martes, 17 de noviembre de 2015

HOY FIRMA: José Óscar López. "AHORA QUE TODO EL MUNDO ESCRIBE Y NADIE LEE"


AHORA QUE TODO EL MUNDO ESCRIBE 
Y NADIE LEE





Cualquiera diría que una sociedad inventa a sus escritores a su imagen y su semejanza, es decir, que todo escritor es producto de las sociedades que lo cobija; pero a poco que uno escarbe, va a descubrir que es más bien al revés, que es el escritor el que inventa su sociedad. Hoy la nuestra cuenta con más escritores que nunca, ¡para que luego hablen de fracaso del sistema educativo! A lo mejor este fenómeno tiene que ver con las nuevas pedagogías y su mandato de que sean los profesores quienes deben escuchar al alumno más, mucho más de lo que los alumnos deben escuchar al profesor.



Busquen, busquen por las redes sociales y vean todas esas fotos de gentes que posan con aires decididamente interesantes y serios, en sus selfies: gestos pretendidamente intelectuales, para compartir cartelas con frases de Paulo Coelho y fotos de atardeceres photoshopeadas, muchas flores photoshopeadas, señoras y señores estupendísimas y estupendísimos todo lo en porretas que permite el Gran Hermano Zuckerberg. ¡Oh, sí, todos, todos ellos escritores! Pero ¿acaso no tienen derecho a serlo? Yo también publico libros cuando puedo o me dejan y me pretendo, por tanto, un poquito escritor: el burro siempre delante, que quede claro. Pero oigan, que también trato de leer algo, ¡créanme y léanme también a mí! Yo leo mucho más que escribo porque sé que si no el invento se nos escacharra y ya no funciona. Es algo que tiene su lógica, ¿no? Pues no, señores, oh, no way. Que si quieres arroz. Mucho, mucho escribir, pero aquí no lee ni dios.

Hace muchas décadas, el poeta Mallarmé ya expresaba su malestar, su desasosiego, escribiendo que “la carne es triste y he leído todos los libros”. Hoy tenemos toda la carne y todos los libros que queramos, acaso demasiados: hasta el hastío. Otro experto de la inquietud y de la depresión, Fernando Pessoa, escribe en su Libro del desasosiego: “En la vida de hoy, el mundo solo pertenece a los estúpidos, a los insensibles y a los agitados. El derecho a vivir y a triunfar se conquista hoy con los mismos procedimientos con que se conquista el internamiento en un manicomio: la incapacidad de pensar, la amoralidad y la hiperexcitación”. En realidad, Pessoa es el maestro de ese mal du siècle que nos alcanza todavía -y todo apunta a que la cosa, dicha depresión, va a peor-. Pessoa, ese Supradecaído, también adivinó esa extraña intimidad que existe entre las gentes que escriben: “Me preguntó si escribía. Respondí que sí. Le hablé de la revista Orpheu y él la elogió, la elogió mucho y yo me quedé verdaderamente pasmado. Me permití hacerle la observación de que me extrañaba, porque el arte de los que escriben en Orpheu suele ser para pocos. Por lo demás, añadió, aquel arte no le había ofrecido verdaderas novedades. Y tímidamente observó que, no teniendo dónde ir ni qué hacer, ni amigos a los que visitar, ni interés en leer libros, solía gastar sus noches, en su cuarto alquilado, escribiendo también”. Es decir, que el poeta portugués ya sabía de todas esas gentes que escriben y escriben, y eso les bastaba para sentirse unidos. Como hoy mismo: hay que suponer que, más allá de eso, no tienen ni que leerse entre sí. “Nos quedamos, pues, cada uno entregado a sí mismo”, concluye Pessoa.

Durante mucho tiempo, los libros construyeron el relato de los grandes acontecimientos del mundo. Pero ese tiempo ya pasó. Todas las familias felices se parecen, escribía Tolstói al principio de una larga novela en la que todo el mundo acababa siendo muy infeliz. No podemos ignorar que es en los llamados países desarrollados, allí donde parece haberse instalado la paz perpetua, donde todo el mundo escribe hoy; la intrahistoria de la que hablase Unamuno es abordada ahora por legiones de poetas y novelistas que se autopublican en la imprenta de su pueblo o en Amazon. Claro que en la mayor parte del mundo queda todavía demasiada violencia e infelicidad, demasiada injusticia y pobreza por arreglar, y es muy probable que de ahí salgan las grandes novelas del futuro, las grandes gestas literarias que nos quedan por leer.



Debemos suponer que algún día todos, felices como sociedad, escribiremos para contar a los demás, esos otros felices, nuestra intima y secreta infelicidad. Sigamos escribiendo, busquemos esa inmortalidad que desde la medicina muchos, ay, poshumanistas auguran ya. La gran narrativa del mundo será alguna vez una narrativa muy aburrida tan solo si tenemos suerte y, algún día, logramos una paz verdaderamente universal.

La verdad es que uno no sabe para qué seguir escribiendo, si ya lo dijo todo, y mucho mejor que uno, Fernando Pessoa. Creo que podría terminar este artículo limitándome a meter más fragmentos de los que tengo subrayados del Libro del desasosiego. Esperen, voy a buscar uno. Ya: “Sin sintaxis no hay emoción duradera. La inmortalidad es una función de los gramáticos”. Benditos sean los gramáticos, que nos dan las armas para nuestra escritura, nuestras letras. No bastará con que la ciencia nos regale la vida eterna: tendremos que contarla, que escribirla. ¿Acaso no inventó Cervantes la sociedad que no tiene que ver con las fantasías que los gobernantes venden a sus sociedades de sí mismas, esas imágenes “oficiales” que las sociedades ven tan graciosas cuando llega el Cervantes o el anónimo autor del Lazarillo de turno para mostrar que el gobernante está desnudo y que la sociedad es un sindiós digno de risa y de ternura? Claro que en la sociedad de Cervantes las gentes aún leían, no en vano todas ellas reconocían a don Quijote en la segunda parte porque habían leído la primera.

Hoy ya no leemos, ya no nos leemos. Qué le vamos a hacer. Pero ustedes escriban, sigan escribiendo. Que todos los demás permanecemos a la escucha.






                                                                                                                                                   

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