jueves, 10 de diciembre de 2015

"DE LA LUZ AL OLVIDO" de Blas Muñoz Pizarro y entrevista al autor (por José Antonio Olmedo López-Amor)



De la luz al olvido

Blas Muñoz Pizarro

Vitruvio, 2015








De la luz al olvido, la trayectoria poética 
de Blas Muñoz Pizarro reunida por fin 
en un libro imprescindible


Todavía, a día de hoy, después de haber leído varias veces este libro, después de haber asistido a su primera presentación en Valencia, después de haber entrevistado a su autor; todavía hoy pienso que Pablo Méndez, editor de Vitruvio, además de poeta, no es verdaderamente “consciente” de la gran —y necesaria— labor que ha llevado a cabo al editar este libro. Y afirmo esto desde la admiración y el respeto, no es fácil dimensionar a un poeta como Blas Muñoz, ni siquiera para quienes le conocen, pero si algo, entre otras cosas, ha conseguido esta antología, es hacer justicia.

Desde hace años y en su mayoría,  la poesía de Blas Muñoz se ha publicado merced a los numerosos premios que ha ido cosechando; algo que muchos pueden considerar positivo, puesto que ganar un premio siempre supone obtener un prestigio y gozar de cierta divulgación, no cabe duda, pero en lo que a distribución y trascendencia de esa poesía se refiere, la cosa cambia. Ediciones de no muchos ejemplares, editoriales que desaparecen o ausencia de distribuidor, son algunos de los escollos que la poesía de Muñoz Pizarro ha debido sortear, y si a eso unimos el largo silencio, de veintiséis años, que el autor mantuvo entre 1981 y 2007, es tan lógico como injusto, que un poeta de su envergadura sea un gran desconocido en buena parte de la geografía española.

Y dicho esto, pasemos a dilucidar algunos aspectos de esta experiencia poética urdida a modo de antología personal que abarca 53 años.

El poeta valenciano Sergio Arlandis, quien hoy trabaja como docente en la Universidad de Pennsylvania, es el encargado de introducir al lector a través de un prólogo que se convierte en la antesala necesaria para abordar estos versos, ya que, Arlandis disecciona los ejes temáticos de la obra y expone analogías e interpretaciones de los mismos con total naturalidad y rigor: autenticidad, semiótica personal, mundo propio o vida al margen de las tendencias, son algunas de las acertadas apreciaciones que Arlandis vierte en su prólogo,  una gran aportación al libro que, si cabe, lo revaloriza aún más.

El primer bloque que encontramos se titula Pecios, y está compuesto por siete poemas escritos en la etapa adolescente, un pequeño compendio, aquí protopoético, en el que ya podemos encontrar algunas de las técnicas, recursos y preocupaciones del autor, aun de manera germinal. En los poemas: Parábola, El primer amor, Llanto y Nana de tu ausencia, es decir, cuatro de los siete poemas, el poeta emplea retóricamente la anáfora como recurso lírico en busca de la musicalidad; y esa misma anáfora, pero en su acepción filosófica, vertebra invisiblemente el libro completo, de principio a fin, como proceso desde el inicio del ser hasta su realización. Los poemas “En silbo y espuma” y “Parábola” están escritos en versos blancos, mientras que “El primer amor” yCanción” utilizan rima asonante, y los poemas “A R. Alberti”, “Llanto” y “Nana de tu ausencia” riman en consonante, es decir; ya se apunta la polivalencia de formas y formatos, como también una inclinación hacia una métrica imparisílaba que esplenderá repetidamente a lo largo del libro en la horma canónica del soneto, como por ejemplo, en el poema “Nana de tu ausencia”: Me duele como a tierra de secano / tu ausencia de raíz en mi cintura, / hondo sueño imposible de agua oscura / en los áridos cauces del verano. El poeta «invoca» al hijo que nunca vendrá en estos versos, «suplica» en “En silbo y espuma” y todo el conjunto es una «ofrenda» al amor, al dolor, a la celebración, inscribiéndose así en otra de las acepciones de la palabra «anáfora», vocablo griego que significa «acción de elevar» y que litúrgicamente en las creencias orientales, además de suponer un trayecto eucarístico, también representa la oblación, súplica e invocación como necesario diálogo introductorio a modo de gratitud.

A continuación encontramos el poema “La danza”, escrito entre 1965 y 1971 y que fue merecedor del premio “José Antonio Torres”. Este poema, de larga extensión, bien podría  haber sido escrito en la madurez del poeta: su clasicismo formal en el discurso, su medida escritura en alejandrinos de verso blanco; pero nos encontramos ante un poema escrito entre los veintiuno y veintisiete años, por tanto, esa retrospectiva en el tiempo confirma la versatilidad del yo en la poesía de Muñoz Pizarro, esa hondura existencialista que el poema retrata con la reconstrucción de un pasado en el interior de una casa vacía, esas sombras, esos vacíos, no son más que el grito desgarrador de un padre que ha visto marchar a sus hijos —quizá a una guerra—, una fabulación hecha verdad en versos acertadamente esculpidos, un lamento en el que la evocación del agua no siempre sugiere algo idílico: Porque voy de regreso, ahora voy de regreso / y contemplo las aguas como la vez primera, / con el mismo pavor, secreta certidumbre / de quien levanta un velo y teme el desengaño.


