viernes, 11 de diciembre de 2015

PALABRAS CLANDESTINAS de Manuel Ruiz Amezcua (por José Antonio Santano)







Palabras clandestinas
Manuel Ruiz Amezcua
Huerga & Fierro (Madrid, 2015)










Celebro la vuelta del poeta Manuel Ruiz Amezcua a mi biblioteca. Su palabra poética palpitará de nuevo en mí, y espero que también en todos los lectores que se acerquen a esta sección dominical. 


El regreso de Manuel Ruiz Amezcua (Jódar, Jaén, 1952) es tan determinante como necesario, porque además de su último poemario “Palabras clandestinas”, en el cual nos centraremos preferentemente, han aparecido también recientemente una antología poética “Del lado de la vida”, que recoge su poesía entre los años 1974 y 2014, así como un ensayo del profesor Manuel María Morales Cuesta, titulado “La poesía de Ruiz Amezcua vista por Antonio Muñoz Molina”, quien dirá sobre el poeta: «Atravesando el fuego, atravesando el desierto, Manuel Ruiz Amezcua sigue escribiendo una poesía que está hecha con el coraje del que no se rinde, con la convicción del que sabe que el camino que ha escogido era el único posible para él». Y así es ciertamente. Alejado de los premios, grupos, de las modas y de los saraos poéticos en los que nunca creyó ni tampoco justificó, Ruiz Amezcua ha ejercido siempre y así lo sigue haciendo de poeta y es la poesía su vida. La palabra en absoluta desnudez, de tal manera que “Palabras clandestinas”, libro que nos ocupa en esta ocasión, viene a mostrarnos la que, desde hace ya muchos años, es una voz personalísima en el panorama de la poesía contemporánea española. 

La naturalidad de su escritura es signo de distinción, de manera que Ruiz Amezcua no se amilana ante nadie ni nada, la dignidad del ser es su mundo en esencia, no dejándose seducir por ningún tipo de fuegos artificiales. El nada en las profundidades de la palabra, se enfrenta a ella como si se tratara de una reto a muerte, y en ella vive, sin doblegarse, con la mirada serena, con la soledad a cuestas, en libertad siempre, porque así lo quiere, porque su disidencia es al fin y al cabo su modo natural de vida. Nos dice Antonio Muñoz Molina, en el prólogo a la antología “Del lado de la vida”: «Manuel Ruiz Amezcua pertenece a un linaje muy antiguo en la literatura: el de los negadores apasionados, los acusadores furiosos, los disconformes que encuentran en todas partes y en todas las cosas una razón para la disidencia», y, ciertamente, en el poema último de “Palabras clandestinas”, titulado “Poetas oficiales o el régimen del pienso” es una pequeña muestra de lo dicho: 

Esos que dicen que dicen, 
y nunca dijeron nada, 
amamantados con sables, 
adoctrinados en casa, 
se subieron pronto al carro 
de la España democrática, 
colocaron sus peones, 
los mismos de su mesnada, 
en dirección al poder, 
a su mesa y a su cama. […] 
Esos que dicen que dicen, 
y nunca dijeron nada, 
las palabras sustituyen 
por la rodilla doblada. 




Pero aunque pudiera parecer que el poeta está en continuo desasosiego, no es menos cierto que en él anida y vive ese latido de luz y esperanza que es la emoción, el sentimiento profundo por las cosas naturales y sencillas, por todo lo humano, que él reclama desde la tribuna poética como expresión dignificadora. Un claro ejemplo son estos versos del poema “Estar contigo”, de influencia machadiana: 






Mi infancia son recuerdos 
de un pueblo de Jaén 
donde nada era claro, 
salvo los ojos de mi madre.[…] 
Tropecé más de la cuenta, 
me desterró la inocencia, 
pero nunca renuncié a la dicha. 
Hoy, me aferro a lo que tengo. 
Vivo en la mujer que quiero. 
Miro su mirada clara. 

Sueño siempre del lado de la vida. 

No he consumido toda mi esperanza. 


Esta es la poesía de Ruiz Amezcua, tan cristalina como las aguas de un río, expresión voraz de un tiempo aciago, triste, en el cual la palabra ocupa un lugar de preeminencia y donde el poeta, el que vive en las entrañas del hombre, vocea la vuelta al “ser” y al “estar”, exige que forma y fondo, ética y estética sean una única luz, la que debe guiar al poeta en todo momento. 

La dignidad como verdad inextinguible. Reclama el poeta la poesía, o lo que es lo mismo, la vida, su sentido trágico para abismarse en la palabra que resurge de las sombras y en un batir de alas asciende y asciende hasta la infinitud de la nada y el todo. Poesía de ahora y siempre, avivada por llama de la memoria, de ese tiempo que vuelve en las “Palabras clandestinas”: «La estrategia está muy clara. / Paro y miseria / hasta ponerlos de rodillas. / Conseguido el objetivo, / apretad con el miedo, / la mejor herramienta de la Historia», la palabra diamantina siempre de Ruiz Amezcua. 




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