martes, 1 de diciembre de 2015

HOY FIRMA: MARIO GRANDE. "VERSOS ANIMISTAS"


VERSOS ANIMISTAS



 Hay palabras que nos vienen anchas. Una de ellas es «naturaleza», pensada por los occidentales desde el siglo XVII como algo ajeno que nos ha sido dado a título de patrimonio. Otra es «alma», que de soplo vital pasó a significar, en nuestra área cultural, una sustancia espiritual e inmortal exclusiva de algunos seres humanos. Hoy día, en el mundo globalizado en que vivimos, ambas nociones se difuminan. Ya sabemos que los seres humanos «somos» naturaleza y en las últimas décadas empezamos a vislumbrar que la noción de alma se despoja de metafísica, abarca y aún desborda todo lo estrictamente humano. Esto no es nuevo. Los griegos ya lo sabían. Pero lo habíamos olvidado. Mejor dicho, lo habíamos clasificado. Lo denominábamos animismo. Y nos parecía un atraso, un estadio ya superado tanto por la religión como por la ciencia. Cosas de la vida: el «animismo» vuelve a estar de actualidad. Estamos repensando qué hacemos en la naturaleza, cómo nos relacionamos entre los seres vivos. Porque nos hemos quedado sin respuestas. Quizá intuimos que el animismo no es lo que nos habían contado tirios y troyanos.

¿Qué tiene que ver esto con la poesía? La naturaleza –concebida como realidad unitaria y abarcadora de todo lo no-humano− ha impregnado los versos desde siempre. Como mito, como símbolo, como metáfora, como amplificación expresiva del yo poético. De hecho, hemos proyectado nuestra discutible condición de «sujeto» en exclusiva sobre todo cuanto existe, atribuyéndole nuestras cualidades y defectos, estados de ánimo y ambiciones, apropiándonos sin pudor de la particularidad de cada ser. De manera que, aunque todo habla, estamos incapacitados para comprender, a menos que lo des-humanicemos, abriéndonos humildemente a lo recíproco.



Basta con intentar escribir un haiku (no cualquier terceto 5-7-5 de verso blanco) para caer en la cuenta de que nuestro modo de percibir y expresar lo que estamos acostumbrados a llamar «la naturaleza» es, por desgracia, posesivo, abstracto y limitado en exceso. ¿Sabemos mirar sin pensar? ¿Sabemos decir sin comparar?

Gioconda Belli (1948) lo intenta, con fortuna, en su poema Metamorfosis, donde su cuerpo de mujer se vuelve enredadera. Metamorfosis, humanización y porosidad de las fronteras del ser que se dan la mano en la obra Ted Hughes (1930-1998): meditación del halcón sobre su condición de predador en Hawk Roosting; caballos convertidos en paisaje rocoso en The Horses; jaguar enjaulado metamorfoseado en místico, libre solo en su cerebro en The Jaguar; la noche vital de luna llena como un fagot, la tierra un tambor, los hombres insomnes igual que los olmos y los robles en vigilia, las vacas y las ovejas contemplativas, los trigales acuciantes y el sudor de los ríos en The Harvest Moon; el zorro que nace del pensamiento, entra en la página y se transforma en poema en Thought-Fox. Apertura al ser reivindicada igualmente en las figuras de la obra inclasificable de MariaGabriela Llansol (1931-2008), donde el rey don Sebastián se transforma en «don arbusto» (Causa Amante), el perro Jade en un «alma crescendo» (Amar a un perro, Lisboaleipzig 2), árboles como un almendro en flor o un castaño majestuoso (Causa Amante, Parasceve) son interlocutores o albergan ciudades, surcadas por Tajo-río (Lisboa) o sobrevoladas por Potropato (Münster) o el poeta-halcón Pessoa (Cuentos del mal errante, ¿Dónde vas, drama-poesía?). En sintonía con los claros oscuros donde existen ascuas de oro y el «caballo en el campo» del Texto 5 de Antropofagias de Herberto Helder (1930-2015). 
       
Mary Oliver (1935) en Some Questions You Might Ask se pregunta si nuestra noción de “alma” no es en extremo limitada, si en vez de ser sólida, no será más bien frágil y quebradiza, si no podrán tenerla también otros animales, incluso los arces. Cuestión retomada en su poema Roses, Late Summer, donde acude a la imaginación para mezclarse con los animales, vivir más vidas, escapar del tiempo, de la propia sensibilidad y de la cortedad de miras.

Como trae a colación Margaret Atwood (1939) en The Animals in That Country el especismo en dos situaciones distintas, pero con las mismas consecuencias para los animales. Una, donde los animales tienen rostro de personas. La otra, donde no tienen rostro de nadie, ni muertes elegantes como en el primer caso (el lobo, el toro, el zorro), pues solo alcanzan a ser deslumbrados por los faros de los vehículos que los atropellan. Algo semejante a la reflexión propuesta en Songs of the Transformed   sobre en qué hemos transformados a los animales (cerdo, rata, cuervo).

Cueva de Santimamiñe, en Kortezubi, Bizkaia, una de las moradas de Mari, la madre Tierra.


En Asiniig (piedra, en lengua Chippewa), última parte del libro de poemas Original Fire Louise Erdrich (1954) da cabida a las montañas, seres pensantes a su manera -«Mil generaciones vuestras viven y mueren/ en el espacio de uno solo de nuestros pensamientos./ Un pensamiento completo es una montaña»-, que ya estaban aquí cuando llegamos nosotros, conspicuos consumidores de minerales como medicinas para seguir vivos y que, no obstante, lloramos a la hora de la muerte, incapaces de reconocerla como umbral de la inmortalidad que ansiamos, mineral al fin y al cabo. En los versos de Erdrich, hija y nieta de Chippewas, las montañas nos recuerdan que, antes de nacer y después de morir, no hay más conciencia que la que compartimos con ellas. Por eso, quizá, recomiendan que vayamos aprendiendo a hablarles, pues habremos de hacerlo sin signos de ninguna clase, esforzándonos más bien en recordar cómo era eso de ser montaña. Idea que en Borderlands la chicana Gloria Anzaldúa (1942-1992) explica como nadie a través de Coatlicue, la madre tierra que devora cada noche y da a luz cada mañana a todo (dioses incluidos), preside el nacimiento y la muerte, el ciclo cósmico; también representa lo oscuro, la dualidad, lo híbrido que apunta Sérgio Medeiros (1959) en Sexo vegetal, mediante personajes como el cactus-caimán.


Pierdan cuidado, si nuestra especie se desnortara del todo, siempre quedará un papagayo único hablante del lenguaje humano, como el que contó Mario de Andrade (1893-1945) en Macunaíma. ¡Buena suerte! 






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