Naufragio de Narciso (1971-73) se presenta aquí de forma íntegra. Podríamos decir que es un relato sobre el mito griego condenado por Némesis, pero a su vez es una reflexión sobre lo vano de vivir, lo vano de sufrir para después morir. Un canto a la fugacidad narrado en tres actos (temporales) que, por supuesto, también versan sobre lo fútil de la vanidad y lo efímero de la belleza, puntos referenciales en la leyenda de Narciso.

El primer acto está dividido en trece poemas, convirtiéndose el séptimo,Narciso en osicrán”[1], en el eje de un bloque en el que el yo lírico del poeta encarna al efebo sumergido en las aguas que le propiciaron la muerte; desde allí, como si su conciencia y su mirada permaneciesen intactas después de haber muerto, tanto Narciso como Muñoz Pizarro comprenden que fue absurdo despreciar el amor de las ninfas, resultó fatal enamorarse de sí mismo para terminar bajo ese vitral/cárcel que es el río, un río que ha cristalizado sus aguas para no dejarlo salir jamás; por eso este ahogado pone su frente en el cristal: la copia fraudulenta de unos rasgos / no exentos de belleza que fueron juveniles: / un rostro afín; y derrotado: un rostro / como el mío). A través de esa vítrea frontera, el poeta discierne una paloma en vuelo y filosofa a cerca de lo absurdo, siente los peces golpearle y con ellos, la desesperación: estos muros vidriados, / tras los cuales / peces brillan, / llamean, / llaman. / (¿llaman?).

El segundo acto temporal en que divido este poemario corresponde a un solo poema, “La corbata”, donde el poeta, en una referencia análoga a la tragedia narcisista, encuentra en su quehacer diario, al levantarse una mañana, esa misma desazón, resuelta al consumar el ritual de la rutina,  otro nudo más de la corbata, otra vez el rostro ante el espejo, pero jamás hacia el recuerdo regresarán las aves.

Este bloque se cierra impecablemente con “Consumación”, un poema —post escriptum— ya que su tiempo poético trasciende a lo versificado anteriormente, quizá tras muchos años, a muchas muertes de distancia, donde bajo la luna / el mar era (y será) un suicidio, para todo aquel que no consiga amar y ser amado, el poeta clausura con estos versos: Besarte aquí,  besarte / ciegamente mientras por las dunas rodamos / y nuestros cuerpos caen y se ciernen y dudan y flotan y al fin / sin fin / se precipitan.

La mirada de Jano, cuya escritura se comprende entre un periodo de treinta y cinco años (1973–1981 y 2007–2008), también se incluye de manera íntegra en este libro. Debo decir que analizar este poemario —únicamente— ya merecería la extensión total de esta reseña,  así que por razones obvias me limitaré a sintetizar mis argumentos y a tratar de ser justo con los detalles de esta obra que merecen ser destacados.

Si en Naufragio de Narciso el protagonista era un dios griego, aquí su homólogo es un dios romano. En la Mitología Romana, Jano es el dios de las puertas, de los principios y los finales, de ahí que le fuese atribuido el primer mes del calendario, vínculo que justifica el nombre de enero. Jano es representado con dos caras orientadas en direcciones opuestas y, aunque Albert Camus se refirió a él como alusión a la hipocresía en su novela La caída, para aquellos que lo invocaban era un héroe cultural a la manera de Prometeo, ya que se le atribuyen invenciones como el dinero, la navegación o la agricultura entre otras cosas. Sin embargo, el poeta Ovidio en el primer libro de sus Fastos, caracteriza a Jano como aquel que en soledad custodia el Universo. No por nada Muñoz Pizarro se vale de los textos de Ovidio para ir orientando al lector, en su trayecto, por mediación de varias citas, lo que le posiciona más cercano a la interpretación del glosador de Calímaco y Propercio que de alguna otra.

En el primer poema, titulado “Habla el rostro en sombra de Jano”, el poeta se expresa a través de alejandrinos blancos y su discurso supone el pensamiento del dios Jano recluido en su templo bajo los cien cerrojos que lo custodiaban en tiempos de paz. Ese comienzo, teniendo en cuenta que el último poema se titula “Habla el rostro iluminado de Jano”, lo que hace presagiar una guerra, hace que la narración de este poemario sea circular; termina donde empieza. Pero este dato no sería tan relevante de no ser por otros factores estructurales que seguidamente podremos comprobar.

