viernes, 13 de noviembre de 2015

HOY FIRMA: ESTHER PEÑAS. "Contra Jaime Gil de Biedma, obviamente"


Contra Jaime Gil de Biedma, obviamente





Contra Jaime Gil de Biedma. Contra ese poeta puto capaz de convocar la palabra precisa aun siendo sucia, de seducirse a sí mismo jugando a ser otro, de lidiar el aliento hasta ajustárselo al pecho, en un éxtasis de angustia, en una melancolía de agua. Contra él, contra Jaime Gil de Biedma, que buscaba ser eterno y se tradujo en la lengua inmortal del que ya nunca muere, que intimó con la palabra escrita de tal modo que se gozaba de una relación, vida, poema, casi incestuosa.


Contra Jaime Gil de Biedma que cursó la identidad múltiple de quien se busca en lo que escribe, que se inventaba a cada verso y le prestaba su carne porque el otro nunca fue nadie más que sí mismo… “Así me vuelve a mí desde el pasado,/ como un grito inconexo,/ la imagen de tus ojos. Expresión/ de mi propio deseo”.

Contra Jaime Gil de Biedma que afilaba su ironía tantas veces roma de puro obscena para desmitificarse ante sí mismo, para no convencer (se) de lo que no era, para reconciliarse con lo que sigue siendo: poeta y hombre, confundibles e intercambiables incluso desde la imposibilidad del lapso que transcurre entre lo que se vive y lo que se cuenta. Contra Jaime Gil de Biedma.

Contra su erótica de mapa agreste y su brújula ansiando ternezas. Contra su ambivalencia entre la opulencia y la pobreza. Su Eros era más Eros por la autenticidad de su descendencia divina: Penía, la escasez, Poro, el derroche. Porque descendía por entre los amores furtivos, engendrados en una noche, y ascendía por entre la escarpada y ya inerte –tras el goce- senda de los placeres a los que no solo no estaba dispuesto a renunciar, sino que recreaba. Verso nuevo, verso con olor a batalla, verso ya vaciado de sustancia seminal. “Para saber de amor, para aprenderle (…) es necesario en cuatrocientas noches/ con cuatrocientos cuerpos diferentes/ haber hecho el amor. Que sus misterios,/ como dijo el poeta, son del alma,/ pero un cuerpo es el libro en que se leen”.

Porque descendía tras el rastro del amor -acaso más noble- del cariño, de la complicidad de conocerse, y ascendía ilimitado rastreando las huellas de lo sublime. “Aunque el amor no deje de ser dulce/ hecho al amanecer./ Junto al cuerpo que anoche me gustaba/ tanto desnudo, déjame que encienda/ la luz para besarse cara a cara,/ en el amanecer”. Porque “nada me valdrían/ trabajos de amo disperso/ si no existiese el verdadero amor”. 

Contra Jaime Gil de Biedma, nigromante de la poética narcisista, poeta que se disfraza de sí mismo en sus personajes y no termina de entenderse, o acaso la conclusión sea las ojeras de cada uno de ellos, el reguero de sexo en sus comisuras, el hambre sin resuello.

“Está uno hecho a tentarse a sí mismo, tan acostumbrado a no esperar, puesto en el trance de algún repentino apremio erótico, de ninguna ocasión graciosamente calva, son los caminos del placer tan solitarios y tan arduos, que si un día de esos, cuando enteramente estamos a favor de la virtud… llega la tentación igual que a un don divino, a una gracia actual y refrescante, nos descubrimos tan indefensos como Saulo debió de descubrirse al caer del caballo”.

Pero siempre con el tiempo en cada paso. Siempre el tiempo en cada paso, como el cobalto de la piedra angular, oscura, el canon. Acaso esa ausencia de obra bien encinchada, bien estructurada en su totalidad explique el tono informal de su escritura. Lo irónico, el tiempo, su peso a cada paso. Y es la sensación de no ser joven lo que le obliga a la autofagia. Contra Jaime Gil de Biedma que se devora a golpes y a versos, que se encalla en el nihilismo feroz y en el grito silencioso de su desesperación. “No volveré a ser joven”, escribió a los treinta y cinco. Y nunca más lo fue. A los treinta y cinco, el nihilismo, la desesperación. La nostalgia de “la vieja tentación de los cuerpos felices”.



También contra el viejo Jaime Gil de Biedma que se llora en la frontera. Ya no soporta la juventud, “encanto descarado de la vida”, y sin embargo no se resigna a prescindir de ella. Echa en falta “las noches inquietas”; echa en juego “sus fantasmas en blue jeans”. De la vida se acuerda pero dónde está.

Contra ese poeta que conjura a dios para resistir el embiste de los días que le acercan a lo que es real, y le arañan la ilusión del futuro visto sin perspectiva. Contra ese poeta que cree rendirse al explicar la vida en negación: “No leer, no sufrir, no escribir, no pagar cuentas”, como si no siguiese siendo él en esencia de otro modo, desde otro ángulo. Contra ese poeta que no soporta la idea de la muerte y que la ve tan cerca de los treinta y cinco, y se escribe en póstumo, pero recita.

Sus poemas no sólo le explican, también enfocan la propia vida. “Y los poemas son/ un modo que adoptamos/ para que nos entiendan/ y que nos entendamos./ Lo que importa explicar/ es la vida, los rasgos/ de su filantropía,/ las noches de sus sábados”.  Jaime Gil de Biedma se muere a los treinta y cinco, y no. Sigue jugándose. No hay otro modo de escribir que exponerse. Y sigue haciendo ese teatro que es su vida, como si realmente creyera que se desentiende de ella. Quizás eso le insufla la obscena soberbia de continuar. Sabe hacerlo, de modo elegante, en las formas, en el gesto. Jaime Gil de Biedma.

“Hermosa vida que pasó y parece/ ya no pasar… Desde este instante, ahondo/ sueños en la memoria: se estremece/ la eternidad del tiempo allá en el fondo./ Y de repente un remolino crece/ que me arrastra sorbido hacia un trasfondo/ de sima, donde va, precipitado, para siempre sumiéndose en el pasado”.

Contra el abogado de la Compañía Tabacalera que residió en Filipinas con briznas de mala conciencia, contra el señorito que curó su tuberculosis escribiendo sobre la poesía de Jorge Guillén siendo él ya poeta; contra el escritor de diarios consciente de estar haciendo no una confidencia sino literatura porque él, insisto, era poeta.

“Durante años he aspirado a ser un gran poeta. ¿Por qué no? Inteligencia, experiencia, sensibilidad, don verbal, curiosidad y pasión por el oficio…, todo eso lo tengo y, sobe todo, el súbito don de la contemplación de un ser o de una cosa, de penetración en un sentido que me sobrecoge igual que una emoción. Ahora sospecho que no pasaré de aficionado distinguido –si es que llego-, autor de unas pocas piezas incidentales por las que algún pequeño grupo de lectores se interesa amistosamente. Hay un resorte en mí que no funciona y siempre lo he sabido. No la voluntad, sino la fuerza de convicción que mueve a la voluntad”.


Contra Jaime Gil de Biedma, porque uno lo lee y queda invadido por su manera de mirar (se), de ser, de construirse. Contra él como poeta porque deja la huella del ciervo en la nieve. Contra él porque uno nunca distingue si peca, si merece. Contra Jaime Gil de Biedma, claro, obviamente, porque tuvo la valentía de escribir lo que tantos sienten: “El día que deje de considerarme poeta, me será muy difícil considerar que existo”.






1 comentario:

Babel Ruiz dijo...

Conmovedores ambos: Gil de Biedma y Esther Peñas. Gracias!