buen hacer… 

-Hay un caso muy bonito, que era el de las ediciones de los premios Adonáis. Simplemente esa forma de editar, con el librito pequeñito, con ese papel que tenías que ir cortando… ya llamaba mucho la atención. Ya decías “esto es otra cosa, va dirigido a gente que realmente le gusta esto: la poesía”.

Hay editoriales nuevas que están editando muy bien y que se la está jugando.

-Porque editar es un riesgo, y editar bien, todavía más. 

-Yo lo digo claramente: Balduque se la juega, por ejemplo. Y digo Balduque porque lo que hacen me llama muchísimo la atención. Se lo digo a José Alcaraz, que no se da cuenta de lo que es editar diez libros en un año. ¡Eso tiene mucho mérito! Y lo mismo puedo hablar de La Garúa o de alguna más que no me viene a la cabeza. Las hay. Y se trata de gente que realmente conoce el mundo poético porque le gusta.

La biblioteca de su casa y la tutela de su madre fueron el punto de partida de una pasión que le hace viajar por mundos imposibles. Adolfo es un verso, pero ni él sabe todavía cuál. 

-¿Qué poetas no pueden faltar en su biblioteca? 

-Si empezamos por los españoles no pueden faltar San Juan de la Cruz, Garcilaso, Juan de Mena, o Luis de Góngora. Por supuesto, casi toda la Generación del 27, aunque creo que Lorca está demasiado mal leído y súper interpretado.

-Demasiado. 

-El problema es que ha habido gente que ha pedido subvenciones y ha hecho libros hablando de Lorca sin tener ni idea de Lorca. ¡Para qué nos vamos a engañar! Los buenos poetas no se tienen que explicar, se tienen que leer. Si los explicas les quitas todo el misterio.

-¿Y qué hay del panorama actual? 

-Ahora mismo se está haciendo buena poesía, pero no sé hasta qué punto esa poesía durará. Creo que se escribe a veces demasiado deprisa. Y la poesía no tiene que tener prisa para nada.

-Se escribe deprisa y se publica más deprisa todavía. 

-Efectivamente. Pese a esto, hay gente que lo ha sabido hacer muy bien. Creo que Pablo García Casado fue un punto de inflexión para muchísima gente, entre los que me incluyo. Cuando él apareció sabía por qué lo hacía, y lo hizo bien. Es una persona que ha leído muchísimo, nunca falla y además sigue siendo un referente para muchísimos y sigue manteniendo su línea, cosa que muy poca gente puede hacer con ese rigor.

Tengo otros. La Generación del 50, después del 27, también. Todo lo que ocurrió después: Claudio Rodríguez, Valente…, han sido lo mejor que ha pasado en España y en Europa. Porque además, estos beben mucho de la poesía inglesa y tienen otros referentes muy claros y diferentes. Y eso es fantástico. Yo siempre lo digo: nuestro gran problema es que en clases nunca nos enseñaron literatura extranjera. En España el gran déficit es que no hemos leído a los grandes de fuera. A mí no me ha importado leer a Lorca, pero también hay que leer a Whitman. España es el culo del mundo para lo bueno y para lo malo.

Por último, ahora se está leyendo a Luis Rosales. Yo tengo un libro de poemas en prosa que te puedes morir. Y no lo lee nadie. ¿Por qué? Pues porque parece que fue el cómplice de la historia, lo tenían condenado al muchacho.



-¿Cuándo surge la afición? 

-A mí me aficionó un profesor que tuve en sexto y octavo de EGB. Empezó por leernos la Elegía a Ramón Sijé, de Miguel Hernández, y terminó por leernos El embargo de Gabriel y Galán en el dialecto ese.

Después recuerdo que mi madre me dio un libro de la editorial Losada con poemas de Miguel Hernández. Estaba impreso en Argentina, porque esos libros no estaban en España. Eran de las primeras ediciones. Ahí leí yo por primera vez a Hernández y, de tanto leerlo, lo deshojé. Me gustaba la poesía, me gustaba. Y me aficioné porque en mi casa se leía mucho. Mi madre era una mujer muy culta y lo que más había en mi casa eran libros. En una familia como la nuestra y en una casa como la nuestra no había escapatoria.

-¿Qué le falta a la poesía hoy? 

-La poesía tiene que recuperar el sentido de la cultura oral. El poema tiene que seguir manteniéndose como algo que tenga un carácter casi permanente, casi como cuando alguien reza.

También tiene que dejar de ser necesariamente de salón. La poesía nunca se escribió para el salón, y la novela tampoco. La poesía tiene que ser…, de la gente.

¿Dónde está la poesía? ¿Cuál es la poesía moderna? Yo no lo sé. Creo que son modas, y modas pasajeras. Tengo muchos amigos que escriben y que lo hacen muy, muy bien, pero no sé dónde va a llegar lo que hacen. Habrá que ver si ganan valor dentro de diez años, cuando lo que hacen deje de estar menos vigente.

El cordobés mira Murcia con el resto afable. Ama la tierra y a sus gentes y en sus conversaciones no paran de salir amigos como Juan de Dios García, José Óscar López o José Alcaraz. 