El siguiente poema —y a partir de este todos los demás—, está escrito en heptasílabos blancos, heptasílabos que conforman una estrofa de siete versos (septeto), estrofa que en este primer poema es poema en sí, pero que en los poemas posteriores irá aumentando en número a razón de una estrofa por poema. Es decir, que el conjunto irá creciendo exponencialmente en progresión geométrica, así hasta llegar al poema número siete. Por lo tanto, tendremos siete poemas compuestos de estrofas de siete versos, algo que subraya la importancia de dicho número para el autor. Para Pitágoras, el siete era el número perfecto. El número siete está considerado el signo del pensamiento, la espiritualidad, la conciencia, el análisis psíquico o la sabiduría. La Luna cambia de fase cada siete días. Hay algo mágico en ese número, algo irracional y poderoso que el poeta pretende inocular en sus versos a través de la estructura, y no sólo eso, cada poema de este conjunto está asociado a uno de los siete colores del arco iris y a toda su simbología. Al finalizar cada poema, entre paréntesis, aparece el nombre de un color, son siete y en total son —como descubrió Newton— los colores que forman el espectro luminoso. Llegados a este punto debemos ser verdaderamente conscientes de la complejidad de este trabajo, un sistema de versos perfectamente hilvanado y encajado que por su precisión resulta inamovible. Pero eso no es todo, ¿por qué los colores del arco iris?

Al comienzo del último discurso de la primera parte de Así habló Zaratustra, “De la virtud que hace regalos”, Zaratustra se despide de la ciudad que su corazón amaba y cuyo nombre es «La Vaca Multicolor» (traducción del nombre de una de las ciudades donde peregrinó Buda). En ese pasaje, Zaratustra pronuncia su discurso llamado “De las tres transformaciones” donde, tanto al principio como al final, enumera los llamados «colores básicos de la historia del espíritu del hombre occidental». Entramos ya en un tema metafísico demasiado peliagudo para abordarlo en una reseña, a lo que hay que añadir  lo metapoético de una estructura que aspira a formar parte del contenido.

Al llegar al siguiente bloque de La mirada de Jano, titulado “Tríptico del espectro contemplado por Jano”; núcleo del sistema; advertimos que su autor ha complicado más la arquitectura del poemario y encontramos, que el primero de los tres poemas se compone de los siete primeros versos de los poemas anteriores, es decir, una especie de glosa a la inversa que titula “Visión del arco iris”. El segundo poema es de nuevo un septeto de nombre “Visión de su reflejo” y el tercer poema “Círculo total” es la combinación en siete versos alejandrinos de los dos poemas anteriores. Esta ordenación cabalística de los versos es capaz de hacer pensar a cualquier lector que en los poemas de Blas Muñoz hay mucha más poesía de la que es capaz de leer. La hipertextualidad adquiere un valor preponderante. Pero al seguir leyendo los siguientes “siete” poemas del libro, volvemos a descubrir que el septeto titulado “Visión de su reflejo”, el que constituía el segundo poema del núcleo, es glosado en los siguientes poemas en cada uno de sus primeros versos. La cuadratura total de esta mímesis matemática y cósmica, tiene lugar con la lectura de “Habla el rostro iluminado de Jano”, último poema que clausura el poemario con ese regreso al principio, de nuevo alejandrinos y de nuevo es el dios, ahora derrotado, quien describe entre ruinas, la composición de campo de su tragedia. Épico colofón para un ambicioso poemario, un desafío técnico que su autor culmina con malabar destreza: Ah vosotros, culpables por creer tantos siglos / en dioses excluyentes, en líderes y en patrias, / dejad que los poetas den voz a mi silencio.

La mirada de Jano es un buen exponente de «poesía migratoria», donde el lector asiste y es partícipe de un proceso creador; debe desplazarse sobre las páginas para encontrar referentes que por su ambigüedad resultan muy complejos pero fascinantes para intentar aprehenderlos. Por tanto, sin llegar al hermetismo, el culturalismo de Muñoz Pizarro se dirige aquí al lector activo.

“Pecios II” (de otros poemas exentos, 2006–2008) se compone de dos poemas premiados, “El silencio de Dios” y ”Estación de término”. Para el director de cine Ingmar Bergman, el silencio era el lenguaje de Dios. Esa misma certidumbre suscribe Muñoz Pizarro en una peculiar composición de hemistiquios octosílabos. La blancura de sus versos subraya a su vez la soledad, la fe en la palabra como único tesoro, una palabra que es ofrenda y canto, desahogo y plegaria: Y como si Él me escuchara, como si, al nombrarlo, hiciera / real mi presentimiento, como si con mi palabra / imitara su poder, voy a cantar esta noche…

