viernes, 4 de diciembre de 2015

BAJO LAS RAÍCES. 40 años de Sepulcro en Tarquinia (por José Antonio Santano)


BAJO LAS RAÍCES

(40 años de Sepulcro en Tarquinia)






Bajo las raíces 
(40 años de Sepulcro en Tarquinia)
Edición de Ben Clark

La Isla de Siltolá Sevilla, 2015)








¿Es el tiempo esa barrera infranqueable, invisible, que nos consume, o, acaso la luz que alumbra el camino, la senda por donde la vida es y discurre sin que apenas nos demos cuenta, casi en un soplo? Alimenta el tiempo a la poesía, a los poetas para ensamblar o crear un mundo nuevo, interiorizado hasta alcanzar la más perfecta de las idealizaciones. Sobre aguas procelosas unas veces y otras calmas la poesía navega, como un velero, perpetuándose. 

Algo de todo esto ocurre con “Bajo las raíces (40 años de Sepulcro en Tarquinia)”, edición de Ben Clark. Este libro viene a ser un homenaje, un tributo a uno de los poemas más hermosos que ha dado la literatura española contemporánea, que dio título al poemario del mismo nombre, con el que obtuvo su autor, Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1943) el Premio de la Crítica en 1975. Ahora, cuarenta años después, la editorial “La Isla de Siltolá” nos presenta esta obra que tiene como principal objeto la recreación de “Sepulcro en Tarquinia”. Para ello se ha contado con la voz de 54 poetas. Varias generaciones de poetas participan en este libro que, como hemos indicado anteriormente focaliza las creaciones poéticas en el poema-libro “Sepulcro de Tarquimia”. El poeta Jorge Guillén dijo allá por el año 1976, refiriéndose a “Sepulcro en Tarquinia”, que «es el libro actual con más Italia que conozco», aspecto que también se alude ahora en algunos de los poemas contenidos en “Bajo las raíces”, caso de Pablo García Baena: 


No estuve en Tarquinia 
en aquel viaje por la campiña romana, 
pero sí en Viterbo,
otra ciudad de la región del Lazio 
donde aspiré, con lluvia, el milagro 
de las rosas. 
Lejos quedaron tarquinos y lucrecias 
y la ciudad etrusca descubrí 
diez años después, palpitantes 
sus mármoles, en los versos 
de Antonio Colinas. 



Cincuenta y cuatro voces y miradas diferentes sobre un mismo paisaje, un mismo poema o libro, un mismo sentir si se quiere ver de esta forma, pero con el valor añadido de la singularidad expresada por cada uno de estos 54 prestigiosos poetas participantes en este homenaje a la poesía de uno de los más grandes poetas de ahora, un clásico ya de la poesía española, Antonio Colinas. En el prólogo de este libro los versos de Francisco Brines nos acercan al “Sepulcro en Tarquinia” y al poeta que lo creó: 

Un joven poeta de la España interior 
halló en Italia sus raíces: 
una cultura y una manera 
de sentir la belleza. 

Por citar algunos versos de los poetas participantes, a todos es imposible dada la limitación de espacio de este particular “Salón de lectura”, elegimos los de Antonio Gamoneda, que se abisma en lo desconocido: 

Aliviando,
apenas aliviando, 
la infección de mis llagas, de mis llagas aquéllas 
que, al parecer, hervían 
en el ayer extinguido, me pregunto, 
apenas me pregunto,
por lo desconocido. 

Y a este universo se suma otro, el del también leonés Julio Llamazares:

De Petavonium a Roma el poeta ha buscado su 
patria y hasta que por fin la encuentra vaga por muchas ciudades. 
Es en Tarquinia donde la intuye, pero en Tarquinia 
se siente fuera de la eternidad». 

Otros dos poetas muy cercanos a Colinas le acompañan igualmente en esta aventura: José María Muñoz Quirós, en mística de luz: 

El desierto del mar arde en palabras: 
nada me incendia más, nada me esconde 
horizontes tan bellos. Nadie alcanza 
sutiles olas en intensas aguas 
que desembocan en la sed del frío, 
que mueren en sus brazos cuando callan. 

Y Alfredo Pérez Alencart, en silencio de piedra: «El tiempo se mide / en piedra, en silencios / que llueven / grandezas rotas,…». Otro aspecto relevante es la presencia de todo lo mediterráneo, de la mediterraneidad como esencia, patente en estos versos de Enrique Villagrasa:

Todo en la tarde es, viene, regresa 
como un diálogo mediterráneo.  
El recuerdo de ese su paisaje 
que se convierte en metáfora: 
beber del Sepulcro en Tarquinia

Luis Antonio de Villena ahonda en la memoria, en la magia del sueño: «Recemos: donde no hay dios, hay ángeles. Escucha sus / tiorbas perfectas. Los poetas vivimos donde no vivimos. Pero jamás mentimos a la poesía». Cierra el libro un poema de Antonio Colinas, titulado “¿Qué fue de aquellas músicas?, en un intento de restablecer, restituir el tiempo vivido, de volver a los orígenes después de renacer en la palabra de humanísimo latido: 

…que el hombre y su Arte 
pueden ser en la vida algo más que ceniza 
para la muerte.[…] 
Me extraviaron, me hicieron perder 
la razón. […] 
Desde entonces, 
creí en algo más que en la ceniza
y mi razón no es ya 
razón para la muerte. 

No cabe duda alguna, pues, de que la poesía española actual goza de una excelente salud, como así se confirma con esta cuidada publicación.


José Antonio Santano

   

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