lunes, 7 de diciembre de 2015

LA OLA TATUADA de JUAN VICENTE PIQUERAS (por Antonio Cruz Romero)


LA OLA TATUADA
de JUAN VICENTE PIQUERAS

GEOGRAFÍA DE LO EFÍMERO



La poesía no es sólo papel.


No hay nada tan efímero como una ola, que aparece y poco después se extingue rompiendo contra las rocas, y la resaca es el simple y perecedero símbolo de algo que estuvo; que fue; que pasó. Y un tatuaje que representa lo opuesto: eterno hasta el fin de la carne; casi imperecedero. Una ola tatuada recoge la finitud y a la vez la eternidad, y es lo que encontró un marinero en la corva de una monja, ambos protagonistas de La ola tatuada, el nuevo poemario del poeta Juan Vicente Piqueras que ha publicado la editorial Ya lo dijo Casimiro Parker.

En los poemarios que son construidos con ese elemento tan volátil y escurridizo como es el tiempo que una y otra vez regresa, se perciben de manera clara los estratos poéticos, los diversos yoes que habitan en uno, los miedos y desánimos; las múltiples alteraciones de estado del trovador, que escribe para canalizar la insatisfacción interior o como necesidad catártica de representar el presente o cambio de naturaleza personal, como ocurrió con Hojas de hierba de Walt Whitman o parece que ocurre en Museo de cera de J. M. Álvarez. 

La ola tatuada no es nuevo por completo, pero sí novedoso, pues el que ahora toma forma de libro,  Juan Vicente Piqueras lo comenzó a escribir en 1986: poemario de versos antiguos que sufrió el estigma maléfico de lo inédito, sin premio que lo premiase, sin editor que lo editase... hasta casi treinta años después, vagando por el insufrible desierto de mesas y cajones.



La ola tatuada es un sueño, y los sueños son ingobernables, no se rigen por nada ni nadie,  incontrolables (por suerte), y ni tan siquiera Freud los explica salvo con ligeras interpretaciones, porque de manera precisa también habita un psicoanalista entre los versos de La ola tatuada. Es por ello que este sueño tiene como protagonistas a una monja, un marinero y un vigía que viajan sobre un barco en el que parecen huir de ellos mismos para tratar de (re)encontrarse, y la travesía es en sí un profundo sueño ejecutado en forma de obra de teatro que relata entre diálogos y poesía amorosa la historia de amor de esa monja (Santa Teresa) y el marinero (Federico García Lorca), del que son testigos fieles un vigía y también la luna, las gaviotas, el mar...

El tiempo es un elemento vertebrador de la trama, el mismo que ha ido dejando posos en este poemario; el tiempo, capaz de transformar lo calamitoso en felicidad: en ocasiones la metamorfosis benévola de la memoria.

No existe más pasado que esta estela
ni más futuro que esta perdición.


La incertidumbre del tiempo verbal en el que se mueve el docente que enseña lengua (id est J. V. Piqueras) y el tiempo real:

el pasado va antes que el presente
y este antes que el futuro.





El ave-tiempo como confusión posmodernista:

Sólo el presente vive como un ave
que vuela hacia el pasado (…)


El nacimiento y la muerte, que sólo importa para el tiempo:

Todo es futuro al nacer.
Al morir todo es pasado.


Y como en cada uno de los poemas de Juan Vicente Piqueras, la aldea (que también se hizo carne y versos como poemario: Aldea, 2006), resurge una y otra vez:

Esta tierra, esta aldea y esta casa
son más poesía que cualquier poema
que yo haya deseado concebir*.


Es la aldea el sempiterno elemento que se erige como patria única y verdadera en la poesía de este poeta, como nación de naciones, como el Lugar, el axioma eliotiano (In my beginning is my end) y el alfa y omega, el barco como único medio sobre el que navegar y no ser derrotado, algo que sólo saben los que han vivido la infancia alejados de las grandes urbes, surcando mares sin naufragar, esa «ciudad irreal» a la que Eliot hace referencia en La tierra baldía y la aldea-Ítaca a la que Piqueras regresa física y/o espiritualmente como pura necesidad para lamer las heridas:

Y mi aldea este barco sin derrota.


Y hace acto de presencia la libertad, que puede ser un océano alejado de tierra, una cama, una celda o un libro, y los inventarios que va desarrollando el vigía y que asume el propio poeta. Y como no, aparece el afecto apasionado, pues La ola tatuada es una historia de amor en estado onírico, el amor como el más original de los pecados (y también el más destructivo):

¡Hazme memoria, amor!
¡Hazte memoria en mí!


Y así, los tres personajes principales terminan cantando en sus canciones los distintos puntos de vista que tienen del amor y lo mucho que comparten; al fin y al cabo La ola tatuada tiene tres personajes que en realidad son dos, y en definitiva los tres son representados por el propio Juan Vicente Piqueras, en un poema que ahonda en los sueños y se olvida de la realidad.


Antonio Cruz Romero









*Del poemario Aldea (Editorial Hiperión, 2006). El resto de versos pertenecen a La ola tatuada (Ya lo dijo Casimiro Parker Editorial, 2015).

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