Por su parte, “Estación de término” vuelve a incidir en la soledad, una soledad de blanca melodía y métrica imparisílaba que sobrecoge con cada estrofa y que constata secular a ese regreso de la memoria al origen de la herida, jácena fundamental en la poética de Muñoz Pizarro. Pero ese regreso, presente en cada libro, lejos de recrearse en el dolor de forma elegíaca, deturpa el arquetipo de mártir para instalarse en una esperanzada y reflexiva enseñanza de la «desolación». Para mí, Blas Muñoz es un poeta de la desolación en su más amplio y ontológico sentido. La sensación de hundimiento o vacío provocada por una angustia, dolor o tristeza grandes, sin duda, es el detonante para provocar lo contrario. Esa dolorosa emoción —en manos del poeta— no destruye, sino crea. Es la Nada como provocación del Todo: Sólo ahora, como entonces, / en esta indefensión o en ese simulacro / con que otras veces vino a visitarme, / puede herirnos de nuevo el mortecino / fulgor de la memoria, / ese dedo de sal que hurga en la huella / de un dolor, de una ausencia, de un vacío.

Viva ausencia (2007–2009), El que silba entre las cañas (2008–2009), La mano pensativa (2008-2009), La herida de los días (2009-2010) y En la desposesión (2010-2011) son poemarios bien representados en esta antología —imposible de compendiar justamente en una reseña—, a lo que hay que añadir sendas remesas de Pecios y el primer bloque de un poemario inédito, El paso de la luz (2011-2013). Poesía con mayúsculas que no puedo —ni debo— abordar aquí para garantizar que esa curiosidad, ese interés —que espero haber despertado en el lector— del amante de la buena poesía provoque acercarse a este libro con la intención de descubrirlo y descubrirse, porque la poesía de Blas Muñoz tiende puentes entre lo clásico y lo moderno, es estremecimiento y reflexión, isotopía y arquitectura, palimpsesto y espejo.






[1] Poema escrito en prosa. «Osicrán» es la palabra «narciso» escrita al revés, (aunque en el siguiente poema el autor le otorgue una significación geográfica) por lo que queda evidenciada esa excesiva recursividad sobre uno mismo a la par que se alude a la metáfora de mirar dentro de los cuerpos para advertir que —bellezas aparte— todos somos iguales en el interior; enseñanza que no sirvió de mucho al efebo.





Blas Muñoz Pizarro: una vida de poesía


Con motivo de la reciente publicación de De la luz al olvido (Vitruvio, 2015), una antología poética que abarca un periodo vital de más de cinco décadas, el poeta valenciano Blas Muñoz Pizarro hace balance de un ciclo literario que recorre desde los poemas de juventud a la madurez, pasando por la plenitud y el reconocimiento.


-Muchos aficionados a la poesía en Valencia, entre los que me incluyo, pensamos que este libro era necesario, no sólo abarca su amplia trayectoria como poeta, sino que incluye libros íntegros y un poemario completo inédito. ¿Cómo surgió la idea de editar este libro y por qué ahora?

-Tras la escritura de En la desposesión, mi última experimentación formal, regresé, parcialmente al menos, al tono de La herida de los días con un nuevo proyecto: un poemario en endecasílabos blancos, en esa ocasión no con la estructura del soneto usada en "La herida..." sino con una serie de poemas, en endecasílabos también, sí, pero sometidos a la horma de las 20 líneas en cada uno de ellos. El verso final de uno era, a su vez, el verso inicial del siguiente: exigencias formales no gratuitas sino significativas. El proyecto pretendía desarrollarse en tres partes dedicadas, respectivamente, a la mañana, la tarde y la noche. En cada una de ellas, el yo lírico seguía el transcurrir del tiempo en doce poemas que se iniciaban en noviembre y finalizaban en octubre: la mirada (y la palabra) seguía la mañana, mes a mes, desde el amanecer hasta el mediodía, en un espacio exterior; la tarde, mes a mes, en el espacio interior de la casa; y la noche, mes a mes, en otro espacio interior: el de la propia conciencia. La primera parte concluyó, con el título de El paso de la luz (el poemario inédito que cierra De la luz al olvido), pero sólo pude escribir dos poemas de la segunda parte que no me satisficieron. Y del mismo modo que dejé de escribir en 1981 dejando una obra inacabada, La mirada de Jano, sin continuarla hasta muchos años después, he dejado de escribir desde hace dos años hasta ahora, al menos habitualmente. Ante este nuevo silencio, del que no sé cuándo voy a salir y que sólo interrumpo para escribir algún poema ocasional que me es solicitado, me planteo la posibilidad de esta antología: como si se hubiera cerrado un ciclo. De hecho, así es.

-En el interesante prólogo que otro gran poeta valenciano, Sergio Arlandis, escribe para introducir al lector en sus poemas, comenta que es difícil adscribir su poética a etiqueta alguna, ¿se encuentra cómodo en esa tesitura o siente afinidad con alguno de los géneros, ya sea vanguardista o tradicional?

