domingo, 1 de noviembre de 2015

LITERATURA Y CINE: PLÁCIDO, DE LUIS GARCÍA BERLANGA (por Anna Montes Espejo)


Gavilla de conciencias




El objetivo final de la película es mostrar la incomunicabilidad de las personas. 
Para mí, Berlanga es fundamentalmente un romántico.
Víctor Erice sobre Plácido.


“Las películas de Berlanga son esperpentos no de la España de la época, 
sino de la España eterna”.
José Luis López Vázquez


Hay películas que provocan pereza. Fuera idealismos, siempre hay alguna que se resiste, aunque se ostenten las medallas de excelente cinéfilo. Títulos y directores sin un nombre con suerte. Es triste para una obra de arte no llegar ni a crear expectativas, ni positivas ni negativas. Pues estas Navidades revisé una de estas películas (¡cómo abusan del verbo “revisar” los cinéfilos! ¡Si todo fuera coger una lupa…!). Y para crear un poco de expectación clásica la declaro ahora: Plácido (1961), de Luis García Berlanga. El también clásico director clásicamente costumbrista clásicamente español.


El argumento de Plácido es de sobras conocido y muy del gusto neorrealista: la España que duele. El espectador puede relajarse ante la confirmación de sus pesares ideológicos, porque la burguesía quedará abiertamente malparada; ciertamente, no con un estilo tan alto y refinado como el de Buñuel, pero el efecto será el mismo. Para nuestra alegría, en esta película el maniqueísmo no es excesivamente explícito, y el humor actúa como un contrapeso magistral. Pero… ¡vaya, si Viridiana también es de 1961!




Pues en esa desidia exclusivamente mía, resulta que llegan las “pelanduscas” del cine para ser subastadas junto a los pobres, ¡pero si en el contrato figuraba que tenía que venir Carmen Sevilla…!. Hermosa campaña si fuera verdad. Pues un pobre en cada mesa por Nochebuena, y ya mañana, Dios dirá, proveerá y esperemos que enderece entuertos y castigue agravios. Lo inaceptable es que tanto la alianza  Berlanga & Azcona, como José Luis López Vázquez, Manuel Alexandre y Cassen se han labrado una fama muy injusta con ellos mismos. Lamentablemente, el público medio tan solo los enmarca bajo el marbete de costumbristas horrendamente castizos, y para mayor inri, de humor vulgarísimo, precediendo a los escacharrantes Esteso y Pajares. Y Landa. Pero suerte que este último recaló en Los santos inocentes (Mario Camus, 1984).

En fin, una pena que no se conozca al López Vázquez de La prima Angélica (Carlos Saura, 1973), por ejemplo. Pues estos títeres, que diría don Miguel, se van entrecruzando gracias a geniales y laboriosos planos secuencia corales; y gracias al intento de aspirar a conseguir un efecto de simultaneidad. ¿Pero es que alguien se calla en esta película? Desde luego, Berlanga no a alcanzará en ello propuestas más modernas, pero sí estará a la altura de la novela realista del siglo XIX, tan pisoteada, y humillada a ser la portera embustera y respondona de las supuestas novedades del siglo venidero; pero tan desconocidamente homenajeada por figuras de la altura de “La real para ti no es esa España obscena y deprimente / en la que regenta hoy la canalla”.

Pues en esta película que bien podría ser una novela de Galdós, o de los secundarios de Cervantes, —al fin y al cabo, la condena de la caridad vanidosa y enmascarada no es una étincelle solamente atribuible a Berlanga—; vamos diseccionando esa entelequia del “sentimiento navideño”, que al fin se compone solamente de: la promoción de las ollas exprés del potentado avaricioso; el pago de la primera letra de un eximio isocarro; el fugaz real amor mezclado de las primeras excitaciones impúdicas por un presunto bravío actor de cine; una laboriosa velada a escondidas con el amante; y grandes dosis de anhelos y perdones celestiales; y de fama, no nos olvidemos del magnífico locutor y presentador, que sabe engalanar todas las situaciones de decencia y magnificencia, convirtiendo a la guapa celebridad de medio pelo en una especie seductora emparentada con Anita Ekberg; y al pobre glotón y asustado y avergonzado, en un mártir de la caridad en exceso.



A trompicones por la banda sonora de Miguel Asins Arbó, rama del campanilleante árbol del siempre memorable Nino Rota, vamos traqueteando de la tristeza a la socarronería por esos caminuchos no asfaltados de postguerra. Confieso que escribo esta semblanza después del segundo visionado. Recuerdo que el primero me pareció demasiado agrio y torpe en el evidente hundimiento de unos por el pisoteo de los otros; no veía en Berlanga las aptitudes camuflatorias del Fellini de La dolce vita (1960) y Amarcord (1973). Imagino que no había visto La strada (1954) o Le notti di Cabiria (1957). Y no había vuelto también a mirar El verdugo (1963). Poco a poco se completa la unidad. Además, Berlanga crece con cada visionado hasta niveles inusuales, y encierra guiños sorprendentes, capaces de cambiar por completo la opinión sobre este director; ya estáis suspendidos si no recordáis el gag hipster de El verdugo, ni el perro y las hermanas bergmanguianas de Plácido.

Luis García puede haber caído en el peligro, y la seductora tentación, de haber cometido maniqueísmo en Plácido, y obviamente, no es inocente en apuntar a la burguesía franquista; pero los pobres, Plácido y sus familiares, acaban trafiqueando ellos mismos con una cesta de Navidad; intentando chanchullear con el pago de la letra; abandonando al novio eterno con los estertores de su sinusitis en plena Nochebuena en los arrabales; molestándose por tener que llevar a su choza a la recién viuda y esposa (Julia Caba Alba)… Viuda que se contenta con turrón. La amante (Amparo Soler) bebe champán y viste arabescas y perdedoras ligas (¡ay, cómo es la carrera de los hombres!). Las penas con pan… Pero siempre, bajo los santos mandamientos. Ya que estamos, vamos a quedar bien.



Y al final, ¿dónde queda la empatía? Si al fin y al cabo Plácido es la versión humorística y de barrio de Viridiana. Observando la actualidad de la filmografía Berlanga, por supuesto que nunca la habrá. Es espinoso defender el costumbrismo, y más, a estas alturas de siglo, pero me atrevería a decir que películas, y literatura, como esta no se ven “desde fuera”, no se pueden observar de otro modo que sintiéndolas cercanas, familiares, reconociendo y reconociéndose en la simple e inevitable certeza que aún perdura en los tópicos, para nuestro pesar, y alegría.

Nuestro público, como todo público poco culto, es naturalmente receloso, lo mismo que lo es nuestro pueblo. Aquí nadie quiere que le tomen el pelo, ni hacer el primo, ni que se queden con él, y así, en cuanto alguien le habla quiere saber desde luego a qué atenerse y si lo hace en broma o en serio. Dudo que en otro pueblo alguno moleste tanto el que se mezclen las burlas con las veras, y en cuanto a eso de que no se sepa bien si una cosa va o no en serio, ¿quién de nosotros lo soporta? Y es mucho más difícil que un receloso español de término medio se dé cuenta de que una cosa está dicha en serio y en broma a la vez, de veras y de burlas, y bajo el mismo respecto.
Miguel de Unamuno, Niebla





 Anna Montes Espejo



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