Sentimentalismos aparte, ha posado su mirada clínica sobre lo que está ocurriendo en Murcia y valora la repercusión que las nuevas editoriales, revistas y poetas tendrán en el futuro. 


-Conoce el mundillo actual de la poesía muy profundamente. ¿Qué está pasando en Murcia ahora? ¿Cómo se ve desde fuera?

-En Murcia están pasando muchas cosas muy cachondas porque estáis locos perdidos. Me ha sorprendido porque lo he descubierto todo a través del Facebook. Hay muchas cosas muy variadas y mucha gente haciendo cosas muy divertidas y con ganas de enganchar.

A Córdoba le pasó un poco igual. Es algo que tienen las ciudades pequeñas. En Murcia están los buenos escritores de siempre, que siguen escribiendo; las revistas, las editoriales. ¿Qué pasa aquí? No lo sé (ríe).

Si la gente de Murcia se moviera, aquí se podrían hacer grandes cosas. En Córdoba pasa exactamente igual: Cosmopoética sigue porque hubo algunos que vieron que no se podía perder.

-¿Y qué es lo que hace que alguien diga que Cosmopoética hay que hacerlo o que decida que no se hace?

-Sobre todo es necesario que haya cierto interés por un proyecto. Y es que los grandes proyectos culturales se tienen que mantener por encima de los colores políticos. Una cosa son los gestores culturales y otra los políticos. Si queremos que los gestores hagan la cultura que quieren los políticos, apaga y vámonos. Y me da igual que sean de izquierdas o de derechas. Si vamos por ahí, para de contar.

-Con la capacidad crítica que usted tiene, ¿por qué no colabora con algún medio o revista especializada?

-Porque tengo mucha vergüenza (ríe). No te digo que no lo haga pensado, sobre todo ahora, pero no me veo siendo maruja de la puerta. En serio, es que me da muchísimo pudor. No porque yo piense que no tengo libertad, sino porque tengo muchísima libertad y guardo muchísimo aprecio a mucha gente.

En el momento en el que te metes, empiezas a formar parte de un círculo vicioso, de ‘marujillas’. Por ejemplo: cuando voy a Cosmopoética voy porque quiero, y si no voy, nadie me va a echar de menos, no creo el compromiso.

-En su caso, Facebook abre muchas puertas para conocer la poesía. 

-A mí me ha abierto canales, canalillos y canalones. De pronto descubres, gracias a Facebook, que hay mucha gente con ganas de contar muchas cosas, pero no se atreve a hacerlo en persona y lo cuenta por la red. Mucha gente, más o menos conocida, me ha pasado sus poemas por Internet para que les dijera mi opinión.



-Sin embargo, muchas personas lo critican. 

-Lo que hay que tener en cuenta es que Facebook es un patio de marujas. Hay que discriminar un poquito, porque vas sabiendo qué es lo que te interesa. La gente va depurando cada vez más lo que quiere seguir y ver.

Creo que algunos grandes poetas abusan de las redes sociales como plataforma de autopromoción. Esto es un poquito peligroso, porque ya no sabes si el producto que venden vale por sí mismo o es por la persona que te lo vende. Ahí es importante la capacidad de discriminar del buen lector.

Las redes funcionan, pero también hay que prestar atención: señores, hay que vender calidad, esto no es el mercadillo de debajo del puente.

-Pero en su caso es una buena herramienta. 

-Para mí sí. Y también lo son los blogs.

-¿El suyo propio? 

-Mi blog tiene un problema: soy demasiado apasionado con las cosas. Y esa pasión, como diría don Miguel de Cervantes, te nubla un poco el conocimiento. Pero estoy aprendiendo a ser un poco aséptico, para que no se note que el que escribe soy yo.

Yo he hecho ese blog porque me gusta leer y me gusta decir cuando me gusta algo, y cuando no me gusta también. Para mí es un honor cuando alguien disfruta con lo que escribo y me lo dice. 

-¿Cuándo se va a poder leer la poesía de Adolfo Belmonte?

-¡Qué mala pregunta esa! Yo no escribo, te lo digo de verdad.

-Ser poeta no es solo quien escribe, sino quien es poeta.

-A mí me vienen flashes, incluso algunos los pongo en Facebook, pero no sale algo más. Si alguna vez ocurre, no os preocupéis que os enteraréis (ríe). Yo escribiré cuando tenga algo potable que escribir, pero ahora toca aprender. Y me gusta aprender cada día, sorprenderme cada vez más. Yo soy, como dirían ahora los de Podemos, muy transversal. Creo que el tenemos que ser curiosos. Si olvidamos eso no hacemos nada. Para eso, mejor no haber venido a este mundo.


Fotografías: Joaquín Baños Rubio.
Tratamiento: Carolina Illán Conesa.

3 comentarios:

Juan de Dios García dijo...

Hay que hacerle la ola todos los días al gran Belmonte de Rueda.

Nusquam dijo...

Infinitas ganas de coincidir con Adolfo. No puedo estar más de acuerdo con él en todo lo aquí reseñado. ¡ Salud !

Nusquam dijo...

Infinitas ganas de coincidir con Adolfo. No puedo estar más de acuerdo con él en todo lo aquí reseñado. ¡ Salud !