-Es obvio que en mis lecturas iniciales, como les ha sucedido a todos, estuvieron los clásicos, Bécquer, Machado y Juan Ramón. Luego vinieron los poetas del '27 más Neruda y Miguel Hernández, y algunos nombres del '36, como Vivanco y, sobre éste y los demás, Leopoldo Panero. Y muchos de los '50, claro. De los más jóvenes, fue una revelación Diego Jesús Jiménez, un año mayor que yo. Parece que con estos mimbres tenía que haber estado lejos de lo que estaba naciendo entre los "novísimos", los autores de mi generación a quienes no conocía, y así fue en mis poemas iniciales y en La danza, un largo poema iniciado en 1965, que recojo en la antología. Sin embargo, cuando empiezo a escribir Naufragio de Narciso (1971-1973) ya tengo en las manos la antología de Castellet, publicada por Barral en 1970, y su influencia es rastreable en ese libro y en la primera parte del siguiente, La mirada de Jano, ya nombrado. Pero luego vino ese largo silencio de 26 años y cuando en 2007 escribo la segunda mitad de "La mirada..." mi voz es otra. ¿Con qué influencias? Con todas y con ninguna. En esos años de silencio ‒que coinciden con mis años de profesor de latín, tras mi salida de la banca‒ he leído mucho, he asimilado, además, a los poetas latinos, y lo he aceptado casi todo. No rechazo nunca un poema bien hecho en el que nunca me paro a diferenciar qué se dice de cómo está dicho. La forma del poema también es el contenido del poema. Por eso no descarto en mi obra ninguna posibilidad formal. Mi libertad es absoluta a la hora de escribir. Sin embargo, no me nace hacerlo en prosa y tiendo, como es natural si hablamos de verso y no de prosa cortada sin más ni más en renglones breves, a la métrica imparisílaba, en la que pienso sin esfuerzo, con naturalidad. Cuando digo "prosa cortada", muy frecuente y distinta del verso llamado libre, no estoy descartando su validez poética: se trata únicamente de una cuestión de ritmo.

-De la luz al olvido es un título bastante representativo en cuanto a que alude a ese camino de vida, arte y esplendor que recorre cualquier poeta a lo largo de su existencia, para después hundirse en la cruda realidad del olvido como trasunto de la muerte y el tiempo. Algo que sesga la pretensión humana de trascender y convierte en absurdo cualquier esfuerzo. ¿Ese planteamiento “realista” lo convierte en un poeta de la desolación?

-Bueno, eso sería una etiqueta de las que habla Sergio Arlandis, ¿no? No lo sé. Tal vez sea excesiva la palabra "desolación", al menos para definir mi obra. Yo no soy capaz de etiquetarme pero no me importa que lo hagan otros. Ojalá lo hicieran. Me explico: se añade, en mi caso, a lo ya dicho otra circunstancia que dificulta la tarea del crítico: mi "inexistencia" como poeta y mi ausencia en las antologías canónicas que han surgido durante ese tiempo. Después de Un siglo de poesía en Valencia, aparecida en 1975, en la que fui incluido por Ricardo Bellveser, nadie volvió a hablar de mí cuando pudo hacerse: mi primer libro no se distribuyó por enfermedad y fallecimiento del editor. Sólo tuvo una reseña, favorable pero una, en "Cuadernos Hispanoamericanos" (115, Nov. 1981). Ahora, desde hace seis años, la edición de once libros, seis de ellos de poesía en solitario, y la consecución de varios premios de alguna relevancia, han despertado cierto interés. Pero sigo igual: la distribución de mis libros, todos ellos premiados por instituciones oficiales, es prácticamente nula; las reseñas pueden contarse con los dedos de las manos: nadie me ha "clasificado" y, en consecuencia, casi nadie me ha tenido en cuenta, como es lógico. Y volviendo a la pregunta añado que coincido con su interpretación inicial. Pero se trata, como Vd. dice, de un "planteamiento realista", sin patetismo alguno. Las citas que abren el libro tras el prólogo son explícitas. Baste una, la de mi admirado Manuel Álvarez Ortega: Del tiempo a la nada, de la rama a la piedra...

-Es conocido que el libro que desencadenó el interés por la poesía en Jaime Siles, otro de nuestros ilustres poetas valencianos, fue Dios de un día (1962) de Manuel Álvarez Ortega, a quien rememora usted en una de sus citas al principio del libro. ¿Qué libro, qué verso o qué poeta —si es que lo ha habido— provocó en usted ese mismo despertar?

