jueves, 3 de diciembre de 2015

TRES POEMAS DE "BARBARIE" DE ANDRÉS GARCÍA CERDÁN






Barbarie XIX Premio Alegría de Poesía del Ayuntamiento de Santander, en una selección de finalistas de muy alto nivel y excelencia literarios, es título que, en conjunto, refleja no sólo el tono vitalista, desarraigado y desolador que el poeta descubre en la existencia humana, sino una manera de acercarse críticamente a determinados temas de la misma realidad circundante, siempre en una continua búsqueda del autor por encontrarse a sí mismo.
Sin que pierda en ningún momento la emoción, en el libro destaca tanto el entramado de culturalismo y cotidianidad como la gran soltura de García Cerdán en el manejo de los aspectos metaliterarios sus lecturas, los autores que él admira, un metalenguaje poético abierto siempre al concurso del lector, a una visión colectiva de la realidad.

-Carmelo Guillén, director de la Colección Adonáis-








Hey Hey My My
—Neil Young—




MANZANA


Adorarás
la manzana que muerdes
y que ahora destila sus zumos y su pulpa
por tu boca lasciva. Nada
puede el tiempo contra este júbilo,
contra este desenfreno delicioso
que corre por tus labios:
eres un hombre
entregado a la eternidad,
es para siempre este mordisco.

Adorarás el cielo
que acaba
con tu tristeza de supermercado,
con el vacío de los signos
que no dijeron cuanto podrían haber dicho.

Adorarás
la extensión de los puentes
que permiten pasar al otro lado
y olvidar lejos, tan
lejos como sea posible,
la cuadrada mandíbula del mundo
que viene contra ti.
Al menos esta vez, no triturará
las ciudades,
no le hará su daño al amor,
no acabará
con los dibujos de Carmina,
con la núbil caricia que dejaste
caer sobre su espalda.

Adorarás el día
en que no haya apisonadoras
suficientemente pesadas
ni suficientemente poderosas
como para estrujar en bruto este arrebato
de sed, esta humedad, esta semilla
dormida
en el fondo más fondo de la manzana.




ELOY


Unos días después, me llamó. Dijo
que ya había leído el libro,
que lo había leído con toda su atención.
Que mis poemas seguían siendo radicales
pero que ahora había serenidad en ellos.
Al maestro le parecía oír
cómo se había ido
la juventud.
Y que había apreciado alguna música
cuando hablaba del árbol
de las afueras.
Y que algo también le había emocionado
en aquel otro poema
que parecía escrito al borde de una piscina,
con unas niñas en los brazos,
cómo se llamaba, era en verano, era hermoso.
Contra el invierno, Eloy. Y preguntó
por los amigos,
por cómo iban las cosas.
Afortunadamente
todo iba bien, era feliz, le dije.
Y volvió entonces a otros versos,
unos que hablaban de caídas
y pérdidas. También habló de aquello
que los pedantes
llamaban metapoesía. Al fin,
la inspiración no es más que ese deseo
vehemente -aclaró-
de escribir el poema.

En mitad de la tarde, el aire se detuvo
y esa palabra, con su peso
rotundo, cayó allí,
entre nosotros,
recién nacida. No un poema:
el poema.

Lo imaginé en la playa,
caminando a su encuentro él también,
en su búsqueda acostumbrada,
a la escucha de eso milagroso
que ocurre a veces.
A salvo, en su retiro, de las aulas,
pensaba aparecer
solo cuando no hubiese más remedio.
Reconocí un  afecto muy antiguo en su voz
y toda la nobleza
del que es generoso de verdad.
Y me acordé
de algunas mañanas en Expo-Libro,
de un paseo a solas por Trapería
y de aquella edición barata de Planeta
con los Cantos de Leopardi
que me regaló porque sí,
porque una tarde  mágica le había echado una mano.
Y él seguía hablando de ese poema
que dibuja las formas que flotan en el fuego,
del que cuenta cómo murió mi padre
y nos quedamos solos en abril,
y de ese otro poema, que yo adoro,
que le escribí a Carmina
para decirle
que la echaba de menos.
Y que se alegraba
de que siguiera en la brecha.
Desde luego, la poesía
necesitaba entrega
y disciplina
y soledad. Era preciso
propiciar la ocasión y luego dejarse llevar.
Porque estando por ahí
algo llegaba, pero no, no era eso.
Antes bien, poner el atento oído
al rumor y al latido de las cosas
para celebrarlas después
con todo su esplendor,
con toda su increíble intensidad,
en el poema.





RAYMOND CARVER


Al otro lado del teléfono, alguien
está gritando con un ímpetu
que no se esperaría de un cuerpo tan delgado.
Como si estuviera apurando todas
las fuerzas que le quedan, grita.
Desde la cocina. No grita por nada
especial. Es solo un dolor oscuro,
algo que necesita contarle a alguien.
Se oye de fondo el baile de los platos,
el trasiego de las cucharas, el choque
de los refrescos en el frigorífico.
Suenan como si ya no fueran para nadie.
También un gato, cuyo agrio maullido
se pierde en las terrazas. Y se oyen
también las lágrimas y la tristeza.
Aunque sea largo este hilo telefónico,
aunque haga milagros la fibra óptica,
nada puede decir lo que sucede
en ese rincón de la casa. Y sigue
gritando y ahora llora o se lamenta
de la letra pequeña de un anuncio
y de las ediciones baratas de poemas
y de algunos amigos muertos. Saltan
en las tiendas del barrio todas las alarmas.




                                Andrés García Cerdán




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