martes, 24 de noviembre de 2015

HOY FIRMA: YAIZA BERROCAL GUEVARA: "EL BUEN RELATO: COETZEE Y KURTZ"




El buen relato
 J.M. Coetzee y Arabella Kurtz
Literatura Random House, 2015


La belleza constituye una verdad en sí misma.



            Cuando se trata de diálogo el mundo se divide en dos clases de personas: los que se baten y los que bailan. Los duelistas, de manida tradición socrática, intentan a toda costa esgrimir su verdad ante la del interlocutor, quien no es visto sino como contrincante. Una Verdad (sí, en mayúsculas) inmutable e imperecedera que es necesario defender de los embates de la duda. Los diálogos de duelistas siempre acaban con un vencedor y un vencido, y dan como resultado un discurso que se alza digno y coherente y otro que se hunde en la derrota. Pero existe otra forma de dialogar: la de los danzantes. Ellos, amantes de los sonidos que emiten las palabras y el pensamiento al engendrarse, danzan alrededor de la duda, se pierden en improvisadas digresiones, se alejan de la consecución de una verdad última y, sobre todo, regresan a los interrogantes una y otra vez  para que el debate jamás acabe y se mantenga vivo su secreto placer de conversar.




            Coetzee es un danzante. Y de los buenos. Ya en Aquí y ahora (Anagrama/Mondadori, 2012) había empezado a explorar la forma dialógica aplicada al ensayo. En este primer intercambio epistolar con Paul Auster, cuyo título resulta una declaración de intenciones, los dos escritores invitan a presenciar un tipo de relación que emerge, crece y evoluciona exclusivamente a través de  la palabra: la relación literaria. De este modo Coetzee y Auster se convierten en esas letras inscritas en tinta, aquí y ahora; las voces que se fundan con la escritura y tienen lugar sólo a través de la lectura. Pero si con este primer ensayo los dos autores se interrogan sobre los temas más dispares con el propósito de extraerse el uno al otro su identidad para que ésta emerja en el libro, su punto de encuentro, en El buen relato Coetzee y su nueva interlocutora, la psicoanalista Arabella Kurtz, se vuelcan en las palabras con otro objetivo: extraerle al texto su propia voz.

            El buen relato. Conversaciones sobre la verdad, la ficción y la terapia psicoanalítica es una danza persistente y tenaz, pero también distendida y placentera, que orbita alrededor de la pregunta sobre la verdad (en minúsculas, esta vez). O quizás sería más exacto decir las verdades, pues no se busca ya la palabra de ley, la explicación última; no se anhela el sentido absoluto, sino que se confía en que aparezcan destellos de conocimiento en el seno del baile-diálogo y se cede el sentido al placer de la danza. Se repasan las verdades científicas, las emocionales; las que se encuentran en la vida, en la ficción y en la poesía. Pero, ¿es que son tan distintas todas ellas? ¿Qué verdad es más verdadera? Los autores se lanzan dudas, señalan los problemas en sus discursos, se empujan hacia las paradojas para rescatarse a continuación. Los temas que exploran van desde la naturaleza del rezo, la medicina forense, los nacionalismos, pasando por Raskolnikov, la prueba de Turing y Don Quijote, hasta el colonialismo y Austerlitz. Y, sin embargo, todos estos temas en apariencia dispares toman sentido al convertirse en pasos de la danza epistolar. No es casual que un ensayo que explora la poética del “buen relato” (de la narración válida, de la más verdadera pero también de la mejor, en un sentido moral) sea en su forma tan subversivo respecto a la idea de progreso. Ante el mito fundacional del individuo moderno, el self-made man, Coetzee y Kurtz señalan el peligro de que la verdad del sujeto quede fuera del discurso. Kurtz nos habla de la necesidad de “abrirse paso entre los relatos que enmascaran para encontrar uno que sea más verdadero en el sentido de verdad poética o emocional: cuando algo es al mismo tiempo verdadero para sí mismo y además se corresponde con las cosas de fuera”.

            Verdad poética, verdad emocional: y es que El buen relato puede leerse también así, como una celebración de la experiencia que la palabra poética propone. Una palabra que nos dice algo verdadero sobre nuestras vidas y sobre el mundo en que vivimos; un discurso que, alejado de las categorizaciones absolutas que gustan tanto en nuestros días, acaricie tan sólo lo particular y efímero y se manifieste como vivencia en las personas, como la que nos cuenta Coetzee que experimentó al escuchar al piano, por la radio, una grabación de las Variaciones de Goldberg: “De pronto, eres uno con tus vecinos; vives un éxtasis moderado, estás fuera de tu yo cotidiano”. ¿No es esta la experiencia de conocimiento poético primigenio, la que estremecía al pueblo ante la declamación del rapsoda?

Pero la verdad poética no se encuentra tan solo en la forma artística. Para Kurtz, la experiencia humana es esencialmente poética: “Cuando nos inventamos nuestra autobiografía estamos ejerciendo la misma libertad que tenemos en los sueños, donde imponemos sobre los elementos de una realidad recordada una forma narrativa que es nuestra”. Lo esencialmente nuestro: la propia palabra. Kurtz, como psicoanalista, nos habla de un cerebro humano enorme, pero se pregunta si es lo bastante grande para contener todo lo que ha quedado fuera. “¿Acaso la suma de lo que dejamos fuera no constituye el Universo entero menos nuestra pequeña parte?” Y nos preguntamos nosotros: ¿qué es la poesía sino la reivindicación de esa pequeña parte nuestra? Al tratar de ser en el mundo, de inscribirnos en la existencia, no podemos hacerlo sino recurriendo a la afirmación esencial que es la palabra. Y no cualquier palabra: aquella que se pronuncia a sí misma, que se reivindica y en su declamación construye un espacio necesario; la que, nos cuenta Kurtz, “parece estar diciéndonos esto: habita plenamente este lugar”. La palabra poética.
           

Yaiza Berrocal Guevara




Yaiza Berrocal Guevara (Barcelona, 1991) es licenciada en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Barcelona, donde además obtuvo conocimientos avanzados en retórica académica y elucubró diversas hipótesis sobre los voluntarios de Greenpeace que frecuentan el claustro de letras. Es autora de una novela juvenil (No te vayas, 2013) a raíz de haber ganado el concurso de creación joven de La Galera. En su empeño por hacer literatura en primera persona –y, de paso, ganarse las habichuelas- ha trabajado como minera, maga azteca, María Antonieta y acomodadora en un teatro de ópera. Es a partir de esta última experiencia de donde surge Curling, la novela en la que trabaja actualmente -aunque cualquier parecido con la realidad es, por supuesto, pura coincidencia-.


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