-En la casa de mi niñez, muy humilde, había pocos libros, ninguno de poesía. Pero se conservaba un cuaderno de mi tío Víctor, quien, condenado a pena de muerte, sufrió años de cárcel después de la guerra. En él había poemas suyos y poemas ajenos, todos ellos de versos sencillos y emocionados, muy cercanos al sufrimiento de los pobres. Recuerdo una poesía que aprendí de memoria y cuyo principio aún puedo recitar. Se titulaba "Un duro al año". Me resultaba maravillosa la música de aquellas palabras que intentaba imitar en mis versos infantiles. Muchos años después llegarían las lecturas y los autores que antes he citado, pero no despertaron una vocación que ya existía. Eso sí: me descubrieron que además del ritmo y la rima de los versos sentimentales y bienintencionados existía algo más, que se llamaba poesía. Fundamental en esto fue también para mí, como para Siles, Álvarez Ortega, aunque ya me llegó después, en 1971. En mi opinión, entre los autores vivos, él (junto con Brines, Gamoneda y Caballero Bonald) representaba, hasta su reciente fallecimiento, una de las voces más altas y más personales de la poesía en castellano, al menos en España.

-Como diría David Acebes Sampedro, otro poeta y amigo que tenemos en común: «usted es un poeta de verdad», algo reconocible teniendo en  cuenta su trayectoria. Sergio Arlandis habla en su prólogo de la autenticidad como valor en alza pero también de la dificultad para distinguirla. ¿Qué factores cree usted que hay en su literatura que le permiten ser reconocido en ese aspecto?

-Me alegra esa opinión pero no sé justificarla. Hay poemas en los que me siento reconciliado conmigo mismo a pesar de que el yo del poema es otro (una mujer estéril en Nana de tu ausencia, o un hombre mayor que contempla su casa vacía en La danza, poema escrito a mis veintipocos años, por ejemplo). No se trataría, pues, de la adecuación vida/escritura. Tal vez la respuesta esté en el binomio qué/cómo; es decir, en mi obsesión por darle a un contenido la forma que lo justifica; y al revés, claro. En una poética solicitada ya decía hace cuatro años lo siguiente hablando del poema: No es que no me importe qué se dice en él: es que sólo puede importarme lo que se dice si esta dicho como sólo puede decirse, si se cumple en mí (como lector de una obra ajena y como lector y corrector de mi misma obra, mientras la escribo) el estremecimiento del hallazgo, la fulguración del misterio, la salvación de su necesaria retórica, mejor cuanto menos visible. El lenguaje poético, transgresor por definición, debe salvar la realidad transcendiéndola, y depositarla, encendida, iluminada, en un  lector preparado. Y el primer lector es, tiene que serlo, el propio autor.

-Quizá influenciado por su amor a la filología y el latín, usted escribió un primer poemario de corte culturalista, sin embargo, posteriormente en cada libro ha ido transitando caminos variados; aunque —como es lógico— ha mantenido el sesgo de autor, cada libro es diferente. ¿Le preocupa repetirse como artista, es inquieto literariamente o esa pluralidad de estilos forma parte de su razón de escritor?

-Sí: cada uno de mis libros tiene un registro formal diferente. Y en cada caso hay una razón que lo justifica. Sería ocioso y largo extenderme ahora en explicarlo. Pero, sin excluir el propósito de no repetirme (al menos en lo que concierne a los últimos cinco libros, escritos en un breve plazo de cuatro años) prefiero creer que fui sincero cuando dije, en la poética antes citada, que "ante la página en blanco [...] empiezo a ciegas, con la sola guía de una estrofa, de una métrica, de un ritmo... previamente e intuitivamente elegidos la escritura del poema.  De eso depende en gran medida que el texto asuma más o menos riesgos, que se rompa en aristas silenciosas o que fluya, sereno y discursivo; que se inserte más en una tradición poética que en otra. Eso no me importa. Luego, mientras escribo y corrijo, el milagro sucede si sucede, y el poema al concluirse se desvela y me revela." Sucede, sin embargo, que, como dijo Eliot en un ensayo sobre Yeats (y recojo la cita de César Antonio Molina), "un poeta en la madurez de su vida, para evitar la autoimitación, tenía que seguir tres caminos: dejar de escribir del todo, una opción realmente drástica; repetirse con destreza y virtuosismo; o, finalmente, adaptarse y encontrar un modo de trabajar diferente". Yo he ensayado ya los tres caminos, y en este momento me veo situado, espero que temporalmente, en el primero desde hace dos años, como también ha quedado dicho.

-Una de esas pautas de autor que ha conservado a lo largo de los años, métricamente hablando, es la utilización de formatos clásicos como el romance, el madrigal o la décima; su escritura se edifica —genéricamente— sobre los cimientos del canon clásico, incluso teniendo en cuenta la rima consonante. Verso octosílabo, alejandrino y una predilección por el endecasílabo. Sin embargo hay un afán en sus versos por aunar lo clásico y lo moderno. Ceñirse a un corsé métrico aumenta el desafío del poeta, ¿tiene esto algo que ver con una aspiración por conciliar forma y fondo? ¿Cómo definiría usted esta tendencia?

