lunes, 9 de noviembre de 2015

LA TIERRA DE LOS NADIE, de JAVIER LÓPEZ


Las sombras de los nadie







LA TIERRA DE LOS NADIE

Javier López

Legados Ediciones









“Creíste que escribir sería buena terapia/pero la lucidez es la flor de la locura”, escribe Javier López. Ese es uno de los pequeños pensamientos en forma de verso que componen La tierra de los nadie (Legados ediciones), un poemario que se sitúa al lado de los pequeños, del personaje anónimo.


Y es que López crea en el trabajo, que recibió el premio Ángel Urrutia Iturbe en 2002, un mundo en el que las bases toman protagonismo, sin dejar de ser anónimas. El poeta se mueve entre las sombras de los humildes, de los nadie, y llega al barrio, a las panaderías de horno de leña, a las señales de precaución para los conductores a la puerta de los colegios y a las limpiadoras de soportales para encontrar allí poesía.

A través de poemas muy breves, Javier López crea un libro que bebe directamente de su trayectoria profesional (y vital) en el sindicato de Comisiones Obreras, donde incluso fue Secretario General en Madrid. El autor elabora los temas (el trabajo diario, los excesos del poder, el compromiso social…) con un lenguaje definido, despojado casi de todo lirismo: La tierra de los nadie es solo un lamento de realidad, un canto al día a día de los que solo son sombras.


Hay en estos versos, si es que así pueden llamarse,
un ritmo compulsivo y un dolor solitario.
Carentes de figuras poéticas, metáforas,
son poco más que prosa sometida a medida.
Quién puede caminar sobre el filo de un cuchillo.


Para él, la poesía se aleja de los grandes temas universales y del lenguaje más culto, los versos se derraman en cada escena de lo cotidiano, es una parte más del día a día: “Hay que barrer la casa y pasar la fregona,/de parte a parte y cada día, ir al mercado,/acarrear viandas, cocinar la comida,/poner lavadoras, planchar, escribir poemas, escribe en uno de los poemas del último tercio del libro, que mejora ostensiblemente respecto a las dos primeras partes.

El poeta insiste en sacar a la luz aquellas cosas que, para él, no aparecen habitualmente en los libros de poesía, en poner la mirada sobre “este silencio ciego y sordo en que vivimos” porque, como dice Luis García Montero en el prólogo, “la poesía es un punto de apoyo, una realidad que permite iniciar el camino de vuelta para sentir la tierra, la respiración, y mirar desde un punto sólido hacia el humo”. Es lo que hace Javier López a través de poemas de no más de cuatro versos en la mayoría de los casos.

Se echa de menos que el autor se adentre en construcciones más largas, que permitan observar el estilo y comprobar si el sabor agradable que dejan algunos de los versos más lúcidos se sostendría de igual modo a lo largo de todo el poemario. Sin embargo, existen momentos en los que el verso gana la batalla al lector. Lo hace en la página 51, que es quizá donde más patente queda el compromiso social del autor, su militancia: “No pienses, por inercia, cuando hables en la sala,/que tu público se aloja en las primeras filas”. Y once páginas después:


Hay un supermercado de verdes en los parques,
un exilio de asfalto en el trino de los pájaros
y un bullicio de gente en las inhóspitas calles,
pregonando que al barrio llegó la primavera.


La tierra de los nadie, al cabo, es un paseo por las calles donde cualquiera ha crecido, un viaje al mundo de la infancia, cuando para los niños no existe más que ese panadero, el olor a harina en el horno y los saludos de las limpiadoras de soportales. Es un mundo en el que los héroes y las heroínas están cerca, en el que los poderosos no ejercen su autoridad de un modo injusto. Y al contrario: se trata de un libro de poemas que recuerda las injusticias que ocurren a diario e invita a coger la máscara de sombra y luchar contra ello. 


Daniel J. Rodríguez

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