-Matizo: el romance no lo he usado, al menos en los poemas que he querido conservar. Tampoco he tanteado el madrigal clásico en silva rimada aunque sí poemas ligeros semejantes en el tono y el asunto. En Naufragio de Narciso el verso libre inicial se acercaba luego con frecuencia a la métrica imparisílaba. Y en En la desposesión los versos se rompen, se escalonan o se solapan sin dejar de ser endecasílabos o heptasílabos. En los libros de formato isométrico, en cambio, los constantes encabalgamientos difuminan o disimulan la acentuación rítmica. Puede decirse, sí, que en mi modo de hacer se unen clasicismo y modernidad.

-En el primer bloque del libro titulado “Pecios”, encontramos breves poemas escritos entre los 16 y 21 años, poemas de adolescencia que a modo de restos de un naufragio van configurando un mosaico que denota una gran influencia de la Generación del 27. Miguel Hernández, Alberti, García Lorca, fueron lecturas determinantes y poetas a los que todavía homenajea. Sus primeros poemas cohesionan perfectamente con su poética posterior, puesto que ya representaba en ellos técnicas y pensamientos que más tarde desarrollaría, algo que me recuerda a Caballero Bonald, pero que sin embargo es atípico en la mayoría de escritores que escribieron de jóvenes y después triunfaron. ¿Qué tiene que decir usted al respecto?

-He querido representar cada uno de esos años (de los 16 a los 21) con un poema. En una selección rigurosa hubieran quedado fuera pero mi deseo era dejar constancia de mi evolución, con sus tanteos iniciales y sus imperfecciones. Tampoco he eliminado poemas no logrados de mis dos primeros libros, para salvaguardar la cohesión del conjunto en cada uno de ellos. En cuanto a la presencia en esos breves y escasos poemas iniciales de técnicas y temas germinales de un desarrollo posterior (métrica, ritmo, estrofas; la luz, el paso del tiempo, el desamor, la ausencia...) es algo no buscado, pero me satisface que así sea, si así es.

-No voy a preguntarle el motivo de ese silencio editorial que mantuvo usted durante veintiséis años porque eso es algo muy personal, pero llama mucho mi atención ese dilatado tiempo de espera en un autor, un periodo que, sin duda, sirvió para fraguar esa contundente obra, ese universo blasmuñozniano que a partir del año 2007 le llevó a ser laureado en repetidas ocasiones. Este hecho —probablemente— ha sido crucial en su trayectoria como poeta. Háblenos acerca de lo que significó para usted esta etapa de su vida.

-Es difícil de resumir: Yo trabajaba en la banca, con un pasado de militancia sindical difícil y con un futuro profesional incierto. Había estudiado Filología al mismo tiempo que trabajaba, ya casado y con hijos, y en 1981 decidí preparar oposiciones libres a Agregaduría de Latín. Fueron dos años de enclaustramiento total dedicado al estudio y alejado de la poesía y del mundo literario de Valencia, que tanto había frecuentado. En el verano de 1983, durante mi mes vacacional, oposité en Madrid y me convertí en profesor de Bachillerato. Mis primeros destinos, fuera de Valencia ciudad, y la entrega total a una profesión que me entusiasmó hicieron el resto: la poesía permaneció en mí como lector asiduo y al tanto de lo que iba sucediendo, pero se apagó totalmente como autor. En el año 2006 escribo unos poemas ocasionales en mi Instituto con motivo, primero, de la celebración del Día de la Mujer y, después, para despedirme en la revista del centro ante mi inminente jubilación. A finales de ese año, ya jubilado, me reúno con Joaquín Riñón, excompañero de trabajo, y con su amigo Vicente Barberá, y creamos la tertulia poética semanal que luego se llamará El limonero de Homero, integrada, además, por Antonio Mayor y Mª Teresa Espasa. Entonces vuelvo a escribir de forma regular y recupero, además, poemas antiguos. Eso fue todo. Sin misterios. Y sin dramas: Vivir es más fácil que escribir.

-Desde la perspectiva del tiempo que su experiencia le otorga y como buen conocedor del mundo literario valenciano, ¿cree usted que la poesía que actualmente se escribe en Valencia goza de buena salud?

-Sí. Y creo que siempre ha sido así, al menos desde hace un siglo. Pero sin excepcionalidad alguna: lo que opino sería extensible a cualquier otra zona geográfica de España. En nuestro ámbito (y voy a restringirlo aún más refiriéndome sólo a la poesía en castellano) ha habido en cada generación unas voces, pocas, que han ejercido su magisterio y han conciliado a tirios y troyanos (Miguel Hernández, Gil-Albert, Francisco Brines hoy...); luego están algunas voces más ya desaparecidas, tal vez de similar valía pero de reconocimiento menor del debido, a mi juicio (Vicente Gaos, César Simón, María Beneyto, José Albi, Carlos Sahagún, José L. Parra...), y otras voces de autores que perdurarán sin duda (Aguirre, Carnero, Siles, Taléns, López-Casanova, Espasa, Bellveser... en una primera hornada, o Marzal, Gallego, Cabrera, Soler,... después). No se trata de acumular nombres porque cabría citar otros muchos y el listado sería casi interminable. Y, después, o también, muchos otros poetas de obra tan estimable como la de los anteriores (que los dioses me perdonen no haberles citado) y algunos jóvenes que están abriendo claramente las puertas de un futuro esperanzador. Por lo demás, todas las corrientes poéticas están representadas, de forma más o menos excluyente entre ellas. Por eso hay algunos compartimentos casi estancos, sobre todo en la ciudad de Valencia, no cerrados totalmente a su intercomunicación. Y todos ellos, en sus pequeñas y respectivas capillas sixtinas, en plena efervescencia de lecturas, de presentaciones o de tertulias con frecuencia coincidentes. Un panorama enriquecedor y, con frecuencia, agotador para quienes quieren asistir o participar.

-En el año 2011 publicó su relato La caracola que fue ganador del Primer Premio de Relatos del VII Concurso Literario de la UDP Madrid (2007). A pesar de tratarse de un relato poético ¿qué singularidad le brinda la poesía que no le ofrece la prosa?

-Soy lector de narrativa, más de breve que de larga para la que no tengo paciencia ni tiempo, pero no me siento narrador. La caracola era un relato escrito en mi juventud que releí al regresar a la escritura. No me disgustó. Lo reescribí con muy pocas modificaciones, necesarias para rebajar su excesivo lirismo, y lo remití a un certamen cuya importancia ignoraba (a pesar de ser uno de los mejor dotados en aquellos años en España) porque estaba restringido a personas mayores. Luego supe que entre los casi quinientos participantes había una docena de nombres conocidos. Ganó el primer premio y se editó ese mismo año, 2007, junto a los otros siete finalistas en un volumen colectivo. En la edición del 2011volvió a publicarse, esta vez en solitario, en la colección "Breviarios: Raíces de Papel", ilustrado con montajes fotográficos de Carlos B. Muñoz. Forma, por eso, parte de mi ficha bibliográfica, pero ha sido un accidente aislado en mi obra. La poesía no me exige una hoja de ruta, esa preparación previa que debe preceder a la escritura de un texto narrativo. Aún así, no descarto volver a la narrativa breve. De hecho he transitado, ocasional pero cómodamente, por la escritura de microrrelatos.

-Y ya para finalizar, ¿qué consejo daría a esos escritores invisibles o poetas que no llegan a grandes editoriales, a grandes distribuidores y siguen escribiendo y participando —a pesar de todo— en concursos que nunca ganan?

-No me atrevo a aconsejar mi propio camino a otros. Yo mismo no sé cuál es la razón que lleva a un jurado a elegir un poema entre docenas o entre cientos. Cada jurado es distinto, incluso puede serlo en el mismo premio de una convocatoria a otra, y sería agotador establecer una estrategia para ganar. Diría que hay que creer en la propia obra desde la humildad de saber que podemos y debemos mejorarla. E insistir si creemos en ella. Aparte de esto, los premios honestos (que los hay) no te llevan a "grandes editoriales" y, mucho menos, a "grandes distribuidores". En mi caso, así es. Otro camino, no seguido por mí y más aconsejable, sería el de hacerse visible, en el entorno real y en el digital. Y eso, con trabajo, con rigor, con paciencia, sin prisas: la juventud tiene un futuro que, a  mi edad, es envidiable.



José Antonio Olmedo López-Amor




Blas Muñoz Pizarro es profesor de latín. Licenciado en Filología Hispánica. En 1971 obtuvo el Premio Nacional de Poesía «José Antonio Torres». En 1975 fue incluido en la antología Un siglo de poesía en Valencia, del antólogo Ricardo Bellveser. Publicó en 1981 el poemario Naufragio de Narciso (1971-1973) becado por el Ayuntamiento de Valencia. Ha permanecido luego en silencio editorial hasta el año 2007, en el que reinicia su obra literaria. Finaliza entonces La mirada de Jano, Premio de Poesía "Paco Mollá" 2008 del Ayuntamiento de Petrer.



José Antonio Olmedo López-Amor (Valencia, 1977) es escritor y poeta, crítico literario y cinematográfico, ensayista, cronista, y  divulgador científico. Titulado en audiovisuales, colabora en más de veinte medios de comunicación como El coloquio de los perros, Hojas en la acera, Culturamas o Literaturas.com. Es miembro del consejo editorial de Todoliteratura.es y estudió preceptiva de Haiku de la mano de Vicente Haya en la Fundación Centro de Poesía José Hierro de Getafe. Estudió crítica de cine en cursos impartidos por Caimán. Estudia Bellas Artes y pertenece a varias asociaciones literarias y culturales de Valencia, como Concilyarte, La Buhardilla, Ateneo Blasco Ibáñez o Cinefórum L’atalante que gestiona el Aula de Cine de la Universidad de Valencia.


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